John Updike sobre John Cheever

Y sobre John Cheever, Updike escribe: “La alegría del mundo físico, tan a menudo exaltada en su ficción, y el triunfo de su ascenso desde su llegada a Nueva York como joven emigrante pobre hasta acabar convertido en estrella literaria le proporcionaban, al parecer, comodidad más que suficiente”. También los personajes de Cheever, señala, están “llenos de deseos, contradicciones, van solos sin rumbo”, incapaces de “conseguir el estoicismo cristalino, el valor desafiante y voluntarista de Hemingway”.

Higher Gossip. John Updike
Edición de Cristopher Carduff
Alfred A. Knoff,  Nueva York. 2011

[Leer artículo completo en elcultural.es]

Tertulia sobre “El Nadador” en LITER-a-TULIA

Última cuestión suscitada en la tertulia sobre El nadador, de John Cheever

¿Cuál es la diferencia entre cordura y locura? Estamos dando por hecho que los que le están diciendo cómo tiene que comportarse Neddy, son los cuerdos. Y quizá no lo sean. ¿Realmente este hombre está desarrollando una locura o se la estamos haciendo ver?Lo que se dio por sentado en la tertulia es que en Neddy hay algo de una locura generalizada. Nadie podría levantar la mano diciendo que está a salvo de la locura y nombrar al otro como loco. Todo ser puede caer en ella.

Es por ello que en el comienzo de la tertulia se cuestionaba la misma realidad, porque, efectivamente, ¿cuál es la realidad en la que uno puede asegurar que está la cordura y en otra realidad la locura. Es difícil establecerlo. Graciela Kasanetz hablaba de construir algún tipo de río navegable. De alguna forma, todos estamos compelidos a construir algo en lo que podamos estar más o menos asentados. Quizá, la sutil diferencia entre locura y cordura se pueda establecer por cierta distancia que uno pueda tomar respecto a esa ruina a la que llega el protagonista. Es lo que puede hacer decir a alguien que el piso sobre el que se sostiene es más consistente que otro, pero, a fin de cuenta, todos estamos marcados por lo mismo. Cualquier realidad no hace sino ceñir un abismo al que todos estamos expuestos. Por lo tanto, como decíamos poco más arriba, quizá la distancia que podamos establecer con ese abismo sea lo que nos permita decir, ni siquiera “Yo soy cuerdo”, sino tan sólo “yo estoy cuerdo”. Pero tampoco con la boca muy grande.

Cartas inéditas de Saul Bellow

El 9 de diciembre de 1981, le escribe a otro de los grandes autores norteamericanos, John Cheever, tras conocer la gravedad de la enfermedad que éste sufría y le declara tiernamente: “No hemos pasado mucho tiempo juntos pero hay un vínculo significativo entre nosotros. Supongo que en parte se debe a que los dos practicamos el mismo oficio autodidacta. (…) Cuando leí tus cuentos reunidos me emocionó ver la transformación que se producía en la página impresa. No hay nada que importe de verdad, salvo esa acción transformadora del alma. Te amé por eso. Te amaba de todos modos, pero por eso especialmente”.

Leer artículo completo en La Vanguardia

La Vanguardia
Xavi Ayén

3 de diciembre, 2011

Philip_Roth y Saul Bellow

 

Un podcast -La familia Whapsot- y una reseña -Diarios de John Cheever-

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Podcast del programa “Libros para la cama. Hoy: La familia Whapsot de John Cheever
La Ventana de Asturias
SER Gijón
16 de septiembre, 2011

La prosa de Cheever es ligera, de frases cortas. Es dueño de un estilo denso pero cincelado. Hay siempre ritmo y poesía en sus anotaciones. Hasta las observaciones más cotidianas o pedestres tienen la fuerza de los abetos o de los lagos que le rodeaban en Nueva Inglaterra. Sus diarios son una reflexión sostenida sobre la naturaleza de la condición humana, y esto trasciende lodoméstico al tiempo que de lo doméstico irradia todo lo demás. Nadar entre nenúfares en un estanque de agua templada, mientras cae la noche. De pronto nos damos cuenta de que el bosque crece a nuestro alrededor y no hay nadie ahí. Nadie que nos escuche ni nos tienda una mano.

Leer reseña completa en el blog de Hanna O. Semicz

Y amén a esto:

Algunas veces me sucede con un escritor que sus diarios me gustan más que su obra de ficción. Uno de ellos es Julio Ramón Ribeyro. Otro es John Cheever.

Ginebra y cloro


No hay mar en este relato de John Cheever (1912-1982). Hay piscinas: piscinas como metas volantes, piscinas con apellidos -las de los Graham, los Hammer, los Howland, los Biswanger, los Gilmartin-, piscinas de todas clases. Y las hay privadas, la mayoría, y una pública con el agua oleaginosa apestando a crema bronceadora y que le recuerda un fregadero, e incluso alguna vacía y seca como un cráter. Muchas piscinas agujereando la tierra de un condado entero, cuentas líquidas de un rosario que el protagonista engarza una tras otra porque lo ha decidido así, en medio de una reunión, sin ningún motivo aparente, sin el reto de una apuesta, sin atender a una causa ni a un plan, simplemente abandonando la copa de ginebra la mañana de un domingo que recuerda haber empezado, atraído por el olor a café, deslizándose alegremente por el pasamanos de la escalera de su chalé. Neddy Merrill, un tipo feliz. Afortunado, desde luego.

[Leer artículo completo en diariodesevilla.es]

Manuel Barea

diariodesevilla.es

viernes, 16 de septiembre de 2011

¿Qué leyó Chuck esta primavera?

Me voy a leer la novela ‘El diablo todo el tiempo’, de Donald Ray Pollock. Es que me encantó su primera colección de historias Knockemstiff. Si vuelvo a releer algo será posiblemente ‘Millas desde ninguna parte’, de Nami Mun. En verano, en general, soy adicto a los cuentos. ¿Quién puede concentrarse durante más de cuarenta y cinco minutos? Ahora que soy una persona de mediana edad, por fin entiendo las historias de John Cheever, y esta primavera me las he leído todas.

Chuck Palahniuk

Washington (EE UU, 1962). Su última novela es ‘Pigmeo’ (Mondadori)

Leer artículo completo en El País

“La familia Wapshot” de John Cheever

El propio Cheever nunca estuvo contento con ‘El escándalo de los Wapshot’. Pensó en quemar el manuscrito. Luego lo llevó a su editor pero antes de entrar en el edificio lo arrojó a la basura. Se lo volvió a repensar, lo sacó de la basura y se fue al cine. Miró la peli con el manuscrito encima de las rodillas y, cuando se terminó la sesión, entró en el despacho del editor cuando éste no estaba, dejó el manuscrito encima de su mesa y se las piró sin decir nada. Una escena realmente muy cheeveriana. Ya lo he insinuado, me parece una novela floja, básicamente porque me parece una novela desordenada y anárquica, con infinidad de cabos sueltos. Pero aún así, Cheever siempre es Cheever y, de vez en cuando, nos regala un párrafo de esos suyos tan perfectos; perfecto porque ha aplicado sus dotes de observación y nos deja ver bajo una luz nueva algo que es perfectamente reconocible para nosotros, y encima con un sentido del humor mordaz, crítico y juguetón.

 

Leer artículo completo en el blog Bugs eat Books

Bloomsday

Ulysses Meets Twitter

@11ysses

http://11ysses.wordpress.com/

 

Cheever and Joyce

 Joyce and John Cheever were two influential writers of the late 1800′s and early 1900′s. James Joyce was an Irish author that wrote various short stories, novels, and poems. In Dubliners, he is noted for his epiphanies and objective correlatives. John Cheever, is an American short-story writer and novelist whose work is known for his portrayals of the average middle-class American. His works include ironic comedies and the displaying of his imagination. Both writers are duly noted for their short stories. Their unique styles of writings are respectably different to a point. They are similar in the way they display their descriptions, and differ in the way they present the outcome of their story. In the short stories of James Joyce, one is surely to notice his direct and sharp epiphanies.

[leer ensayo completo]

 

Diarios, 1962

Un paseo por la playa. El mar se estrella en los montantes y las puertas, sacude las cadenas. Bebo ginebra bajo el calor del sol y me siento muy feliz. Por la mañana sufro una exquisita melancolía. Echo de menos a mi esposa, mis hijos. Nadamos antes del desayuno. Pelícanos, chochas. Olor a humo de leña. Amargo. Una noche tibia bajo la luna. De modo que esto es una noche tropical y mi amor está lejos. Despierto a las dos o las tres. Pelea de gatos. Un perro trota bajo mi ventana agitando las chapas de identificación y antirrábica. Bruscamente, siento hacia mi esposa y mis hijos una gran acometida de amor. No nado antes del desayuno y después me siento perdido, melancólico, extraño mi hogar. No sé qué pasa. Temo que algo le haya sucedido a mi familia, aunque sé que mis miedos no tienen fundamento. Fumo sin parar.

 

 

Palabra por palabra. Cuentos de otoño

Estoy leyendo Fall River, un libro de cuentos de John Cheever (Tropo Editores, 2010) que recoge los primeros relatos publicados por el autor de El nadador en diversas revistas entre 1931 y 1949, algunos de ellos, escritos cuando apenas contaba veinte años. Las historias de este libro no están incluidas en Relatos 1 y Relatos 2 (The Stories of John Cheever), recopilación que le valió el premio Pulitzer en 1979, ese tardío reconocimiento a uno de los mejores escritores del siglo XX; pero, como es sabido, siempre hay algo que nos nubla la razón a la hora de reconocer el talento de nuestros contemporáneos. Por lo tanto, esta obra contiene eso que críticos y expertos suelen llamar relatos de iniciación o aprendizaje. No obstante, como bien nos indica Rodrigo Fresán en su prólogo: este aprendiz es, nada más y nada menos, que el aprendiz de John Cheever.

Fernando Ontañón

Leer entrada completa en el blog de Fernando Ontañón

Cómo apreciar John Cheever

Instrucciones:

  1. Comience con “Las historias de John Cheever.” Ganó el Premio Pulitzer de Ficción y el National Book Critics Circle Award en 1979 para esta colección.
  2. Leer novelas aclamadas Cheever “Crónica de los Wapshot”, publicado en 1957, y su secuela, “El escándalo de los Wapshot”, publicado en 1964. El primer libro ganó el Premio Nacional del Libro en 1958. La secuela lo tengo en la portada de “Time” en marzo de 1964.
  3. Buscar temas antiguos de “The New Yorker”, que publicó muchos de los cuentos de Cheever y ayudó a hacer de él un autor de éxito. Esto le dará una idea del mundo literario en este momento emocionante. Cheever fue siempre muy consciente de su competencia, tales como John Updike y JD Salinger.
  4. Llegar a conocer la voz de Cheever no ficción a través de sus cartas y diarios. “Las cartas de John Cheever” fueron publicadas por su hijo en 1989. Su hija publicó “Los Diarios de John Cheever” en 1991.

    Leer instrucciones completas

¿Nuestro John Cheever?

P. Madres que no comen bistec para fortalecer a sus hijos ante las oposiciones; homosexuales tratados como invertidos en centros psiquiátricos; mujeres insultadas por conducir los primeros seiscientos; especulación urbanística… Retrato certero de los sesenta.

R. En el fondo he hecho una novela sobre la clase media, protagonista de la historia, pero que en realidad no hizo nada. No eran franquistas, pero tampoco activamente demócratas; llegó Adolfo Suárez y tal y se fueron encontrando con la democracia; el suyo fue un protagonismo sin brillo alguno. Sí, escribo sobre algo tan falto de brillo como las clases medias, desvalidas aquí en lo literario…

P. ¿Nuestro John Cheever?

R. Sí, sería un Cheever español, si bien nuestra clase media es más sosa que la de Estados Unidos. También yo soy más piadoso que él, que los odiaba.

P. Usted no: sus personajes vuelven a sentir de una manera que son entrañables; incluso Justo.

R. Intento indagar en ellos: siempre dejo un atisbo de redención; incluso a los fascistas de Dientes de leche les redimo parcialmente; me gusta pensar qué habrían podido ser si hubieran tomado otra decisión.

Entrevista: El libro de la semana – Ignacio Martínez de Pisón
“La clase media en realidad no hizo nada. No eran franquistas, pero tampoco activamente demócratas”
Carles Geli 16/04/2011

[Leer entrevista completa en Babelia]

John Cheever en Qué Leer

John Cheever: la odisea de un pequeño gran hombre

“Tu padre no quería que nacieses”, le confió su madre, de mayor, a John Cheever, y le contó que incluso habían tanteado a un abortista. En 1911, en efecto, Frederick Lincoln Cheever y Mary Liley (él, un próspero comerciante de zapatos; ella, de origen inglés) tenían ya un hijo al que adoraban, Fred, y que les bastaba. Tras un banquete de negocios en Boston, sin embargo, “mi madre se tomó dos Manhattans. En caso contrario, yo no habría llegado a este mundo”. El caso es que, un 27 de mayo de 1912, John William nació en Quincy, Massachusetts, bajo el signo de Géminis (y por tanto, de los gemelos Cástor y Pólux), lo que explicaría su naturaleza dividida, la frialdad puritana y la sangre ardiente que en lo sucesivo cohabitarían en su forma de proceder.

De pequeño, John recibió muy poco afecto de sus progenitores. “Béisbol, fútbol, pesca…No compartimos nada de eso con mi padre”, se lamentaría él. Su madre tampoco le brindó ternura, ni siquiera cuando el crío contrajo tuberculosis a los doce años. Se desquitaba de tales carencias en lugares como el colegio, donde enseguida descolló por su facilidad para improvisar cuentos en voz alta, que sus compañeros de clase escuchaban encantados. Eso ocurría en el Wollaston Grammar. En la Academia Thayer de Braintree, aquel singular alumno ya no cayó tan en gracia, y a los 17 años se le echó del centro por fumar y por otras prácticas rebeldes. Expulsado precisamente es el título (y el tema) del primer relato impreso de su carrera. Se lo aceptó el influyente crítico Malcolm Cowley paraThe New Republic, y a partir de entonces Cheever empezará a ser una firma habitual en la sección de ficción de revistas como la citada, Collier’sHarper’s Bazaar y sobre todo el New Yorker. Puede resultar explicable que, con un carácter tan indócil, John fuera defenestrado de la escuela. Lo cierto, sin embargo, es que no tardará, a temporadas, en ser un buen docente, por ejemplo en el Barnard College neoyorkino, en el que estudiaron escritoras como Patricia Highsmith o Edna St. Vincent Millay. Tiempo después, Cheever demostrará ser también un competente docente de escritura creativa en Iowa, dentro de un taller en el que tendrá como alumnos a gente como Anne Sexton, Raymond Carver o John Irving.

 

leer artículo completo en Qué Leer

Carlos Barba

Qué Leer

“Fall River”: los primeros relatos de John Cheever

Al lector, probablemente le surgirá una pregunta ante este tipo de recopilaciones: ¿son relatos interesantes solo para los incondicionales del escritor que devorarían hasta sus primeros garabatos de escuela o tienen valor por sí mismos, más allá de la firma? En Fall River no aparecen solo las que serán las obsesiones del Cheever adulto (el mundo de las apuestas, el alcohol, la incomprensión en el núcleo familiar, la vampirización del mundo laboral), sino los ejes axiomáticos de una literatura norteamericana que seguirá creciendo, por ejemplo, de la mano de Arthur Miller. Así lo demuestra este fragmento de «Autobiografía de un viajante», una de las piezas más destacadas del conjunto: «Cuando cumplí sesenta y dos años no tenía trabajo. No he vuelto a trabajar desde entonces. Me estoy haciendo viejo. Mi póliza de seguros venció. Mi dinero se ha desvanecido. Mi hermano y mi hermana han fallecido. Mis amigos están muertos. El mundo en el qué se moverme, hablar y ganarme la visa, ha desaparecido». Aunque sin duda ganan peso leídos dentro de la trayectoria del autor, los cuentos se sostienen por sí mismos, por su tensión entre el lirismo y la concisión, por sus atmósferas opresivas, por sus juegos de contrastes.

Manuel Guedán
Ámbito cultural

Leer reseña completa

Diarios, 1962

Arcade Fire – The Suburbs

No he reparado el postigo de la ventana que da a poniente. No he comprado arena para echar en la entrada del garaje ni he preparado el combustible para la sierra mecánica. No he llevado la ropa a la tintorería. Al cortar la carne asada y descubrir que estaba poco hecha para mi gusto, emití una señal muda pero fulminante de asco y reprobación. Al servir el pescado, de tan malhumorado que estaba he puesto porciones abundantes a la familia y reservado para mí una patata y una cucharada de grasa. He acusado injustamente a mi esposa de infidelidad y a mi única y querida hija le he dicho en la cara que era fea y antipática. He estado y sido borracho, sucio, cruel, amargado y obsceno.

 

José Luis Muñoz comenta “Fall River”

Los cuentos incluidos en esta antología vieron la luz por primera vez en revistas y tienen como nexo común el desarraigo, la desesperanza y la infelicidad. Cheever, con sus textos, sería una magnífico ilustrador de las obras pictóricas de Hooper porque cuando se leen sus relatos, algunos más inspirados y otros menos (los relativos al mundo de las apuestas de las carreras de caballos quizá sean los que resulten más ajenos), al lector le embarga un indescriptible sentimiento de soledad y tristeza.

[...]

El mundo de John Cheever causa profunda desazón porque el agudo retratista de la clase media norteamericana nos muestra un escenario sin solución por el que deambulan personajes aplastados por el peso de su fracaso que ya no tienen fuerzas para rebelarse y aceptan fatídicamente su destino, seres que son el espejo de este autor que escribió a brazo partido, bebió compulsivamente, arrastró una torturada bisexualidad, luchó contra la falsedad del sueño americano y sufrió e hizo sufrir a su familia, un universo muy cercano al que refleja la ejemplar serie televisiva de éxito Mad Men.

Leer artículo completo en su blog La soledad del corredor de fondo

“La huella de los libros”

Rodrigo Fresán. Escritor. Argentino. No heredó libros. Todos los que tiene son adquiridos -o robados- por él. Evita prestarlos y puede montar un escándalo si se manchan con comida. Jamás subraya, jamás dobla esquinas, jamás quiebra lomos. Tiene un hijo de cuatro años a quien sólo permite tomar alguno “bajo estricta vigilancia”. Ha transportado de una ciudad a otra más de mil kilos de papel. Tiene un ejemplar de The stories of John Cheever, firmado por Cheever, que compró a 25 centavos de dólar, y un ejemplar de la primera edición de Matadero Cinco en cuya primera página se lee “To R. from K.”. Solía comprar diversas ediciones de una misma obra y llegó a acumular quince de El mundo según Garp, de John Irving.

-Si le prestan un libro, lo lee, le gusta y sabe que es inconseguible, ¿qué hace?

-Lo miro fijo, lo sigo mirando fijo, lo miro fijo un poco más. Y así hasta que suceda un milagro.

La huella de los libros. Leer artículo completo

Babelia
Leila Guerrero

8 de enero, 2011

Prehistoria de John Cheever

Es obra primeriza, pero de los escritores grandes interesa todo o casi todo. Han sido llamados los “relatos de aprendizaje”, pero los comienzos de un maestro pueden ilustrar más a propósito de su arte que mil sesudos estudios referidos a las claves de su obra. No aparecen aquí, todavía, los barrios residenciales que conforman el llamado territorio Cheever, forjado en la posguerra como una suerte de reverso o contraescenario del american way of life. Son los años treinta y cuarenta y John Cheever, ya esforzado narrador de revistas, es apenas un veinteañero que no sabe o no quiere hacer otra cosa que contar historias.

Como explica Rodrigo Fresán, no se encuentra en esta colección el mítico primer relato del escritor, Expelled, publicado por un joven de 18 años que tardaría más de un lustro en alumbrar el segundo. Basado en su expulsión del instituto por motivos que nunca han quedado claros, aquel asombroso relato inaugural adelantaba el nihilismo juvenil de la obra maestra de Salinger, pero fue desdeñado por el propio Cheever y nunca apareció recogido en libro.

Debido a la interminable querella con los herederos, el volumen -que reproduce los relatos reunidos en Thirteen Uncollected Stories by John Cheever (1994)- no pudo incluir, como deseaban los editores, el primer relato citado o los aparecidos en la primera de las recopilaciones del autor, Así viven algunos (The Way Some People Live, 1943), que tampoco formaron parte de la antología canónica con la que décadas después lograría Cheever un éxito definitivo y casi póstumo. A cambio, Fall River recupera pequeños tesoros como Autobiografía de un viajante, donde se prefigura la famosa obra de Arthur Miller, y otras piezas sólo relativamente menores que nos permiten ver -y disfrutar- los primeros pasos del genio.

 

eldiadecordoba.es

Ignacio F. Garmendia
5 de enero, 2011

Los números de 2010

Los duendes de estadísticas de WordPress.com han analizado el desempeño de este blog en 2010 y te presentan un resumen de alto nivel de la salud de tu blog:

Healthy blog!

El Blog-Health-o-Meter™ indica: Wow.

Números crujientes

Imagen destacada

Un Boeing 747-400 transporta hasta 416 pasajeros. Este blog fue visto cerca de 12,000 veces en 2010. Eso son alrededor de 29 Boeings 747-400.

 

En 2010, publicaste 47 entradas nueva, haciendo crecer el arquivo para 278 entradas. Subiste 60 imágenes, ocupando un total de 20mb. Eso son alrededor de 1 imágenes por semana.

Tu día más ocupado del año fue el 22 de abril con 106 visitas. La entrada más popular de ese día fue Lecturas.

¿De dónde vienen?

Los sitios de referencia más populares en 2010 fueran enriquevilamatas.com, elsindromechejov.blogspot.com, elartedecaminar.blogspot.com, nadaquedecirte-blanco.blogspot.com y search.conduit.com.

Algunos visitantes buscan tu blog, sobre todo por john cheever, book design, cheever, doogie horner y andrew wylie.

Lugares de interés en 2010

Estas son las entradas y páginas con más visitas en 2010.

1

Lecturas diciembre, 2009

2

Reseñas diciembre, 2009

3

The Book Design Review diciembre, 2007

4

“El nadador de John Cheever” por Eduardo Jordá mayo, 2010
5 comentários

5

“Basically decent” marzo, 2009

“Fall River” en Mondosonoro

Que John Cheever fue uno de los grandes autores del relato breve es algo que tenemos asumido, aunque, como siempre, su fama está justificada. No hace falta más que repasar Fall River, volumen que recoge sus primeros cuentos, para descubrir un talento y una triste emotividad que traspasa la letra impresa. Es leer “La oportunidad” o “Bayonne” y tenerlo claro, no, clarísimo.

 

 

 

MondoSonoro
Ernesto Bruno

Diciembre 2010

“La tormentosa vida secreta de John Cheever”

Empezaba 1964 y la vida de John Cheever, para variar un poco, iba de maravilla. Vivía junto a su familia en una sólida casa en Ossining, el pueblo a orillas del río Hudson que alguna vez consideró el paraíso. Su segunda novela, El escándalo de los Wapshot, recibía halagos de la crítica y se encaminaba a vender 50 mil copias. Consolidado entre los escritores más importantes de EEUU, la revista Time le dedicaría el artículo de portada de su edición de marzo. Cheever había soñado varias veces con un reconocimiento tan masivo como ese, pero todo se trizó cuando supo que un reportero había estado haciendo preguntas a sus amigos sobre su vida.

Salió ileso. El artículo de Time ni rozó su vida oculta. Ni siquiera decía que antes de mediodía empezaba a beber ginebra. Menos iba a mencionar que su matrimonio era prácticamente una fachada y que todos los días a Cheever lo atormentaban sus deseos homosexuales. Por supuesto, la revista tampoco decía que a los 52 años el autor de Falconer a diario se deprimía, estaba frustrado con su escritura y temía terminar “solo, deshonrado y olvidado por sus hijos”. Al contrario, el artículo de Time lo retrataba como todo ejemplo moral.

Reconocido en vida como de los cuentistas definitivos del siglo XX, Cheever sufrió silenciosamente casi toda su existencia. Recién pasados los 60 años, tras atravesar varios infiernos, pudo vivir en paz. El año pasado, el investigador Blake Bailey puso en contexto los claroscuros del autor de Bullet Park en Cheever. A life, una monumental biografía. Ganadora del National Book Award y finalista del Pulitzer, acaba de llegar a librerías chilenas y muestra, a ratos con una cantidad de detalles abrumadores, la profundidad de la amargura que arrinconó al “Chejov de los suburbios”.

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La Tercera
27 de noviembre, 2010
por Roberto Careaga


“Al principio también fue Cheever”

Rodrigo Fresán avisa en un estupendo prólogo que en ‘Fall River’ no se encuentra el mejor Cheever, sino aquél que está aprendiendo a nadar, el que lucha con sus influencias literarias que lo llevan de Heminway a Scott Fitzgerald; pero no es menos cierto que aquí ya aparecen, con su «oscuridad deslumbrante» característica, las historias y los personajes que harán decir a Samuel Bellow que su literatura es indispensable para saber lo que ocurre en el alma de los Estados Unidos. Basta con leer el relato que lleva por título ‘Su joven esposa’ o ‘Autobiografía de un viajante’ para encontrarse con un Cheever de apenas veintitantos años dueño en el arte del retrato preciso, del detalle minimalista, capaz de abrir en canal una realidad aparentemente normal con un par de frases y dejarnos en la boca ese poso amargo y tierno a la vez que será marca de la casa. Puro Cheever. ‘Fall River’ es por tanto un libro para los amantes de la literatura de Cheever que quieren conocer sus comienzos… O para aquellos que quieran comenzar a conocerlo.

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El Comercio Digital
27.11.10

Miguel Rojo

“La vida como problema”

No es que no fuera conocido, pero la proyección última de John Cheever en España le debe mucho al novelista argentino Rodrigo Fresán, que ha prologado y anotado en las reediciones de Emecé, publicadas a lo largo de la última década, todas sus novelas, una estupenda antología de los relatos -La geometría del amor (2002)- y el imprescindible volumen de susDiarios (2004), muchos de cuyos pasajes, incluidos los más escabrosos, resuenan en las páginas de esta nueva y voluminosa biografía, que merece el habitual calificativo de definitiva. Publicada el año pasado en los Estados Unidos y galardonada con el prestigioso National Book Critics Circle Award, la obra fue recibida por los incondicionales de Cheever con grandes y justificados elogios. Habría que dar la enhorabuena a los editores de Duomo por la rapidez con la que han preparado la versión castellana, aunque no tanto o no en absoluto por la pobre factura material del libro, tan desastrada como el jersey que luce el escritor en la cubierta.

“La vida como problema”
Ignacio F. Garmendia

Diario de Sevilla
26 de noviembre de 2010

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John Cheever. El espía de la clase media

En la narrativa de este escritor atormentado y plagado de contradicciones personales se ven reflejadas a la perfección las miserias, hipocresías e ironías de un mundo, el actual, y también el de los Estados Unidos residencial y burgués de la segunda mitad del siglo XX, abocado a un callejón sin salida. Sus personajes pululan por un país hiperrealista de mediados del pasado siglo en busca de una quimera de inútil acceso o quizá también de una vía de escape a tanta mediocridad. Supo hurgar en la herida mejor que nadie, y sin ataduras, de modo tal que pudo dejar al desnudo completamente una forma de vida que era demasiado cercana e insoportable.

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Cambio 16
1 noviembre 2010
Nº 2.030

 

 

 

 

FALL RIVER – John Cheever

Fall River
John Cheever

Prólogo de Rodrigo Fresán
Traducción de Verónica Fernández Camarero
TROPO EDITORES

Diseño y maqueta: Oscar Sanmartín Vargas
ISBN: 978-84-96911-24-6
Precio: 18,50 €
Páginas: 200
ÍNDICE
  • Apuntes para una teoría del aprendiz de brujo    7
  • Río de otoño   19
  • Reunión tardía   25
  • Cerveza Bock y cebollas dulces   32
  • Autobiografía de un viajante   45
  • De paso   52
  • Bayonne   84
  • La princesa   95
  • La corista   104
  • Su joven esposa   112
  • Saratoga   123
  • El hombre al que quería   145
  • Cena en familia   167
  • La oportunidad   176

(del prólogo de Rodrigo Fresán)

[...]
Este Fall River (6) -están advertidos- abre con el segundo cuento publicado en vida por John Cheever y compila trece especímenes de lo que se conoce, sí, como “relatos de aprendizaje”. Lo que no significa que sean relatos de aprendizaje comunes y vulgares porque, quien los firma, es un aprendiz, de acuerdo, pero -atención- es un aprendiz de John Cheever. Es decir: no se encontrarán más adelante perfectas e insuperables joyas a la altura de “Adiós, hermano mío”, “El nadador” o “El marido rural”. Tampoco las gemas semi-preciosas de un Cheever ya casi puro -”Of Love: A Testimony” y “The Brothers”- aparecidas en The Way Some People Live. Pero sí los destellos en la oscuridad que las presagian y que contribuirán a su futuro hallazgo y felicidad.
Son éstos los bosquejos de alguien que siempre se supo narrador (7). Alguien que desde muy temprano entendió a la literatura como el único pasaporte posible para trascender a las miserias de su clase, y que -como apuntó en su introducción a The Stories of John Cheever- seguramente lo presentaran como alguien “más bien solo y determinado a instruirse por su cuenta. Ingenuo, provinciano en mi caso, a veces obtuso y casi siempre torpe”. “Una cuidada selección de sus primeros trabajos” mostrando y demostrando “la historia desnuda de su lucha por recibir una educación en economía y amor”.
Tampoco hallaremos en lo que sigue a los barrios residenciales y acomodados que acabaron constituyendo lo que se conoció como “Cheever Country” y que nutrirían a futuros vecinos como los de Las vírgenes suicidas, La tormenta de hielo, o la serie televisiva Mad Men. Aquí estamos todavía en los años 30 y 40, Cheever no ha encontrado aún su lugar en el mundo -no es aún el “Chejov de los suburbios” o el “Virgilio de la clase media norteamericana”- y quienes asoman la cabeza son los resignados habitantes de la Gran Depresión a los que, de tanto en tanto, el autor les concede el premio consuelo de alguna de sus características epifanías al cierre.
De lo quedisfrutaremos en Fall River es de la vista y visión de John Cheever aprendiendo a nadar. De un joven escritor abrazando y luchando con sus influencias, de la tensión que lo lleve de Ernest Hemingway a Francis Scott Fitzgerald (el modo en que la sequedad del primero acaba resultándole castrador y el romanticismo del segundo expansivo y lleno de posibilidades); de la ya personal e inconfundible manera en la que Cheever hacer rimar humor con dolor, y de lo que puede considerarse su segunda aunque primeriza obra maestra: “Autobiografía de un viajante” (8), culminando ya con una de sus características parrafadas/despedida:
Me estoy haciendo viejo. Mi póliza de seguros venció. Mi dinero se ha desvanecido. Mi hermano y mi hermana han fallecido. Mis amigos están muertos. El mundo en el que sé moverme, hablar y ganarme la vida, ha desaparecido. El ruido del tráfico bajo la ventana de esta habitación amueblada me lo recuerda.
Hemos sido olvidados. Toda nuestra experiencia no sirve para nada. Pero cuando pienso en los días en la carretera y en lo que he hecho y en lo que me han hecho, casi nunca lo hago con tristeza. Hemos sido olvidados como viejas guías telefónicas, como almanaques, como la luz de gas o como una de esas grandes casas amarillas con cornisas y cúpulas que solían construirse. Eso es todo. Aunque a veces tengo la sensación de que he malgastado mi vida. A veces tengo esa sensación por la mañana, mientras me afeito. Me entran nauseas, como si algo me hubiera sentado mal, y me veo obligado a soltar la cuchilla y apoyarme en la pared.
[...]

(6) Su título original es Thirteen Uncollected Stories by John Cheever (Academy Chicago Publishers, 1994), existió otra edición castellana y Made in Colombia y hoy casi inconseguible -El hombre al que amó y otros cuentos dispersos (El Áncora, 1996)- y no es este el libro que se suponía debía ser. Sus editores aspiraban a un complementario The Uncollected Stories of John Cheever que incluyera a “Expelled”, la totalidad de The Way Some People Live, y muchas piezas dispersas publicadas hasta poco antes de la muerte del autor. Pero tuvo lugar un largo y costoso conflicto legal con la familia del escritor (para completistas, obsesivos y estudiosos de derecho editorial existe todo un libro sobre el asunto publicado por Rowman and Littlefield, Inc. en 1998: Uncollecting Cheever: The Family of John Cheever vs. Academy of Chicago Publishers) y habrá que seguir esperando. Uno de los volúmenes de The Library of America incluye, a juicio de su editor Blake Bailey, varias piezas imprescindibles; pero seguimos padeciendo no tener entre cubiertas a maravillas como “Hommage to Shakespeare” o “The President of Argentina”.
(7) Ha quedado documentado que su maestra de primaria premiaba a sus alumnos con un “Y ahora Johnny pasará al frente y nos contará una historia”.
(8) El único de los relatos aquí presentes seleccionado por Blake Baile para The Library of America.
Totalmente de acuerdo con Blake y Rodrigo: “Autobiografía de un viajante” es una puta obra maestra (otra más) del cuento. Te toca el corazón como Cheever sabía hacerlo.

Reseña de la biografía de John Cheever en el Cultura/s

Un retrato cruel (Una vida turbulenta)

El retrato del escritor, a través de cientos de testimonios, amenizado con los cameos de escritores que fueron alumnos, amigos y/o rivales (Maxwell, Salinger, Updike, Roth, Capote, Donleavy, Bellow, Mailer, Gurganus), siguiendo su oscura infancia, su trayectoria estudiantil, universitaria, matrimonial y profesional de escritor en The New Yorker, guionista en Hollywood, profesor en la Universidad (de T.C. Boyle y Gurganus), miembro de Yaddo, sus amantes de los dos sexos, su difícil relación con sus hijos, su omnipresente ginebra, es demoledor, pero también conmueve, precisamente porque está detrás del Cheever escritor.
La pregunta que se hará algún lector es hasta qué punto hacía falta esta investigación tan prolija de la parte más sórdida del hombre Cheever, y si nos interesa ese Cheever más que el escritor. Sobre todo, teniendo en cuenta que sus Diarios publicados son ya explícitos y con una calidad literaria muy superior. También cabe preguntarse por qué su familia, apoyando la biografía, habrá querido mostrar la peor cara del escritor.

 

Isabel Núñez para LA VANGUARDIA Cultura/s

Leer reseña completa en el blog de Isabel Núñez