“Ingenio y sensibilidad”

Diciembre 17, 2009 - Una respuesta

Una exposición en la Morgan Library de Nueva York reúne una veintena de cartas y el único manuscrito completo de la escritora Jane Austen

Autograph letter signed, dated Bath, 2 June 1799 to Cassandra Austen

Autograph letter signed, dated Bath, 2 June 1799 to Cassandra Austen

La muestra Woman’s wit: Jane Austen’s life and legacy (El ingenio de una mujer: vida y legado de Jane Austen), que permanecerá abierta hasta el 17 de marzo, presenta además el único manuscrito que se conserva de esta autora correspondiente a su primera novela Lady Susan.

Aguda observadora de su entorno, Austen derrocha humor y sensibilidad en las cartas que se cruzó con su adorada hermana. La crónica social -casamientos, ligues y muertes- y las discusiones de moda están trufadas de deliciosos comentarios. Jane definió la temática de su correspondencia como “importantes naderías”. El costoso precio del papel le llevó a usar el espacio al máximo escribiendo en sentido vertical sobre las líneas horizontales y aprovechando los márgenes. Durante sus viajes a la costa o a las casas de algún familiar, cada tres días enviaba una carta a Cassandra y en todas ellas, como la excelente corresponsal que era, recreaba un tono de conversación y cháchara. “Te he hablado en esta carta tan rápido como me ha sido posible”, escribe en una de ellas.

La muestra ofrece un completo repaso a la vida de Austen y hace un guiño a los detalles cotidianos que recogió en sus novelas. Un pequeño libro de cuentas muestra los gastos que anotó en 1783 (13 libras en ropa, 8 en lavandería, 3 en cartas y 3 en limosnas); un par de manuales de etiqueta y un conjunto de ilustraciones satíricas del siglo XVIII de James Gillray, testifican los usos y costumbres de la época. El retrato de Miss Q pintado por William Blake (que Austen aseguró que era la viva imagen de los personajes de Orgullo y prejuicio) y los grabados de Isabel Bishop que ilustraron las ediciones conmemorativas de sus novelas, ofrecen la visión gráfica del universo de esta autora. “Hemos tratado de poner el material original en su contexto histórico y social”, explican en conversación telefónica el comisario de la muestra Declan Kiely y su asistente Clara Drummond. “Austen es una autora del XVIII, su sensibilidad está en sintonía con esa tradición y con el ingenio de ese momento”.

En cuestión de popularidad, vive, casi dos siglos después de su muerte, uno de sus mejores momentos gracias, mal que le pese a los profesores de literatura, a libros que revisan en clave de terror adolescente su obra, como Orgullo y prejuicio y zombies. (*)

El País, 17/12/2009

ANDREA AGUILAR - Nueva York – 17/12/2009

Leer artículo completo en El País

Visitar exposición

Ver manuscritos Lady Susan y más

(*) Leer últimas páginas en el blog últimaspáginas

Novedad: “Oh, esto parece el paraíso” en catalán

Diciembre 15, 2009 - Una respuesta

Publicada por Viena Edicions (ver ficha)

Això sembla el paradís!

Això sembla el paradís! Inèdita fins ara en català, l’última novel·la de John Cheever, el cronista més àcid de la classe mitjana nord-americana. El relat de la sorprenent batalla que lliura el protagonista per recuperar un paradís perdut de la seva joventut, esdevé en aquesta novel·la una lúcida metàfora sobre la condició humana. I és que, des de la mirada càustica i alhora tendra de l’autor, l’ésser humà és una espècie capaç d’aconseguir el millor sense proposar-s’ho, o fins i tot com a conseqüència d’un pla que s’encaminava en una direcció ben diferent… Un magnífic colofó a una de les carreres literàries més brillants del segle XX.

Reseña por Xavier Pla

Piratas ¿Qué piratas? por Andrés Ibáñez

Diciembre 9, 2009 - Una respuesta

La Unión Europea acaba de aprobar una ley de acuerdo con la cual el gobierno podrá cortar la conexión a internet (previa sentencia judicial, ¡como si eso fuera un consuelo!) de aquellos usuarios que practiquen la piratería. Hace poco ha habido una manifestación en Madrid donde diversas personalidades del mundo de las artes protestaban ruidosamente contra la piratería y a favor de los derechos de autor.

Sé que mis tortugas, por ejemplo, se «piratean» libremente. Sé que hay blogueros que las copian y las cuelgan en sus blogs. No creo que esto sea una práctica pirata. Lo que sería extraño es que teniendo una máquina capaz de copiar y pegar textos con toda facilidad, nadie lo hiciera. O que estuviera prohibido hacerlo. La esencia de internet es precisamente eso que se llama «piratería». Cuando entro en una página x y copio un texto o guardo una foto en mi disco duro, ¿estoy pirateando? No, me dirán, porque esa foto o ese texto son de «libre acceso». Pero ¿por qué son «de libre acceso»? Una de las razones es que resulta muy difícil que no lo sean. Puedo hacer que los usuarios paguen por acceder a una información o a una foto, pero ni siquiera entonces podré evitar que copien la foto o el texto. Claro que hay sistemas que hacen incopiable lo que aparece en la pantalla.

Eliminar barreras. Dificultades, trampas, muros para evitar que el odioso cibernauta arramble con todo. ¿Para qué? ¿Qué se pretende salvaguardar? Esa misma imagen la podré conseguir en otro sitio. Y si me la «quitan», ¿qué me quitan? Internet es un sistema de almacenamiento y distribución de información, y su esencia es la copia. Es una red que pone en comunicación unos ordenadores con otros, y su razón de ser es, precisamente, la (libre) transmisión de información. Los llamados «piratas» lo único que hacen es utilizar una máquina que se vende en las tiendas. Esa máquina que hemos inventado hace esas cosas. Y esas cosas son útiles, proporcionan enormes cantidades de información a millones de personas, eliminan barreras, ponen todo el conocimiento del mundo en nuestras manos. ¿Quién puede creerse con derecho a impedirlo?

Es verdad que vivimos en una sociedad de ladrones. Todos sufrimos el robo, el saqueo continuo a que son sometidos nuestros bolsillos. Cada día nos despertamos ante la noticia de que tenemos que pagar por algo nuevo. Nos sacan la pasta como a unos benditos. Con hipotecas, con créditos rapiña, con impuestos, con multas, con tasas, con permisos, con nuevas medidas de seguridad, con revisiones, con tarifas de móvil, con contratos imposibles de rescindir, con promociones engañosas, con tarjetas de crédito de tasa mensual fija cuyos intereses suben al cincuenta por ciento.

Sociedad de esclavos. Uno se pregunta quién es capaz de pagar el precio de las cosas, y cómo podemos vivir con los sueldos que tenemos y los precios que tienen los productos. La respuesta es el endeudamiento constante, continuo, perverso. Somos una sociedad de esclavos que trabajan para pagar deudas y que contraen nuevas deudas para pagar sus anteriores deudas. Resulta bastante curioso acusar a estos esclavos de ser, ahora, fíjense bien, unos «piratas». Nadie puede ser esclavo y pirata a la vez. Por favor. Qué morro.

Antes no había piratería porque no existían las máquinas que existen hoy. ¿Por qué no prohibir internet directamente? ¿Por qué no prohibir los ordenadores personales o los nuevos soportes y regresar a la era del CD, o mejor aún, a la del incopiable disco de vinilo? Y ya puestos, ¿por qué no destruir las imprentas y convertir los libros en objetos únicos? Hoy todavía está prohibido hacer fotos en algunos museos. Deberían quitarnos los ojos, también, que tienen la capacidad de copiar lo que ven y guardarlo en la memoria. Y prohibirnos que hablemos unos con otros y nos contemos un libro o una película. Para no vulnerar los famosos «derechos de autor». Lo siento, no te puedo decir de qué trata 2012 porque no quiero vulnerar los derechos de autor del guionista. Si quieres enterarte, paga la entrada como Felipón.

Espero con nerviosismo el primer caso, la primera sentencia, la foto del primer pirata desterrado del paraíso de internet. Espero el momento en que todos los periódicos recojan la noticia de que a Agustín Ferrater Gómez, de Argamasilla de Alba, se le ha prohibido el acceso a internet por realizar descargas ilegales. Ojalá tal situación disparatada no llegue a producirse nunca.

Andrés Ibáñez

5 de diciembre de 2009

ABCD de las artes y las letras Número 927

¿Con qué escriben?

Diciembre 3, 2009 - Escribir una respuesta

Allan Gurganus

The writer Allan Gurganus once asked his friend John Cheever, the great American novelist, whether he wrote in longhand or on a typewriter. Cheever’s answer? “I inscribe on stone tablets.”

Artículo completo en Telegraph.co.uk

Diarios, 1977

Noviembre 27, 2009 - 2 comentarios

Me irrita mi falta de volumen físico y me irrita sentir esta preocupación. No hay muchas pruebas de ello en las fotografías que poseo, pero temo que me tomen por un viejo contramaestre, por un amable empleado de ferretería que sabe dónde están los clavos de todos los tamaños, por un secretario de fábrica de escopetas, por un vigilante de pequeño museo con uniforme raído que susurra: “Es hermoso, ¿verdad?”. Me veo en Berlín Occidental, maestro de ceremonias en la boda de Iole: bang-bang, una llama dinámica, brillante. A falta de volumen, uno tiene ánimo. Patino, saco la nieve y creo ver en un árbol desconocido un rastro de verdor y luz. Me parece que es lo que buscaba. Pero al acostarme a dormir la siesta, en el extremo oscuro o misterioso de las cosas imagino que estrecho entre mis brazos a un amante indigno.

Jill Krementz Photo Journal

Noviembre 24, 2009 - Escribir una respuesta

John Cheever in Ossining, NY. October 1, 1971.

John Cheever with Flora, a yellow Labrador retriever

John Cheever with Flora, a yellow Labrador retriever

ohn Cheever with his wife Mary at the American Academy of Arts and Letters. May 18, 1977.

ohn Cheever with his wife Mary at the American Academy of Arts and Letters. May 18, 1977.

John Cheever with his friend, John Updike, at the American Academy of Arts and Letters

más fotos maravillosas en Jill Krementz Photo Journal

Cheever en los blogs [ampliado]

Noviembre 18, 2009 - 3 comentarios

Editorial de Steven Klein en L’Uomo Vogue basado en “El nadador” en Di por Dior

Reportaje completo Aquí

“El nadador” y más en La escuela de los domingos

Me conmovió. En sus Diarios -otra experiencia abrasiva, ese agujero negro de rara hermosura, según Rodrigo Fresán-, Cheever da cuenta de la génesis de El nadador, pero en otro lugar explicó que había empleado 150 páginas de apuntes para 15 páginas de cuento y tardó dos meses en ponerle punto y final. Representó una experiencia terrible y tardó mucho tiempo en volver a escribir otro cuento. Eso también me conmovió.

Claudia Piñero lee “El nadador” en Un millón de amigos

Lo grabamos hace unos días en una confitería. Escucharán el ambiente, por detrás de la voz de Claudia.

“My God, the Suburbs!” por Colm Tóibín en London Review of Books

The tone in Cheever’s journals was usually self-pitying and humourless. In the stories, however, he could turn domestic despair into comedy and then back again, often in a single phrase. Neddy in ‘The Swimmer’, for example, Cheever wrote, ‘might have been compared to a summer’s day, particularly the last hours of one’. Or in ‘The Country Husband’, as the children are bickering in their father’s presence before their mother enters to announce that supper is ready in their nice suburban house, Cheever risks a phrase that makes you unsure whether to laugh or cry: ‘She strikes a match and lights the six candles in this vale of tears.’

Breve biografía en el blog nuncadigasdijediego.blogspot.com

Cheever se casó con Mary Winternitz, una graduada de la Sarah Lawrence College e instructora de literatura en el Briarcliff College, y pasó cuatro años en la Armada durante la segunda guerra. Más tarde escribió guiones televisivos y se mudó a Scaraborough, New York, donde vivió desde 1950 hasta 1955. Viajó con su familia a Italia en el 56, y en ese mismo año se mudó permanentemente a Ossining. Los Cheever tuvieron tres hijos: Susan, Benjamin, y Frederico.
Mientras tanto se sucedían los premios: en 1951 ganó la beca Guggenheim. Su cuento ‘The Five-forty-eight’ ganó el Benjamin Franklin magazine award en 1955, y ‘El marido rural’’ ganó el O. Henry Award en 1956. Ese mismo año fue nombrado integrante de la American Academy of Arts and Letters, uniendose a Saul Bellow, Robert Lowell y Thornton Wilder.

(Editorial Completo aquí)

En Lector mal-herido

Comentario de “La geometría del amor” en Supay Libros

Por otro lado, la apariencia se impone como un elemento siempre presente como sucede con “El marido rural” donde cada hecho intenta encubrir esa realidad que es el odio de las parejas. Esa misma realidad circula también en “La cura” y “Una norteamericana culta” pero esta vez con la característica demasiado cruel de buscar pequeñas víctimas en los niños, sus hijos.

Breve reseña “Diarios” en Escrito en el viento

Estos cuadernos fueron escritos desde los años 40 a los años 80. Es, pues, un libro esencial para quien quiera conocer a Cheever a fondo. Incluso en algunos pasajes uno llega a pensar que estamos ante un hombre un poco despreciable. Aunque sigo prefiriendo sus cuentos, en estas páginas encontramos al autor sin ninguna máscara.

En el blog Nada que decirte

Vota por Cheever!

Septiembre 25, 2009 - Una respuesta

en The National Book Foundation para The Best of the National Book Awards Fiction

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Y necesita todos los votos porque los competidores son duros, sí, pero nos estamos quedando muy atrás. Las estadísticas, como siempre, tan injustas…

estadisticaAdemás, por si la satisfacción de votar a Cheever no fuera suficiente, el premio son 2 noches en el Marriot de Manhattan.

La hoja plegada. Capítulo 1.

Septiembre 24, 2009 - Escribir una respuesta

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1

Las líneas azules del fondo de la piscina ondulaban y temblaban incesantemente, y algo en la forma de aquel lugar, tal vez el hecho de que fuese largo y estrecho y estuviese cubierto de azulejos hasta el techo, hacía resonar sus voces. Las mismas voces que sonaban tristes al aire libre, en el patio del instituto, “¡Esa luz! ¡Esa luz!”, era como si se gritasen desde el otro lado del agua y desde las gradas.

Todos iban desnudos, y hasta que llegase el señor Pritzker, sólo podían mirar el agua; tenían prohibido meterse en ella. Se apiñaron junto al trampolín y se empujaron y pisotearon unos a otros, peleándose con desgana. Los que estaban junto al borde de la piscina daban codazos y proferían amenazas que no tenían intención de cumplir, pero que ayudaban a pasar el rato.

La clase de natación era casi siempre igual. Primero pasaban lista, luego entrenaban quince minutos a espalda o practicaban la patada o la respiración y, para acabar, hacían una carrera de relevos. El señor Pritzker elegía a dos chicos y les dejaba escoger su propio equipo. Lo seleccionaban con mucha seriedad moviéndose por la clase y señalando por orden decreciente a los mejores nadadores. Pero lo verdaderamente crucial era a quién le tocase elegir al último. El equipo que tuviese que quedarse con Lymie Peters era el que perdía. Lymie no sabía nadar a crol. Semana tras semana, la carrera de relevos empezaban con gran excitación y continuaba de un lado al otro de la piscina hasta que le tocaba el turno a Lymie. En cuanto se zambullía y empezaba su lenta y frenética brazada lateral, la carrera decaía y el lugar se iba quedando en silencio.

Como se le daban tan mal los deportes, lo mejor que podía hacer Lymie era pasar desapercibido. En la clase de gimnasia, los días que jugaban al béisbol al aire libre, se iba corriendo al campo de la derecha y desde aquel lugar, en comparación seguro, contemplaba el partido. Allí llegaban muy pocas bolas y el central sabía que, aunque llegaran, Lymie no las atraparía. Pero en la clase de natación no había dónde apartarse. Se quedaba lejos de los otros, un muchacho delgado, estrecho de pecho, de pelo negro que formaba un pico de viuda sobre la frente y unos grandes y dubitativos ojos marrones. Siempre trataba de hacerlo lo mejor posible cuando llegaba la ocasión y nadie le reprochaba que fuese él quien decidiera siempre la carrera. Aunque, por otro lado, tampoco se tomaran la molestia de ocultarlo.

Ese día ocurrieron dos cosas fuera de lo habitual. El señor Pritzker llegó algo como una pelota de baloncesto aunque más grande, y llegó un chico nuevo a clase. El nuevo tenía el cabello fino y los ojos grises un poco demasiado juntos. No era muy guapo, pero su cuerpo, para ser el cuerpo de un muchacho, estaba muy bien formado, con una gracia masculina natural. De vez en cuando aparece gente -como el chico nuevo- que sirven como recordatorio de las reglas ideales y casi abstractas de proporción en las que se basa, por torpemente que sea, el ser humano. En la clase había chicos más grandes y más musculosos, pero en cuanto el nuevo ocupó su puesto en la fila que formaban junto al borde de la piscina, hizo que los demás parecieran desgarbados, como si tuvieran los brazos y las piernas demasiado largos. Todos le echaban miradas furtivas de admiración. Él miraba los azulejos del suelo o más allá hacia el infinito.

El señor Pritzker abrió su librito. “Adams -empezó-, Anderson…, Borgstedt…, Catanzano…, De Fresne…”

El nuevo se llamaba Latham.

El señor Pritzker, distinto de los demás por su tamaño y su edad, y por el hecho de ser el único que llevaba bañador y un silbato con una cinta alrededor del cuello, esbozó las reglas generales del waterpolo. A Lymie Peters le iban bastante bien los estudios, pero los juegos le producían ansiedad. El temor a ser de pronto el centro de atención, a que todo el juego dependiese de sus acciones, le nublaba la inteligencia. Vio las palabras “cinco chicos a cada lado” separarse como las líneas azules a lo largo del fondo de la piscina y volver a juntarse.

Por fin le llegó el turno de meterse en el agua, pero en lugar de participar en los gritos y los salpicones, en lugar de tratar de arrebatarles la pelota a los demás, se quedó junto al borde de la piscina. Hizo algunos esforzados pero inútiles movimientos cuando se le aproximó el grupo de jugadores y se relajó ligeramente cuando volvieron a alejarse (el agua volaba entre salpicones y el silbato les interrumpía constantemente) hacia el otro extremo de la piscina. Cada sesenta segundos, el minutero del reloj de pared se movía hacia delante con una sacudida perceptible, que quedaba registrada en el cerebro de Lymie. El tiempo, el lento paso del tiempo, era lo único que entendía, su única esperanza hasta el momento en que, sin previo aviso, la pelota voló directa hacia él. Miró ansiosamente a uno y otro lado, pero en aquel extremo de la piscina no había nadie. Desde la otra parte, una voz gritó: “¡Cógela, Lymie!”, y él la cogió.

Lo que ocurrió a continuación, estuvo enteramente fuera de su control. Los chapoteos le rodearon y le succionaron hacia el fondo. Rodeado de brazos que le agarraban y de muslos que rodeaban su cintura, se hundió hacia el fondo, hacia el fondo donde no había aire. Sus pulmones se expandieron y llenaron su pecho y él se agarró a la pelota con un pánico ciego. Tras un larguísimo momento, los brazos le soltaron sin motivo aparente. Los muslos le liberaron y se encontró de vuelta en la superficie, donde había vida y luz. La pelota se le escapó de entre las manos.

-¿Por qué la agarrabas así? -le preguntó un chico llamado Carson-. ¿Por qué no la soltaste?

Lymie vio la cara de Carson, enorme en el agua enfrente de él.

-Si el nuevo no te los llega a quitar de encima, te ahogas -dijo Carson.

Con una repentina y abrumadora gratitud, Lymie miró a su alrededor en busca de su salvavidas, pero el nuevo había desaparecido. Estaba en alguna parte en mitad de la lucha y los salpicones del otro extremo de la piscina.

La hoja plegada

William Maxwell

Comenzó a trabajar como editor literario en The New Yorker, y siguió en ella durante 40 años (1939-1975); se ocupaba de la sección correspondiente de dicha revista. Allí conoció y orientó a muchos narradores de gran valía. Trabajó con escritores de la talla de Vladimir Nabokov, John Updike, J.D. Salinger, John Cheever, Mavis Gallant, Frank O’Connor, Larry Woiwode, John O’Hara, Eudora Welty, e Isaac Bashevis Singer.

Sobre su papel de editor, Eudora Welty dijo: “Para los escritores de ficción Maxwell era el General”. La narradora canadiense Alice Munro destacó su figura, a la par de toda una serie de nombres de primera línea, como Carson McCullers, Eudora Welty, Flannery O’Connor, y en algún aspecto hasta por encima de estas escritoras.

Pero lo más importante es su propia obra, de gran categoría e influjo. Su primera novela fue Bright Center of Heaven (1934). Escribió en conjunto seis novelas, que fueron muy bien acogidas por el público, así como relatos breves, ensayos, cuentos para niños y finalmente unas memorias, Ancestors (1972). En su obra, calificada por los expertos como una de las más importantes del siglo XX, son recurrentes los temas de la infancia, la familia, la muerte súbita o las vidas que cambian silenciosa e irreparablemente. Una parte de su trabajo es autobiográfico, y sobre todo concierne a la pérdida de su madre. Su obra ha pasado muchos años sin comentarse; Adiós, hasta mañana, de 1980, fue ganadora del premio American Book Award y se tradujo al castellano en 1998.

Desde su muerte, en el año 2000, se han publicado algunas biografías sobre él, que no han sido traducidas.

En 2008 la Library of America (editorial sin ánimo de lucro, que publica a autores norteamericanos clásicos y considerados imprescindibles) publicó el primer volumen de la obra de William Maxwell Early Novels and Stories.Para celebrar el centenario de su nacimiento, se publicó en el otoño de 2008 el segundo volumen de su obra Later Novels and Stories.

[de la Wikipedia]

John&Dan

Septiembre 23, 2009 - 3 comentarios

don

MAD MEN: UNA SERIE PARA LOS LECTORES DEL SIGLO XXI

Hoy nadie fuma en su oficina. Tampoco estamos acostumbrados a tomar un Manhattan a las 12 del día y la formalidad con que se visten los publicistas de la agencia Sterling Cooper es anacrónica.

¿Por qué entonces Mad men conecta tanto con los profesionales que hoy van al gimnasio, usan pantalones de gabardina y que reemplazaron el aperitivo del mediodía (y los sucesivos whiskys que toma Draper) por la dosis matinal de Ravotril? ¿Por qué esta serie ambientada en Nueva York en los 60 resulta tan irresistiblemente actual?

La llave para empezar a responder estas preguntas es la palabra “ansiedad”, esa incomodidad existencial que apenas logra aplacarse con tabaco, infidelidades y cocktails, y que en el fondo es miedo, miedo en estado puro.

Dan Draper teme que descubran de dónde viene, a Pete Campbell le da terror no cumplir las expectativas familiares, Peggy Olson está dispuesta a abandonar a un hijo con tal de no estancarse profesionalmente, y a Joan Holloway la abruma constatar que el matrimonio no soluciona nada: es mejor ser la amante resplandeciente de la primera temporada que la aburrida novia de un médico de la segunda parte.

A todos les ha costado mucho llegar donde están, así que no dudan en defender sus posiciones con uñas y dientes… y engaños. A medida que avanza, Mad men se va oscureciendo (la soledad de Draper es sobrecogedora) y se hace evidente la relación con los cuentos de John Cheever.

Comparten las casas perfectamente amobladas, la ropa elegante, los hijos saludables, el club de campo, la tranquilidad de los suburbios y, tanto como el miedo a la pérdida, el deseo (erótico, vital) de que todo eso dure para siempre. En esa pasión radica buena parte del encanto de Mad men.

Artículo completo en latercera.com

en las páginas salmón

Septiembre 14, 2009 - 2 comentarios
El ‘error Lehman’
El mundo aún sufre las consecuencias de la caída del gigante de Wall Street
CLAUDI PÉREZ 13/09/2009
Ahora que la situación se va normalizando, a Wall Street le entra de repente cierta amnesia respecto a lo ocurrido. “En los casos de Lehman y AIG se demuestra que la acción de las autoridades está limitada por nubes de incertidumbre en la regulación. Los bancos quieren impedir que el nuevo Ejecutivo imponga claridad en la nueva normativa, quieren aguar la reforma y dejar las cosas como están. Pero hay que limitar los movimientos de esas instituciones demasiado grandes para caer, y hay que dar poderes a la Administración para meter mano en cuanto empiecen a ver cosas raras”, apunta Morris.
Wyplosz dispara en la misma diana: “Estados Unidos, Suiza y el Reino Unido han planteado propuestas interesantes para la nueva regulación bancaria. Pero esos proyectos deben pasar por los parlamentos respectivos: mi apuesta es que al final se verán claramente aguadas. Si estoy en lo cierto, el mundo pos-Lehman será muy peligroso”.
La intrahistoria de la caída de Lehman es también una feroz lucha de egos, un tratado de bajas pasiones; un folletín peliculero, en suma. En las infinitas entrevistas, en los reportajes y en los libros que describen los últimos días del banco, su presidente, Richard Fuld, aparece retratado como un tipo arrogante, estúpido, codicioso, temerario y con algunas lindezas más. “El carácter es el destino”, escribió John Cheever hace casi 30 años.

Ahora que la situación se va normalizando, a Wall Street le entra de repente cierta amnesia respecto a lo ocurrido. “En los casos de Lehman y AIG se demuestra que la acción de las autoridades está limitada por nubes de incertidumbre en la regulación. Los bancos quieren impedir que el nuevo Ejecutivo imponga claridad en la nueva normativa, quieren aguar la reforma y dejar las cosas como están. Pero hay que limitar los movimientos de esas instituciones demasiado grandes para caer, y hay que dar poderes a la Administración para meter mano en cuanto empiecen a ver cosas raras”, apunta Morris.

Wyplosz dispara en la misma diana: “Estados Unidos, Suiza y el Reino Unido han planteado propuestas interesantes para la nueva regulación bancaria. Pero esos proyectos deben pasar por los parlamentos respectivos: mi apuesta es que al final se verán claramente aguadas. Si estoy en lo cierto, el mundo pos-Lehman será muy peligroso”.

La intrahistoria de la caída de Lehman es también una feroz lucha de egos, un tratado de bajas pasiones; un folletín peliculero, en suma. En las infinitas entrevistas, en los reportajes y en los libros que describen los últimos días del banco, su presidente, Richard Fuld, aparece retratado como un tipo arrogante, estúpido, codicioso, temerario y con algunas lindezas más. “El carácter es el destino”, escribió John Cheever hace casi 30 años.

Leer artículo completo El ‘error Lehman’

CLAUDI PÉREZ

El País  13/09/2009

Jane Austen. La más moderna.

Julio 22, 2009 - 2 comentarios

890


Sense and Sensibility and Sea Monsters

Jane Austen

Quirk Books

Diseño: Doogie Horner

Ilustración: Lars Leetaru (portada) & Eugene Smith (interior)

875


Pride and Prejudice and Zombies: The Classic Regency Romance – Now with Ultraviolent Zombie Mayhem!

Jane Austen & Seth Grahame-Smith

Quirk Books

Diseño: Doogie Horner

Ilustración: Philip Smiley (interior)

Fuente: Book Covers

(A ver si aprendes Salinger…)

Ayesta en la valla

Julio 21, 2009 - Una respuesta

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Una ola fría, blanca y burbujeante que era una hermosura y una delicia y una furia de felicidad que le volvía a uno loco de alegría.


Julián Ayesta

Valla en las obras en la plaza del Instituto (o Parchís) en Gijón.

[clic en las fotos para ampliarlas]

2 artículos

Julio 16, 2009 - Escribir una respuesta

His best stories compress whole lives and worlds into a few pages, such as in “The Five Forty-Eight,” where we get an acute picture both of an odious employer, who will be forced at gunpoint to pay for his sins, as well as the urban life that has squeezed out his humanity. Another sterling example is “The Country Husband,” which is basically about a man who has sacrificed everything for the good life and then finds himself trapped in it. It’s the texture of his very routine neighborhood that Cheever is really after, though; the startling details as well as the ordinary but funny ones, like the wandering child who never goes home or the dog who steals steaks from outdoor grills, all of which are woven into a truly magical ending.

John Cheever — Back for Good?

by Rodney Welch

That is something everyone has to decide for themselves. But maybe the more critical question we need to ask is: Can an artist produce an honest piece of work without being an honest person? It seems that the guy who writes the popular love songs is always the same guy who has been married seven times. Does that matter? Does that make the song, the story, the painting any less brilliant? Do we need to accept the fact that there are no perfect people? And that imperfect people can produce near-perfect works of art?

“When imperfect artist create great art”

by Michael Heaton

Cheever por Gallo

Julio 15, 2009 - Escribir una respuesta

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[clic en la imagen para ampliarla]

Retrato de John Cheever

(tinta sobre papel, 21 x 29 cm)

en el blog de Pablo Gallo y además: Boris Vian, Raymond Carver, Chéjov, Virginia Woolf, Roberto Bolaño, Thomas Bernhard y más…

Cover Stories

Julio 15, 2009 - 2 comentarios

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[clic en la imagen para ampliarla]

Julián Ayesta y “Helena o el mar del verano”

Julio 14, 2009 - Una respuesta

Julián Ayesta

Julián Ayesta

Helena o el mar del verano fue un relato largo, unitario a modo de memorias de adolescente sobre ciertas formas de comportamiento religiosas, de cortesía y urbanidad familiar, de la alta convivencia de la burguesía gijonesa afincada en la parte alta de la ciudad. El libro tuvo un gran eco y sobre él se publicaron artículos de extensión y profundidad en las revistas especializadas y en la prensa española. La primera edición de esta obra de Julian Ayesta, de cuya muerte acaban de cumplirse 29 años, fue publicada por la colección «Ínsula» (Madrid 1958).

Señor Director, creo que está todavía, afortunadamente y por el bien de la literatura, presente en nuestro tiempo. La eximia escritora M.ª Elvira Muñiz, de la que estamos esperando su nombramiento de académica de la Real Española, profesora, sostenedora del alto nivel de la vanguardia literaria gijonesa y asturiana, en sus recuerdos del escritor (Ateneo Obrero de Gijón, Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad popular) concluye su retrato así: «El diplomático viajero que, para morir, había retornado al paisaje de su infancia cantado -y ya perpetuado- en uno de los libros más bellos de la literatura española contemporánea: “Helena o el mar del verano”».

Estoy de acuerdo, profesora, y con muchos escritores me solidarizo con ese juicio además, en este tiempo en que la literatura asturiana asume un nivel de importancia indiscutible.

Julián Ayesta está presente en el recuerdo, en su actitud y talante de luchador por España y dentro y fuera como diplomático.

Capitán, cuando yo me muera, entiérrame en tierra verde, de cara a la primavera.

Ahí estás, Julián Ayesta, descansando en sagrado, frente a tu mar, a tu playa, a tus nubes, a tus sueños.

por Mauro Muñiz

La Nueva España

21 de junio, 2009

“Solito en la vida” por Arcadi Espada

Julio 6, 2009 - Una respuesta

Benjamin, uno de los hijos de John Cheever, acaba así su introducción a los Diarios de su padre:

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Benjamin Cheever

“No hemos hecho nada para proteger a nuestro padre. Nada para protegernos a nosotros mismos. Mi hermana Susan, mi hermano Fred y yo nos hemos encargado de casi todo el apoyo [técnico: al editor Robert Gottlieb]; mi madre, de mantenerse al margen. Nuestro trabajo exigió tiempo; el suyo, valentía.”

Al morir, en 1982, Cheever dejó a su hijo Benjamin el encargo de publicar sus diarios. El hijo los había leído en vida de su padre y quedó turbado por ellos. El escritor daba una visión de sí mismo que nada tenía que ver con su respetabilidad pública y muy poco con la propia imagen que de él tenía su hijo. No sólo por la homosexualidad destapada. Hay una triste punzada en el corazón de ese prólogo:

“Me sorprendía lo poco que aparecíamos todos nosotros, excepto tal vez mi madre, pero el trato que recibía no era como para desear publicidad.”

De modo que tiene mucho mérito la actitud de esa familia. Revela también el llamativo carácter de algunos escritores: incapaces de apechugar con su testimonio en vida dejan el muerto a sus deudos.

El Cultural

6 de julio, 2009

“Adiós, hermano mío” Leer online

Mayo 29, 2009 - 3 comentarios

Luz instantánea

Mayo 18, 2009 - Escribir una respuesta

Desde el 16 de abril y hasta el 31 de mayo de 2009, la Fundación Luis Seoane (A Coruña, España) ofrece una exposición de 80 imágenes polaroid de Andréi Tarkovski, realizadas en su mayoría durante los años 80. La exposición se completa con una instalación audiovisual y con algunas maquetas y dibujos del propio Andréi Tarkovski.

Calle de San Gregorio (Italia), en 1984.

Calle de San Gregorio (Italia), en 1984.

Dacha de la familia Tarkovski en Myasnoye

Dacha de la familia Tarkovski en Myasnoye. 26 de septiembre de 1981

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Andrei Tarkovski y Tonino Guerra en 1979, en casa de Antonioni

Andrei Tarkovski y Tonino Guerra en 1979, en casa de Antonioni

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Luz instantánea gira en torno a 80 fotografías polaroid tomadas por Andrei Tarkovski en los alrededores de su dacha rusa y en diversas localizaciones italianas entre 1979 y 1994, época en la que el cineasta se encontraba inmerso en la realización de su primera película rodada en el extranjero, Nostalgia. Ésta es una circunstancia que se ve reflejada en en las propias instantáneas ya que en ellas podemos comprobar toda una serie de minuciosos ensayos acerca de encuadres, motivos o incluso tonalidades cromáticas que finalmente formarán parte de su penúltimo film.

[...]

Luz instantánea se completa además con un dibujo de gran formato realizado por Andrei Tarkovsky, nunca antes expuesto, así como un ciclo de documentales y una instalación audiovisual.

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Comentario de la exposición en el blog “La escuela de los domingos” [y con más fotos]

Información en la Fundación Luis Seoane [ver Agenda]

Artículo en El País

“Las tinieblas de John Cheever”

Mayo 8, 2009 - 2 comentarios

“Cheever, a life”, es sin duda la más extensa y completa biografía sobre el gran narrador norteamericano que acaba de editarse. La escribió Blake Bailey luego de años de investigación y revela aspectos inéditos del notable autor de “El nadador y otros cuentos”. Aunque ya en 1984, dos años después de la muerte de su padre, Susan Cheever revelara las etapas más dañinas del alcoholismo de John Cheever en el libro “Home before dark”, en la biografía de Bailey aparecen vínculos familiares antes desconocidos. No sólo la saga familiar de alcoholismo en los Cheever, (“Mi madre -admitiría el escritor- murió ahogada en alcohol”), sino, en particular, la relación del escritor con su hermano Fred, una historia tan oscura como incestuosa. El libro de Bailey ocupa más de 700 páginas y ha seguido la particular historia de cada uno de los miembros del clan Cheever. En el caso de Fred revela su adhesión al nacionalsocialismo de Hitler, los detalles de su viaje a Alemania y su posterior ingreso en España para apoyar al régimen de Franco. En la aparente y apacible vida del gran crítico de la sociedad suburbana estadounidense, una frase más que elocuente revela todo:

“Nada le era ajeno a Cheever, y las tinieblas de las familias que retrataba eran, sin duda, sus propias tinieblas”.

En Quilmes

“Esto parece el infierno” por Rodrigo Fresán

Abril 21, 2009 - 2 comentarios

cheeverAlcohólico, bisexual, culposo, voyeur en la clase alta de los cócteles y las casas de verano, espía en la clase media de los suburbios, autodidacta, ajeno a la celebridad y el escándalo pero de una vida privada atormentada, admirado por sus colegas, subvalorado por el mercado, John Cheever era un escritor que, a casi treinta años de su muerte, esperaba una biografía que hiciera justicia a su vida. Finalmente, Blake Bailey publicó en inglés Cheever: A Life, un monumental trabajo para el que tuvo acceso a las versiones no depuradas de sus ya dolorosos Diarios. Mientras en Argentina vuelve a circular desde hace algún tiempo la totalidad de su obra, Radar se sumerge en las 800 páginas de la biografía (de improbable pero esperada traducción) y reproduce un texto inédito en castellano y recientemente recopilado en las obras completas norteamericanas.

Ya existía una biografía del escritor norteamericano John Cheever publicada en 1988 y firmada por Scott Donalson, responsable también de una vida de Francis Scott Fitzgerald y de un ensayo sobre su “amistad peligrosa” con Ernest Hemingway.

Y lo cierto es que aquella John Cheever: A Biography no estaba mal y, además, tuvo el privilegio de ser la primera. Pero enseguida se supo que había sido elegantemente boicoteada por la familia de Cheever, que no facilitó papeles privados acaso temiendo que interfiriera con la publicación de los formidables Diarios del escritor y de volúmenes de cartas y memoirs de los herederos.

Ahora, más de veinte años después, con los cajones vacíos y plena colaboración de la parentela, llegan las casi 800 páginas de esta vida monumental y tristísima que se lee como una gran novela.

Y está claro que Bailey, quien hace unos años ofreció una excelente biografía de Richard Yates, otro escritor de la angustia epifánica y la melancolía eufórica, hizo muy bien su trabajo y nada hace pensar que vaya a hacer falta otro libro sobre las idas y vueltas de este hombre eufóricamente melancólico. Y queda claro también que la inicial versión de la historia de Scott Donaldson es un inofensivo musical de Walt Disney comparado con el sonido y furia y dolor y culpa que aquí ruge y susurra.

Abandonen toda esperanza lo que se atrevan a entrar aquí, porque aquí están todos y todo.

Los blues alcohólicos de un bisexual culposo, el orgullo de un genio autodidacta, las humillaciones de alguien que casi hasta el final fue considerado apenas “un escritor para revistas”, el hombre que amaba pero no podía soportar a los suyos (en especial a su alguna vez idolatrado hermano, y todo parece indicarlo, primer amante), el fabricante en serie que despreciaba sus cuentos perfectos mientras soñaba con la perfección de novelas consideradas siempre imperfectas por los adoradores de sus cuentos perfectos, el falso aristócrata hijo de una familia humilde, el eternamente expulsado, el celoso del éxito de sus colegas, el nudista serial en piscinas propias y ajenas, el celoso amante siempre en celo, el sátiro fantaseador y romántico, y el extraviado que confesaba a las páginas de su diario que “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado y tomo mis disfraces demasiado en serio”. Y, demasiado cerca del adiós, finalmente, el hombre que muere respetado y celebrado y admirado por colegas y lectores pero, aun así, insatisfecho y dolido.

Y aquí están también las reveladoras y hasta ahora desconocidas “confesiones” (Bailey es el primero que tiene acceso a la totalidad de los diarios, constantemente citados y alcanzando en este libro una voz cheeveriana y narradora, como la de sus mejores relatos) así como las muchas y sorpresivas revelaciones: los Cheever se mudaron a una casa en la que alguna vez vivieron el joven Richard Yates y su casi alucinada madre; un difuso affaire de Cheever con Harold Brodkey; la suegra de Salinger fue baby-sitter de los hijos de Cheever; la relación amor-odio con John Updike (quien firmó la única reseña no del todo favorable de Cheever: A Life, publicada de forma póstuma en The New Yorker); la tremenda historia del joven mormón y aspirante a escritor Max Zimmer, amante casi “oficial” durante los últimos años de Cheever; el modo en que William Maxwell “estafó” durante años a Cheever pagándole mucho menos que a otros escritores de The New Yorker como Shaw y Updike y Hazzard, siendo la clínica exploración de esta “amistad” hasta ahora legendaria y desmenuzada por Blakey en todo el esplendor de sus perfiles sadomasoquistas y pasivo-agresivos uno de los puntos más fuertes y apasionantes de Cheever: A Life.

Y, sí, Bailey siguiendo a Cheever luego de haber alcanzado a Yates parece haberse especializado en contar vidas muy sufridas. De hecho, ése es uno de los peros que Updike le pone a Cheever: A Life: el ser una virtual avalancha de momentos duros y vergonzantes y desesperanzados a los que ni siquiera las ciento y algo de páginas finales en las que Cheever “triunfa” públicamente parecen redimir o iluminar. Updike está en lo cierto, pero así es la vida y así fue la vida de Cheever. Un poderoso hombre débil que aun en la más oscura noche del alma encuentra la fuerza para admirar la lluvia, la luz, la capacidad salvadora de la literatura y quien, de algún modo, se sabe dueño justo de la prosa más exquisita entre los escritores de su generación y, si nos ponemos audaces pero no por eso imprudentes, practicante, línea a línea, de la escritura más elegante y encendida en toda la historia de las letras de su país.

Y el libro de Bailey, que cierra con un capítulo sobre el actual estado de las cosas con la mala nueva de que Cheever, una vez más, vuelve a ser muy poco leído en su patria y, a diferencia de lo que ocurre en el extranjero, poco considerado por los jardineros del canon, viene acompañado por la buena noticia de la tardía pero más que merecida entrada de Cheever en el cielo de la inmortalizadora The Library of America.

Allí, a partir de ahora, yacen inquietos dos paradisíacos volúmenes también supervisados por Bailey, suyas son las notas y la cronología conteniendo uno de ellos sus cinco novelas (Crónica de los Wapshot, El escándalo de los Wapshot, Bullet Park y Esto parece el paraíso) mientras que otro cobija buena parte de su obra cuentística (incluyendo tanto al ya legendario “Big Red Book” The Stories of John Cheever, publicado en nuestro idioma como Cuentos 1 y Cuentos 2 así como textos jamás recopilados hasta ahora en forma de libro). Y la verdad que el completista obsesivo esperaba un poco más de este segundo tomo, ya que los materiales “nuevos” (entre los que se incluye el epifánico ensayo sobre la mudanza a los suburbios, territorio que no demoraría en ser considerado el “Cheever’s Country” y que el autor elevaría a incumplidora Tierra Prometida en relatos clásicos como “El marido rural” o “El nadador” entre otros) no son abundantes. De acuerdo, hay varios ensayos poco conocidos (como la soberbia conferencia “The Melancholy of Distance”, donde Cheever recuerda una visita a la casa de Chejov en Yalta o el “What Happened” donde se evoca la génesis de Crónica de los Wapshot) y otros tan clásicos (el breve pero firme credo estético de “Why I Write Short Stories”), pero uno se queda con ganas de curiosear la entrevista que le hizo a Sophia Loren o sus artículos de viajes para Travel & Leisure. Y la frustración es mayor a la hora de los relatos dispersos. Uno fantaseaba con la publicación total del material no recogido (más de setenta relatos dispersos, ésa era la idea del jurídicamente cancelado The Uncollected Stories of John Cheever de finales de los años ’80) y lo que aquí se rescata es, apenas, catorce cuentos. Y, de acuerdo, está ese perfecto debut que es “Expelled” (en el que un Cheever de dieciocho años narró la expulsión de su colegio) pero dónde está el tardío y experimental “The President of the Argentine” (donde Cheever parece burlarse de Bathelme, Barth, Coover & Co. a la vez que demuestra que él, supuesto conservador, siempre fue el más vanguardista de todos).

Pero, claro, todas éstas son falencias que podrán resolverse en un tercer tomo de la Library of America.

Mientras tanto y hasta entonces, disfrutar y sufrir con lo mucho que hay aquí: la odisea de un inmenso artista con complejo de inferioridad, la trayectoria de un gigante atormentado por su baja estatura pero aun así orgulloso de ser “un CHEEVAH” que, como ese poeta italiano que tanto le gustaba citar con pésimo acento y botella de gin en la mano, descendió a los infiernos por el solo placer de, al final del viaje, alcanzar el paraíso y contemplar y describir, emocionado, las estrellas. Y como el fugitivo Ezequiel Farragut al final de Falconer decirse y decirnos “Alegrémonos”.

Cheever: A Life

Blake Bailey

Knopf, 2009

770 páginas

Publicado en RADAR/PÁGINA 12

Domingo 19 de abril, 2009

El éxodo urbano por John Cheever

Abril 20, 2009 - Escribir una respuesta

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La guerra había terminado; también la escasez de materiales de construcción y desde la ventana de nuestro departamento cerca de Sutton Place podíamos ver cómo empezaba a cambiar el horizonte. Todos los que estaban volviendo ya estaban en casa, las chicas todavía tenían su aspecto de licencia y rocío y, después de las ruinas humeantes y cariadas de Manila, la ciudad de Nueva York, con el cielo derramando su luz sobre los ríos, parecía una iluminación. Mis hijos eran pequeños y mi Nueva York favorita era a la que ellos me conducían las tardes de domingo. Una chica en tacos altos te puede mostrar Roma, un compañero de tragos es el mejor para Dublín, y yo disfrutaba de la Nueva York que conocían mis hijos. Les gustaba la casa de los leones de Central Park a las cuatro de las tardes de febrero, el punto más alto del Queensboro Bridge, y un muelle cerca del río en las East Forties, hace mucho abandonado, donde una vez vi a una pareja de prostitutas jugando a la rayuela con las llaves de una habitación de hotel. Oh, fue hace mucho tiempo. Todavía se podía escuchar la versión instrumental de “Oklahoma!” durante las horas de beber, la Mink Decade recién se estaba consolidando y la Third Avenue todavía hacía vibrar los platos en Bloomingdale’s. Las vistas del East River eran más amplias entonces y esas extensiones de agua y luz tenían una fuerza impresionante. Solíamos cabalgar y jugar a la pelota en Central Park y, en octubre, con la temporada de esquí en mente, solía subir los diez pisos de escaleras de mi departamento. Usaba las escaleras de atrás, las únicas, y yo era el único que las usaba. La mayoría de las puertas de las cocinas estaban abiertas, y mi subida era una violación a la privacidad, pero, ¿qué podía hacer? Silbaba y a veces cantaba para avisar a los vecinos de mi acercamiento, pero a pesar de estas precauciones una vez vi a una mujer usando apenas una faja mientras preparaba una pata de cordero, a un cocinero tomando whisky de la botella, y a una ama de casa sentada sobre las rodillas del pálido chico del delivery de la carnicería de la esquina. En Nochebuena, mis hijos y sus amigos cantaban villancicos en Sutton Place, sobre todo para mayordomos, porque todos los demás se habían ido a Nassau, lo que pudo haber sido el principio del fin.

Era una vida maravillosa y parecía que nunca iba a terminar. En invierno había algunos días con un brillo inteligente en el aire y los edificios, y después estaban los primeros vientos sureños de la primavera con sus olores excitantes e inmundos de los patios de atrás, y todas las mujeres que habían salido a comprar caminando hacia el este al atardecer, cargando flores de manzanos y lilas que habían sido traídas en camiones desde el Shenandoah Valley la noche antes. Un mendigo que hablaba francés solía trabajar en Beekman Place (“Je le regrette beaucoup, monsieur…”), y al salir a cenar una noche nos encontramos con un gaitero en la plataforma de subterráneo de la Avenida Lexington que tocó una marcha Black Watch entre trenes. Nueva York era el lugar donde yo había conocido y me había casado con mi esposa, había soñado con sus calles durante la guerra, mis hijos habían nacido allí, y era donde por primera vez había experimentado el sentimiento de estar libre de estructuras sociales y parentales. Nosotros y nuestros amigos parecíamos improvisar nuestro mundo y encontrarnos con la sociedad en los términos más liberales y espontáneos. Supongo que no hubo un día, una hora, en la que la clase media recibió orden de marcharse, pero hacia el final de la década del ’40 la clase media se empezó a mover. Fue más un empujón que un movimiento, y la energía detrás del empujón fue el cambiante carácter económico de la ciudad. Sería más fácil de describir si hubiera habido edictos, proclamas y tablas de estadísticas, pero el vasto movimiento de población fue forzado por las cuentas de la carnicería, las propinas, el incremento en los costos de los alquileres y los colegios y las demoliciones. ¿Dónde están los Wilson?, uno podía preguntarse. Oh, se compraron un lugar en Putnam County. ¿Y los Renshaws? Se mudaron a Nueva Jersey. ¿Y los Oppers? Los Oppers están en White Plains. Las líneas se estaban angostando, y los mirábamos ir con cierta pena y desdén. A veces volvían para una cena con barro en los zapatos, y los rostros de las mujeres enrojecidos de trabajar en el jardín. ¡Mi Dios, los suburbios! Rodeaban los límites de la ciudad como territorio enemigo y pensábamos en ellos como una pérdida de privacidad, una cloaca de conformidad y una vida de infelicidad indescriptible en un pueblo cuyo nombre aparecía en The New York Times sólo cuando un ama de casa aburrida se volaba la cabeza con un arma.

Esa primavera, en la ceremonia de cierre del año escolar de mi hija, la directora tomó el micrófono y anunció: “Ahora la escuela se terminó… ¡y todos nos vamos al campo!”. Nosotros no nos íbamos al campo y la exclamación me fascinó porque, escondida en algún lugar de sus palabras, había una sensación, una aprehensión del hecho de que los ricos de la ciudad se estaban volviendo más ricos y el frágil espacio medio donde nosotros estábamos parados se estaba desvaneciendo. En cualquier caso las vistas del río se estaban desvaneciendo así como sus marcas. Se tiró abajo una destilería vieja y se levantó una lujosa casa de apartamentos. Empezó la construcción en un terreno baldío donde solíamos pasear al perro, y la mayoría de las pequeñas y agradables casas del vecindario, donde la gente que no era rica podía vivir, fueron marcadas para demolición e iban a ser reemplazadas por torres de vidrio de una nueva clase. Podía ver el paisaje de la juventud de mis hijos destrozado frente a mis ojos; ¿y no pierden fuerza la riqueza de nuestros recuerdos con esta velocidad de reconstrucción? La casa de departamentos donde vivíamos cambió de manos y los nuevos dueños se prepararon a convertir el edificio en una cooperativa, pero nos dieron ocho meses para encontrar otra casa. La mayoría de la gente que conocíamos para entonces vivía o en River House o en inquilinatos del centro, donde había que usar ollas y sartenes para contener las goteras cuando llovía. Las chicas o salían o entraban del Colony Club, por decir algo, en el embarcadero del río, y los amigos de mis hijos o jugaban fútbol para Buckley o practicaban con cuchillos en las sombras del puente.

Ese fue el invierno en que nunca tuvimos suficiente dinero. Yo busqué otro departamento, pero fue imposible encontrar un lugar para una familia de cinco que fuera adecuada para mis ingresos y para mi esposa. No éramos tan pobres como para acceder a las viviendas subsidiadas y en absoluto lo suficientemente ricos para los nuevos edificios que estaban creciendo a nuestro alrededor. El ruido de los cuadrillas destrozando todo parecía directamente dirigido a nuestra residencia en la ciudad. En marzo, una de las obligaciones que no pude cumplir o fui negligente fue la cuenta de electricidad y nos cortaron la luz. Los niños se bañaron a la luz de las velas y, aunque disfrutaron este desarrollo de los hechos, el efecto de un departamento oscuro en mis propios sentimientos fue sombrío. Simplemente no teníamos el dinero. Pagué la cuenta de luz por la mañana y fui a Westchester una semana más tarde y arreglé el alquiler de una pequeña casa con un enfermizo árbol en el jardín.

Las ceremonias de despedida eran numerosas y a veces con lágrimas. El sentimiento era que íbamos al exilio, como tantos miles antes de nosotros, por invisibles presiones económicas y enviados a una yerma vida de provincias donde engordaríamos, usaríamos ropas inadecuadas, y pasaríamos nuestras noches pegados a la televisión. ¿Qué otra cosa puede hacer uno en los suburbios? La noche antes de irnos fui a Riverview Terrace para cenar, de donde salté, en una exuberancia de arrepentimiento, de una ventana de un primer piso. No creo que eso se pueda hacer más. Después de la fiesta caminé por la ciudad, y empecé mis despedidas. Las tradicionales luces de madera seca salían de las calles y pegaban en las nubes bajas sobre mi cabeza. En una vereda, en algún lugar de las Ochentas vi a un cubano bailar pasos de rumba con un bebé en los brazos. Una fiesta en las Sesentas se estaba terminando y los hombres y las mujeres estaban bajo una puerta iluminada diciendo adiós y buenas noches. En las Cincuentas vi a un linyera empujando un carrito de bebé inglés, un carruaje para una princesa, de un tacho de basura a otro. Era parte de la impronta de la ciudad. Era la primavera, y había una intoxicante y fresca fragancia desde el Central Park, porque en Nueva York el avance de las estaciones no se olvida sino que se intensifica. Tormentas de otoño, fuegos de hojas, la quietud primordial que llega después de una nevada intensa y los lascivos olores de abril, todo parecía magnificado por el pavimento de la más grandes las ciudades del mundo.

Los hombres de la mudanza iban a llegar al amanecer y yo di otro paseo melancólico. Me hice lustrar los zapatos por un agradable italiano que siempre se describía a sí mismo como un hombre con la mente sucia. Culpaba al olor de la crema de lustrar porque, decía, provocaba persuasiones venéreas. Tenía, como mucha gente de su tipo, una mente vívida y poseía, junto con la colección de revistas de nudismo más grande que haya visto, algunos exaltados recuerdos de Laurence Olivier como Hamlet, u Omletto, como lo llamaba. Parada frente a nuestro edificio de departamentos había una anciana que no sólo alimentaba y daba de beber a las palomas que entonces vivían alrededor de Queensboro Bridge, pero cuyo amor por los pájaros era celoso. Un obrero había puesto los restos de su comida sobre la vereda y ella estaba pateando los restos en la basura. “Usted no tiene que alimentarlos”, le decía. “Usted no tiene que preocuparse por ellos. Yo los cuido. Gasto cuatro dólares por semana en granos y pan duro, y en el verano les cambio el agua dos veces al día. No me gusta que los alimenten extraños.” La ciudad es vulgar, poco convencional y magnífica, y ella y el lustrador podrían ser abogados de su falta de convencionalismo, esos millones de solitarios, pero no descontentos, hombres y mujeres que pueden ser escuchados hablándoles con gran intimidad a los chimpancés del zoológico, las ardillas del parque y a las palomas en todas partes.

Esa mañana el aire de Nueva York estaba lleno de música. Bessie Smith estaba cantando “Jazzbo Brown” desde una radio en el carrito de jugo de naranjas de la esquina. Bajando por Sutton Place, un hombre ciego estaba tocando “Make Believe” en trombón. La Quinta Sinfonía de Beethoven, con todas sus amenazas y revelaciones, salía de una ventana de un piso alto. Los hombres y las mujeres se asoleaban en la Segunda Avenida y la visión de la vida urbana parecía amigable, un lazo de imponderables, un riesgo compartido y al menos un gesto hacia la pacificación de la humanidad, porque, ¿cómo podía una especie que no fuera pacífica vivir en semejante congestión? Fredric March estaba sentado en un banco en Central Park. Igor Stravinsky estaba esperando que cambiaran las luces. Myrna Loy estaba saliendo del Plaza y en la Sexta e.e. cummings estaba comprando bananas. Era tiempo de irse y me tomé un taxi. “No duermo”, me dijo el conductor. “Ya no duermo. No consigo descansar. ¡La primavera! No significa nada para mí. Mi esposa me dejó. Se juntó con este bombero, pero yo le dije: ‘Te voy a esperar, Mildred. Te voy a esperar, sólo es bestialismo lo que sentís por este hombre y te espero, dejo prendidos los fuegos del hogar.’” Era el idioma de la ciudad y una de sus muchas voces, porque, ¿dónde más en el mundo los extraños desnudan sus íntimos secretos con tanta urgencia y tanta velocidad? Y yo iba a extrañar esto.

Como muchas otras cosas en la vida moderna, el pathos de nuestra partida fue protegido por un profundo cartílago de decoro. Cuando la camioneta de mudanzas cerró sus puertas y partió, nos dimos la mano con el portero y nos fuimos al campo, preguntándonos si alguna vez volveríamos.

Volvimos la semana siguiente para una cena y seguimos volviendo a la ciudad para visitar amigos regularmente. Compartían nuestros prejuicios y nuestras ansiedades. Nos preguntaban: “¿Pueden soportarlo? ¿Están bien ahí? ¿Cuándo creen que podrían volver?”.

Y encontramos a otros evacuados en el campo que se sentaban sobre su césped suburbano, planeando volver cuando los chicos terminaran la facultad; y cuando la lluvia caía sobre las hojas de árboles petrificados, preguntaban: “Oh, Charlie, ¿crees que estará lloviendo en Nueva York?”.

Ahora, en las noches de verano, el olor de la ciudad viaja hacia al norte sobre las aguas del río Hudson, hasta las arboladas e internas orillas donde vivimos. El olor es como los restos de una enorme lavandería, aunque espero que un evacuado incurable pueda detectarlo en Arpège, gin frío como la piedra, y pueda quizás incluso imaginar que escuchó música en el agua; pero esto no es para mí. A veces vuelvo a caminar por los fantasmagóricos restos de Sutton Place, donde los rudos nuevos edificios se paran en la vista al río de los demás, y donde el precio de los alquileres provoca mareos, pero ahora mis viejos amigos parecen insulares en su preocupación acerca de mi exilio, sus departamentos parecen magníficos pero polvorientos, como el escenario de una compañía viajera de Broadway, y sus porteros sólo me recuerdan el hecho de que no les tengo que dar una propina de 20 en Navidad y que en mi propia casa puedo gritar de alegría o enojo sin preocuparme por si alguien golpea el radiador pidiendo silencio. La verdad es que estoy loco por los suburbios y no me importa quién lo sepa. A veces mis hijos y yo vamos a pescar percas en el Hudson, y cuando los trenes de la ciudad pasan al lado de las orillas del río saludo a los a veces avergonzados pasajeros con mi lata de cerveza, deseándoles velocidad y prosperidad en la más grande ciudad del mundo, pero los veo pasar sin un rastro de nostalgia o envidia.

Esta es la crónica y elegía de su despedida de Nueva York, publicada en Esquire, en julio de 1960, e inédita en castellano hasta ahora. Publicada en Radar/Página 12. Domingo 19 de abril 2009

Una tarde con Dios (o Aristófanes)

Marzo 30, 2009 - Una respuesta

Dios

[...]

Si tuviera que reducir a un solo motor lo que lo ha llevado a consagrar su vida a la literatura, ¿cuál sería?

Diría que la curiosidad ha sido mi fuerza motora. Cada vez que empiezo un nuevo libro no sé si voy a ser capaz de conseguirlo, tengo mis recursos pero las novelas no brotan con naturalidad. Uno arranca como amateur, de cero, respecto a ese título en concreto. De forma que siento curiosidad por ver si lo lograré, por ver qué saldrá, por ver si daré con la forma adecuada para explicar la historia, por ver si los personajes cobrarán vida como los concibo, por ver si los detalles resultarán precisos, por si encontraré las palabras justas para aquella frase y ese párrafo…

[...]

Lo que está claro es que atraviesa una fase muy productiva, ¿le impulsa una cierta urgencia?
Siempre he escrito de manera apremiante. Cuando empiezo un libro, me vuelco por entero, trabajo en él todos los días de la semana. Quizás sea porque creía a Saul Bellow cuando me decía que ningún escritor debería morir mientras tuviese un libro entre manos (risas). En todo caso, me siento con prisas en tanto que ser humano, lo que queda patente en mis últimos libros, donde la muerte está muy presente. Es lo que pasa cuando asistes al funeral de un amigo cada seis meses. Espera un momento… (Roth se levanta y se dirige a su mesa de trabajo. Viste de manera informal: una camisa azul marino, unos pantalones de pana y unos mocasines gastados. Regresa con las capillas de su próxima novela, The Humbling, a publicarse en su país en septiembre de este año. Están enfundadas en una sobria portada con una ilustración en la que un foco de luz ilumina el centro de un escenario vacío.) Me he acordado porque en ella también he incluido a un muerto. La protagoniza un actor que atraviesa un bloqueo y que recibe una cura de humildad. Escribir una novela se debe de parecer mucho al trabajo que realiza un intérprete a la hora de meterse en un papel.

[...]

Nueva Jersey ha vuelto a estar de moda gracias a Los Soprano.

Sólo he visto un episodio, pero puedo asegurarte que me robaron algo. En La conjura contra América escribí sobre dos gángsters, Big Pussy y Little Pussy, a los que conocí en la vida real, y que luego han aparecido en la serie. Ahora resulta que Roth se lo birló a la televisión, pero fue al revés, porque mi novela es anterior.


S
eguir leyendo entrevista completa a Dios

Qué Leer
Número 142

“Islas momentáneas de felicidad” Antonio Muñoz Molina

Marzo 23, 2009 - Una respuesta
John Cheever en su casa de Ossining en 1979. Foto: Paul Hosefros/The New York Times

John Cheever en su casa de Ossining en 1979. Foto: Paul Hosefros/The New York Times

Dice Updike: “Sus protagonistas errantes se mueven, en sus frágiles simulacros suburbanos del Paraíso, de una isla de momentánea de felicidad amenazada a otra”.

Pero en su vida, como en sus cuentos, el espanto no es la única verdad, y si la negrura nos afecta en ellos como una desgracia personal es porque siempre sucede en la cercanía de instantes de felicidad o belleza, o de posibilidades tan hermosas que no pierden su brillo aunque no lleguen a cumplirse. En El nadador un hombre ve en el cielo una montaña de cúmulos y piensa que parecen una ciudad vista desde lejos, a la que se llega en un barco, y piensa un nombre, Lisboa. Quien escribe unas líneas así es que ha conocido el paraíso. -

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“Islas momentáneas de felicidad” Antonio Muñoz Molina
El País. Babelia
21/03/2009

Cheever on the rocks

Marzo 23, 2009 - Escribir una respuesta

John Cheever Diarios

John Cheever (1912-1982) escribió pocas novelas; solía tener dificultades para estructurarlas. Sus cuentos, en cambio, fueron abundantes y muchos de ellos tendrían un digno lugar en una antología de los mejores cuentos del siglo XX. Tuvo un diario durante casi toda su vida; lo llevaba en hojas sueltas, garabateadas a máquina sin prolijidad ni fechas. Robert Gottlieb, que fue también el editor de sus últimos cinco libros, entre ellos el clásico Stories of John Cheever, asegura haber armado Diarios seleccionando cerca de un vigésimo del material original. El resultado son algo más de 400 páginas de fragmentos de distinta extensión, donde el escritor norteamericano cuenta de sí desde que tiene poco más de cuarenta años hasta su muerte, enfermo de cáncer, a los setenta.

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Ernesto Ayala
El Mercurio

Revista de Libros

Domingo 28 de Diciembre de 2008

Cheever en 2 periódicos

Marzo 18, 2009 - Escribir una respuesta

After getting hold of Blake Bailey’s new biography of John Cheever (reviewed by Geoffrey Wolff in yesterday’s Book Review), I looked up Ned Rorem in the index, wondering if Bailey had included one of my favorite scenes from Rorem’s diaries. Indeed he had.

The entry below, from “The Nantucket Diary,” is dated Feb. 18, 1979. “J.H.” is the late James Holmes, a musician and Rorem’s longtime companion.

Seguir leyendo “The Sorrows of John” en The New York Times

Following John Cheever’s death from cancer in 1982, at the end of his life’s work as a novelist and story maker, his reputation as a writer and human, despite his alcoholism — indeed abetted by his recovery from it — was at a zenith. But many more of Cheever’s words were yet to be published. His letters appeared in 1988, and in 1990 and 1991 excerpts from his journals appeared in serial installments of the New Yorker — home since 1935to 121 Cheever stories.

Seguir leyendo Suburban Suffering en The New York Times

Cheever en 2 blogs

Marzo 18, 2009 - Escribir una respuesta
Cheever a Life

Cheever a Life

Y ya que hemos mencionado la homosexualidad de Federico García Lorca expuesta por Ian Gibson en una biografía, también valdría la pena mencionar el post en Paper Cuts donde David Kelly comenta un episodio homosexual de Cheever con JH (el músico John Holmes), cuando el primero tenía 66 años y el segundo 55. Kelly cita un episodio que encontró en una entrada de The Nantucket Diary of Ned Rorem 1973-1985 de Ned Rorem

Seguir leyendo “Un amor de John Cheever” en Moleskine Literario

Pero Cheever es un outsider, un rebelde, un maestro de la literatura que describe en sus cuentos y relatos toda esa ansiedad, descarnada tristeza y decepción que supone nacer en un país cuyos valores fundamentales se articulan alrededor de la violencia, la riqueza y la ostentación de bienes materiales.

Seguir leyendo “John Cheever” en El Bazar de Jim

SI SÉ LO QUE ESCRIBIR, JAMÁS ESCRIBO

Marzo 11, 2009 - 2 comentarios

SI sé lo que escribir,

jamás escribo.

Si escribo es por saber lo que sabré,

aquello que aparece

al descubierto,

mientras uno lo escribe,

y se desnuda

sólo para nosotros,

y no aparece más en lo desnudo.

Si sé lo que decir,

no digo nada.

Igual que nada pienso,

si sé lo que pensar.

Si digo, es por asombro

de adónde me conduce estar diciéndome.

Si sé lo que sentir,

¿para qué amarte?,

cuando lo tuyo propio es la sorpresa

de permitirme amarte en este tránsito.

Si supiera escribir,

no escribiría.

¿Para qué ser escriba de alguien mío

que impone que yo viva a su dictado?

Si escribo, es por probarle a mi ignorante

el ánimo interior de su ignorancia,

la fuerza capital que hay en la búsqueda.

Nunca saber,

y siempre estar diciendo.

Nunca escribir,

y estar siempre intentándolo.

Todo es incertidumbre,

y suspensivo.

Ánima mía - Carlos Marzal

Ánima mía - Carlos Marzal

CARLOS MARZAL

Ánima mía

Tusquets
Marginales 253
1ª edición, febrero de 2009

con libros por Mike Stilkey

Marzo 10, 2009 - Escribir una respuesta

2008, ink, acrylic and colored pencil on 19 books, 30.25x11.25x6 inches

2008, ink, acrylic and colored pencil on 19 books, 30.25x11.25x6 inches

"Slightly All The Time," 2008, the aftermath, photo: Dave Kinsey

"Slightly All The Time," 2008, the aftermath, photo: Dave Kinsey

Los Angeles native Mike Stilkey has always been attracted to painting and drawing not only on vintage paper, record covers and book pages, but on the books themselves.

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