RIP Mary Cheever

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Mary Cheever, a central figure in a family of prominent American writers whose most notable member was her husband, John, with whom she had a relationship as complex as those he wrote about in his prizewinning short stories and novels, died on Monday at the home they had shared in Ossining, N.Y. She was 95.

Her death was confirmed by her son Benjamin.

Long after her husband died in 1982, Mrs. Cheever continued to live in the rambling Dutch colonial on Cedar Lane that they bought in 1961. It was the family home of their three children, two of whom, Benjamin and Susan, grew up to become writers themselves. It was also at the center of the complicated suburban world that John Cheeverwrote about throughout their often tumultuous four-decade marriage.

They stayed married even as John Cheever became an alcoholic and had affairs with men and women — and often wrote about it all, sometimes indirectly in his fiction, sometimes directly in his journals and letters. In 1975, Mary Cheever drove him home from a treatment center on the day he stopped drinking permanently. In the last year of his life, she cared for him as he was dying of cancer.

“Sometimes they were intensely in love,” Benjamin Cheever said in an interview on Wednesday, “and sometimes they were not.”

William Yardley, The New York Times
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‘Cuentos / Contes’, John Cheever

cuentos-completos-9788490063958Los cuentos de Cheever son para leer y releer. Hay muchos temas en ellos pero de forma habitual nos cuentan de forma magistral las pequeñas miserias de las relaciones entre hermanos, entre vecinos, entre padres e hijos. En medio de una situación aparentemente cotidiana surge lo imprevisto, la tragedia vulgar, incluso el misterio incomprensible. No son de miedo pero en muchas ocasiones dan miedo o más bien producen una extraña inquietud, un temor que roza el absurdo. No es extraña ni recurrente la comparación con los cuentos de Chejov ni tampoco resultaría improcedente evocar en alguna ocasión a Kafka, leyendo esas narraciones.

Hay quién relaciona su literatura con el sueño americano, un tópico recurrente. Es como si insistiésemos en que Chejov refleja la decadencia pre-revolucionaria. Sí, también, pero es mucho más que eso. La gente humilde que aparece por esas narraciones padece del mismo mal que los ricos bien intencionados, falta de empatía real, imposibilidad para hacer evidente una realidad mezquina y reaccionar contra ella buscando algo más. No están nada lejos de todos nosotros y aunque no tengamos casita con piscina y césped sino un pisito barato con un par de habitaciones en un barrio modesto nos reconocemos y reconocemos a parientes y conocidos. Hay un grado de humanidad absolutamente universal para lo bueno, para lo malo y para lo mediocre.

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Llegir en cas d’incendi
Júlia Costa

Mad Men: cómo John Cheever lo vio –y vivió- todo

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La prosa realista de John Cheever describe con exactitud la sociedad que habitó, logrando hacernos sentir que todo está ocurriendo ahora, en frente a nuestros ojos. Pero más allá de su magnífica representación de los espacios físicos, es en los psicológicos con los que logra conmover, mostrando un profundo conocimiento de los individuos, desnudándolos siempre, y salvándolos, a veces. Quizá por eso, por la fuerza y brutalidad del “universo Cheever” es que los creadores de Mad Men, se inspiraron en él para levantar su propia trama. Tanto así, que  los Draper viven en Ossining, una localidad afuera de Nueva York, donde el escritor vivió los últimos 20 años de su vida y escenario de muchos de sus cuentos.

Blake Bailey, biógrafo y autor de Cheever: A life, señaló que el tema principal del la literatura de Cheever es que en medio de la felicidad y obligatoria prosperidad de los suburbios norteamericanos de los años 50 y 60, hay, en realidad, desesperación y angustia.  O lo que es lo mismo: las cosas no son lo que parecen. Así, Don Draper enMad Men se sitúa en un puente a punto de caerse, ese que une la alegría aparente de la vida y la desesperación que existe debajo de la ilusión.

Ante el desasosiego, la mentira y la tristeza, se levanta la ficción, para Cheever, la única vía de redención. Él opinaba que en el mundo había una fealdad inevitable y la belleza había que buscarla en la literatura o en un vaso de whisky.  O en la series de televisión, ¿no?

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Revista Terminal
por Viviana Moya
18 de junio, 2013

Vida y obra: John Chever

Cuando murió Cheever —el 18 de junio de 1982, a los 70 años— era uno de los autores más prestigiosos y famosos de su país. Sus cuentos reunidos, publicados en 1978, fueron best seller y ganaron el Pulitzer. Escribiendo en el New York Times, el crítico John Leonard dijo que el volumen constituía “una gran ocasión para la literatura en inglés.” Había sido alabado como el “Chejov americano” y el “Ovidio de Ossining” (el arquetípico suburbio de clase media-alta donde vivió desde 1961). Hoy, aunque es considerado una pieza fundamental en la historia del cuento en los Estados Unidos, su literatura no es enseñada en las universidades y no se renuevan sus lectores. Hoy, ningún lector joven robaría sus volúmenes de una librería, como lo hacen con Burroughs, Bukowski y Kerouac (autores más jóvenes que Cheever pero que publicaron sus grandes obras en paralelo con Cheever). Hoy, Cheever es un autor menor.

¿A qué se debe este eclipse?

En parte se debe a la misteriosa fuerza que designa las reputaciones y las modas literarias. Pero hay otros dos elementos para tomar en consideración.

Por un lado, por mas ingeniosos y líricos que sean los cuentos de Cheever, describen un mundo al cual nadie quisiera volver: de matrimonios infelices y familias donde los hijos son un estorbo; de hombres clasistas y misóginos que toman desenfrenadamente para no enfrentarse con sus fracasos personales; de pequeños pueblos sofocantes donde los rituales comunales son obligatorios, pero vacíos de sentido o alegría.

Por otro lado la vida de Cheever fue un fracaso moral: llena de envida, resentimiento y frustración. No tenía amigos. Toda su vida era falsa. Hizo sufrir a las personas más cercanas a él. Era misántropo y narcisista. Su literatura, al fin, era un acto de evasión y una glorificación de la mentira. Sus personajes, al fin, son como el hijo de Saturno siendo devorado por su padre en el famoso cuadro de Goya.

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Ñ. Revista de Cultura
por Andrés Hax
Viernes 22 de marzo de 2013

Lecturas de Madrugada 3: “En la cárcel de Falconer”, de John Cheever

 Días atrás decidí ordenar mi biblioteca. Mientras colocaba los libros en los nuevos anaqueles, encontré una novela que compré en una perdida y lejana noche del segundo lustro de los noventa. Por aquella época devoraba todas las películas de la Filmoteca de Lima, cuando esta quedaba en el lugar que nunca debió abandonar: El Museo de Arte. Estaba desconcertado, la película, la tercera del día, La noche, de Michelangelo Antonioni, me había dejado con más preguntas que certezas.

Cada vez que salía de la filmoteca, casi siempre pasadas las diez de la noche, o bien me dirigía al centro o a mi casa. Esa vez me decidí por la segunda opción. Y cuando eso ocurría, caminaba hacia el paradero de la Av. Wilson con Paseo Colón. Allí, en un espacio de treinta metros de vereda, se ubicaban algunos vendedores de libros. Me ponía a ver someramente los títulos, la mayoría de los cuales no despertaban mi interés. Pero lo hacía, ya que abrigaba la esperanza de encontrarme con el “Gordo” Padilla, que sabía de títulos, y bastante, pese a no tener una voraz costumbre lectora. Nunca fuimos amigos, pero sintonizábamos en ciertos temas y cuando me lo encontraba le pedía que me consiguiera algunos libros. El tipo prestaba atención a lo que le decía, como la vez que le hablé de mi creciente interés por la narrativa norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, o sea, MalamudBashevis SingerBellowHimesKerouacWolfey demás.
Cada vez que lo hallaba sabía que algo bueno, o quizá muy bueno, me llevaría a casa. Y esa noche de tentadora lluvia y creciente frío y salvadores cigarros, él me alcanzó, como si hubiese estado esperando mi llegada, En la cárcel de Falconer, de John Cheever (1912 – 1982).
“Este es norteamericano. Parece que es bueno”, dijo.
por Gabriel Ruiz Ortega

“Seis estilos en busca de un autor” por Andrés Neuman

Andrés Neuman observa relaciones y diferencias en algunos de los mejores cuentistas norteamericanos del siglo XX: Raymond Carver, John Cheever, Flannery O’Connor, Lorrie Moore, David Foster Wallace y Robert Coover.

Si Carver se relaciona con (sin agotarse en) el realismo sucio, los cuentos de Cheever son de un romanticismo sucio. Hay en ellos cierta religiosidad renqueante, un turbio fondo utópico. Conmueve su búsqueda de la redención a través de la idea lírica, su mezcla de inadaptación y beatitud suburbial. Cheever parecía encontrar más inspiración que limitaciones en la moral religiosa. Sirva como ejemplo su erotismo delicado, de pudorosa reverencia (que se debía también al pacato imperativo del New Yorker). En ocasiones, sin embargo, la pulsión redentora roza el púlpito y afecta al texto. “Una visión del mundo” estaría entre sus mejores cuentos de no ser por la moraleja directa, casi evangelizadora, del pasaje final: “¡Calor! ¡Amor! ¡Virtud! ¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Bondad!”… La enfática enumeración irradia menos esos valores que la prosa maestra que la precede.

por Andrés Neuman
18/01/2013

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“John Cheever y la ironía” por Manuel Hidalgo

47713La escritura realista de John Cheever es soberbia, tanto sus descripciones como sus incursiones en lo psicológico, en el alma, en un profundo conocimiento -tan brutal como misericordioso- de la sociedad y del individuo.

Mi ejemplar de Falconer está señalado por decenas de subrayados -frases, párrafos y observaciones espléndidas-, pero me he quedado con una idea en apariencia pequeña y marginal respecto a lo esencial del relato.

Es ésta: “Ya hace mucho que ha pasado la época de la ironía banal, pensó Farragut”.

La ironía. La ironía banal. La ironía no tiene por qué ser banal. Hay una ironía que, en principio, no es banal, sino todo lo contrario, muestra de inteligencia, arma de defensa y ariete para cuestionar, desenmascarar y demoler lo peor de cuanto nos rodea. La ironía, que las gentes sencillas e ignorantes no comprenden, tiene prestigio intelectual. ¿Pero acaso puede ser banal toda ironía? Si no en cualquier circunstancia, ¿puede haber momentos y situaciones en los que la ironía – como juicio, como arma o como bisturí- no sirva para nada, sea una vistosa pirueta en el aire, una fuga y no un ataque, una defensa tibia, una maniobra inútil e inoperante a la hora de encarar la realidad?

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Tengo una cita, por Manuel Hidlago
El Cultural
19/12/2012