John Cheever Schlepped Here

Anyone who thinks American suburbia is boring doesn’t know the Westchester County of John Cheever. She does not know the mysteries of Shady Hill, nor the sorrows of gin. He has not gone swimming with Neddy Merrill, nor taken the 5:48 home with Blake. For Cheever, the fusty manses north of New York City were full of wild fantasies and private joys. The lawns, the pools, the couples arguing over lukewarm bourbon, the small moments of middle-American grace: these belonged to Cheever, and he to them.

In 1964, Time magazine called Cheever “Ovid in Ossining,” because he saw what he called in one story “the pain and sweetness of life” as fully as the Roman poet had two millennia before him. Ovid, of course, spent the last decade of his exile from Rome in the desolation of Tomis (today, Romania). Cheever exiled himself, leaving Manhattan in 1951 for Westchester County and never returning. That journey into the manicured countryside beyond the Bronx would define his career more than his impoverished Massachusetts childhood or posh Sutton Place, where he lived while becoming famous for his New Yorker stories.

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The house in Ossining was not Cheever’s first flirtation with suburbia. In 1951, John and Mary moved into a house on Beechwood, the vast Westchester estate of Frank A. Vanderlip. Cheever referred to this, derisively, as “the chicken house in Scarborough,” but it is here that he wrote the famous stories that would make up the celebrated 1959 collection The Housebreaker of Shady Hill and Other Stories.

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By 
July 28, 2014
Newsweek (¡Mil gracias a George, por el envío de la revista!)

John Cheever’s House Is for Sale, and It’s a Bargain

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Photo: Houlihan Lawrence

In February 1961, John Cheever, the celebrated writer, moved into 197 Cedar Lane in Ossining, New York. The home was financed by Jerry Wald (a movie producer), Mary Cheever’s savings, and a mortgage. For the first couple of months, wrote Cheever’s biographer, he “found it difficult to take possession of his new home and to enjoy it.” But he eventually grew to love the place, particularly for its proximity to the woods and the Hudson. (In the early 1970s, he taught writing classes nearby, at Ossining Correctional Facility.)

The Cedar Lane home would be Cheever’s last: “[H]e could not bring himself to leave the rooms he had painted and the soil he had turned.” He died there on June 18, 1982. Now it can be yours.

[Leer artículo completo en New York Magazine]

New York Magazine
24 de junio, 2014
Elon Green

¡Gracias Jorge por la referencia!

 

 

Una casa, una copa, un tormento

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Cedar Lane, 197, en la ciudad de Ossining, a una hora de Manhattan, es la dirección de una casa llamada ‘Afterwhiles’, que ha aparecido en el escaparate de las inmobiliarias locales. Su última ocupante murió en primavera y los hijos del escritor la venden. No quieren vivir allí. Piden 525.000 dólares (390.000 euros) aunque advierten de que el edificio requiere reformas. La propiedad incluye 24.000 metros cuadrados de finca y, atención, unas cuantas cajas de recuerdos de los anteriores dueños, el señor Cheever y su mujer Mary. Libros, fotografías, recortes… Su hija Susan ya ha explicado que todo lo que ella y sus hermanos querían llevarse del lugar ya está lejos de Ossining.

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Pobreza vieja e hidalga, eso sí. El primer Cheever que llegó a América se llamaba Ezekiel y se dedicó a dar clases de latín en 1681. Sus hijos y nietos se dedicaron al comercio y a la navegación, viajaron a China, no les fue del todo mal. Hasta que le llegó el turno al abuelo de John, Frederick Lincooln Cheever, que se arruinó en 1873 y murió como peor pudo en 1882. Su nieto estaba convencido de que se había suicidado pero en su acta de defunción aparecían las palabras “alcohol y opio. ‘Delirium tremens'”. La siguiente generación no pudo levantar el vuelo. El padre del escritor quiso vender zapatos y estuvo a punto de prosperar pero salió malherido de la crisis de 1928. Bebía mucho y era insondable. Y así, John Cheever nació (en 1912) y creció en Quincy, en Boston, en un buen barrio, en una casa que había sido noble pero que se había convertido en una pensión para que la familia pudiera sobrevivir. Una humillación y un modo de vida sórdido para John.

 

[Leer artículo completo en El Mundo]

Luis Alemany
El Mundo
30 de julio, 2014

¡Gracias Jorge por la referencia!

 

 

RIP Mary Cheever

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Mary Cheever, a central figure in a family of prominent American writers whose most notable member was her husband, John, with whom she had a relationship as complex as those he wrote about in his prizewinning short stories and novels, died on Monday at the home they had shared in Ossining, N.Y. She was 95.

Her death was confirmed by her son Benjamin.

Long after her husband died in 1982, Mrs. Cheever continued to live in the rambling Dutch colonial on Cedar Lane that they bought in 1961. It was the family home of their three children, two of whom, Benjamin and Susan, grew up to become writers themselves. It was also at the center of the complicated suburban world that John Cheeverwrote about throughout their often tumultuous four-decade marriage.

They stayed married even as John Cheever became an alcoholic and had affairs with men and women — and often wrote about it all, sometimes indirectly in his fiction, sometimes directly in his journals and letters. In 1975, Mary Cheever drove him home from a treatment center on the day he stopped drinking permanently. In the last year of his life, she cared for him as he was dying of cancer.

“Sometimes they were intensely in love,” Benjamin Cheever said in an interview on Wednesday, “and sometimes they were not.”

William Yardley, The New York Times
Leer artículo completo en The New York Times

‘Cuentos / Contes’, John Cheever

cuentos-completos-9788490063958Los cuentos de Cheever son para leer y releer. Hay muchos temas en ellos pero de forma habitual nos cuentan de forma magistral las pequeñas miserias de las relaciones entre hermanos, entre vecinos, entre padres e hijos. En medio de una situación aparentemente cotidiana surge lo imprevisto, la tragedia vulgar, incluso el misterio incomprensible. No son de miedo pero en muchas ocasiones dan miedo o más bien producen una extraña inquietud, un temor que roza el absurdo. No es extraña ni recurrente la comparación con los cuentos de Chejov ni tampoco resultaría improcedente evocar en alguna ocasión a Kafka, leyendo esas narraciones.

Hay quién relaciona su literatura con el sueño americano, un tópico recurrente. Es como si insistiésemos en que Chejov refleja la decadencia pre-revolucionaria. Sí, también, pero es mucho más que eso. La gente humilde que aparece por esas narraciones padece del mismo mal que los ricos bien intencionados, falta de empatía real, imposibilidad para hacer evidente una realidad mezquina y reaccionar contra ella buscando algo más. No están nada lejos de todos nosotros y aunque no tengamos casita con piscina y césped sino un pisito barato con un par de habitaciones en un barrio modesto nos reconocemos y reconocemos a parientes y conocidos. Hay un grado de humanidad absolutamente universal para lo bueno, para lo malo y para lo mediocre.

[Leer artículo completo en Llegir en cas d'incendi]

Llegir en cas d’incendi
Júlia Costa

Mad Men: cómo John Cheever lo vio –y vivió- todo

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La prosa realista de John Cheever describe con exactitud la sociedad que habitó, logrando hacernos sentir que todo está ocurriendo ahora, en frente a nuestros ojos. Pero más allá de su magnífica representación de los espacios físicos, es en los psicológicos con los que logra conmover, mostrando un profundo conocimiento de los individuos, desnudándolos siempre, y salvándolos, a veces. Quizá por eso, por la fuerza y brutalidad del “universo Cheever” es que los creadores de Mad Men, se inspiraron en él para levantar su propia trama. Tanto así, que  los Draper viven en Ossining, una localidad afuera de Nueva York, donde el escritor vivió los últimos 20 años de su vida y escenario de muchos de sus cuentos.

Blake Bailey, biógrafo y autor de Cheever: A life, señaló que el tema principal del la literatura de Cheever es que en medio de la felicidad y obligatoria prosperidad de los suburbios norteamericanos de los años 50 y 60, hay, en realidad, desesperación y angustia.  O lo que es lo mismo: las cosas no son lo que parecen. Así, Don Draper enMad Men se sitúa en un puente a punto de caerse, ese que une la alegría aparente de la vida y la desesperación que existe debajo de la ilusión.

Ante el desasosiego, la mentira y la tristeza, se levanta la ficción, para Cheever, la única vía de redención. Él opinaba que en el mundo había una fealdad inevitable y la belleza había que buscarla en la literatura o en un vaso de whisky.  O en la series de televisión, ¿no?

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Revista Terminal
por Viviana Moya
18 de junio, 2013

Vida y obra: John Chever

Cuando murió Cheever —el 18 de junio de 1982, a los 70 años— era uno de los autores más prestigiosos y famosos de su país. Sus cuentos reunidos, publicados en 1978, fueron best seller y ganaron el Pulitzer. Escribiendo en el New York Times, el crítico John Leonard dijo que el volumen constituía “una gran ocasión para la literatura en inglés.” Había sido alabado como el “Chejov americano” y el “Ovidio de Ossining” (el arquetípico suburbio de clase media-alta donde vivió desde 1961). Hoy, aunque es considerado una pieza fundamental en la historia del cuento en los Estados Unidos, su literatura no es enseñada en las universidades y no se renuevan sus lectores. Hoy, ningún lector joven robaría sus volúmenes de una librería, como lo hacen con Burroughs, Bukowski y Kerouac (autores más jóvenes que Cheever pero que publicaron sus grandes obras en paralelo con Cheever). Hoy, Cheever es un autor menor.

¿A qué se debe este eclipse?

En parte se debe a la misteriosa fuerza que designa las reputaciones y las modas literarias. Pero hay otros dos elementos para tomar en consideración.

Por un lado, por mas ingeniosos y líricos que sean los cuentos de Cheever, describen un mundo al cual nadie quisiera volver: de matrimonios infelices y familias donde los hijos son un estorbo; de hombres clasistas y misóginos que toman desenfrenadamente para no enfrentarse con sus fracasos personales; de pequeños pueblos sofocantes donde los rituales comunales son obligatorios, pero vacíos de sentido o alegría.

Por otro lado la vida de Cheever fue un fracaso moral: llena de envida, resentimiento y frustración. No tenía amigos. Toda su vida era falsa. Hizo sufrir a las personas más cercanas a él. Era misántropo y narcisista. Su literatura, al fin, era un acto de evasión y una glorificación de la mentira. Sus personajes, al fin, son como el hijo de Saturno siendo devorado por su padre en el famoso cuadro de Goya.

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Ñ. Revista de Cultura
por Andrés Hax
Viernes 22 de marzo de 2013