Una casa, una copa, un tormento

-tjnbrd01-26-2014dailywestput1u00620140124imgd04cheever12inside-2

Cedar Lane, 197, en la ciudad de Ossining, a una hora de Manhattan, es la dirección de una casa llamada ‘Afterwhiles’, que ha aparecido en el escaparate de las inmobiliarias locales. Su última ocupante murió en primavera y los hijos del escritor la venden. No quieren vivir allí. Piden 525.000 dólares (390.000 euros) aunque advierten de que el edificio requiere reformas. La propiedad incluye 24.000 metros cuadrados de finca y, atención, unas cuantas cajas de recuerdos de los anteriores dueños, el señor Cheever y su mujer Mary. Libros, fotografías, recortes… Su hija Susan ya ha explicado que todo lo que ella y sus hermanos querían llevarse del lugar ya está lejos de Ossining.

[…]

Pobreza vieja e hidalga, eso sí. El primer Cheever que llegó a América se llamaba Ezekiel y se dedicó a dar clases de latín en 1681. Sus hijos y nietos se dedicaron al comercio y a la navegación, viajaron a China, no les fue del todo mal. Hasta que le llegó el turno al abuelo de John, Frederick Lincooln Cheever, que se arruinó en 1873 y murió como peor pudo en 1882. Su nieto estaba convencido de que se había suicidado pero en su acta de defunción aparecían las palabras “alcohol y opio. ‘Delirium tremens'”. La siguiente generación no pudo levantar el vuelo. El padre del escritor quiso vender zapatos y estuvo a punto de prosperar pero salió malherido de la crisis de 1928. Bebía mucho y era insondable. Y así, John Cheever nació (en 1912) y creció en Quincy, en Boston, en un buen barrio, en una casa que había sido noble pero que se había convertido en una pensión para que la familia pudiera sobrevivir. Una humillación y un modo de vida sórdido para John.

 

[Leer artículo completo en El Mundo]

Luis Alemany
El Mundo
30 de julio, 2014

¡Gracias Jorge por la referencia!

 

 

RIP Mary Cheever

CHEEVER-OBIT-superJumbo

Mary Cheever, a central figure in a family of prominent American writers whose most notable member was her husband, John, with whom she had a relationship as complex as those he wrote about in his prizewinning short stories and novels, died on Monday at the home they had shared in Ossining, N.Y. She was 95.

Her death was confirmed by her son Benjamin.

Long after her husband died in 1982, Mrs. Cheever continued to live in the rambling Dutch colonial on Cedar Lane that they bought in 1961. It was the family home of their three children, two of whom, Benjamin and Susan, grew up to become writers themselves. It was also at the center of the complicated suburban world that John Cheeverwrote about throughout their often tumultuous four-decade marriage.

They stayed married even as John Cheever became an alcoholic and had affairs with men and women — and often wrote about it all, sometimes indirectly in his fiction, sometimes directly in his journals and letters. In 1975, Mary Cheever drove him home from a treatment center on the day he stopped drinking permanently. In the last year of his life, she cared for him as he was dying of cancer.

“Sometimes they were intensely in love,” Benjamin Cheever said in an interview on Wednesday, “and sometimes they were not.”

William Yardley, The New York Times
Leer artículo completo en The New York Times

Mad Men: cómo John Cheever lo vio –y vivió- todo

mad-men-626x367

La prosa realista de John Cheever describe con exactitud la sociedad que habitó, logrando hacernos sentir que todo está ocurriendo ahora, en frente a nuestros ojos. Pero más allá de su magnífica representación de los espacios físicos, es en los psicológicos con los que logra conmover, mostrando un profundo conocimiento de los individuos, desnudándolos siempre, y salvándolos, a veces. Quizá por eso, por la fuerza y brutalidad del “universo Cheever” es que los creadores de Mad Men, se inspiraron en él para levantar su propia trama. Tanto así, que  los Draper viven en Ossining, una localidad afuera de Nueva York, donde el escritor vivió los últimos 20 años de su vida y escenario de muchos de sus cuentos.

Blake Bailey, biógrafo y autor de Cheever: A life, señaló que el tema principal del la literatura de Cheever es que en medio de la felicidad y obligatoria prosperidad de los suburbios norteamericanos de los años 50 y 60, hay, en realidad, desesperación y angustia.  O lo que es lo mismo: las cosas no son lo que parecen. Así, Don Draper enMad Men se sitúa en un puente a punto de caerse, ese que une la alegría aparente de la vida y la desesperación que existe debajo de la ilusión.

Ante el desasosiego, la mentira y la tristeza, se levanta la ficción, para Cheever, la única vía de redención. Él opinaba que en el mundo había una fealdad inevitable y la belleza había que buscarla en la literatura o en un vaso de whisky.  O en la series de televisión, ¿no?

[Leer artículo completo en Revista Terminal]

Revista Terminal
por Viviana Moya
18 de junio, 2013

Vida y obra: John Chever

Cuando murió Cheever —el 18 de junio de 1982, a los 70 años— era uno de los autores más prestigiosos y famosos de su país. Sus cuentos reunidos, publicados en 1978, fueron best seller y ganaron el Pulitzer. Escribiendo en el New York Times, el crítico John Leonard dijo que el volumen constituía “una gran ocasión para la literatura en inglés.” Había sido alabado como el “Chejov americano” y el “Ovidio de Ossining” (el arquetípico suburbio de clase media-alta donde vivió desde 1961). Hoy, aunque es considerado una pieza fundamental en la historia del cuento en los Estados Unidos, su literatura no es enseñada en las universidades y no se renuevan sus lectores. Hoy, ningún lector joven robaría sus volúmenes de una librería, como lo hacen con Burroughs, Bukowski y Kerouac (autores más jóvenes que Cheever pero que publicaron sus grandes obras en paralelo con Cheever). Hoy, Cheever es un autor menor.

¿A qué se debe este eclipse?

En parte se debe a la misteriosa fuerza que designa las reputaciones y las modas literarias. Pero hay otros dos elementos para tomar en consideración.

Por un lado, por mas ingeniosos y líricos que sean los cuentos de Cheever, describen un mundo al cual nadie quisiera volver: de matrimonios infelices y familias donde los hijos son un estorbo; de hombres clasistas y misóginos que toman desenfrenadamente para no enfrentarse con sus fracasos personales; de pequeños pueblos sofocantes donde los rituales comunales son obligatorios, pero vacíos de sentido o alegría.

Por otro lado la vida de Cheever fue un fracaso moral: llena de envida, resentimiento y frustración. No tenía amigos. Toda su vida era falsa. Hizo sufrir a las personas más cercanas a él. Era misántropo y narcisista. Su literatura, al fin, era un acto de evasión y una glorificación de la mentira. Sus personajes, al fin, son como el hijo de Saturno siendo devorado por su padre en el famoso cuadro de Goya.

Leer artículo completo

Ñ. Revista de Cultura
por Andrés Hax
Viernes 22 de marzo de 2013

Lecturas de Madrugada 3: “En la cárcel de Falconer”, de John Cheever

 Días atrás decidí ordenar mi biblioteca. Mientras colocaba los libros en los nuevos anaqueles, encontré una novela que compré en una perdida y lejana noche del segundo lustro de los noventa. Por aquella época devoraba todas las películas de la Filmoteca de Lima, cuando esta quedaba en el lugar que nunca debió abandonar: El Museo de Arte. Estaba desconcertado, la película, la tercera del día, La noche, de Michelangelo Antonioni, me había dejado con más preguntas que certezas.

Cada vez que salía de la filmoteca, casi siempre pasadas las diez de la noche, o bien me dirigía al centro o a mi casa. Esa vez me decidí por la segunda opción. Y cuando eso ocurría, caminaba hacia el paradero de la Av. Wilson con Paseo Colón. Allí, en un espacio de treinta metros de vereda, se ubicaban algunos vendedores de libros. Me ponía a ver someramente los títulos, la mayoría de los cuales no despertaban mi interés. Pero lo hacía, ya que abrigaba la esperanza de encontrarme con el “Gordo” Padilla, que sabía de títulos, y bastante, pese a no tener una voraz costumbre lectora. Nunca fuimos amigos, pero sintonizábamos en ciertos temas y cuando me lo encontraba le pedía que me consiguiera algunos libros. El tipo prestaba atención a lo que le decía, como la vez que le hablé de mi creciente interés por la narrativa norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, o sea, MalamudBashevis SingerBellowHimesKerouacWolfey demás.
Cada vez que lo hallaba sabía que algo bueno, o quizá muy bueno, me llevaría a casa. Y esa noche de tentadora lluvia y creciente frío y salvadores cigarros, él me alcanzó, como si hubiese estado esperando mi llegada, En la cárcel de Falconer, de John Cheever (1912 – 1982).
“Este es norteamericano. Parece que es bueno”, dijo.
por Gabriel Ruiz Ortega

Los “peores” relatos de John Cheever ya anunciaban el infierno de la crisis

“Este libro recopila 13 especímenes de lo que se conoce, como `relatos de aprendizaje´. Lo que no significa que sean relatos de aprendizajes comunes, porque quien los firma es un aprendiz de John Cheever”, escribe en el prólogo Rodrigo Fresán.

Sin embargo, emerge de la veta un diamante en bruto que ciega con su brillo. Es Autobiografía de un viajante, un cuento oportuno para los tiempos que corren.

Autobiografía de un viajante narra el ascenso del hijo de una viuda, de familia pobre, que abandona la escuela, trabaja de botones y conserje, hasta que consigue un empleo en una fábrica de zapatos.

Cuando logra convertirse en viajante de comercio, vendiendo género por todos los Estados Unidos, logra una carrera meteórica como comercial (“la mitad del tiempo tenía más dinero del que podía gastar”). Poco a poco, Cheever nos lleva de la mano en esta biografía de éxito hasta que llega el crash del 29 y todo se trunca:

“Después, traté de encontrar otra empresa de zapatos, pero no pude encontrar ninguna. (…) Todas estaban cerrando. (…) Cuando cumplí 62 años no tenía trabajo. Mi póliza de seguros venció. (…) Mis amigos están muertos. (…) Hemos sido olvidados como viejas guías telefónicas”, culmina Cheever.

Hoy, la relectura de este cuento cobra mucho más sentido si lo trasladamos a la realidad de EspañaItalia o Grecia. Cheever se adelantó a su tiempo, o tal vez, lo que trataba de decirnos es que todo se repite.

 

[Leer artículo completo en noticias.lainformacion.com]

David González | aviondepapel.tv

jueves, 15/11/12

 

Noticias sobre “Cuentos” y “Falconer”

RBA publica ‘Cuentos’ y ‘Falconer’, la última gran novela de John Cheever,

RBA publica ‘Cuentos’ y ‘Falconer’, la última gran novela de John Cheever, uno de los grandes clásicos de la literatura norteamericana del siglo XX considerado por Philio Roth “un realista con magia”.

Autor imprescindible para comprender las inquietudes, los deseos y los miedos de toda una clase social, John Cheever es considerado hoy un clásico incontestable de las letras estadounidenses, especialmente gracias a sus relatos breves, que lo sitúan entre los mejores escritores modernos del género.

Estos cuentos, ambientados sobre todo en urbanizaciones situadas en el extrarradio de las grandes urbes, aunque también en otros lugares como la ciudad de Nueva York o Italia, constituyen retratos sociológicos de una clase media norteamericana que disfruta de lujos materiales pero que paradójicamente se ve acosada por una inefable sensación de vacío y soledad.

Nota de EFE reproducida en varios medios [leer artículo en La Información]
viernes, 09 de noviembre de 2012, 12:08
MADRID, 9 (EUROPA PRESS)
………………………………………………………..

Cuentos imprescindibles: Tomeo y Cheever

Días de alegría para quienes nos interesa el relato corto, porque Páginas de Espuma edita los Cuentos completos de Javier Tomeo y RBA, un tomo similar, aunque no sean completos, de John Cheever.

[…]

John Cheever, genio y figura del siglo XX estadounidense, vuelve a brillar cada vez que un lector lo descubre o lo redescubre, con obras maestras de la narrativa como en “Adiós hermano mío”, La geometría del amor”, “El nadador” o la extraordinaria nouvelle “El marido rural”. El escritor que para muchos, mejor supo retratar a la clase media y baja de los Estados Unidos, es ante todo una voz que habla detrás de las miserias y los lamentos de unos personajes completamente realistas, iluminador imprescindible de la psicología de los miedos y las incertidumbres de la gente común, un espejo del vacío existencial detrás de tantos y tantos escenarios pretendidamente multicolores de una sociedad decadente.

[Leer artículo completo en blogs.periodistadigital.com]

 

Publicado nuevo libro de John Cheever: Cuentos (Collected Stories), por RBA

Cuentos

John Cheever

Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea
RBA
Título original: Collected Stories

Primera edición: octubre de 2012
ISBN: 978-84-9006-395-8
1042 páginas
29 €

 ……………………………………………………………………………………………..

CONTENIDO

Prefacio

CUENTOS

Adiós, hermano mío

Un día cualquiera

La monstruosa radio

Oh, ciudad de sueños rotos

Los Hartley

La historia de Sutton Place

Granjero de verano

Canción de amor no correspondido

La olla repleta de oro

Clancy en la torre de Babel

La Navidad es triste para los pobres

Tiempo de divorcio

La casta Clarissa

La cura

El superintendente

Los chicos

Las amarguras de la ginebra

¡Adiós, juventud! ¡Adiós, belleza!

El día que el cerdo se cayó al pozo

El tren de las cinco cuarenta y ocho

Solo una vez más

El ladrón de Shady Hill

El autobús a St. James

El gusano en la manzana

El problema de Marcia Flint

La bella lingua

Los Wryson

El marido rural

El camión de mudanzas escarlata

Simplemente dime quién fue

Brimmer

La edad de oro

La cómoda

La profesora de música

Una mujer sin país

La muerte de Justina

Clementina

Un muchacho en Roma

Miscelánea de personajes que no aparecerán

La quimera

Las casas junto al mar

El ángel del puente

El brigadier y la viuda del golf

Una visión del mundo

Reunión

Una culta mujer norteamericana

Metamorfosis

Mene, Mene, Tekel, Upharsin

Montraldo

El océano

Marito en città

La geometría del amor

El nadador

El mundo de las manzanas

Otra historia

Percy

La cuarta alarma

Artemis, el honrado cavador de pozoz

Tres cuentos

Las joyas de los Cabot

 ………………………………………………………………………………………..

PREFACIO

Me gustaría que el orden en que se han publicados estos relatos se invirtiera y que apareciera yo primero como un hombre mayor, y no como un joven estupefacto al descubrir que hombres y mujeres genuinamente recatados admitían en sus relaciones amargura erótica e incluso codicia. El parto de un escritor, según creo, a diferencia del de un pintor, no presenta alianzas interesantes con sus maestros. En el crecimiento de un escritor, no hay nada comparable a las primeras copias de Jackson Pollock de las pinturas de la capilla Sixtina, con sus interesantes referencias a Thomas Hart Benton. Al escritor podemos verlo aprendiendo torpemente a caminar, a hacerse el nudo de la corbata, a hacer el amor y a comer los guisantes con tenedor. Se presenta más bien solo y determinado a instruirse por su cuenta. Ingenuo, provinciano en mi caso, a veces obtuso, y casi siempre torpe, incluso una cuidada selección de sus primeros trabajos será siempre la historia desnuda de su lucha por recibir una educación en economía y en amor.

Estos relatos se remontan a mi honorable licenciamiento del ejército, al final de la segunda guerra mundial. Están en orden cronológico, si no me falla la memoria, y los textos más embarazosamente inmaduros han sido eliminados. A veces parecen historias de un mundo perdido, cuando la ciudad de Nueva York aún estaba impregnada de una luz ribereña, cuando se oían los cuartetos de Benny Goodman en la radio de la papelería de la esquina y cuando casi todos llevaban sombrero. Aquí está el último de aquella generación de fumadores empedernidos que por la mañana despertaban al mundo con sus accesos de tos, que se ponían ciegos en las fiestas e interpretaban obsoletos pasos de baile, como el Clevelan chicken, que viajaban a Europa en barco, que sentían auténtica nostalgia del amor y la felicidad, y cuyos dioses eran tan antiguos como los míos o los suyos, quienquiera que sea usted. Las constantes que busco en esta parafernalia a ratos anticuada son cierto amor a la luz y cierta determinación de trazar alguna cadena moral del ser. Calvino no desempeño ningún papel en mi educación religiosa, pero su presencia parecía habitar en los graneros de mi juventud, y quizá me dejó cierta indebida amargura.

Muchos de estos relatos se publicaron por primera vez en The New Yorker, donde Harold Ross, Gus Lobrano y William Maxwell me dieron el don inestimable de un grupo amplio, inteligente y sensible de lectores y suficiente dinero para dar de comer a la familia y comprarme un traje nuevo cada dos años. “¡Esto es una revista familiar, maldita sea!”, solía vociferar Ross al menor signo de incitación a los impulsos eróticos. Él no era nada recatado, y cuando descubrió que yo daba un respingo cada vez que él usaba la palabra “follar” en la mesa del almuerzo, la repetía con frecuencia, solo para verme saltar. Su falta de recato era realmente pronunciada; por ejemplo, si preveía que un compañero de póquer iba a ser un pesado, se iba al cuarto de baño y volvía con las orejas rellenas de papel higiénico. Naturalmente, esa clase de conducta nunca aparecía en la revista. Pero le enseñó a uno, o así me gusta pensarlo, que el recato es una forma de discurso tan profundo y connotativo como cualquier otro, diferente no solo por su contenido, sino por su sintaxis y sus imágenes. Puesto que los hombres a quienes apoyó van desde Irwin Shaw hasta Vladimir Nabokov, parece que ha hecho más bien que ninguna otra cosa.

Toda documentación precisa de nuestra inmadurez resulta embarazosa, y así lo encuentro a veces en estas narraciones, pero para mí la turbación queda redimida por los recuerdos que las historias me reavivan de las mujeres y los hombres que he amado y de las habitaciones, los pasillos y las playas donde fueron escritos los relatos. Mis historias favoritas son las escritas en menos de una semana y compuestas a menudo en voz alta. Recuerdo haber exclamado: “¡Me llamo Johnny Hake!”. Fue en el vestíbulo de una casa en Nantucket que habíamos conseguido alquilar barata, por el retraso de un juicio sucesorio. Saliendo del cuarto de servicio de otra casa alquilada, le grité a mi mujer: “¡Esta es una noche en la que reyes con trajes dorados cabalgan sobre las montañas a lomos de elefantes!”. La paciencia de mi familia ha sido inestimable. Bajo el toldo de la entrada de un edificio de apartamentos de la calle Cincuenta y Nueve escribí, en voz alta, las lineas finales de “Adiós, hermano mío”. “¡Ah! ¿Qué se puede hacer con un hombre así?”, pregunté, y cerré la historia diciendo: “Me quedé mirando a las mujeres desnudas, saliendo del agua”. “Está hablando usted solo, señor Cheever”, me dijo amablemente el portero, y también él -correcto, jovial y satisfecho con su propina de diez dólares para Navidad- parece un personaje del pasado perdurable.

Conversación con Benjamin Cheever – Artículo de Rosa Burillo

La idea de ser convencional o no serlo también la recrea Benjamin Cheever que define a su padre como un hombre nada convencional, que paradójicamente elige vivir tradicionalmente. Cito textualmente: “I don´t know why such an unconventional man lived such a conventional life, but he meant to. And, yes, I think it had to do with his love for his wife.” Yo creo que ahí había necesidad de pertenecer al mundo, tener un estatus, una vida social que, por supuesto, una vez conseguida, le inquietaba y le hacía sentirse ajeno y diferente.

 

 

“If you explain everything perfectly then you´ve lost something, and what you´ve lost is what matters.” 

Leer artículo completo en el blog El lector perdido
Rosa Burillo
6 de abril, 2009

¿Será verdad? “Cuentos completos” de John Cheever

Minientrada

¿Qué RBA publicará los “Cuentos completos” de John Cheever? Y que son los “completos” de verdad. Sería una grandísima noticia. Me come la impaciencia por verlo…

Unos pocos detalles más en el blog Estandarte

“La vida secreta de los diarios” por Blake Bailey

“La ficción es arte y el arte es el triunfo de sobre el caos (nada menos)”, escribió John Cheever en su cuento “La muerte de Justina”. El arte de la biografía lucha con el mismo dilema y sin embargo las cuestiones de la vida tienden a permanecer tercamente caóticas. El gran desafío es imponer orden, orden y más orden: encontrar los temas más salientes (“la carne desea en contra del espíritu” era uno de los más importantes en la vida de Cheever) y sus hilos narrativos concomitantes, y así reconciliar la paradoja de una naturaleza exquisitamente complicada. Cuanto más sabe el biógrafo, mejor, porque, por supuesto, saberlo todo es perdonarlo todo y el objetivo –o mi objetivo, en todo caso– es intentar ser compasivo.

La ficción de Cheever fue el refinamiento de una vida muy complicada, cuyos materiales crudos pueden encontrarse en sus Diarios –quizás el más exhaustivo registro de la vida interna de un escritor norteamericano de primer nivel, y un artefacto muy caótico en sí mismo–. Me sumergí en este desorden y me propuse limpiarlo de la misma manera que Wall-E recorre un planeta devastado y contaminado, de la misma manera que Sísifo empuja su roca –porque, como biógrafo, es lo que uno hace–. El trabajo penoso y mecánico tuvo un resultado feliz: fusionó mi mente mucho más con mi conflictuado sujeto, y me llevó a un sorprendente grado de empatía.

“Leí el diario del año pasado con la idea de donarlo a la biblioteca”, escribió Cheever en 1978, sintiendo el periódico tironeo de la posteridad. “Estoy impactado por la frecuencia con que me refiero a mi miembro.” Esto es cierto. Quizá por un impulso masoquista y paradójicamente puritano (infundido por sus orgullosos padres yanquis en Quincy, Massachusetts), Cheever se preocupó por anotar sus más sórdidos encuentros sexuales (incluidas sus experiencias solitarias), su lucha diaria con el alcoholismo, y sus generalmente sarcásticas observaciones sobre sus amigos, colegas y, especialmente, su familia. (“Mi esposa es retratada de una manera muy negativa en los diarios y yo aparezco sin culpa, y esto no puede ser la verdad”, reflexionaba al final de su vida). Hay muchos momentos sublimes también y, no hace falta decirlo, todo el diario tiene una escritura bellísima. En cualquier caso, Cheever finalmente superó sus dudas sobre preservar esta parte crucial de su obra en una biblioteca y estuvo incluso “casi dichoso”, según su hijo Ben, ante la perspectiva de una publicación póstuma.

 Blake Bailey
Radar Libros
Domingo, 8 de julio de 2012

Blake Bailey: “Cheever tuvo que esconderse toda la vida”

A 30 años de la muerte de John Cheever, su biógrafo explica cómo traspasó sus frustraciones a su obra y dice que habría “amado” la serie Mad Men.

A fines de los 70, John Cheever rozaba la gloria. Falconer, la novela que publicó tras dejar el alcohol, era un éxito de ventas, que sólo sería superado por una compilación de sus cuentos: Relatos estuvo más de seis meses entre los libros más vendidos de EE.UU. Al morir, en 1982, Cheever se fue logrando esa rara combinación: no sólo tenía el respeto de sus colegas, también el público agotaba sus libros. Treinta años después, nadie duda de su lugar en el canon de la literatura norteamericana, pero sus lectores se han reducido. Pareciera que los millones de seguidores de la serie Mad men del mundo no se han enterado que sin Cheever no habría existido jamás Don Draper, ese publicista de doble vida que resume la silenciosa desesperación que asfixiaba a los suburbios americanos de inicios de los 60.

“¿Dónde se fueron sus lectores?”, se pregunta Blake Bailey, autor de la biografía Cheever: una vida y, según confiesa, un adicto a Mad men. “Sinceramente yo esperaba un revival de Cheever con la serie. Matthew Weiner, su creador, dice una y otra vez que es su influencia. Sus libros merecen muchos más lectores. Como yo lo veo, Cheever es el gran cuentista de nuestra era”, dice al teléfono a La Tercera.

Quizás es cierto: llamado tantas veces el Chejov de los suburbios, Cheever (1912-1982) hizo de las ansiedades norteamericanas de posguerra un asunto universal, al adherirles un destino de inevitable tristeza. Los sueños rotos pueblan su obra, aunque Cheever logra que la desesperanza tome formas luminosas. Lo verdaderamente amargo lo mantenía oculto: una década después de su muerte se publicaron sus Diarios (1991), revelando la tragedia privada de Cheever, un alcohólico bisexual reprimido.

 

[Leer artículo completo]

 

 Diario La Tercera
por Roberto Coreaga C.
 

Foto no, fotaza de John Cheever a todo color

Publicada en el diario La Tercera

Rodrigo Fresán sobre la biografía de Blake Bailey “Parecía un paraíso”

John Cheever es un escritor fundamental para entender buena parte de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX: él es quien crea el suburbio como terreno literario, explora las crecientes tensiones entre (homo)sexualidad y puritanismo, y describe los infiernos subterráneos que caldeaban los cuerpos y las almas de ese aparente paraíso norteamericano de posguerra. Blake Bailey –que ya había escrito una biografía de ese otro retratista etílico y suburbano que fue Richard Yates– emprendió la compleja tarea de investigar, entrevistar y revisar más de 4300 páginas de diarios desordenados, para contar y entender esa vida repleta de secretos, mitologías, dobles fondos, culpa, whisky, belleza y literatura.

Una entrada en sus formidables journals y su relato más famoso bastan para destilar la novela de la vida de John Cheever (1912-1982). La anotación es de 1949: “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio”. El cuento “El nadador” (1963) nos habla del hermoso perdedor Neddy Merrill, empeñado en la fundación de un río privado enhebrando las piscinas de casas de un barrio residencial para, con épica y epifanía, intentar ocultar las fuentes de una realidad en la que no nada, pero sí se ahoga.

Confesión e invención son remontadas por Blake Bailey (1963) asumiendo el reto de narrar a uno de los mejores narradores del siglo XX y su larga sombra, que planea hoy sobre la tan alabada Freedom, de Jonathan Franzen, o la galardonada serie de televisión Mad Men.

Ya existían materiales para armar el modelo de John Cheever. Una sentida e implacable memoir de su hija, dos volúmenes de cartas y los ya mencionados Diarios presentaban la complicada saga de un ser complejo. Una primera biografía de Scott Donaldson –John Cheever: A Biography (1988)– no estaba mal, pero fue boicoteada por la familia Cheever, que no facilitó papeles privados. Ahora, queda claro que aquélla era una situation-comedy doméstica con risas grabadas comparada con lo que aquí ruge y susurra.

Así, el orgullo de un genio autodidacta; las agonías de un hombre que amaba, pero no podía soportar a los suyos (en especial, a su idolatrado hermano y, parece, primer amante); las poses de patricio falso y de nudista en festejos ajenos; la compulsión trepadora del adolescente provinciano y sin estudios a la conquista de Nueva York (Troppo editó Fall River, textos primerizos); la mudanza a las afueras (escenario definido por los críticos como Cheever Country); las miserias del esposo volátil y del padre feroz; las culpas del bisexual rampante y del alcohólico de mediodía; la cobardía del fugitivo inmóvil; el resentimiento y la envidia hacia sus colegas; y los pesares del cuentista profesional prisionero en la jaula dorada de The New Yorker y del novelista premiado, pero “imperfecto”, hasta ascender –justo antes de un cáncer fulminante– al trampolín más alto y ver a todos, tan pequeños, desde allí arriba.

por Rodrigo Fresán
Radar Libros
Domingo, 8 de julio de 2012

Leer artículo completo en Página12

“Los académicos no entienden a Cheever” Blake Bailey dixit

-¿Los diarios de Cheever se pueden considerar como una de las grandes obras de la literatura estadounidense del siglo XX?
-Hay personas que dicen que son lo mejor que escribió. No estoy de acuerdo con eso, pero creo que es un documento asombroso, por una variedad de razones. Me parece asombroso que Cheever, aún cuando estaba escribiendo con su mano izquierda –y de esa manera entraba en calor por las mañanas para luego continuar con su escritura de prosa– pareciera escribir sin esfuerzo alguno.

-¿Y cómo es la persona que uno conoce a través de los diarios?
-Cheever fue un hombre sin amigos íntimos. Su persona pública es una fachada completamente construida. Es un tipo muy encantador y es muy popular entre sus vecinos en Westchester. Pero nadie sabía quién era. Y él no podía hablar con nadie. No podía hablar tampoco con su familia. No tenía amigos íntimos, salvo unos rusos que conoció en un viaje de una o dos semanas. Entonces lo mete todo en sus diarios. El lector puede ver unas cosas bien bizarras que suceden sobre la página. Un hombre cuyo ser está totalmente en conflicto con su imagen pública. Y en gran parte, no podía ser más misántropo y oscuro. Pero al mismo tiempo está luchando con eso. Es una dialéctica que tiene consigo mismo. Y en los diarios hay un laboratorio para sus ficciones. Continuamente sus diarios se van convirtiendo en textos de ficción.

[…]

-¿Ellos dirían que sus cuentos no tienen la sustancia como para merecer una tesis doctoral?
-Sí, pero ningún escritor de ficción que vale estaría de acuerdo con eso. Los escritores de ficción saben que Cheever es un genio superlativo. Los académicos suelen ser filisteos. No entienden a Cheever. Y las reputaciones son perpetuadas, principalmente, en las aulas.

 

[Leer entrevista completa a Blake Bailey en revista Ñ]

Philip Roth ya es Príncipe (y así lo vió Cheever)

PHILIP ROTH Premio Príncipe de Asturias de las Letras
6 de junio de 2012

Reunido en Oviedo el Jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012, integrado por D. Luis María Anson Oliart, D. J. J. Armas Marcelo, D. Xuan Bello Fernández, D.ª Blanca Berasátegui Garaizábal, D.ª Amelia Castilla Alcolado, D. Juan Cruz Ruiz, D. José Luis García Martín, D. Álex Grijelmo García, D. Manuel Llorente Manchado, D.ª Rosa Navarro Durán, D.ª Soledad Puértolas Villanueva, D. Fernando Rodríguez Lafuente, D. Fernando Sánchez Dragó, D.ª Diana Sorensen, D. Sergio Vila-Sanjuan Robert, presidido por D. José Manuel Blecua Perdices y actuando como secretario D. Román Suárez Blanco, acuerda por mayoría conceder el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012 al escritor Philip Roth.

La obra narrativa de Philip Roth forma parte de la gran novelística estadounidense, en la tradición de Dos Passos, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Bellow o Malamud. Personajes, hechos, tramas conforman una compleja visión de la realidad contemporánea que se debate entre la razón y los sentimientos, como el signo de los tiempos y el desasosiego del presente. Posee una calidad literaria que se muestra en una escritura fluida e incisiva.

Declaración de Philip Roth tras la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2012:

“Estoy encantado de recibir el Premio Príncipe de Asturias y emocionado porque el jurado haya encontrado mi obra merecedora de tal honor.

Es particularmente conmovedor para mí haber recibido la noticia del premio sólo unas semanas después de la muerte de Carlos Fuentes, quien recibió el premio en el año 1994. Carlos fue un querido amigo mío y un colega generoso durante muchas décadas y, por supuesto, uno de los más grandes novelistas en español de nuestra era. Quisiera que estuviese vivo para que pudiera oír su voz melodiosa al otro lado del teléfono dándome la enhorabuena con su cortesía habitual”.

Philip Roth
Nueva York, 6 de junio de 2012

Tomo una copa y voy con los dos perros a la estación a esperar a Philip Roth. Es inconfundible y de lejos lanzo un aullido jubiloso. Joven, acomodaticio, brillante, inteligente, tiene el aire juvenil de quien contempla casi todas las cosas como si generaran un calor insoportable.No es melindroso, pero aparta la cabeza de un plato de carne como si estuviera ardiendo. Se ha divorciado de una chica que me parecía una delicia. “Ni siquiera quiere devolverme los patines de hielo.” La conversación gira hacia el tema sexual -polla y cojones, Genet, Rechy- pero sus observaciones me parecen interesantes, sutiles e ingeniosas.

John Cheever
Diarios, 1963

Morgan se inspira en “El nadador” de John Cheever


Morgan, banda de “pop afónico” de Barcelona, se tira a la piscina con esta canción inspirada en “El nadador” (de John Cheever, claro). Y el chapuzón les sale bien.

Facebook de Morgan -para darle al “Me gusta”-

¿Cómo definiríais vuestra música?

Pop afónico, Rock dormido, Canción basta, Depresiva con clase, etc. Cualquier etiqueta nos vale, nos encantan las etiquetas. ¡Etiquetadnos!

Leer entrevista en astreduPOP

 

El escritor corriente (John Cheever y otros)

Cheever disponía de una habitación sin ninguna comodidad en el sótano del edificio donde residía y todas las mañanas se vestía con traje y corbata para bajar a escribir allí cumpliendo un horario completo de oficina. O sea, no es que quisiera singularizarse del resto de los mortales con ropas de artista, como estamos acostumbrados a ver, sino que se esforzaba por ser como todos. Nos lo podemos imaginar en el ascensor junto con otros vecinos que sí iban a oficinas de verdad, pero mientras los otros se quedaban en la planta cero él seguía descendiendo a lo más profundo de aquellas vidas de clase media en que encontraba motivo de inspiración. Es como si nos dijera: no se puede escapar, pero podemos abrir los ojos. Le atraían las zonas residenciales o ciudades dormitorio a las afueras de la ciudad, en que el tipo de sociedad sin emoción que en el fondo criticaba todavía se acentuaba más. Respiraba inmerso en lo que contaba. Decía, por ejemplo, que “un cuento o un relato es aquello que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras esperas que te saquen una muela”.

Clara Sánchez
Cuarto Poder
26 de marzo, 2012

[Leer reseña completa en Cuarto Poder]

Falconer: John Cheever y la pérdida de la humanidad

Allá por 1912 en Quincy, Massachusets, nace John Cheever. Autor de relatos y novelas que encierran personajes simbolicos en situaciones reales. Poco aplicado en los estudios, es expulsado de la escuela por fumar (situacion que acaba con sus estudios). Junto con el alcoholismo y la depresion, son los tres puntos que marcan su vida y sus relatos. No hay hogar, ni seguridad o permanencia en este mundo (Cheever) “La entrada principal de Falconer – la unica para los presos, los visitantes y el personal- estaba coronada por un escudo que representaba a la Libertad, la Justicia y entre las dos, el poder soberano del gobierno. La Libertad llevaba un gorro frigio y empuñaba una pica. El gobierno era el águila federal, con una rama de olivo y armada con las flechas. La Justicia era convecional: ciega, vagamente erótica con sus prendas ajustadas y empuñando la espada de un caudillo”.
Rodry Vega

Emocionante: John Cheever leyendo “El Nadador”

John Cheever reading one of his most famous stories, “The Swimmer” at 92nd Street Y on December 19, 1977. “The story was made into a film some of you may have seen,” Cheever remarked before he began to read. “It still runs on late-night television. I know because people always call me and say, ‘Hey, you’re in the movies!’ It’s usually about half past 11. . . . Here again the story has had an international success, and the various interpretations have always interested me. It’s very popular in Russia, for example, where there are almost no swimming pools and where almost nobody swims.”

sobre “Falconer” de John Cheever

Falconer es una obra sobre el deseo de libertad que hay en todos los seres humanos y a veces parece un cuento, una alegoría con reminiscencias casi míticas. A veces me gustaría que Cheever me contara más sobre la relación del protagonista con su hermano, qué le llevó exactamente a asesinarlo, pero, para bien o para mal, esto a Cheever no le interesa. Y es que ‘Falconer’ es también una novela sobre el deseo de amor, de felicidad, de otra vida posible más allá de la mediocridad y la rutina que nos rodea. Creo que cada vez tengo más claro que Cheever es y no es a la vez, pero, sea como sea, siempre es magnífico.

Publicado por Núria. 30 de marzo, 2012 en Bugs eat Books
[Leer reseña completa en el blog Bugs eat Books]

John Cheever on line

En slideshare se pueden leer (y +) los siguientes cuentos:

y el libro La geometría del amor

John Cheever como terapia [post antiguo actualizado con video]

“Si te van a operar, ¿qué compañero de habitación te gustaría tener? Yo no me llevaría un libro de Carver a un hospital; sí, un libro de Cheever. Porque Carver agravaría mi estado”.

“es un escritor que se puede leer y releer en diferentes tramos de la vida y en diferentes estados de ánimo. Se puede leer cuando estás enamorado, o cuando estás triste y cada vez lees un Cheever diferente”

Leer artículo completo en aviondepapel.tv

John Cheever, el Chéjov norteamericano

Miseria, infelicidad, depresión, fobias. Eso reflejan los personajes de la clase media ascendiente neoyorkina que durante seis décadas plasmó en su obra John Cheever (1912-1982), considerado el Antón Chéjov de Nueva York por su capacidad de reflejar la realidad de las personas en la época en que vivió. En el marco de la XXXIII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, el ensayista Federico Campbell dirigió la conferencia “El Ángel del Puente. A Cien Años del Nacimiento de John Cheever”, en memoria del autor americano.

Aunque John Cheever nació hace cien años —en Quincy, Massachusetts—, su esencia se considera totalmente neoyorkina. El escritor de una centena de cuentos, considerados por Campbell como “magistrales” y “memorables”, hace en su obra una radiografía del mundo de los seres infelices con buen nivel económico que viven en la Gran Manzana, ciudad que es el corazón cultural, empresarial y migratorio de Estados Unidos desde inicios del siglo XX.

Por Katia Rodríguez

[Leer artículo completo en Revista Milmesetas]

Leer “Una mujer sin país” de John Cheever

La vi aquella primavera en Campino, con el conde de Capra -el que lleva bigote-, entre la tercera carrera y la cuarta, bebiendo Campari junto a las pistas del hipódromo, con las montañas a lo lejos y, más allá de las montañas, una masa de nubes que en América hubieran significado una tormenta para la hora de cenar capaz de derribar árboles, pero que allí terminaría por quedarse en nada. Volví a verla en el Tennerhof de Kitzbühel, donde un francés cantaba canciones de vaqueros ante un público que incluía a la reina de Holanda; pero nunca la vi en las montañas, y no creo que esquiara; iba allí, al igual que tantos otros, para estar con la gente y participar en la animación. Más tarde la vi en el Lido, y de nuevo en Venecia algo después, una mañana en que yo iba en góndola a la estación y ella estaba sentada en la terraza de los Gritti, tomando café. La vi en la representación de la Pasión de Erl; no exactamente en la representación, sino en el mesón del pueblo, donde se suele comer aprovechando el intermedio, y la vi en la plaza de Siena con motivo del Palio, y aquel otoño en Treviso, cuando cogía el avión para Londres.
Exagero, pero todo esto podría ser verdad. Era una de esas personas que vagabundean incansablemente, y luego, noche tras noche, se van a la cama para soñar con bocadillos de bacon, lechuga y tomate. Aunque procedía de una pequeña ciudad industrial del norte donde se fabricaban cucharas de palo, uno de esos lugares solitarios de donde surge, paradójicamente, la sociedad internacional, eso no tuvo nada que ver con su vida errante. Su padre era el gerente de la fábrica, que pertenecía a la familia Tonkin: grandes propietarios, dueños de regiones enteras, por lo que la tramitación de su divorcio fue seguida con gran interés por los periódicos sensacionalistas; el joven Marchand Tonkin pasó un mes allí para adquirir práctica en los negocios, y se enamoró de Anne. Ella era una chica normal, dulce y modesta, por naturaleza -cualidades que nunca perdió-, y se casaron al cabo de un año. Aunque eran inmensamente ricos, los Tonkin no amaban la ostentación, y la joven pareja vivió discretamente en un pequeño pueblo desde donde Marchand se trasladaba todos los días a Nueva York para trabajar en el despacho familiar. Tuvieron un hijo y vivieron una vida feliz y sin historia hasta una húmeda mañana del séptimo año de su matrimonio.

Leer relato completo en Ignoria

Austral publicará a John Cheever

En los últimos años, los responsables de Austral han ‘reforzado’ la nómina de autores contemporáneos para atraer a nuevos lectores.

Así, se van a publicar obras de Kenzaburo Oé, Yasunari Kawabata, John Cheever (este año se conmemora el centenario de su nacimiento), Noam Chomsky, Paul Bowles, Andrés Trapiello o Pere Gimferrer, entre otros.

La idea es incrementar el fondo de Austral con los autores ‘más influyentes del siglo XX’, y para ello cuentan con el catálogo de los diferentes sellos de Planeta, entre los cuales hay algunos ‘tan literarios’ como Destino o Seix Barral.

[Leer noticia completa]

John Updike sobre John Cheever

Y sobre John Cheever, Updike escribe: “La alegría del mundo físico, tan a menudo exaltada en su ficción, y el triunfo de su ascenso desde su llegada a Nueva York como joven emigrante pobre hasta acabar convertido en estrella literaria le proporcionaban, al parecer, comodidad más que suficiente”. También los personajes de Cheever, señala, están “llenos de deseos, contradicciones, van solos sin rumbo”, incapaces de “conseguir el estoicismo cristalino, el valor desafiante y voluntarista de Hemingway”.

Higher Gossip. John Updike
Edición de Cristopher Carduff
Alfred A. Knoff,  Nueva York. 2011

[Leer artículo completo en elcultural.es]

Tertulia sobre “El Nadador” en LITER-a-TULIA

Última cuestión suscitada en la tertulia sobre El nadador, de John Cheever

¿Cuál es la diferencia entre cordura y locura? Estamos dando por hecho que los que le están diciendo cómo tiene que comportarse Neddy, son los cuerdos. Y quizá no lo sean. ¿Realmente este hombre está desarrollando una locura o se la estamos haciendo ver?Lo que se dio por sentado en la tertulia es que en Neddy hay algo de una locura generalizada. Nadie podría levantar la mano diciendo que está a salvo de la locura y nombrar al otro como loco. Todo ser puede caer en ella.

Es por ello que en el comienzo de la tertulia se cuestionaba la misma realidad, porque, efectivamente, ¿cuál es la realidad en la que uno puede asegurar que está la cordura y en otra realidad la locura. Es difícil establecerlo. Graciela Kasanetz hablaba de construir algún tipo de río navegable. De alguna forma, todos estamos compelidos a construir algo en lo que podamos estar más o menos asentados. Quizá, la sutil diferencia entre locura y cordura se pueda establecer por cierta distancia que uno pueda tomar respecto a esa ruina a la que llega el protagonista. Es lo que puede hacer decir a alguien que el piso sobre el que se sostiene es más consistente que otro, pero, a fin de cuenta, todos estamos marcados por lo mismo. Cualquier realidad no hace sino ceñir un abismo al que todos estamos expuestos. Por lo tanto, como decíamos poco más arriba, quizá la distancia que podamos establecer con ese abismo sea lo que nos permita decir, ni siquiera “Yo soy cuerdo”, sino tan sólo “yo estoy cuerdo”. Pero tampoco con la boca muy grande.

Cartas inéditas de Saul Bellow

El 9 de diciembre de 1981, le escribe a otro de los grandes autores norteamericanos, John Cheever, tras conocer la gravedad de la enfermedad que éste sufría y le declara tiernamente: “No hemos pasado mucho tiempo juntos pero hay un vínculo significativo entre nosotros. Supongo que en parte se debe a que los dos practicamos el mismo oficio autodidacta. (…) Cuando leí tus cuentos reunidos me emocionó ver la transformación que se producía en la página impresa. No hay nada que importe de verdad, salvo esa acción transformadora del alma. Te amé por eso. Te amaba de todos modos, pero por eso especialmente”.

Leer artículo completo en La Vanguardia

La Vanguardia
Xavi Ayén

3 de diciembre, 2011

Philip_Roth y Saul Bellow

 

¿Qué leyó Chuck esta primavera?

Me voy a leer la novela ‘El diablo todo el tiempo’, de Donald Ray Pollock. Es que me encantó su primera colección de historias Knockemstiff. Si vuelvo a releer algo será posiblemente ‘Millas desde ninguna parte’, de Nami Mun. En verano, en general, soy adicto a los cuentos. ¿Quién puede concentrarse durante más de cuarenta y cinco minutos? Ahora que soy una persona de mediana edad, por fin entiendo las historias de John Cheever, y esta primavera me las he leído todas.

Chuck Palahniuk

Washington (EE UU, 1962). Su última novela es ‘Pigmeo’ (Mondadori)

Leer artículo completo en El País