“La vida secreta de los diarios” por Blake Bailey

“La ficción es arte y el arte es el triunfo de sobre el caos (nada menos)”, escribió John Cheever en su cuento “La muerte de Justina”. El arte de la biografía lucha con el mismo dilema y sin embargo las cuestiones de la vida tienden a permanecer tercamente caóticas. El gran desafío es imponer orden, orden y más orden: encontrar los temas más salientes (“la carne desea en contra del espíritu” era uno de los más importantes en la vida de Cheever) y sus hilos narrativos concomitantes, y así reconciliar la paradoja de una naturaleza exquisitamente complicada. Cuanto más sabe el biógrafo, mejor, porque, por supuesto, saberlo todo es perdonarlo todo y el objetivo –o mi objetivo, en todo caso– es intentar ser compasivo.

La ficción de Cheever fue el refinamiento de una vida muy complicada, cuyos materiales crudos pueden encontrarse en sus Diarios –quizás el más exhaustivo registro de la vida interna de un escritor norteamericano de primer nivel, y un artefacto muy caótico en sí mismo–. Me sumergí en este desorden y me propuse limpiarlo de la misma manera que Wall-E recorre un planeta devastado y contaminado, de la misma manera que Sísifo empuja su roca –porque, como biógrafo, es lo que uno hace–. El trabajo penoso y mecánico tuvo un resultado feliz: fusionó mi mente mucho más con mi conflictuado sujeto, y me llevó a un sorprendente grado de empatía.

“Leí el diario del año pasado con la idea de donarlo a la biblioteca”, escribió Cheever en 1978, sintiendo el periódico tironeo de la posteridad. “Estoy impactado por la frecuencia con que me refiero a mi miembro.” Esto es cierto. Quizá por un impulso masoquista y paradójicamente puritano (infundido por sus orgullosos padres yanquis en Quincy, Massachusetts), Cheever se preocupó por anotar sus más sórdidos encuentros sexuales (incluidas sus experiencias solitarias), su lucha diaria con el alcoholismo, y sus generalmente sarcásticas observaciones sobre sus amigos, colegas y, especialmente, su familia. (“Mi esposa es retratada de una manera muy negativa en los diarios y yo aparezco sin culpa, y esto no puede ser la verdad”, reflexionaba al final de su vida). Hay muchos momentos sublimes también y, no hace falta decirlo, todo el diario tiene una escritura bellísima. En cualquier caso, Cheever finalmente superó sus dudas sobre preservar esta parte crucial de su obra en una biblioteca y estuvo incluso “casi dichoso”, según su hijo Ben, ante la perspectiva de una publicación póstuma.

 Blake Bailey
Radar Libros
Domingo, 8 de julio de 2012

Blake Bailey: “Cheever tuvo que esconderse toda la vida”

A 30 años de la muerte de John Cheever, su biógrafo explica cómo traspasó sus frustraciones a su obra y dice que habría “amado” la serie Mad Men.

A fines de los 70, John Cheever rozaba la gloria. Falconer, la novela que publicó tras dejar el alcohol, era un éxito de ventas, que sólo sería superado por una compilación de sus cuentos: Relatos estuvo más de seis meses entre los libros más vendidos de EE.UU. Al morir, en 1982, Cheever se fue logrando esa rara combinación: no sólo tenía el respeto de sus colegas, también el público agotaba sus libros. Treinta años después, nadie duda de su lugar en el canon de la literatura norteamericana, pero sus lectores se han reducido. Pareciera que los millones de seguidores de la serie Mad men del mundo no se han enterado que sin Cheever no habría existido jamás Don Draper, ese publicista de doble vida que resume la silenciosa desesperación que asfixiaba a los suburbios americanos de inicios de los 60.

“¿Dónde se fueron sus lectores?”, se pregunta Blake Bailey, autor de la biografía Cheever: una vida y, según confiesa, un adicto a Mad men. “Sinceramente yo esperaba un revival de Cheever con la serie. Matthew Weiner, su creador, dice una y otra vez que es su influencia. Sus libros merecen muchos más lectores. Como yo lo veo, Cheever es el gran cuentista de nuestra era”, dice al teléfono a La Tercera.

Quizás es cierto: llamado tantas veces el Chejov de los suburbios, Cheever (1912-1982) hizo de las ansiedades norteamericanas de posguerra un asunto universal, al adherirles un destino de inevitable tristeza. Los sueños rotos pueblan su obra, aunque Cheever logra que la desesperanza tome formas luminosas. Lo verdaderamente amargo lo mantenía oculto: una década después de su muerte se publicaron sus Diarios (1991), revelando la tragedia privada de Cheever, un alcohólico bisexual reprimido.

 

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 Diario La Tercera
por Roberto Coreaga C.
 

Rodrigo Fresán sobre la biografía de Blake Bailey “Parecía un paraíso”

John Cheever es un escritor fundamental para entender buena parte de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX: él es quien crea el suburbio como terreno literario, explora las crecientes tensiones entre (homo)sexualidad y puritanismo, y describe los infiernos subterráneos que caldeaban los cuerpos y las almas de ese aparente paraíso norteamericano de posguerra. Blake Bailey –que ya había escrito una biografía de ese otro retratista etílico y suburbano que fue Richard Yates– emprendió la compleja tarea de investigar, entrevistar y revisar más de 4300 páginas de diarios desordenados, para contar y entender esa vida repleta de secretos, mitologías, dobles fondos, culpa, whisky, belleza y literatura.

Una entrada en sus formidables journals y su relato más famoso bastan para destilar la novela de la vida de John Cheever (1912-1982). La anotación es de 1949: “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio”. El cuento “El nadador” (1963) nos habla del hermoso perdedor Neddy Merrill, empeñado en la fundación de un río privado enhebrando las piscinas de casas de un barrio residencial para, con épica y epifanía, intentar ocultar las fuentes de una realidad en la que no nada, pero sí se ahoga.

Confesión e invención son remontadas por Blake Bailey (1963) asumiendo el reto de narrar a uno de los mejores narradores del siglo XX y su larga sombra, que planea hoy sobre la tan alabada Freedom, de Jonathan Franzen, o la galardonada serie de televisión Mad Men.

Ya existían materiales para armar el modelo de John Cheever. Una sentida e implacable memoir de su hija, dos volúmenes de cartas y los ya mencionados Diarios presentaban la complicada saga de un ser complejo. Una primera biografía de Scott Donaldson –John Cheever: A Biography (1988)– no estaba mal, pero fue boicoteada por la familia Cheever, que no facilitó papeles privados. Ahora, queda claro que aquélla era una situation-comedy doméstica con risas grabadas comparada con lo que aquí ruge y susurra.

Así, el orgullo de un genio autodidacta; las agonías de un hombre que amaba, pero no podía soportar a los suyos (en especial, a su idolatrado hermano y, parece, primer amante); las poses de patricio falso y de nudista en festejos ajenos; la compulsión trepadora del adolescente provinciano y sin estudios a la conquista de Nueva York (Troppo editó Fall River, textos primerizos); la mudanza a las afueras (escenario definido por los críticos como Cheever Country); las miserias del esposo volátil y del padre feroz; las culpas del bisexual rampante y del alcohólico de mediodía; la cobardía del fugitivo inmóvil; el resentimiento y la envidia hacia sus colegas; y los pesares del cuentista profesional prisionero en la jaula dorada de The New Yorker y del novelista premiado, pero “imperfecto”, hasta ascender –justo antes de un cáncer fulminante– al trampolín más alto y ver a todos, tan pequeños, desde allí arriba.

por Rodrigo Fresán
Radar Libros
Domingo, 8 de julio de 2012

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“Los académicos no entienden a Cheever” Blake Bailey dixit

-¿Los diarios de Cheever se pueden considerar como una de las grandes obras de la literatura estadounidense del siglo XX?
-Hay personas que dicen que son lo mejor que escribió. No estoy de acuerdo con eso, pero creo que es un documento asombroso, por una variedad de razones. Me parece asombroso que Cheever, aún cuando estaba escribiendo con su mano izquierda –y de esa manera entraba en calor por las mañanas para luego continuar con su escritura de prosa– pareciera escribir sin esfuerzo alguno.

-¿Y cómo es la persona que uno conoce a través de los diarios?
-Cheever fue un hombre sin amigos íntimos. Su persona pública es una fachada completamente construida. Es un tipo muy encantador y es muy popular entre sus vecinos en Westchester. Pero nadie sabía quién era. Y él no podía hablar con nadie. No podía hablar tampoco con su familia. No tenía amigos íntimos, salvo unos rusos que conoció en un viaje de una o dos semanas. Entonces lo mete todo en sus diarios. El lector puede ver unas cosas bien bizarras que suceden sobre la página. Un hombre cuyo ser está totalmente en conflicto con su imagen pública. Y en gran parte, no podía ser más misántropo y oscuro. Pero al mismo tiempo está luchando con eso. Es una dialéctica que tiene consigo mismo. Y en los diarios hay un laboratorio para sus ficciones. Continuamente sus diarios se van convirtiendo en textos de ficción.

[…]

-¿Ellos dirían que sus cuentos no tienen la sustancia como para merecer una tesis doctoral?
-Sí, pero ningún escritor de ficción que vale estaría de acuerdo con eso. Los escritores de ficción saben que Cheever es un genio superlativo. Los académicos suelen ser filisteos. No entienden a Cheever. Y las reputaciones son perpetuadas, principalmente, en las aulas.

 

[Leer entrevista completa a Blake Bailey en revista Ñ]

John Cheever en Qué Leer

John Cheever: la odisea de un pequeño gran hombre

“Tu padre no quería que nacieses”, le confió su madre, de mayor, a John Cheever, y le contó que incluso habían tanteado a un abortista. En 1911, en efecto, Frederick Lincoln Cheever y Mary Liley (él, un próspero comerciante de zapatos; ella, de origen inglés) tenían ya un hijo al que adoraban, Fred, y que les bastaba. Tras un banquete de negocios en Boston, sin embargo, “mi madre se tomó dos Manhattans. En caso contrario, yo no habría llegado a este mundo”. El caso es que, un 27 de mayo de 1912, John William nació en Quincy, Massachusetts, bajo el signo de Géminis (y por tanto, de los gemelos Cástor y Pólux), lo que explicaría su naturaleza dividida, la frialdad puritana y la sangre ardiente que en lo sucesivo cohabitarían en su forma de proceder.

De pequeño, John recibió muy poco afecto de sus progenitores. “Béisbol, fútbol, pesca…No compartimos nada de eso con mi padre”, se lamentaría él. Su madre tampoco le brindó ternura, ni siquiera cuando el crío contrajo tuberculosis a los doce años. Se desquitaba de tales carencias en lugares como el colegio, donde enseguida descolló por su facilidad para improvisar cuentos en voz alta, que sus compañeros de clase escuchaban encantados. Eso ocurría en el Wollaston Grammar. En la Academia Thayer de Braintree, aquel singular alumno ya no cayó tan en gracia, y a los 17 años se le echó del centro por fumar y por otras prácticas rebeldes. Expulsado precisamente es el título (y el tema) del primer relato impreso de su carrera. Se lo aceptó el influyente crítico Malcolm Cowley paraThe New Republic, y a partir de entonces Cheever empezará a ser una firma habitual en la sección de ficción de revistas como la citada, Collier’sHarper’s Bazaar y sobre todo el New Yorker. Puede resultar explicable que, con un carácter tan indócil, John fuera defenestrado de la escuela. Lo cierto, sin embargo, es que no tardará, a temporadas, en ser un buen docente, por ejemplo en el Barnard College neoyorkino, en el que estudiaron escritoras como Patricia Highsmith o Edna St. Vincent Millay. Tiempo después, Cheever demostrará ser también un competente docente de escritura creativa en Iowa, dentro de un taller en el que tendrá como alumnos a gente como Anne Sexton, Raymond Carver o John Irving.

 

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Carlos Barba

Qué Leer

“La tormentosa vida secreta de John Cheever”

Empezaba 1964 y la vida de John Cheever, para variar un poco, iba de maravilla. Vivía junto a su familia en una sólida casa en Ossining, el pueblo a orillas del río Hudson que alguna vez consideró el paraíso. Su segunda novela, El escándalo de los Wapshot, recibía halagos de la crítica y se encaminaba a vender 50 mil copias. Consolidado entre los escritores más importantes de EEUU, la revista Time le dedicaría el artículo de portada de su edición de marzo. Cheever había soñado varias veces con un reconocimiento tan masivo como ese, pero todo se trizó cuando supo que un reportero había estado haciendo preguntas a sus amigos sobre su vida.

Salió ileso. El artículo de Time ni rozó su vida oculta. Ni siquiera decía que antes de mediodía empezaba a beber ginebra. Menos iba a mencionar que su matrimonio era prácticamente una fachada y que todos los días a Cheever lo atormentaban sus deseos homosexuales. Por supuesto, la revista tampoco decía que a los 52 años el autor de Falconer a diario se deprimía, estaba frustrado con su escritura y temía terminar “solo, deshonrado y olvidado por sus hijos”. Al contrario, el artículo de Time lo retrataba como todo ejemplo moral.

Reconocido en vida como de los cuentistas definitivos del siglo XX, Cheever sufrió silenciosamente casi toda su existencia. Recién pasados los 60 años, tras atravesar varios infiernos, pudo vivir en paz. El año pasado, el investigador Blake Bailey puso en contexto los claroscuros del autor de Bullet Park en Cheever. A life, una monumental biografía. Ganadora del National Book Award y finalista del Pulitzer, acaba de llegar a librerías chilenas y muestra, a ratos con una cantidad de detalles abrumadores, la profundidad de la amargura que arrinconó al “Chejov de los suburbios”.

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La Tercera
27 de noviembre, 2010
por Roberto Careaga


“La vida como problema”

No es que no fuera conocido, pero la proyección última de John Cheever en España le debe mucho al novelista argentino Rodrigo Fresán, que ha prologado y anotado en las reediciones de Emecé, publicadas a lo largo de la última década, todas sus novelas, una estupenda antología de los relatos –La geometría del amor (2002)- y el imprescindible volumen de susDiarios (2004), muchos de cuyos pasajes, incluidos los más escabrosos, resuenan en las páginas de esta nueva y voluminosa biografía, que merece el habitual calificativo de definitiva. Publicada el año pasado en los Estados Unidos y galardonada con el prestigioso National Book Critics Circle Award, la obra fue recibida por los incondicionales de Cheever con grandes y justificados elogios. Habría que dar la enhorabuena a los editores de Duomo por la rapidez con la que han preparado la versión castellana, aunque no tanto o no en absoluto por la pobre factura material del libro, tan desastrada como el jersey que luce el escritor en la cubierta.

“La vida como problema”
Ignacio F. Garmendia

Diario de Sevilla
26 de noviembre de 2010

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John Cheever. El espía de la clase media

En la narrativa de este escritor atormentado y plagado de contradicciones personales se ven reflejadas a la perfección las miserias, hipocresías e ironías de un mundo, el actual, y también el de los Estados Unidos residencial y burgués de la segunda mitad del siglo XX, abocado a un callejón sin salida. Sus personajes pululan por un país hiperrealista de mediados del pasado siglo en busca de una quimera de inútil acceso o quizá también de una vía de escape a tanta mediocridad. Supo hurgar en la herida mejor que nadie, y sin ataduras, de modo tal que pudo dejar al desnudo completamente una forma de vida que era demasiado cercana e insoportable.

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Cambio 16
1 noviembre 2010
Nº 2.030

 

 

 

 

Reseña de la biografía de John Cheever en el Cultura/s

Un retrato cruel (Una vida turbulenta)

El retrato del escritor, a través de cientos de testimonios, amenizado con los cameos de escritores que fueron alumnos, amigos y/o rivales (Maxwell, Salinger, Updike, Roth, Capote, Donleavy, Bellow, Mailer, Gurganus), siguiendo su oscura infancia, su trayectoria estudiantil, universitaria, matrimonial y profesional de escritor en The New Yorker, guionista en Hollywood, profesor en la Universidad (de T.C. Boyle y Gurganus), miembro de Yaddo, sus amantes de los dos sexos, su difícil relación con sus hijos, su omnipresente ginebra, es demoledor, pero también conmueve, precisamente porque está detrás del Cheever escritor.
La pregunta que se hará algún lector es hasta qué punto hacía falta esta investigación tan prolija de la parte más sórdida del hombre Cheever, y si nos interesa ese Cheever más que el escritor. Sobre todo, teniendo en cuenta que sus Diarios publicados son ya explícitos y con una calidad literaria muy superior. También cabe preguntarse por qué su familia, apoyando la biografía, habrá querido mostrar la peor cara del escritor.

 

Isabel Núñez para LA VANGUARDIA Cultura/s

Leer reseña completa en el blog de Isabel Núñez

La verdad o la amistad – Valerie Miles en Qué Leer

 

La biografía Cheever. Una vida, de Blake Bailey (Duomo), da buena cuenta de las relaciones del autor de La geometría del amor con sus editores. Ello lleva a Valerie Miles, editora a la sazón de la obra, a reflexionar sobre su profesión a ambos lados del Atlántico.

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En “Qué Leer” Noviembre

Para subirse la moral, Cheever se escribía a sí mismo falsas cartas laudatorias de Auden, Bellow o Trilling. Y, cuando por fin pudo culminar su novela Crónica de los Wapshot, una vez más se mandó a sí mismo una misiva ditirámbica: “Lo más grande desde Guerra y paz“. La Crónica ciertamente le dio un espaldarazo; la intelligentzia norteamericana reconoció su originalidad y el gran público refrendó el éxito: el libro vendió 20.000 ejemplares en tapa dura y 170.000 en bolsillo, y su autor pudo soñar una noche con la siguiente fantasía: los Eisenhower en el dormitorio de la Casa Blanca, ella con el Washigton Star, él con los Wapshot.

 

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Ediciones que sí – Ediciones que no

La opinión de Miguel Ángel Muñoz en el blog El síndrome Chéjov:

“Cheever, una vida. Editar de la peor manera posible”

8 – Cuando por fin lo hace, y tengo el libro en las manos, el alma se me cae a los pies y se me dispara el ácido úrico. No se podía haber editado de peor modo un libro como este. La encuadernación es lamentable, la caja no existe -a partir de la página 300 las líneas de las páginas enfrentadas saltan unas encima de las otras- el papel es muy parecido a aquel marca Elefante, mítico papel del culo de los años setenta, experto en producir sarpullidos, y el precio: unos irrisorios 42 euros. Decepcionante, triste, abusivo, sobre todo si lo comparamos con la edición norteamericana, cosida, con pasta dura, sobrecubierta, fantástico papel. Un libro que cuando lo cierras hace un sonido perfecto, un plop de gran edición, de libro hecho como hay que hacer los libros. Una edición perfecta, con esa solidez protestante de la edición norteamericana.

9- Libro en España: 42 euros. Edición americana del libro que cruza el Atlántico desde Portland, Oregon, hasta Almería: 33 euros, gastos de envío incluidos. Si comparamos los 42 eurazos de esta infumable edición con los treinta y algo de las magníficas ediciones, por poner dos ejemplos, de Las armas y las letras en Destino, o la Historia de la literatura universal de José Carlos Mainer en Crítica, o, incluso, las ediciones de los relatos de Cheever en Emecé, más baratas, llegaremos a la conclusión de que hay dos formas de editar los libros: bien y mal. En otra categoría está el timo. Hay catálogos magníficos de fotografías por 30 euros, con unas tiradas no creo que mayores que las del malogrado libro de Duomo.

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Mi opinión: estoy tan indignada que todavía no lo he comprado.

“El egocéntrico y brillante Cheever”

Ninguna figura puede ser más interesante que la de John Cheever para describir la epopeya de un hombre que después de haber acariciado la amargura del fracaso y el olvido renació de sus propios infiernos para transformarse, con el paso de los años y los libros, en uno de los escritores más influyentes de la narrativa norteamericana actual. Alcohólico, creyente, casado, bisexual y correcto padre de tres hijos que todas las mañanas, durante 40 años, se encerró en una habitación para pulir textos que entregaba puntualmente al «The New Yorker», John Cheever (Massachusetts, 1912 – Nueva York, 1982) fue un hombre demasiado complejo, que, detrás de su imagen de honrado padre de familia escondía a un ser atormentado, rodeado por el fantasma implacable de la culpa.

Scott Donaldson, en 1988, intentó acercase a la vida de este escritor que en 1964, tras ser portada de «Time», inició un lento debacle hacia la autodestrucción (de la que surgió en 1979, radiante y renovado), pero sus herederos no le permitieron que accediera a los papeles privados y el resultado fue una biografía correcta a la que, no obstante, le faltaba lo más importante: la voz del propio Cheever, expresada en su abultada correspondencia y en los numerosos cuadernos que constituyeron sus «Diarios».

Diego Gándara
29 de septiembre, 2010

La Razón

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Primeras páginas “Cheever: Una vida”

Leer primeras páginas “Cheever. Una vida”

Un caballero de Nueva Inglaterra

John Cheever (Quincy, Massachusetts, 1912-Ossining, Nueva York, 1982), retratado en su casa neoyorquina en 1979.

PAUL HOSEFROS / THE NEW YORK TIMES | 11-09-2010

Blake Bailey ha escrito una apasionante biografía de John Cheever, Premio de la Crítica 2009 en Estados Unidos. Uno de los libros de la temporada y de un género con fuerte presencia en España a través de títulos sobre los Kennedy y Trotski.

En El nadador, la película de Frank Perry basada en el célebre relato homónimo de John Cheever, aparece éste haciendo un brevísimo cameo.La escena tiene lugar en un jardín en el que se está celebrando una fiesta junto a la piscina. El protagonista, el iluminado nadador interpretado por Burt Lancaster, saluda a varios de los invitados y se detiene apenas un segundo para estrechar la mano de un caballero de chaqueta blanca y sonrisa insegura que se presenta como John Nesville. El tal Nesville, por supuesto, no es otro que Cheever, quien en 1966, año en que esas imágenes fueron rodadas, atravesaba uno de los momentos más dulces de su trayectoria de escritor: había publicado ya sus dos mejores novelas(Crónica de los WapshotEl escándalo de los Wapshot) y varias recopilaciones de magníficos relatos, seguía siendo uno de los colaboradores emblemáticos de The New Yorker y, acaso por primera vez en su vida, no le faltaban el dinero ni el reconocimiento. ¿Cómo sería la imagen que por entonces John Cheever tenía de sí mismo? Seguramente muy parecida a la que brevemente nos ofrece John Nesville: la imagen de un hombre próspero, mundano y distinguido que nunca ha tenido problemas de integración en su entorno, una pequeña comunidad de clase media-alta del noreste de Estados Unidos. Esa imagen podrían completarla algunos de los detalles iconográficos con los que el propio Cheever gustaba de aderezar sus entrevistas (la casa de nobles y antiguas paredes, la vieja mecedora al calor del hogar, el paseo con los perros perdigueros), y el resultado final se acercaría mucho al arquetipo tradicional del decente caballero de Nueva Inglaterra.

por Ignacio Martínez de Pisón

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Noche oscura de Cheever

Hay diarios que es preciso leer con cautela para no intoxicarse con su desolación. En la lectura de un diario hay siempre una parte adictiva, quizás por contagio del hábito que fue dando lugar a su misma escritura. Cada día o cada pocos días el autor ha abierto un paréntesis peculiar de soledad para contarse a sí mismo el cuento casi siempre monótono de su propia vida. Cada día ha abierto el cuaderno que se va llenando poco a poco o el archivo del ordenador que es como el cajón con llave donde se guardan las intimidades, y es posible que esa costumbre se haya rodeado de otras no menos ineludibles: quizás una cierta hora del día o de la noche, un lugar preciso, quizás algo de tabaco o de alcohol, o alguna otra sustancia que haya ido formando parte tan indisolublemente del acto de escribir como la tinta o como el sonido de las teclas. Leemos ensayos o ficciones para dejarnos llevar por el impulso de un propósito, por un sentido de dirección que raras veces se percibe en el desorden natural de la experiencia. Lo que nos atrae de los diarios es precisamente que se parecen a la indeterminación de la vida. Cada entrada es una hoja de calendario que tiene su lugar en el orden de los días pero que también se abre y se cierra sobre sí misma, tan completa y separada de las otras como el arco de las veinticuatro horas o el del tiempo transcurrido entre el despertar y el regreso al sueño.

El volumen de un diario lo abrimos por cualquier página y cada lectura caprichosa adquiere para nosotros un orden distinto.


por Antonio Muñoz Molina

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“John Cheever, el ahogado”

Su estilo y su prosa convirtieron a Cheever en uno de los mejores narradores del siglo XX. Blake Bailey desnuda al «Chéjov norteamericano» y airea sus miserias y disfraces.

Una entrada en sus formidables journals y su relato más famoso bastan para destilar la novela de la vida de John Cheever (1912-1982). La anotación es de 1949: «No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio». El cuento «El nadador» (1963) nos habla del hermoso perdedor Neddy Merrill, empeñado en la fundación de un río privado enhebrando las piscinas de casas de un barrio residencial para, con épica y epifanía, intentar ocultar las fuentes de una realidad en la que no nada pero sí se ahoga.

Confesión e invención son remontadas por Blake Bailey (1963) asumiendo el reto de narrar a uno de los mejores narradores del siglo XX y su larga sombra, que planea hoy sobre la tan alabada Freedom, de Jonathan Franzen, o la galardonada serie de televisión Mad Men.

Ya existían materiales para armar el modelo de John Cheever. Una sentida e implacable memoir de su hija, dos volúmenes de cartas y los ya mencionados Diarios presentaban la complicada saga de un ser complejo. Una primera biografía de Scott Donaldson –John Cheever: A Biography (1988)– no estaba mal; pero fue boicoteada por la familia Cheever, que no facilitó papeles privados. Ahora, queda claro que aquella era una situation-comedy doméstica con risas grabadas comparada con lo que aquí ruge y susurra.

Así, el orgullo de un genio autodidacta; las agonías de un hombre que amaba pero no podía soportar a los suyos (en especial, a su idolatrado hermano y, parece, primer amante); las poses de patricio falso y de nudista en festejos ajenos; la compulsión trepadora del adolescente provinciano y sin estudios a la conquista de Nueva York (Troppo pronto editará Fall River, textos primerizos); la mudanza a las afueras (escenario definido por los críticos como Cheever Country); las miserias del esposo volátil y del padre feroz; las culpas del bisexual rampante y del alcohólico de mediodía; la cobardía del fugitivo inmóvil; el resentimiento y la envidia hacia sus colegas; y los pesares del cuentista profesional prisionero en la jaula dorada de The New Yorker y del novelista premiado pero «imperfecto», hasta ascender –justo antes de un cáncer fulminante– al trampolín más alto y ver a todos, tan pequeños, desde allí arriba.

Bendito maldito

Bailey –quien ganó el National Book Critics Circle Award y fue finalista del Pulitzer por este libro, y editó los dos volúmenes con los que la Library of America ha canonizado a Cheever– recorre todo esto con los mismos ojos con que los vecinos contemplaron al infiltrado Neddy Merrill nadar aquellas piscinas: asombro y horror y admiración por el más bendito de los malditos. Y –con plena colaboración de viuda e hijos– revela nuevos datos que van de lo curioso a lo trascendente en la odisea de este ahogado en tierra firme. Ejemplos: los Cheever habitando una casa en la que tiempo antes vivió el joven Richard Yates junto a su alucinada madre; difuso affaire de Cheever con Harold Brodkey; suegra de Salinger como baby-sitter de los hijos de Cheever; radiografía total de la relación amor/odio con John Updike (quien firmó la única reseña no del todo favorable de Cheever: una vida); tremenda figura del joven aprendiz mormón Max Zimmer, amante casi «oficial» durante los últimos años de Cheever; William Maxwell «estafando» durante años a Cheever al pagarle mucho menos que a Irwin Shaw, Updike y Shirley Hazzard. La «amistad» legendaria con Maxwell es iluminada por Bailey en todo el esplendor de sus perfiles sadomasoquistas y pasivo-agresivos, uno de los puntos más fuertes y apasionantes de esta biografía.

Sí, Bailey, siguiendo a Cheever tras alcanzar a Richard Yates (A Tragic Honesty, 2003), parece haberse especializado en contar existencias on the rocks. De hecho, ése es el únicopero que Updike le pone a Cheever: una vida. El de ser una virtual avalancha de momentos vergonzantes y desesperanzados (del Personaje Cheever en detrimento de un mayor análisis de sus personajes cheeverianos) a los que ni siquiera las páginas finales, en las que el escritor «triunfa» y se sacude el estigma de «autor para revistas», parecen redimir.

Noche del alma

Updike está en lo cierto; pero así es la vida y así fue la vida de Cheever. La de un poderoso hombre débil que, aún en la más oscura y profunda noche del alma, se aferra al salvavidas de la literatura sabiéndose merecido dueño del estilo más exquisito entre sus contemporáneos y –si nos ponemos audaces, pero no por eso imprudentes– poseedor de la prosa más elegante y encendida en toda la historia de las letras de su país. Y Bailey cierra con la mala nueva de que Cheever vuelve a ser poco considerado por los jardineros del canon local. Lo que –seguro, Cheever siempre flota– no impedirá otra victoriosa zambullida de este nadador que nunca se ahoga del todo.

Mientras tanto, a disfrutar y sufrir con lo mucho que hay aquí: la odisea de un inmenso artista con complejo de inferioridad; la trayectoria de un gigante atormentado por su baja estatura pero orgulloso de ser «un CHEEVAH». Alguien que –como el poeta italiano al que tanto le gustaba citar con pésimo acento y aliento a gin– descendió a los infiernos por el solo placer de, al final del viaje, alcanzar el paraíso y, emocionado, contemplar ese «amor que mueve al sol y a las demás estrellas». Y luego –ahí está su imprescindible obra– ponerlo por escrito para que nosotros, habiéndonos infiltrado en su vida, lo leamos una vez más desde los bordes y orillas de ese río de piscinas.

por Rodrigo Fresán

Cheever: Una vida
BLAKE BAILEY
Traducción de Ramón de España
Duomo Ediciones
Barcelona, 2010
944 páginas, 42 euros

“Cheever. Una vida”

John Cheever (Quincy, Massachusetts, 1912-Ossining, Nueva York, 1982) seguía la estela de Dylan Thomas, pero con cierto retraso. Cuando superó los cincuenta, sólo era un escritor con sus libros descatalogados y un alcoholismo autocomplaciente, que le permitía soportar la amargura del fracaso. Su tragedia personal no había brotado de forma espontánea. Aficionada a lo decadente y aristocrático, su madre educó a sus dos hijos varones en una atmósfera de neurosis y culpabilidad. John era siete años menor que Frederick. Su relación con su hermano incluyó fantasías cainitas y escarceos homosexuales.

Desde sus primeros cuentos para The New Yorker, la infelicidad desempeña un papel esencial en la literatura de Cheever. Su tragedia personal se convierte en una metáfora colectiva. Sin olvidar la América rural o las ciudades costeras, su estilo apuró las heces del sarcasmo para reflejar su propio infortunio y el de las clases medias. La prosperidad material había mejorado las condiciones de vida de la sociedad norteamericana, pero las enfermedades del alma seguían vivas. Expulsado a los diecisiete años de la Thayer Academy, Cheever no se cansó de inventar versiones contradictorias sobre el incidente: malas notas, rebeldía, fumar a escondidas.

Según él, su vocación literaria nació en ese momento. Escribir parecía una excelente salida para un muchacho afligido por la experiencia del rechazo. El relato corto, con su estricta disciplina, le enseñó a escribir con precisión e ironía, prescindiendo de lo banal e innecesario, una lección que Blake Bailey ha aplicado a su prosa, logrando una espléndida biografía.

Cheever escribía sus cuentos, mirando hacia las raíces de un país que se forjó en la áspera rutina del agricultor, el cowboy y el marinero, pero que ahora continuaba su marcha en oficinas, apartamentos y aeropuertos. Cheever, que pasó cuatro años en la Armada y conoció la frustración del excombatiente, concibió un relato simbólico para narrar los sentimientos de los que habían conocido la penuria económica y la tensión del frente. La América de la postguerra es como el nadador de su famoso cuento (“The Swimmer”), que después de una noche de borrachera regresa a casa por las piscinas de sus vecinos.

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Cheever. Una vida
Blake Bailey

Traducción de Ramón de España
Duomo

Barcelona, 2010
944 páginas
42 euros.