‘Cuentos / Contes’, John Cheever

cuentos-completos-9788490063958Los cuentos de Cheever son para leer y releer. Hay muchos temas en ellos pero de forma habitual nos cuentan de forma magistral las pequeñas miserias de las relaciones entre hermanos, entre vecinos, entre padres e hijos. En medio de una situación aparentemente cotidiana surge lo imprevisto, la tragedia vulgar, incluso el misterio incomprensible. No son de miedo pero en muchas ocasiones dan miedo o más bien producen una extraña inquietud, un temor que roza el absurdo. No es extraña ni recurrente la comparación con los cuentos de Chejov ni tampoco resultaría improcedente evocar en alguna ocasión a Kafka, leyendo esas narraciones.

Hay quién relaciona su literatura con el sueño americano, un tópico recurrente. Es como si insistiésemos en que Chejov refleja la decadencia pre-revolucionaria. Sí, también, pero es mucho más que eso. La gente humilde que aparece por esas narraciones padece del mismo mal que los ricos bien intencionados, falta de empatía real, imposibilidad para hacer evidente una realidad mezquina y reaccionar contra ella buscando algo más. No están nada lejos de todos nosotros y aunque no tengamos casita con piscina y césped sino un pisito barato con un par de habitaciones en un barrio modesto nos reconocemos y reconocemos a parientes y conocidos. Hay un grado de humanidad absolutamente universal para lo bueno, para lo malo y para lo mediocre.

[Leer artículo completo en Llegir en cas d’incendi]

Llegir en cas d’incendi
Júlia Costa

“Seis estilos en busca de un autor” por Andrés Neuman

Andrés Neuman observa relaciones y diferencias en algunos de los mejores cuentistas norteamericanos del siglo XX: Raymond Carver, John Cheever, Flannery O’Connor, Lorrie Moore, David Foster Wallace y Robert Coover.

Si Carver se relaciona con (sin agotarse en) el realismo sucio, los cuentos de Cheever son de un romanticismo sucio. Hay en ellos cierta religiosidad renqueante, un turbio fondo utópico. Conmueve su búsqueda de la redención a través de la idea lírica, su mezcla de inadaptación y beatitud suburbial. Cheever parecía encontrar más inspiración que limitaciones en la moral religiosa. Sirva como ejemplo su erotismo delicado, de pudorosa reverencia (que se debía también al pacato imperativo del New Yorker). En ocasiones, sin embargo, la pulsión redentora roza el púlpito y afecta al texto. “Una visión del mundo” estaría entre sus mejores cuentos de no ser por la moraleja directa, casi evangelizadora, del pasaje final: “¡Calor! ¡Amor! ¡Virtud! ¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Bondad!”… La enfática enumeración irradia menos esos valores que la prosa maestra que la precede.

por Andrés Neuman
18/01/2013

Leer artículo completo en Revista Ñ Clarín

Los “peores” relatos de John Cheever ya anunciaban el infierno de la crisis

“Este libro recopila 13 especímenes de lo que se conoce, como `relatos de aprendizaje´. Lo que no significa que sean relatos de aprendizajes comunes, porque quien los firma es un aprendiz de John Cheever”, escribe en el prólogo Rodrigo Fresán.

Sin embargo, emerge de la veta un diamante en bruto que ciega con su brillo. Es Autobiografía de un viajante, un cuento oportuno para los tiempos que corren.

Autobiografía de un viajante narra el ascenso del hijo de una viuda, de familia pobre, que abandona la escuela, trabaja de botones y conserje, hasta que consigue un empleo en una fábrica de zapatos.

Cuando logra convertirse en viajante de comercio, vendiendo género por todos los Estados Unidos, logra una carrera meteórica como comercial (“la mitad del tiempo tenía más dinero del que podía gastar”). Poco a poco, Cheever nos lleva de la mano en esta biografía de éxito hasta que llega el crash del 29 y todo se trunca:

“Después, traté de encontrar otra empresa de zapatos, pero no pude encontrar ninguna. (…) Todas estaban cerrando. (…) Cuando cumplí 62 años no tenía trabajo. Mi póliza de seguros venció. (…) Mis amigos están muertos. (…) Hemos sido olvidados como viejas guías telefónicas”, culmina Cheever.

Hoy, la relectura de este cuento cobra mucho más sentido si lo trasladamos a la realidad de EspañaItalia o Grecia. Cheever se adelantó a su tiempo, o tal vez, lo que trataba de decirnos es que todo se repite.

 

[Leer artículo completo en noticias.lainformacion.com]

David González | aviondepapel.tv

jueves, 15/11/12

 

Noticias sobre “Cuentos” y “Falconer”

RBA publica ‘Cuentos’ y ‘Falconer’, la última gran novela de John Cheever,

RBA publica ‘Cuentos’ y ‘Falconer’, la última gran novela de John Cheever, uno de los grandes clásicos de la literatura norteamericana del siglo XX considerado por Philio Roth “un realista con magia”.

Autor imprescindible para comprender las inquietudes, los deseos y los miedos de toda una clase social, John Cheever es considerado hoy un clásico incontestable de las letras estadounidenses, especialmente gracias a sus relatos breves, que lo sitúan entre los mejores escritores modernos del género.

Estos cuentos, ambientados sobre todo en urbanizaciones situadas en el extrarradio de las grandes urbes, aunque también en otros lugares como la ciudad de Nueva York o Italia, constituyen retratos sociológicos de una clase media norteamericana que disfruta de lujos materiales pero que paradójicamente se ve acosada por una inefable sensación de vacío y soledad.

Nota de EFE reproducida en varios medios [leer artículo en La Información]
viernes, 09 de noviembre de 2012, 12:08
MADRID, 9 (EUROPA PRESS)
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Cuentos imprescindibles: Tomeo y Cheever

Días de alegría para quienes nos interesa el relato corto, porque Páginas de Espuma edita los Cuentos completos de Javier Tomeo y RBA, un tomo similar, aunque no sean completos, de John Cheever.

[…]

John Cheever, genio y figura del siglo XX estadounidense, vuelve a brillar cada vez que un lector lo descubre o lo redescubre, con obras maestras de la narrativa como en “Adiós hermano mío”, La geometría del amor”, “El nadador” o la extraordinaria nouvelle “El marido rural”. El escritor que para muchos, mejor supo retratar a la clase media y baja de los Estados Unidos, es ante todo una voz que habla detrás de las miserias y los lamentos de unos personajes completamente realistas, iluminador imprescindible de la psicología de los miedos y las incertidumbres de la gente común, un espejo del vacío existencial detrás de tantos y tantos escenarios pretendidamente multicolores de una sociedad decadente.

[Leer artículo completo en blogs.periodistadigital.com]

 

Publicado nuevo libro de John Cheever: Cuentos (Collected Stories), por RBA

Cuentos

John Cheever

Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea
RBA
Título original: Collected Stories

Primera edición: octubre de 2012
ISBN: 978-84-9006-395-8
1042 páginas
29 €

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CONTENIDO

Prefacio

CUENTOS

Adiós, hermano mío

Un día cualquiera

La monstruosa radio

Oh, ciudad de sueños rotos

Los Hartley

La historia de Sutton Place

Granjero de verano

Canción de amor no correspondido

La olla repleta de oro

Clancy en la torre de Babel

La Navidad es triste para los pobres

Tiempo de divorcio

La casta Clarissa

La cura

El superintendente

Los chicos

Las amarguras de la ginebra

¡Adiós, juventud! ¡Adiós, belleza!

El día que el cerdo se cayó al pozo

El tren de las cinco cuarenta y ocho

Solo una vez más

El ladrón de Shady Hill

El autobús a St. James

El gusano en la manzana

El problema de Marcia Flint

La bella lingua

Los Wryson

El marido rural

El camión de mudanzas escarlata

Simplemente dime quién fue

Brimmer

La edad de oro

La cómoda

La profesora de música

Una mujer sin país

La muerte de Justina

Clementina

Un muchacho en Roma

Miscelánea de personajes que no aparecerán

La quimera

Las casas junto al mar

El ángel del puente

El brigadier y la viuda del golf

Una visión del mundo

Reunión

Una culta mujer norteamericana

Metamorfosis

Mene, Mene, Tekel, Upharsin

Montraldo

El océano

Marito en città

La geometría del amor

El nadador

El mundo de las manzanas

Otra historia

Percy

La cuarta alarma

Artemis, el honrado cavador de pozoz

Tres cuentos

Las joyas de los Cabot

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PREFACIO

Me gustaría que el orden en que se han publicados estos relatos se invirtiera y que apareciera yo primero como un hombre mayor, y no como un joven estupefacto al descubrir que hombres y mujeres genuinamente recatados admitían en sus relaciones amargura erótica e incluso codicia. El parto de un escritor, según creo, a diferencia del de un pintor, no presenta alianzas interesantes con sus maestros. En el crecimiento de un escritor, no hay nada comparable a las primeras copias de Jackson Pollock de las pinturas de la capilla Sixtina, con sus interesantes referencias a Thomas Hart Benton. Al escritor podemos verlo aprendiendo torpemente a caminar, a hacerse el nudo de la corbata, a hacer el amor y a comer los guisantes con tenedor. Se presenta más bien solo y determinado a instruirse por su cuenta. Ingenuo, provinciano en mi caso, a veces obtuso, y casi siempre torpe, incluso una cuidada selección de sus primeros trabajos será siempre la historia desnuda de su lucha por recibir una educación en economía y en amor.

Estos relatos se remontan a mi honorable licenciamiento del ejército, al final de la segunda guerra mundial. Están en orden cronológico, si no me falla la memoria, y los textos más embarazosamente inmaduros han sido eliminados. A veces parecen historias de un mundo perdido, cuando la ciudad de Nueva York aún estaba impregnada de una luz ribereña, cuando se oían los cuartetos de Benny Goodman en la radio de la papelería de la esquina y cuando casi todos llevaban sombrero. Aquí está el último de aquella generación de fumadores empedernidos que por la mañana despertaban al mundo con sus accesos de tos, que se ponían ciegos en las fiestas e interpretaban obsoletos pasos de baile, como el Clevelan chicken, que viajaban a Europa en barco, que sentían auténtica nostalgia del amor y la felicidad, y cuyos dioses eran tan antiguos como los míos o los suyos, quienquiera que sea usted. Las constantes que busco en esta parafernalia a ratos anticuada son cierto amor a la luz y cierta determinación de trazar alguna cadena moral del ser. Calvino no desempeño ningún papel en mi educación religiosa, pero su presencia parecía habitar en los graneros de mi juventud, y quizá me dejó cierta indebida amargura.

Muchos de estos relatos se publicaron por primera vez en The New Yorker, donde Harold Ross, Gus Lobrano y William Maxwell me dieron el don inestimable de un grupo amplio, inteligente y sensible de lectores y suficiente dinero para dar de comer a la familia y comprarme un traje nuevo cada dos años. “¡Esto es una revista familiar, maldita sea!”, solía vociferar Ross al menor signo de incitación a los impulsos eróticos. Él no era nada recatado, y cuando descubrió que yo daba un respingo cada vez que él usaba la palabra “follar” en la mesa del almuerzo, la repetía con frecuencia, solo para verme saltar. Su falta de recato era realmente pronunciada; por ejemplo, si preveía que un compañero de póquer iba a ser un pesado, se iba al cuarto de baño y volvía con las orejas rellenas de papel higiénico. Naturalmente, esa clase de conducta nunca aparecía en la revista. Pero le enseñó a uno, o así me gusta pensarlo, que el recato es una forma de discurso tan profundo y connotativo como cualquier otro, diferente no solo por su contenido, sino por su sintaxis y sus imágenes. Puesto que los hombres a quienes apoyó van desde Irwin Shaw hasta Vladimir Nabokov, parece que ha hecho más bien que ninguna otra cosa.

Toda documentación precisa de nuestra inmadurez resulta embarazosa, y así lo encuentro a veces en estas narraciones, pero para mí la turbación queda redimida por los recuerdos que las historias me reavivan de las mujeres y los hombres que he amado y de las habitaciones, los pasillos y las playas donde fueron escritos los relatos. Mis historias favoritas son las escritas en menos de una semana y compuestas a menudo en voz alta. Recuerdo haber exclamado: “¡Me llamo Johnny Hake!”. Fue en el vestíbulo de una casa en Nantucket que habíamos conseguido alquilar barata, por el retraso de un juicio sucesorio. Saliendo del cuarto de servicio de otra casa alquilada, le grité a mi mujer: “¡Esta es una noche en la que reyes con trajes dorados cabalgan sobre las montañas a lomos de elefantes!”. La paciencia de mi familia ha sido inestimable. Bajo el toldo de la entrada de un edificio de apartamentos de la calle Cincuenta y Nueve escribí, en voz alta, las lineas finales de “Adiós, hermano mío”. “¡Ah! ¿Qué se puede hacer con un hombre así?”, pregunté, y cerré la historia diciendo: “Me quedé mirando a las mujeres desnudas, saliendo del agua”. “Está hablando usted solo, señor Cheever”, me dijo amablemente el portero, y también él -correcto, jovial y satisfecho con su propina de diez dólares para Navidad- parece un personaje del pasado perdurable.

¿Será verdad? “Cuentos completos” de John Cheever

Minientrada

¿Qué RBA publicará los “Cuentos completos” de John Cheever? Y que son los “completos” de verdad. Sería una grandísima noticia. Me come la impaciencia por verlo…

Unos pocos detalles más en el blog Estandarte

La verdadera historia que inspiró el cuento “Adiós, hermano mío”

Lo que pasó

Por John Cheever

Hace algunos años estuve con mi familia en una casa alquilada de Martha’s Vineyard hasta la segunda semana de octubre. El verano indio era brillante y quieto. Nos fuimos sin ganas cuando fue el momento de irse. Tomamos la lancha de media mañana a Wood’s Hole y pasamos de un día luminoso en el mar a un clima húmedo y nublado. Al sur de Hartford empezó a llover. Llegamos al departamento, en las calles 50 del este, donde vivíamos entonces, justo después de oscurecer. La ciudad bajo la lluvia parecía particularmente cavernaria y ruidosa y el verano definitivamente había acabado. Temprano a la mañana siguiente entré a mi habitación de trabajo. Antes de irme a Vineyard había empezado un cuento, basado en notas tomadas un año o dos antes en Nueva Hampshire. El cuento describía a una familia en una casa de verano que pasaba sus tardes jugando backgammon. Probablemente se hubiera llamado “El juego de backgammon”. Quería usar las piezas, el tablero y las circunstancias del juego para mostrar que las relaciones dentro de una familia pueden ser extorsivas. No estaba seguro acerca de la conclusión del cuento, pero en el fondo de mi mente estaba la idea de que alguien perdería la vida sobre el tablero. Vi un accidente de canoa en un lago de montaña. Al leer el cuento otra vez esa mañana me di cuenta de que, como ciertos tipos de vino, no había viajado. Era malo.

Vengo de una familia puritana y de niño me enseñaron que una moral subyace bajo toda conducta humana y que la moral siempre es en detrimento del hombre. Cuento entre mis relaciones gente que siente que hay una inexpungable maldad en el corazón de la vida y que el amor, la amistad, el whisky, las luces de todo tipo, son meramente las más crudas decepciones. Mi objetivo como escritor ha sido registrar una moderación de esas actitudes –un escape de ellas si esto parecía necesario– y en el cuento del backgammon simplemente había fallado. Era, en esencia, precisamente, el tipo de improductivo pesimismo que tenía esperanzas de iluminar. Estaba en la vena de uno de mis tíos ancianos que nunca ponía un gusano en el anzuelo sin decir que, tarde o temprano, todos seremos corrupción.

Para ocuparme de cuestiones más alegres, miré las notas que había hecho durante el verano. Encontré una larga descripción de galpones de trenes y muelles de ferries –una canción a máquinas de amor y muerte–, pero la sustancia era que estos viajes no tenían importancia –eran una especie de decepción–. Unas páginas después encontré la descripción de un amigo que, habiendo perdido los encantos de su juventud e incapaz de encontrar nuevas luces para guiarse, había empezado a vivir de sus triunfos en el fútbol. Esto estaba conectado con una mordaz descripción de la casa en Vineyard donde habíamos pasado un agradable verano. La casa no era vieja, pero había sido revestida con piezas de madera viejas, y la madera de la puerta, que era nueva, estaba marcada y manchada. Las habitaciones estaban iluminadas con velas eléctricas y yo unía esta cruda sensación de pasado al fracaso de mi amigo, que no podía madurar. El fracaso, decían mis notas, era nacional. Habíamos fracasado en madurar como pueblo y habíamos vuelto atrás para vivir de viejos triunfos en el fútbol, techos apuntalados con vigas, luces de velas y fogatas. Había algunas notas lacrimógenas sobre el mar que se llevaba las brasas de los fuegos de nuestros picnics, sobre el viento del Este –el viento oscuro–, sobre la promiscuidad de una hermosa joven que conozco, sobre las dificultades de tener una chacra en una isla, sobre los aviones jets que bombardearon una isla cerca de la costa de Gay Head y una morosa descripción de una caminata en South Beach. Las únicas líneas alegres en todo esto eran dos oraciones sobre el placer que había obtenido una tarde mirando a mi mujer y a otra joven cuando salían del mar, desnudas.

Es breve, pero la mayoría de los viajes nos dejan al menos una ilusión de perspectiva mejorada y esa mañana había una distancia entre mis notas y yo. Había pasado el verano en excelente compañía y en un paisaje que amaba, pero no había huellas de esto en el diario que había llevado. El conflicto de mis sentimientos y la indignación ante esta división formaron rápidamente en mi mente la imagen de un hermano despreciable y escribí: “Adiós, hermano mío”. El cuento se movió con rapidez. Lawrence llegó a la isla en un viaje sin importancia. Hice que el narrador fuera fatuo porque había cierta ambigüedad en mi indignación. Laud’s Head tenía el complaciente poder de un paisaje imaginario donde se puede elegir de entre una amplia gama de recuerdos, poniendo el aroma de las rosas de un lugar muy diferente o el zumbido de la apisonadora de una cancha de tenis escuchado años atrás. El plano de la casa fue claro para mí enseguida, aunque se trataba de una casa que nunca había visto antes. La terraza, el living, las escaleras, todo apareció en orden y cuando abrí la puerta de la cocina encontré allí a un cocinero que había trabajado para mi suegra el año anterior al último año. Había llevado a Lawrence a casa y lo había acompañado en su primera noche en Laud’s Head antes de que fuera la hora de mi cena.

[Seguir leyendo artículo en Página 12]

Radar Libros
Domingo, 8 de julio de 2012

John Cheever. Un relato corto ejemplar: Clancy en la torre de Babel

En Clancy en la torre de Babel John Cheever presenta a James Clancy, un emigrante irlandés llegado a América veinte años atrás, a quien muchas de las piezas que conforman el puzle de su nueva vida como ascensorista, no le encajan bien. Como luego ocurrirá a menudo en los personajes de Raymond Carver (el mejor epígono de Cheever), Clancy se mueve en un ambiente de escasez material. Tras perder su puesto en la fábrica donde trabajaba, ha de ganarse el sustento con un empleo de ascensorista. Cheever se vale de una prosa enjuta, libre de ornamentos, limpia, para permitir al lector mirar por encima de la espalda de Clancy, como si este fuera un pirata y nosotros el papagayo que observa sus movimientos desde su hombro. No obstante, pronto podemos establecer que este hombre sencillo no tiene nada de pirata y sí unas ideas fijas sobre qué es correcto y qué no.
Leer reseña completa en el blog La lengua salvada – Die gerettete Zunge
por Mikel Aboitiz desde Berlín

John Cheever on line

En slideshare se pueden leer (y +) los siguientes cuentos:

y el libro La geometría del amor

John Cheever como terapia [post antiguo actualizado con video]

“Si te van a operar, ¿qué compañero de habitación te gustaría tener? Yo no me llevaría un libro de Carver a un hospital; sí, un libro de Cheever. Porque Carver agravaría mi estado”.

“es un escritor que se puede leer y releer en diferentes tramos de la vida y en diferentes estados de ánimo. Se puede leer cuando estás enamorado, o cuando estás triste y cada vez lees un Cheever diferente”

Leer artículo completo en aviondepapel.tv

Leer “Una mujer sin país” de John Cheever

La vi aquella primavera en Campino, con el conde de Capra -el que lleva bigote-, entre la tercera carrera y la cuarta, bebiendo Campari junto a las pistas del hipódromo, con las montañas a lo lejos y, más allá de las montañas, una masa de nubes que en América hubieran significado una tormenta para la hora de cenar capaz de derribar árboles, pero que allí terminaría por quedarse en nada. Volví a verla en el Tennerhof de Kitzbühel, donde un francés cantaba canciones de vaqueros ante un público que incluía a la reina de Holanda; pero nunca la vi en las montañas, y no creo que esquiara; iba allí, al igual que tantos otros, para estar con la gente y participar en la animación. Más tarde la vi en el Lido, y de nuevo en Venecia algo después, una mañana en que yo iba en góndola a la estación y ella estaba sentada en la terraza de los Gritti, tomando café. La vi en la representación de la Pasión de Erl; no exactamente en la representación, sino en el mesón del pueblo, donde se suele comer aprovechando el intermedio, y la vi en la plaza de Siena con motivo del Palio, y aquel otoño en Treviso, cuando cogía el avión para Londres.
Exagero, pero todo esto podría ser verdad. Era una de esas personas que vagabundean incansablemente, y luego, noche tras noche, se van a la cama para soñar con bocadillos de bacon, lechuga y tomate. Aunque procedía de una pequeña ciudad industrial del norte donde se fabricaban cucharas de palo, uno de esos lugares solitarios de donde surge, paradójicamente, la sociedad internacional, eso no tuvo nada que ver con su vida errante. Su padre era el gerente de la fábrica, que pertenecía a la familia Tonkin: grandes propietarios, dueños de regiones enteras, por lo que la tramitación de su divorcio fue seguida con gran interés por los periódicos sensacionalistas; el joven Marchand Tonkin pasó un mes allí para adquirir práctica en los negocios, y se enamoró de Anne. Ella era una chica normal, dulce y modesta, por naturaleza -cualidades que nunca perdió-, y se casaron al cabo de un año. Aunque eran inmensamente ricos, los Tonkin no amaban la ostentación, y la joven pareja vivió discretamente en un pequeño pueblo desde donde Marchand se trasladaba todos los días a Nueva York para trabajar en el despacho familiar. Tuvieron un hijo y vivieron una vida feliz y sin historia hasta una húmeda mañana del séptimo año de su matrimonio.

Leer relato completo en Ignoria

Ginebra y cloro


No hay mar en este relato de John Cheever (1912-1982). Hay piscinas: piscinas como metas volantes, piscinas con apellidos -las de los Graham, los Hammer, los Howland, los Biswanger, los Gilmartin-, piscinas de todas clases. Y las hay privadas, la mayoría, y una pública con el agua oleaginosa apestando a crema bronceadora y que le recuerda un fregadero, e incluso alguna vacía y seca como un cráter. Muchas piscinas agujereando la tierra de un condado entero, cuentas líquidas de un rosario que el protagonista engarza una tras otra porque lo ha decidido así, en medio de una reunión, sin ningún motivo aparente, sin el reto de una apuesta, sin atender a una causa ni a un plan, simplemente abandonando la copa de ginebra la mañana de un domingo que recuerda haber empezado, atraído por el olor a café, deslizándose alegremente por el pasamanos de la escalera de su chalé. Neddy Merrill, un tipo feliz. Afortunado, desde luego.

[Leer artículo completo en diariodesevilla.es]

Manuel Barea

diariodesevilla.es

viernes, 16 de septiembre de 2011

¿Qué leyó Chuck esta primavera?

Me voy a leer la novela ‘El diablo todo el tiempo’, de Donald Ray Pollock. Es que me encantó su primera colección de historias Knockemstiff. Si vuelvo a releer algo será posiblemente ‘Millas desde ninguna parte’, de Nami Mun. En verano, en general, soy adicto a los cuentos. ¿Quién puede concentrarse durante más de cuarenta y cinco minutos? Ahora que soy una persona de mediana edad, por fin entiendo las historias de John Cheever, y esta primavera me las he leído todas.

Chuck Palahniuk

Washington (EE UU, 1962). Su última novela es ‘Pigmeo’ (Mondadori)

Leer artículo completo en El País

“Fall River”: los primeros relatos de John Cheever

Al lector, probablemente le surgirá una pregunta ante este tipo de recopilaciones: ¿son relatos interesantes solo para los incondicionales del escritor que devorarían hasta sus primeros garabatos de escuela o tienen valor por sí mismos, más allá de la firma? En Fall River no aparecen solo las que serán las obsesiones del Cheever adulto (el mundo de las apuestas, el alcohol, la incomprensión en el núcleo familiar, la vampirización del mundo laboral), sino los ejes axiomáticos de una literatura norteamericana que seguirá creciendo, por ejemplo, de la mano de Arthur Miller. Así lo demuestra este fragmento de «Autobiografía de un viajante», una de las piezas más destacadas del conjunto: «Cuando cumplí sesenta y dos años no tenía trabajo. No he vuelto a trabajar desde entonces. Me estoy haciendo viejo. Mi póliza de seguros venció. Mi dinero se ha desvanecido. Mi hermano y mi hermana han fallecido. Mis amigos están muertos. El mundo en el qué se moverme, hablar y ganarme la visa, ha desaparecido». Aunque sin duda ganan peso leídos dentro de la trayectoria del autor, los cuentos se sostienen por sí mismos, por su tensión entre el lirismo y la concisión, por sus atmósferas opresivas, por sus juegos de contrastes.

Manuel Guedán
Ámbito cultural

Leer reseña completa

José Luis Muñoz comenta “Fall River”

Los cuentos incluidos en esta antología vieron la luz por primera vez en revistas y tienen como nexo común el desarraigo, la desesperanza y la infelicidad. Cheever, con sus textos, sería una magnífico ilustrador de las obras pictóricas de Hooper porque cuando se leen sus relatos, algunos más inspirados y otros menos (los relativos al mundo de las apuestas de las carreras de caballos quizá sean los que resulten más ajenos), al lector le embarga un indescriptible sentimiento de soledad y tristeza.

[…]

El mundo de John Cheever causa profunda desazón porque el agudo retratista de la clase media norteamericana nos muestra un escenario sin solución por el que deambulan personajes aplastados por el peso de su fracaso que ya no tienen fuerzas para rebelarse y aceptan fatídicamente su destino, seres que son el espejo de este autor que escribió a brazo partido, bebió compulsivamente, arrastró una torturada bisexualidad, luchó contra la falsedad del sueño americano y sufrió e hizo sufrir a su familia, un universo muy cercano al que refleja la ejemplar serie televisiva de éxito Mad Men.

Leer artículo completo en su blog La soledad del corredor de fondo

“Al principio también fue Cheever”

Rodrigo Fresán avisa en un estupendo prólogo que en ‘Fall River’ no se encuentra el mejor Cheever, sino aquél que está aprendiendo a nadar, el que lucha con sus influencias literarias que lo llevan de Heminway a Scott Fitzgerald; pero no es menos cierto que aquí ya aparecen, con su «oscuridad deslumbrante» característica, las historias y los personajes que harán decir a Samuel Bellow que su literatura es indispensable para saber lo que ocurre en el alma de los Estados Unidos. Basta con leer el relato que lleva por título ‘Su joven esposa’ o ‘Autobiografía de un viajante’ para encontrarse con un Cheever de apenas veintitantos años dueño en el arte del retrato preciso, del detalle minimalista, capaz de abrir en canal una realidad aparentemente normal con un par de frases y dejarnos en la boca ese poso amargo y tierno a la vez que será marca de la casa. Puro Cheever. ‘Fall River’ es por tanto un libro para los amantes de la literatura de Cheever que quieren conocer sus comienzos… O para aquellos que quieran comenzar a conocerlo.

[leer artículo completo]

El Comercio Digital
27.11.10

Miguel Rojo

¡qué nervios!

 

Tropo Editores presenta el libro Fall River, una colección de relatos hasta ahora inédita en España, que resume los comienzos literarios de uno de los mayores y más aclamados maestros de la narrativa estadounidense del siglo XX, John Cheever.
Fall River incluye trece cuentos de iniciación aparecidos escritos entre 1931 y 1949 en revistas como CosmopolitanCollier’sThe Atlantic MonthlyThe New Republic, donde ya asoma lo mejor del peculiar, oscuro y marginal universo de Cheever: camareras, hipódromos y personajes de la Gran Depresión. Un libro que aporta luz sobre una de las obras literarias más aclamadas por la crítica en todo el mundo.

 

Leer primer capítulo

 

en “Adiós, hermano mío”

Final del cuento Adiós hermano mío


Oh, ¿qué puede hacerse con un hombre así? ¿Qué puede hacer uno? ¿Cómo disuadir a su ojo de modo que en una multitud no distinga la mejilla con acné, la mano deforme; cómo enseñarle a reaccionar ante la grandeza inestimable de la raza, y la dura belleza superficial de la vida; cómo llevar su mano para que palpe las verdades obstinadas ante las que el miedo y el error son impotentes? Esa mañana el mar apareció iridiscente y oscuro. Mi hermana y mi esposa –Helen y Diana- nadaban, y vi sus cabezas, negro y oro en el agua oscura. Las vi salir y vi que estaban desnudas, desvergonzadas, bellas y plenas de gracia, y contemplé a las mujeres desnudas saliendo del mar.

[Foto: Revista Helios (la alemana, no la española), 1954]

Los Hartley – John Cheever

Los Hartley

Relatos 1, 206

El señor Hartley, su mujer y su hija Anne llegaron al hostal Pemaquoddy un atardecer de invierno, después de la cena, y en el preciso momento en que empezaban las partidas de bridge. Hartley cruzó con las bolsas el amplio porche y entró en el vestíbulo seguido por su mujer y por su hija. Los tres parecían muy cansados, y contemplaron la brillante y acogedora habitación con la gratitud del viajero que ha dejado atrás la tensión y el peligro: los había pillado en la carretera una terrible tormenta de nieve a primeras horas de aquella mañana. Venían de Nueva York, y había nevado durante todo el trayecto, dijeron. El señor Hartley dejó en el suelo las bolsas y volvió al coche a coger los esquís. Su mujer se sentó en una de las sillas del vestíbulo y su hija, tímida y cansada, se acercó a ella. Un poco de nieve blanqueaba el pelo de la niña, y su madre se la quitó con los dedos. Entonces, la viuda Butterick, la dueña del hostal, salió al porche y le gritó a Hartley que no hacía falta que aparcara el coche; lo haría uno de los empleados. Él regresó al vestíbulo y firmó el registro.

Parecía un hombre agradable, de voz cortante y un modo de ser firme y educado. Su esposa era una elegante mujer de pelo oscuro, muerta de fatiga en aquellos momentos, y la niña debía de tener unos siete años. La señora Butterick le preguntó a Hartley si no había estado antes en el hostal.

—Cuando le hice la reserva —dijo—, su nombre me sonaba.
—Mi mujer y yo estuvimos aquí en febrero, hace ocho años —respondió Hartley—. Llegamos el 23, y nos quedamos diez días. Me acuerdo muy bien de la fecha porque lo pasamos maravillosamente.

Luego subieron a la habitación. Bajaron otra vez y se quedaron el tiempo suficiente para cenar unas sobras que habían guardado al calor de la cocina. La niña estaba tan cansada que casi se durmió en la mesa. Subieron de nuevo después de cenar.

En la estación fría, la vida del hostal Pemaquoddy giraba enteramente en torno a los deportes de invierno. Ni los holgazanes ni los bebedores eran bien vistos, y casi todo el mundo se tomaba el esquí en serio. Por la mañana cruzaban el valle en autobús para ir a las montañas, y si hacía buen tiempo subían con una cesta de comida y se quedaban en las laderas nevadas hasta el atardecer. A veces preferían quedarse patinando en una pista que se había creado mediante la inundación de un almacén textil cercano al hostal. Tras éste había una colina que solía usarse para esquiar cuando las condiciones en la montaña no eran buenas. Para acceder a la colina se usaba un rudimentario arrastre construido por el hijo de la señora Butterick.

—Compró el motor que lo acciona cuando cursaba el último año en Harvard —decía siempre la viuda al hablar del arrastre—. Tenía un viejo Mercer, ¡y se vino desde Cambridge, de noche, en un automóvil sin matrícula!

Y al contarlo se llevaba una mano al corazón, como si los peligros del trayecto fueran todavía un recuerdo muy próximo.

La mañana que siguió a su llegada, los Hartley adoptaron la rutina del ejercicio y el aire libre propio de Pemaquoddy.

Leer relato completo en el Blog Decontexto

Expelled – John Cheever

“Expelled” primer cuento publicado en The New Republic por John Cheever el primero de octubre de 1930. La historia fue enviada bajo el seudónimo de “Jon” y fue inmediatamente aceptada por el editor Malcolm Cowley, quien desde ese momento sería uno de los mejores consejeros editoriales y amigos íntimos de Cheever. Se ha considerado autobiográfico aunque Cheever fue cambiando la historia de su expulsión de la Academia Thayer a lo largo del tiempo: por fumar, por indisciplina, malas notas… Este cuento no está publicado en castellano.

Thayer Academy

Según la Wikipedia:

“Su expulsión de la Academia Thayer, por fumar, terminó con su educación y al mismo tiempo fue el núcleo de su primer relato, “Expelled”, que Malcolm Cowley compró para el periódico New Republic.”

Según la encantadora señora y resumido:

El relato está basado en su relación con Thayer, los profesores del relato son una especie de caricatura. Los profesores sólo le dijeron que tenía que mejorar la notas, no fue expulsado y poco antes de morir él mismo dijo que todo era ficción.

"Expelled" John Cheever. 1ª página

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[enviado por andreiev -hace siglos-]

Meryl Streep lee “The Enormous Radio”

parte 1

parte 2

parte 3

parte 4

“Reunión” por John Cheever

REUNIÓN
La última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de estar con mi abuela en los montes Adirondacks, y me dirigía a una casita de campo que mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el mostrador de información a mediodía, y, cuando aún estaban dando las doce, lo vi venir a través de la multitud. Era un extraño para mí —mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto desde entonces—, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera mayor me parecería a él; que tendría que hacer mis planes contando con sus limitaciones. Era un hombre corpulento, bien parecido, y me sentí feliz de volver a verlo. Me dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano.
—Hola, Charlie —dijo—. Hola, muchacho. Me gustaría que vinieses a mi club, pero está por las calles sesenta, y si tienes que coger un tren en seguida, será mejor que comamos algo por aquí cerca.
Me rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado, betún, traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé que alguien nos viera juntos. Me hubiese gustado que nos hicieran una fotografía. Quería tener algún testimonio de que habíamos estado juntos.
Salimos de la estación y nos dirigimos hacia un restaurante por una calle secundaria. Todavía era pronto y el local estaba vacío. El barman discutía con un botones, y había un camarero muy viejo con una chaqueta roja junto a la puerta de la cocina. Nos sentamos, y mi padre lo llamó con voz potente:
—Kellner! —gritó—. Garçón! Cameriere! ¡Oiga usted!
Todo aquel alboroto parecía fuera de lugar en el restaurante vacío.
—¿Será posible que no nos atienda nadie aquí? —gritó—. Tenemos prisa.
Luego dio unas palmadas. Esto último atrajo la atención del camarero, que se dirigió hacia nuestra mesa arrastrando los pies.
—¿Esas palmadas eran para llamarme a mí? —preguntó.
—Cálmese, cálmese, sommelier—dijo mi padre—. Si no es pedirle demasiado, si no es algo que está por encima y más allá de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos gibsons con ginebra Beefeater.
—No me gusta que nadie me llame dando palmadas —dijo el camarero.
—Debería haber traído el silbato —replicó mi padre—. Tengo un silbato que sólo oyen los camareros viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos gibsons con Beefeater. Repita conmigo: dos gibsons con Beefeater.
—Creo que será mejor que se vayan a otro sitio —dijo el camarero sin perder la compostura.
—Ésa es una de las sugerencias más brillantes que he oído nunca —señaló mi padre—. Vámonos de aquí, Charlie.
Seguí a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto alboroto. Nos trajeron las bebidas, y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio sobre la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía con el cuchillo y empezó a gritar otra vez:
—Garçon! Cameriere! Kellner! ¡Oiga usted! ¿Le molestaría mucho traernos otros dos de lo mismo?
—¿Cuántos años tiene el muchacho? —preguntó el camarero.
—Eso no es en absoluto de su incumbencia —dijo mi padre.
—Lo siento, señor, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho.
—De acuerdo, yo también tengo algo que comunicarle —dijo mi padre—. Algo verdaderamente interesante. Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva York. Acaban de abrir otro en la esquina. Vámonos, Charlie.
Pagó la cuenta y nos trasladamos de aquél a otro restaurante. Los camareros vestían americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, y las paredes estaban adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de nuevo:
—¡Que venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros este año? Quisiéramos una última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más exactos, dos bibsons con Geefeater.
—¿Dos bibsons con Geefeater? —preguntó el camarero, sonriendo.
—Sabe muy bien lo que quiero —replicó mi padre, muy enojado—. Quiero dos gibsons con Beefeater, y los quiero de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué tal es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere.
—Esto no es Inglaterra —repuso el camarero.
—No discuta conmigo. Limítese a hacer lo que se le pide.
—Creí que quizá le gustaría saber dónde se encuentra —dijo el camarero.
—Si hay algo que no soporto, es un criado impertinente —declaró mi padre—. Vámonos, Charlie.
El cuarto establecimiento en el que entramos era italiano.
—Buongiorno —dijo mi padre—. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti fortio. Molto gin, poco vermut.
—No entiendo el italiano —respondió el camarero.
—No me venga con ésas —dijo mi padre—. Entiende usted el italiano y sabe perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.
El camarero se alejó y habló con el encargado, que se acercó a nuestra mesa y dijo:
—Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.
—De acuerdo —asintió mi padre—. Denos otra.
—Todas las mesas están reservadas —declaró el encargado.
—Ya entiendo. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse al infierno. Vada all’ inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie.
—Tengo que coger el tren —dije.
—Lo siento mucho, hijito —dijo mi padre—. Lo siento muchísimo. —Me rodeó con el brazo y me estrechó contra sí—. Te acompaño a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club…
—No tiene importancia, papá —dije.
—Voy a comprarte un periódico —dijo—. Voy a comprarte un periódico para que leas en el tren.
Se acercó a un quiosco y pidió:
—Mi buen amigo, ¿sería usted tan amable de obsequiarme con uno de sus absurdos e insustanciales periódicos de la tarde? —El vendedor se volvió de espaldas y se puso a contemplar fijamente la portada de una revista—. ¿Es acaso pedir demasiado, señor mío? —insistió mi padre—, ¿es quizá demasiado difícil venderme uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista?
—Tengo que irme, papá —dije—. Es tarde.
—Espera un momento, hijito —replicó—. Sólo un momento. Estoy esperando a que este sujeto me dé una contestación.
—Hasta la vista, papá —dije; bajé la escalera, tomé el tren, y aquélla fue la última vez que vi a mi padre.
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La última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de estar con mi abuela en los montes Adirondacks, y me dirigía a una casita de campo que mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el mostrador de información a mediodía, y, cuando aún estaban dando las doce, lo vi venir a través de la multitud. Era un extraño para mí —mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto desde entonces—, pero tan pronto como lo tuve delante sentí que era mi padre, mi carne y mi sangre, mi futuro y mi fatalidad. Comprendí que cuando fuera mayor me parecería a él; que tendría que hacer mis planes contando con sus limitaciones. Era un hombre corpulento, bien parecido, y me sentí feliz de volver a verlo. Me dio una fuerte palmada en la espalda y me estrechó la mano.
—Hola, Charlie —dijo—. Hola, muchacho. Me gustaría que vinieses a mi club, pero está por las calles sesenta, y si tienes que coger un tren en seguida, será mejor que comamos algo por aquí cerca.
Me rodeó con el brazo y aspiré su aroma con la fruición con que mi madre huele una rosa. Era una agradable mezcla de whisky, loción para después del afeitado, betún, traje de lana y el característico olor de un varón de edad madura. Deseé que alguien nos viera juntos. Me hubiese gustado que nos hicieran una fotografía. Quería tener algún testimonio de que habíamos estado juntos.
Salimos de la estación y nos dirigimos hacia un restaurante por una calle secundaria. Todavía era pronto y el local estaba vacío. El barman discutía con un botones, y había un camarero muy viejo con una chaqueta roja junto a la puerta de la cocina. Nos sentamos, y mi padre lo llamó con voz potente:
—Kellner! —gritó—. Garçón! Cameriere! ¡Oiga usted!
Todo aquel alboroto parecía fuera de lugar en el restaurante vacío.
—¿Será posible que no nos atienda nadie aquí? —gritó—. Tenemos prisa.
Luego dio unas palmadas. Esto último atrajo la atención del camarero, que se dirigió hacia nuestra mesa arrastrando los pies.
—¿Esas palmadas eran para llamarme a mí? —preguntó.
—Cálmese, cálmese, sommelier—dijo mi padre—. Si no es pedirle demasiado, si no es algo que está por encima y más allá de la llamada del deber, nos gustaría tomar dos gibsons con ginebra Beefeater.
—No me gusta que nadie me llame dando palmadas —dijo el camarero.
—Debería haber traído el silbato —replicó mi padre—. Tengo un silbato que sólo oyen los camareros viejos. Ahora saque el bloc y el lápiz y procure enterarse bien: dos gibsons con Beefeater. Repita conmigo: dos gibsons con Beefeater.
—Creo que será mejor que se vayan a otro sitio —dijo el camarero sin perder la compostura.
—Ésa es una de las sugerencias más brillantes que he oído nunca —señaló mi padre—. Vámonos de aquí, Charlie.
Seguí a mi padre y entramos en otro restaurante. Esta vez no armó tanto alboroto. Nos trajeron las bebidas, y empezó a someterme a un verdadero interrogatorio sobre la temporada de béisbol. Al cabo de un rato golpeó el borde de la copa vacía con el cuchillo y empezó a gritar otra vez:
Garçon! Cameriere! Kellner! ¡Oiga usted! ¿Le molestaría mucho traernos otros dos de lo mismo?
—¿Cuántos años tiene el muchacho? —preguntó el camarero.
—Eso no es en absoluto de su incumbencia —dijo mi padre.
—Lo siento, señor, pero no le serviré más bebidas alcohólicas al muchacho.
—De acuerdo, yo también tengo algo que comunicarle —dijo mi padre—. Algo verdaderamente interesante. Sucede que éste no es el único restaurante de Nueva York. Acaban de abrir otro en la esquina. Vámonos, Charlie.
Pagó la cuenta y nos trasladamos de aquél a otro restaurante. Los camareros vestían americanas de color rosa, semejantes a chaquetas de caza, y las paredes estaban adornadas con arneses de caballos. Nos sentamos y mi padre empezó a gritar de nuevo:
—¡Que venga el encargado de la jauría! ¿Qué tal los zorros este año? Quisiéramos una última copa antes de empezar a cabalgar. Para ser más exactos, dos bibsons con Geefeater.
—¿Dos bibsons con Geefeater? —preguntó el camarero, sonriendo.
—Sabe muy bien lo que quiero —replicó mi padre, muy enojado—. Quiero dos gibsons con Beefeater, y los quiero de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Por lo menos eso es lo que dice mi amigo el duque. Veamos qué tal es la producción inglesa en lo que a cócteles se refiere.
—Esto no es Inglaterra —repuso el camarero.
—No discuta conmigo. Limítese a hacer lo que se le pide.
—Creí que quizá le gustaría saber dónde se encuentra —dijo el camarero.
—Si hay algo que no soporto, es un criado impertinente —declaró mi padre—. Vámonos, Charlie.
El cuarto establecimiento en el que entramos era italiano.
Buongiorno —dijo mi padre—. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti fortio. Molto gin, poco vermut.
—No entiendo el italiano —respondió el camarero.
—No me venga con ésas —dijo mi padre—. Entiende usted el italiano y sabe perfectamente bien que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.
El camarero se alejó y habló con el encargado, que se acercó a nuestra mesa y dijo:
—Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.
—De acuerdo —asintió mi padre—. Denos otra.
—Todas las mesas están reservadas —declaró el encargado.
—Ya entiendo. No desean tenernos por clientes, ¿no es eso? Pues váyanse al infierno. Vada all’ inferno. Será mejor que nos marchemos, Charlie.
—Tengo que coger el tren —dije.
—Lo siento mucho, hijito —dijo mi padre—. Lo siento muchísimo. —Me rodeó con el brazo y me estrechó contra sí—. Te acompaño a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club…
—No tiene importancia, papá —dije.
—Voy a comprarte un periódico —dijo—. Voy a comprarte un periódico para que leas en el tren.
Se acercó a un quiosco y pidió:
—Mi buen amigo, ¿sería usted tan amable de obsequiarme con uno de sus absurdos e insustanciales periódicos de la tarde? —El vendedor se volvió de espaldas y se puso a contemplar fijamente la portada de una revista—. ¿Es acaso pedir demasiado, señor mío? —insistió mi padre—, ¿es quizá demasiado difícil venderme uno de sus desagradables especímenes de periodismo sensacionalista?
—Tengo que irme, papá —dije—. Es tarde.
—Espera un momento, hijito —replicó—. Sólo un momento. Estoy esperando a que este sujeto me dé una contestación.
—Hasta la vista, papá —dije; bajé la escalera, tomé el tren, y aquélla fue la última vez que vi a mi padre.

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“Regreso a casa” Winston Manrique Sabogal

[…]

Romance tempestuoso el de Internet y el cuento, reconoce Muñoz. “A través de bitácoras, revistas digitales y demás webs, el amante del cuento ha encontrado un club de encuentro libre de presiones y conveniencias literarias o comerciales. Un lugar para la sugerencia y el descubrimiento de nuevos nombres, que ha demostrado que había una necesidad de información sobre este género, “tan poco comercial” según las editoriales. Por sus características, ha beneficiado mayormente a la difusión del microrrelato. La historia entre Internet y el cuento es puro presente. En la red han cobrado vida literaria, hoy -que es lo que necesitan sus autores-, numerosos libros de cuentos muy valiosos que han sido completamente despreciados por los medios de comunicación convencionales. La influencia de las tecnologías en el futuro del relato es, hoy por hoy, eso: futuro”.

[…]

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El País, Babelia

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

 24/01/2009

vio que el lugar estaba vacío

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El lugar estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que todos se habían acostado? ¿Lucinda se había quedado a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Las niñas habían ido a buscarlas, o estaban en otro lugar? ¿O habían convenido, como solían hacer el domingo, rechazar todas las invitaciones y quedarse en casa? Probó las puertas del garaje para ver qué automóviles había allí, pero las puertas estaban cerradas con llave y de los picaportes se desprendió óxido que le manchó las manos. Se acercó a la casa y vio que la fuerza de la tormenta había desprendido uno de los caños del desagüe. Colgaba sobre la puerta principal como la costilla de un paraguas; pero eso podía arreglarse por la mañana. La casa estaba cerrada con llave, y él pensó que la estúpida cocinera o la estúpida criada seguramente habían cerrado todo, hasta que recordó que hacía un tiempo que no empleaban criada ni cocinera. Gritó, golpeó la puerta, trató de forzarla con el hombro y después, mirando por las ventanas, vio que el lugar estaba vacío.

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El nadador
The New Yorker
, 18 de julio de 1964