‘Cuentos / Contes’, John Cheever

cuentos-completos-9788490063958Los cuentos de Cheever son para leer y releer. Hay muchos temas en ellos pero de forma habitual nos cuentan de forma magistral las pequeñas miserias de las relaciones entre hermanos, entre vecinos, entre padres e hijos. En medio de una situación aparentemente cotidiana surge lo imprevisto, la tragedia vulgar, incluso el misterio incomprensible. No son de miedo pero en muchas ocasiones dan miedo o más bien producen una extraña inquietud, un temor que roza el absurdo. No es extraña ni recurrente la comparación con los cuentos de Chejov ni tampoco resultaría improcedente evocar en alguna ocasión a Kafka, leyendo esas narraciones.

Hay quién relaciona su literatura con el sueño americano, un tópico recurrente. Es como si insistiésemos en que Chejov refleja la decadencia pre-revolucionaria. Sí, también, pero es mucho más que eso. La gente humilde que aparece por esas narraciones padece del mismo mal que los ricos bien intencionados, falta de empatía real, imposibilidad para hacer evidente una realidad mezquina y reaccionar contra ella buscando algo más. No están nada lejos de todos nosotros y aunque no tengamos casita con piscina y césped sino un pisito barato con un par de habitaciones en un barrio modesto nos reconocemos y reconocemos a parientes y conocidos. Hay un grado de humanidad absolutamente universal para lo bueno, para lo malo y para lo mediocre.

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Llegir en cas d’incendi
Júlia Costa

“Seis estilos en busca de un autor” por Andrés Neuman

Andrés Neuman observa relaciones y diferencias en algunos de los mejores cuentistas norteamericanos del siglo XX: Raymond Carver, John Cheever, Flannery O’Connor, Lorrie Moore, David Foster Wallace y Robert Coover.

Si Carver se relaciona con (sin agotarse en) el realismo sucio, los cuentos de Cheever son de un romanticismo sucio. Hay en ellos cierta religiosidad renqueante, un turbio fondo utópico. Conmueve su búsqueda de la redención a través de la idea lírica, su mezcla de inadaptación y beatitud suburbial. Cheever parecía encontrar más inspiración que limitaciones en la moral religiosa. Sirva como ejemplo su erotismo delicado, de pudorosa reverencia (que se debía también al pacato imperativo del New Yorker). En ocasiones, sin embargo, la pulsión redentora roza el púlpito y afecta al texto. “Una visión del mundo” estaría entre sus mejores cuentos de no ser por la moraleja directa, casi evangelizadora, del pasaje final: “¡Calor! ¡Amor! ¡Virtud! ¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Bondad!”… La enfática enumeración irradia menos esos valores que la prosa maestra que la precede.

por Andrés Neuman
18/01/2013

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Los “peores” relatos de John Cheever ya anunciaban el infierno de la crisis

“Este libro recopila 13 especímenes de lo que se conoce, como `relatos de aprendizaje´. Lo que no significa que sean relatos de aprendizajes comunes, porque quien los firma es un aprendiz de John Cheever”, escribe en el prólogo Rodrigo Fresán.

Sin embargo, emerge de la veta un diamante en bruto que ciega con su brillo. Es Autobiografía de un viajante, un cuento oportuno para los tiempos que corren.

Autobiografía de un viajante narra el ascenso del hijo de una viuda, de familia pobre, que abandona la escuela, trabaja de botones y conserje, hasta que consigue un empleo en una fábrica de zapatos.

Cuando logra convertirse en viajante de comercio, vendiendo género por todos los Estados Unidos, logra una carrera meteórica como comercial (“la mitad del tiempo tenía más dinero del que podía gastar”). Poco a poco, Cheever nos lleva de la mano en esta biografía de éxito hasta que llega el crash del 29 y todo se trunca:

“Después, traté de encontrar otra empresa de zapatos, pero no pude encontrar ninguna. (…) Todas estaban cerrando. (…) Cuando cumplí 62 años no tenía trabajo. Mi póliza de seguros venció. (…) Mis amigos están muertos. (…) Hemos sido olvidados como viejas guías telefónicas”, culmina Cheever.

Hoy, la relectura de este cuento cobra mucho más sentido si lo trasladamos a la realidad de EspañaItalia o Grecia. Cheever se adelantó a su tiempo, o tal vez, lo que trataba de decirnos es que todo se repite.

 

[Leer artículo completo en noticias.lainformacion.com]

David González | aviondepapel.tv

jueves, 15/11/12

 

Noticias sobre “Cuentos” y “Falconer”

RBA publica ‘Cuentos’ y ‘Falconer’, la última gran novela de John Cheever,

RBA publica ‘Cuentos’ y ‘Falconer’, la última gran novela de John Cheever, uno de los grandes clásicos de la literatura norteamericana del siglo XX considerado por Philio Roth “un realista con magia”.

Autor imprescindible para comprender las inquietudes, los deseos y los miedos de toda una clase social, John Cheever es considerado hoy un clásico incontestable de las letras estadounidenses, especialmente gracias a sus relatos breves, que lo sitúan entre los mejores escritores modernos del género.

Estos cuentos, ambientados sobre todo en urbanizaciones situadas en el extrarradio de las grandes urbes, aunque también en otros lugares como la ciudad de Nueva York o Italia, constituyen retratos sociológicos de una clase media norteamericana que disfruta de lujos materiales pero que paradójicamente se ve acosada por una inefable sensación de vacío y soledad.

Nota de EFE reproducida en varios medios [leer artículo en La Información]
viernes, 09 de noviembre de 2012, 12:08
MADRID, 9 (EUROPA PRESS)
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Cuentos imprescindibles: Tomeo y Cheever

Días de alegría para quienes nos interesa el relato corto, porque Páginas de Espuma edita los Cuentos completos de Javier Tomeo y RBA, un tomo similar, aunque no sean completos, de John Cheever.

[…]

John Cheever, genio y figura del siglo XX estadounidense, vuelve a brillar cada vez que un lector lo descubre o lo redescubre, con obras maestras de la narrativa como en “Adiós hermano mío”, La geometría del amor”, “El nadador” o la extraordinaria nouvelle “El marido rural”. El escritor que para muchos, mejor supo retratar a la clase media y baja de los Estados Unidos, es ante todo una voz que habla detrás de las miserias y los lamentos de unos personajes completamente realistas, iluminador imprescindible de la psicología de los miedos y las incertidumbres de la gente común, un espejo del vacío existencial detrás de tantos y tantos escenarios pretendidamente multicolores de una sociedad decadente.

[Leer artículo completo en blogs.periodistadigital.com]

 

Publicado nuevo libro de John Cheever: Cuentos (Collected Stories), por RBA

Cuentos

John Cheever

Traducción de José Luis López Muñoz y Jaime Zulaika Goicoechea
RBA
Título original: Collected Stories

Primera edición: octubre de 2012
ISBN: 978-84-9006-395-8
1042 páginas
29 €

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CONTENIDO

Prefacio

CUENTOS

Adiós, hermano mío

Un día cualquiera

La monstruosa radio

Oh, ciudad de sueños rotos

Los Hartley

La historia de Sutton Place

Granjero de verano

Canción de amor no correspondido

La olla repleta de oro

Clancy en la torre de Babel

La Navidad es triste para los pobres

Tiempo de divorcio

La casta Clarissa

La cura

El superintendente

Los chicos

Las amarguras de la ginebra

¡Adiós, juventud! ¡Adiós, belleza!

El día que el cerdo se cayó al pozo

El tren de las cinco cuarenta y ocho

Solo una vez más

El ladrón de Shady Hill

El autobús a St. James

El gusano en la manzana

El problema de Marcia Flint

La bella lingua

Los Wryson

El marido rural

El camión de mudanzas escarlata

Simplemente dime quién fue

Brimmer

La edad de oro

La cómoda

La profesora de música

Una mujer sin país

La muerte de Justina

Clementina

Un muchacho en Roma

Miscelánea de personajes que no aparecerán

La quimera

Las casas junto al mar

El ángel del puente

El brigadier y la viuda del golf

Una visión del mundo

Reunión

Una culta mujer norteamericana

Metamorfosis

Mene, Mene, Tekel, Upharsin

Montraldo

El océano

Marito en città

La geometría del amor

El nadador

El mundo de las manzanas

Otra historia

Percy

La cuarta alarma

Artemis, el honrado cavador de pozoz

Tres cuentos

Las joyas de los Cabot

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PREFACIO

Me gustaría que el orden en que se han publicados estos relatos se invirtiera y que apareciera yo primero como un hombre mayor, y no como un joven estupefacto al descubrir que hombres y mujeres genuinamente recatados admitían en sus relaciones amargura erótica e incluso codicia. El parto de un escritor, según creo, a diferencia del de un pintor, no presenta alianzas interesantes con sus maestros. En el crecimiento de un escritor, no hay nada comparable a las primeras copias de Jackson Pollock de las pinturas de la capilla Sixtina, con sus interesantes referencias a Thomas Hart Benton. Al escritor podemos verlo aprendiendo torpemente a caminar, a hacerse el nudo de la corbata, a hacer el amor y a comer los guisantes con tenedor. Se presenta más bien solo y determinado a instruirse por su cuenta. Ingenuo, provinciano en mi caso, a veces obtuso, y casi siempre torpe, incluso una cuidada selección de sus primeros trabajos será siempre la historia desnuda de su lucha por recibir una educación en economía y en amor.

Estos relatos se remontan a mi honorable licenciamiento del ejército, al final de la segunda guerra mundial. Están en orden cronológico, si no me falla la memoria, y los textos más embarazosamente inmaduros han sido eliminados. A veces parecen historias de un mundo perdido, cuando la ciudad de Nueva York aún estaba impregnada de una luz ribereña, cuando se oían los cuartetos de Benny Goodman en la radio de la papelería de la esquina y cuando casi todos llevaban sombrero. Aquí está el último de aquella generación de fumadores empedernidos que por la mañana despertaban al mundo con sus accesos de tos, que se ponían ciegos en las fiestas e interpretaban obsoletos pasos de baile, como el Clevelan chicken, que viajaban a Europa en barco, que sentían auténtica nostalgia del amor y la felicidad, y cuyos dioses eran tan antiguos como los míos o los suyos, quienquiera que sea usted. Las constantes que busco en esta parafernalia a ratos anticuada son cierto amor a la luz y cierta determinación de trazar alguna cadena moral del ser. Calvino no desempeño ningún papel en mi educación religiosa, pero su presencia parecía habitar en los graneros de mi juventud, y quizá me dejó cierta indebida amargura.

Muchos de estos relatos se publicaron por primera vez en The New Yorker, donde Harold Ross, Gus Lobrano y William Maxwell me dieron el don inestimable de un grupo amplio, inteligente y sensible de lectores y suficiente dinero para dar de comer a la familia y comprarme un traje nuevo cada dos años. “¡Esto es una revista familiar, maldita sea!”, solía vociferar Ross al menor signo de incitación a los impulsos eróticos. Él no era nada recatado, y cuando descubrió que yo daba un respingo cada vez que él usaba la palabra “follar” en la mesa del almuerzo, la repetía con frecuencia, solo para verme saltar. Su falta de recato era realmente pronunciada; por ejemplo, si preveía que un compañero de póquer iba a ser un pesado, se iba al cuarto de baño y volvía con las orejas rellenas de papel higiénico. Naturalmente, esa clase de conducta nunca aparecía en la revista. Pero le enseñó a uno, o así me gusta pensarlo, que el recato es una forma de discurso tan profundo y connotativo como cualquier otro, diferente no solo por su contenido, sino por su sintaxis y sus imágenes. Puesto que los hombres a quienes apoyó van desde Irwin Shaw hasta Vladimir Nabokov, parece que ha hecho más bien que ninguna otra cosa.

Toda documentación precisa de nuestra inmadurez resulta embarazosa, y así lo encuentro a veces en estas narraciones, pero para mí la turbación queda redimida por los recuerdos que las historias me reavivan de las mujeres y los hombres que he amado y de las habitaciones, los pasillos y las playas donde fueron escritos los relatos. Mis historias favoritas son las escritas en menos de una semana y compuestas a menudo en voz alta. Recuerdo haber exclamado: “¡Me llamo Johnny Hake!”. Fue en el vestíbulo de una casa en Nantucket que habíamos conseguido alquilar barata, por el retraso de un juicio sucesorio. Saliendo del cuarto de servicio de otra casa alquilada, le grité a mi mujer: “¡Esta es una noche en la que reyes con trajes dorados cabalgan sobre las montañas a lomos de elefantes!”. La paciencia de mi familia ha sido inestimable. Bajo el toldo de la entrada de un edificio de apartamentos de la calle Cincuenta y Nueve escribí, en voz alta, las lineas finales de “Adiós, hermano mío”. “¡Ah! ¿Qué se puede hacer con un hombre así?”, pregunté, y cerré la historia diciendo: “Me quedé mirando a las mujeres desnudas, saliendo del agua”. “Está hablando usted solo, señor Cheever”, me dijo amablemente el portero, y también él -correcto, jovial y satisfecho con su propina de diez dólares para Navidad- parece un personaje del pasado perdurable.

¿Será verdad? “Cuentos completos” de John Cheever

Minientrada

¿Qué RBA publicará los “Cuentos completos” de John Cheever? Y que son los “completos” de verdad. Sería una grandísima noticia. Me come la impaciencia por verlo…

Unos pocos detalles más en el blog Estandarte

La verdadera historia que inspiró el cuento “Adiós, hermano mío”

Lo que pasó

Por John Cheever

Hace algunos años estuve con mi familia en una casa alquilada de Martha’s Vineyard hasta la segunda semana de octubre. El verano indio era brillante y quieto. Nos fuimos sin ganas cuando fue el momento de irse. Tomamos la lancha de media mañana a Wood’s Hole y pasamos de un día luminoso en el mar a un clima húmedo y nublado. Al sur de Hartford empezó a llover. Llegamos al departamento, en las calles 50 del este, donde vivíamos entonces, justo después de oscurecer. La ciudad bajo la lluvia parecía particularmente cavernaria y ruidosa y el verano definitivamente había acabado. Temprano a la mañana siguiente entré a mi habitación de trabajo. Antes de irme a Vineyard había empezado un cuento, basado en notas tomadas un año o dos antes en Nueva Hampshire. El cuento describía a una familia en una casa de verano que pasaba sus tardes jugando backgammon. Probablemente se hubiera llamado “El juego de backgammon”. Quería usar las piezas, el tablero y las circunstancias del juego para mostrar que las relaciones dentro de una familia pueden ser extorsivas. No estaba seguro acerca de la conclusión del cuento, pero en el fondo de mi mente estaba la idea de que alguien perdería la vida sobre el tablero. Vi un accidente de canoa en un lago de montaña. Al leer el cuento otra vez esa mañana me di cuenta de que, como ciertos tipos de vino, no había viajado. Era malo.

Vengo de una familia puritana y de niño me enseñaron que una moral subyace bajo toda conducta humana y que la moral siempre es en detrimento del hombre. Cuento entre mis relaciones gente que siente que hay una inexpungable maldad en el corazón de la vida y que el amor, la amistad, el whisky, las luces de todo tipo, son meramente las más crudas decepciones. Mi objetivo como escritor ha sido registrar una moderación de esas actitudes –un escape de ellas si esto parecía necesario– y en el cuento del backgammon simplemente había fallado. Era, en esencia, precisamente, el tipo de improductivo pesimismo que tenía esperanzas de iluminar. Estaba en la vena de uno de mis tíos ancianos que nunca ponía un gusano en el anzuelo sin decir que, tarde o temprano, todos seremos corrupción.

Para ocuparme de cuestiones más alegres, miré las notas que había hecho durante el verano. Encontré una larga descripción de galpones de trenes y muelles de ferries –una canción a máquinas de amor y muerte–, pero la sustancia era que estos viajes no tenían importancia –eran una especie de decepción–. Unas páginas después encontré la descripción de un amigo que, habiendo perdido los encantos de su juventud e incapaz de encontrar nuevas luces para guiarse, había empezado a vivir de sus triunfos en el fútbol. Esto estaba conectado con una mordaz descripción de la casa en Vineyard donde habíamos pasado un agradable verano. La casa no era vieja, pero había sido revestida con piezas de madera viejas, y la madera de la puerta, que era nueva, estaba marcada y manchada. Las habitaciones estaban iluminadas con velas eléctricas y yo unía esta cruda sensación de pasado al fracaso de mi amigo, que no podía madurar. El fracaso, decían mis notas, era nacional. Habíamos fracasado en madurar como pueblo y habíamos vuelto atrás para vivir de viejos triunfos en el fútbol, techos apuntalados con vigas, luces de velas y fogatas. Había algunas notas lacrimógenas sobre el mar que se llevaba las brasas de los fuegos de nuestros picnics, sobre el viento del Este –el viento oscuro–, sobre la promiscuidad de una hermosa joven que conozco, sobre las dificultades de tener una chacra en una isla, sobre los aviones jets que bombardearon una isla cerca de la costa de Gay Head y una morosa descripción de una caminata en South Beach. Las únicas líneas alegres en todo esto eran dos oraciones sobre el placer que había obtenido una tarde mirando a mi mujer y a otra joven cuando salían del mar, desnudas.

Es breve, pero la mayoría de los viajes nos dejan al menos una ilusión de perspectiva mejorada y esa mañana había una distancia entre mis notas y yo. Había pasado el verano en excelente compañía y en un paisaje que amaba, pero no había huellas de esto en el diario que había llevado. El conflicto de mis sentimientos y la indignación ante esta división formaron rápidamente en mi mente la imagen de un hermano despreciable y escribí: “Adiós, hermano mío”. El cuento se movió con rapidez. Lawrence llegó a la isla en un viaje sin importancia. Hice que el narrador fuera fatuo porque había cierta ambigüedad en mi indignación. Laud’s Head tenía el complaciente poder de un paisaje imaginario donde se puede elegir de entre una amplia gama de recuerdos, poniendo el aroma de las rosas de un lugar muy diferente o el zumbido de la apisonadora de una cancha de tenis escuchado años atrás. El plano de la casa fue claro para mí enseguida, aunque se trataba de una casa que nunca había visto antes. La terraza, el living, las escaleras, todo apareció en orden y cuando abrí la puerta de la cocina encontré allí a un cocinero que había trabajado para mi suegra el año anterior al último año. Había llevado a Lawrence a casa y lo había acompañado en su primera noche en Laud’s Head antes de que fuera la hora de mi cena.

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Radar Libros
Domingo, 8 de julio de 2012