“La vida secreta de los diarios” por Blake Bailey

“La ficción es arte y el arte es el triunfo de sobre el caos (nada menos)”, escribió John Cheever en su cuento “La muerte de Justina”. El arte de la biografía lucha con el mismo dilema y sin embargo las cuestiones de la vida tienden a permanecer tercamente caóticas. El gran desafío es imponer orden, orden y más orden: encontrar los temas más salientes (“la carne desea en contra del espíritu” era uno de los más importantes en la vida de Cheever) y sus hilos narrativos concomitantes, y así reconciliar la paradoja de una naturaleza exquisitamente complicada. Cuanto más sabe el biógrafo, mejor, porque, por supuesto, saberlo todo es perdonarlo todo y el objetivo –o mi objetivo, en todo caso– es intentar ser compasivo.

La ficción de Cheever fue el refinamiento de una vida muy complicada, cuyos materiales crudos pueden encontrarse en sus Diarios –quizás el más exhaustivo registro de la vida interna de un escritor norteamericano de primer nivel, y un artefacto muy caótico en sí mismo–. Me sumergí en este desorden y me propuse limpiarlo de la misma manera que Wall-E recorre un planeta devastado y contaminado, de la misma manera que Sísifo empuja su roca –porque, como biógrafo, es lo que uno hace–. El trabajo penoso y mecánico tuvo un resultado feliz: fusionó mi mente mucho más con mi conflictuado sujeto, y me llevó a un sorprendente grado de empatía.

“Leí el diario del año pasado con la idea de donarlo a la biblioteca”, escribió Cheever en 1978, sintiendo el periódico tironeo de la posteridad. “Estoy impactado por la frecuencia con que me refiero a mi miembro.” Esto es cierto. Quizá por un impulso masoquista y paradójicamente puritano (infundido por sus orgullosos padres yanquis en Quincy, Massachusetts), Cheever se preocupó por anotar sus más sórdidos encuentros sexuales (incluidas sus experiencias solitarias), su lucha diaria con el alcoholismo, y sus generalmente sarcásticas observaciones sobre sus amigos, colegas y, especialmente, su familia. (“Mi esposa es retratada de una manera muy negativa en los diarios y yo aparezco sin culpa, y esto no puede ser la verdad”, reflexionaba al final de su vida). Hay muchos momentos sublimes también y, no hace falta decirlo, todo el diario tiene una escritura bellísima. En cualquier caso, Cheever finalmente superó sus dudas sobre preservar esta parte crucial de su obra en una biblioteca y estuvo incluso “casi dichoso”, según su hijo Ben, ante la perspectiva de una publicación póstuma.

 Blake Bailey
Radar Libros
Domingo, 8 de julio de 2012

Blake Bailey: “Cheever tuvo que esconderse toda la vida”

A 30 años de la muerte de John Cheever, su biógrafo explica cómo traspasó sus frustraciones a su obra y dice que habría “amado” la serie Mad Men.

A fines de los 70, John Cheever rozaba la gloria. Falconer, la novela que publicó tras dejar el alcohol, era un éxito de ventas, que sólo sería superado por una compilación de sus cuentos: Relatos estuvo más de seis meses entre los libros más vendidos de EE.UU. Al morir, en 1982, Cheever se fue logrando esa rara combinación: no sólo tenía el respeto de sus colegas, también el público agotaba sus libros. Treinta años después, nadie duda de su lugar en el canon de la literatura norteamericana, pero sus lectores se han reducido. Pareciera que los millones de seguidores de la serie Mad men del mundo no se han enterado que sin Cheever no habría existido jamás Don Draper, ese publicista de doble vida que resume la silenciosa desesperación que asfixiaba a los suburbios americanos de inicios de los 60.

“¿Dónde se fueron sus lectores?”, se pregunta Blake Bailey, autor de la biografía Cheever: una vida y, según confiesa, un adicto a Mad men. “Sinceramente yo esperaba un revival de Cheever con la serie. Matthew Weiner, su creador, dice una y otra vez que es su influencia. Sus libros merecen muchos más lectores. Como yo lo veo, Cheever es el gran cuentista de nuestra era”, dice al teléfono a La Tercera.

Quizás es cierto: llamado tantas veces el Chejov de los suburbios, Cheever (1912-1982) hizo de las ansiedades norteamericanas de posguerra un asunto universal, al adherirles un destino de inevitable tristeza. Los sueños rotos pueblan su obra, aunque Cheever logra que la desesperanza tome formas luminosas. Lo verdaderamente amargo lo mantenía oculto: una década después de su muerte se publicaron sus Diarios (1991), revelando la tragedia privada de Cheever, un alcohólico bisexual reprimido.

 

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 Diario La Tercera
por Roberto Coreaga C.
 

Rodrigo Fresán sobre la biografía de Blake Bailey “Parecía un paraíso”

John Cheever es un escritor fundamental para entender buena parte de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX: él es quien crea el suburbio como terreno literario, explora las crecientes tensiones entre (homo)sexualidad y puritanismo, y describe los infiernos subterráneos que caldeaban los cuerpos y las almas de ese aparente paraíso norteamericano de posguerra. Blake Bailey –que ya había escrito una biografía de ese otro retratista etílico y suburbano que fue Richard Yates– emprendió la compleja tarea de investigar, entrevistar y revisar más de 4300 páginas de diarios desordenados, para contar y entender esa vida repleta de secretos, mitologías, dobles fondos, culpa, whisky, belleza y literatura.

Una entrada en sus formidables journals y su relato más famoso bastan para destilar la novela de la vida de John Cheever (1912-1982). La anotación es de 1949: “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio”. El cuento “El nadador” (1963) nos habla del hermoso perdedor Neddy Merrill, empeñado en la fundación de un río privado enhebrando las piscinas de casas de un barrio residencial para, con épica y epifanía, intentar ocultar las fuentes de una realidad en la que no nada, pero sí se ahoga.

Confesión e invención son remontadas por Blake Bailey (1963) asumiendo el reto de narrar a uno de los mejores narradores del siglo XX y su larga sombra, que planea hoy sobre la tan alabada Freedom, de Jonathan Franzen, o la galardonada serie de televisión Mad Men.

Ya existían materiales para armar el modelo de John Cheever. Una sentida e implacable memoir de su hija, dos volúmenes de cartas y los ya mencionados Diarios presentaban la complicada saga de un ser complejo. Una primera biografía de Scott Donaldson –John Cheever: A Biography (1988)– no estaba mal, pero fue boicoteada por la familia Cheever, que no facilitó papeles privados. Ahora, queda claro que aquélla era una situation-comedy doméstica con risas grabadas comparada con lo que aquí ruge y susurra.

Así, el orgullo de un genio autodidacta; las agonías de un hombre que amaba, pero no podía soportar a los suyos (en especial, a su idolatrado hermano y, parece, primer amante); las poses de patricio falso y de nudista en festejos ajenos; la compulsión trepadora del adolescente provinciano y sin estudios a la conquista de Nueva York (Troppo editó Fall River, textos primerizos); la mudanza a las afueras (escenario definido por los críticos como Cheever Country); las miserias del esposo volátil y del padre feroz; las culpas del bisexual rampante y del alcohólico de mediodía; la cobardía del fugitivo inmóvil; el resentimiento y la envidia hacia sus colegas; y los pesares del cuentista profesional prisionero en la jaula dorada de The New Yorker y del novelista premiado, pero “imperfecto”, hasta ascender –justo antes de un cáncer fulminante– al trampolín más alto y ver a todos, tan pequeños, desde allí arriba.

por Rodrigo Fresán
Radar Libros
Domingo, 8 de julio de 2012

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“Los académicos no entienden a Cheever” Blake Bailey dixit

-¿Los diarios de Cheever se pueden considerar como una de las grandes obras de la literatura estadounidense del siglo XX?
-Hay personas que dicen que son lo mejor que escribió. No estoy de acuerdo con eso, pero creo que es un documento asombroso, por una variedad de razones. Me parece asombroso que Cheever, aún cuando estaba escribiendo con su mano izquierda –y de esa manera entraba en calor por las mañanas para luego continuar con su escritura de prosa– pareciera escribir sin esfuerzo alguno.

-¿Y cómo es la persona que uno conoce a través de los diarios?
-Cheever fue un hombre sin amigos íntimos. Su persona pública es una fachada completamente construida. Es un tipo muy encantador y es muy popular entre sus vecinos en Westchester. Pero nadie sabía quién era. Y él no podía hablar con nadie. No podía hablar tampoco con su familia. No tenía amigos íntimos, salvo unos rusos que conoció en un viaje de una o dos semanas. Entonces lo mete todo en sus diarios. El lector puede ver unas cosas bien bizarras que suceden sobre la página. Un hombre cuyo ser está totalmente en conflicto con su imagen pública. Y en gran parte, no podía ser más misántropo y oscuro. Pero al mismo tiempo está luchando con eso. Es una dialéctica que tiene consigo mismo. Y en los diarios hay un laboratorio para sus ficciones. Continuamente sus diarios se van convirtiendo en textos de ficción.

[…]

-¿Ellos dirían que sus cuentos no tienen la sustancia como para merecer una tesis doctoral?
-Sí, pero ningún escritor de ficción que vale estaría de acuerdo con eso. Los escritores de ficción saben que Cheever es un genio superlativo. Los académicos suelen ser filisteos. No entienden a Cheever. Y las reputaciones son perpetuadas, principalmente, en las aulas.

 

[Leer entrevista completa a Blake Bailey en revista Ñ]

“La tormentosa vida secreta de John Cheever”

Empezaba 1964 y la vida de John Cheever, para variar un poco, iba de maravilla. Vivía junto a su familia en una sólida casa en Ossining, el pueblo a orillas del río Hudson que alguna vez consideró el paraíso. Su segunda novela, El escándalo de los Wapshot, recibía halagos de la crítica y se encaminaba a vender 50 mil copias. Consolidado entre los escritores más importantes de EEUU, la revista Time le dedicaría el artículo de portada de su edición de marzo. Cheever había soñado varias veces con un reconocimiento tan masivo como ese, pero todo se trizó cuando supo que un reportero había estado haciendo preguntas a sus amigos sobre su vida.

Salió ileso. El artículo de Time ni rozó su vida oculta. Ni siquiera decía que antes de mediodía empezaba a beber ginebra. Menos iba a mencionar que su matrimonio era prácticamente una fachada y que todos los días a Cheever lo atormentaban sus deseos homosexuales. Por supuesto, la revista tampoco decía que a los 52 años el autor de Falconer a diario se deprimía, estaba frustrado con su escritura y temía terminar “solo, deshonrado y olvidado por sus hijos”. Al contrario, el artículo de Time lo retrataba como todo ejemplo moral.

Reconocido en vida como de los cuentistas definitivos del siglo XX, Cheever sufrió silenciosamente casi toda su existencia. Recién pasados los 60 años, tras atravesar varios infiernos, pudo vivir en paz. El año pasado, el investigador Blake Bailey puso en contexto los claroscuros del autor de Bullet Park en Cheever. A life, una monumental biografía. Ganadora del National Book Award y finalista del Pulitzer, acaba de llegar a librerías chilenas y muestra, a ratos con una cantidad de detalles abrumadores, la profundidad de la amargura que arrinconó al “Chejov de los suburbios”.

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La Tercera
27 de noviembre, 2010
por Roberto Careaga


“La vida como problema”

No es que no fuera conocido, pero la proyección última de John Cheever en España le debe mucho al novelista argentino Rodrigo Fresán, que ha prologado y anotado en las reediciones de Emecé, publicadas a lo largo de la última década, todas sus novelas, una estupenda antología de los relatos –La geometría del amor (2002)- y el imprescindible volumen de susDiarios (2004), muchos de cuyos pasajes, incluidos los más escabrosos, resuenan en las páginas de esta nueva y voluminosa biografía, que merece el habitual calificativo de definitiva. Publicada el año pasado en los Estados Unidos y galardonada con el prestigioso National Book Critics Circle Award, la obra fue recibida por los incondicionales de Cheever con grandes y justificados elogios. Habría que dar la enhorabuena a los editores de Duomo por la rapidez con la que han preparado la versión castellana, aunque no tanto o no en absoluto por la pobre factura material del libro, tan desastrada como el jersey que luce el escritor en la cubierta.

“La vida como problema”
Ignacio F. Garmendia

Diario de Sevilla
26 de noviembre de 2010

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“Basically decent”

Basically Decent

A big biography of John Cheever

by John Updike

Fotografía de Nancy Crampton

Fotografía de Nancy Crampton

He was extraordinarily blessed by anyone’s standards . . . but he liked to say that all he had in life was an old dog. There was his despair. And then there was his inability to comprehend the despair and self-negation he inflicted on others.

Like Kafka and Kierkegaard, Cheever felt his own existence as a kind of mistake, a sin.

he had an affair with Lila Refregier, the wife of a friend. “[I] always hoped that something, the love of a beautiful woman, would cure my ailments. I thought that Lila would lead me away from my jumpy past,” he wrote in his journal in 1967. She, many years later, remembered him as “such a nice person, a basically decent person, with something in him that kept him from being completely decent.”

Cheever’s characters are adult, full of adult darkness, corruption, and confusion. They are desirous, conflicted, alone, adrift. They do not achieve the crystalline stoicism, the defiant willed courage, of Hemingway’s. Cheever was not a stoic; he was for most of his adult life a regular, indeed compulsive, communicant at Episcopal morning Mass. His errant protagonists move, in their fragile suburban simulacra of paradise, from one island of momentary happiness to the imperilled next.

“Cheever: A Life”  Blake Bailey (Knopf; $35);

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