John Cheever Schlepped Here

Anyone who thinks American suburbia is boring doesn’t know the Westchester County of John Cheever. She does not know the mysteries of Shady Hill, nor the sorrows of gin. He has not gone swimming with Neddy Merrill, nor taken the 5:48 home with Blake. For Cheever, the fusty manses north of New York City were full of wild fantasies and private joys. The lawns, the pools, the couples arguing over lukewarm bourbon, the small moments of middle-American grace: these belonged to Cheever, and he to them.

In 1964, Time magazine called Cheever “Ovid in Ossining,” because he saw what he called in one story “the pain and sweetness of life” as fully as the Roman poet had two millennia before him. Ovid, of course, spent the last decade of his exile from Rome in the desolation of Tomis (today, Romania). Cheever exiled himself, leaving Manhattan in 1951 for Westchester County and never returning. That journey into the manicured countryside beyond the Bronx would define his career more than his impoverished Massachusetts childhood or posh Sutton Place, where he lived while becoming famous for his New Yorker stories.

(…)

722johncheevercover

(…)

The house in Ossining was not Cheever’s first flirtation with suburbia. In 1951, John and Mary moved into a house on Beechwood, the vast Westchester estate of Frank A. Vanderlip. Cheever referred to this, derisively, as “the chicken house in Scarborough,” but it is here that he wrote the famous stories that would make up the celebrated 1959 collection The Housebreaker of Shady Hill and Other Stories.

(…)

728cheever-web-06

Leer artículo completo en Newsweek

By 
July 28, 2014
Newsweek (¡Mil gracias a George, por el envío de la revista!)

John Cheever’s House Is for Sale, and It’s a Bargain

24-houlihan-lawrence-197-decar-lane-1.w529.h352.2x

Photo: Houlihan Lawrence

In February 1961, John Cheever, the celebrated writer, moved into 197 Cedar Lane in Ossining, New York. The home was financed by Jerry Wald (a movie producer), Mary Cheever’s savings, and a mortgage. For the first couple of months, wrote Cheever’s biographer, he “found it difficult to take possession of his new home and to enjoy it.” But he eventually grew to love the place, particularly for its proximity to the woods and the Hudson. (In the early 1970s, he taught writing classes nearby, at Ossining Correctional Facility.)

The Cedar Lane home would be Cheever’s last: “[H]e could not bring himself to leave the rooms he had painted and the soil he had turned.” He died there on June 18, 1982. Now it can be yours.

[Leer artículo completo en New York Magazine]

New York Magazine
24 de junio, 2014
Elon Green

¡Gracias Jorge por la referencia!

 

 

Una casa, una copa, un tormento

-tjnbrd01-26-2014dailywestput1u00620140124imgd04cheever12inside-2

Cedar Lane, 197, en la ciudad de Ossining, a una hora de Manhattan, es la dirección de una casa llamada ‘Afterwhiles’, que ha aparecido en el escaparate de las inmobiliarias locales. Su última ocupante murió en primavera y los hijos del escritor la venden. No quieren vivir allí. Piden 525.000 dólares (390.000 euros) aunque advierten de que el edificio requiere reformas. La propiedad incluye 24.000 metros cuadrados de finca y, atención, unas cuantas cajas de recuerdos de los anteriores dueños, el señor Cheever y su mujer Mary. Libros, fotografías, recortes… Su hija Susan ya ha explicado que todo lo que ella y sus hermanos querían llevarse del lugar ya está lejos de Ossining.

[…]

Pobreza vieja e hidalga, eso sí. El primer Cheever que llegó a América se llamaba Ezekiel y se dedicó a dar clases de latín en 1681. Sus hijos y nietos se dedicaron al comercio y a la navegación, viajaron a China, no les fue del todo mal. Hasta que le llegó el turno al abuelo de John, Frederick Lincooln Cheever, que se arruinó en 1873 y murió como peor pudo en 1882. Su nieto estaba convencido de que se había suicidado pero en su acta de defunción aparecían las palabras “alcohol y opio. ‘Delirium tremens'”. La siguiente generación no pudo levantar el vuelo. El padre del escritor quiso vender zapatos y estuvo a punto de prosperar pero salió malherido de la crisis de 1928. Bebía mucho y era insondable. Y así, John Cheever nació (en 1912) y creció en Quincy, en Boston, en un buen barrio, en una casa que había sido noble pero que se había convertido en una pensión para que la familia pudiera sobrevivir. Una humillación y un modo de vida sórdido para John.

 

[Leer artículo completo en El Mundo]

Luis Alemany
El Mundo
30 de julio, 2014

¡Gracias Jorge por la referencia!

 

 

RIP Mary Cheever

CHEEVER-OBIT-superJumbo

Mary Cheever, a central figure in a family of prominent American writers whose most notable member was her husband, John, with whom she had a relationship as complex as those he wrote about in his prizewinning short stories and novels, died on Monday at the home they had shared in Ossining, N.Y. She was 95.

Her death was confirmed by her son Benjamin.

Long after her husband died in 1982, Mrs. Cheever continued to live in the rambling Dutch colonial on Cedar Lane that they bought in 1961. It was the family home of their three children, two of whom, Benjamin and Susan, grew up to become writers themselves. It was also at the center of the complicated suburban world that John Cheeverwrote about throughout their often tumultuous four-decade marriage.

They stayed married even as John Cheever became an alcoholic and had affairs with men and women — and often wrote about it all, sometimes indirectly in his fiction, sometimes directly in his journals and letters. In 1975, Mary Cheever drove him home from a treatment center on the day he stopped drinking permanently. In the last year of his life, she cared for him as he was dying of cancer.

“Sometimes they were intensely in love,” Benjamin Cheever said in an interview on Wednesday, “and sometimes they were not.”

William Yardley, The New York Times
Leer artículo completo en The New York Times

‘Cuentos / Contes’, John Cheever

cuentos-completos-9788490063958Los cuentos de Cheever son para leer y releer. Hay muchos temas en ellos pero de forma habitual nos cuentan de forma magistral las pequeñas miserias de las relaciones entre hermanos, entre vecinos, entre padres e hijos. En medio de una situación aparentemente cotidiana surge lo imprevisto, la tragedia vulgar, incluso el misterio incomprensible. No son de miedo pero en muchas ocasiones dan miedo o más bien producen una extraña inquietud, un temor que roza el absurdo. No es extraña ni recurrente la comparación con los cuentos de Chejov ni tampoco resultaría improcedente evocar en alguna ocasión a Kafka, leyendo esas narraciones.

Hay quién relaciona su literatura con el sueño americano, un tópico recurrente. Es como si insistiésemos en que Chejov refleja la decadencia pre-revolucionaria. Sí, también, pero es mucho más que eso. La gente humilde que aparece por esas narraciones padece del mismo mal que los ricos bien intencionados, falta de empatía real, imposibilidad para hacer evidente una realidad mezquina y reaccionar contra ella buscando algo más. No están nada lejos de todos nosotros y aunque no tengamos casita con piscina y césped sino un pisito barato con un par de habitaciones en un barrio modesto nos reconocemos y reconocemos a parientes y conocidos. Hay un grado de humanidad absolutamente universal para lo bueno, para lo malo y para lo mediocre.

[Leer artículo completo en Llegir en cas d’incendi]

Llegir en cas d’incendi
Júlia Costa

Mad Men: cómo John Cheever lo vio –y vivió- todo

mad-men-626x367

La prosa realista de John Cheever describe con exactitud la sociedad que habitó, logrando hacernos sentir que todo está ocurriendo ahora, en frente a nuestros ojos. Pero más allá de su magnífica representación de los espacios físicos, es en los psicológicos con los que logra conmover, mostrando un profundo conocimiento de los individuos, desnudándolos siempre, y salvándolos, a veces. Quizá por eso, por la fuerza y brutalidad del “universo Cheever” es que los creadores de Mad Men, se inspiraron en él para levantar su propia trama. Tanto así, que  los Draper viven en Ossining, una localidad afuera de Nueva York, donde el escritor vivió los últimos 20 años de su vida y escenario de muchos de sus cuentos.

Blake Bailey, biógrafo y autor de Cheever: A life, señaló que el tema principal del la literatura de Cheever es que en medio de la felicidad y obligatoria prosperidad de los suburbios norteamericanos de los años 50 y 60, hay, en realidad, desesperación y angustia.  O lo que es lo mismo: las cosas no son lo que parecen. Así, Don Draper enMad Men se sitúa en un puente a punto de caerse, ese que une la alegría aparente de la vida y la desesperación que existe debajo de la ilusión.

Ante el desasosiego, la mentira y la tristeza, se levanta la ficción, para Cheever, la única vía de redención. Él opinaba que en el mundo había una fealdad inevitable y la belleza había que buscarla en la literatura o en un vaso de whisky.  O en la series de televisión, ¿no?

[Leer artículo completo en Revista Terminal]

Revista Terminal
por Viviana Moya
18 de junio, 2013

Vida y obra: John Chever

Cuando murió Cheever —el 18 de junio de 1982, a los 70 años— era uno de los autores más prestigiosos y famosos de su país. Sus cuentos reunidos, publicados en 1978, fueron best seller y ganaron el Pulitzer. Escribiendo en el New York Times, el crítico John Leonard dijo que el volumen constituía “una gran ocasión para la literatura en inglés.” Había sido alabado como el “Chejov americano” y el “Ovidio de Ossining” (el arquetípico suburbio de clase media-alta donde vivió desde 1961). Hoy, aunque es considerado una pieza fundamental en la historia del cuento en los Estados Unidos, su literatura no es enseñada en las universidades y no se renuevan sus lectores. Hoy, ningún lector joven robaría sus volúmenes de una librería, como lo hacen con Burroughs, Bukowski y Kerouac (autores más jóvenes que Cheever pero que publicaron sus grandes obras en paralelo con Cheever). Hoy, Cheever es un autor menor.

¿A qué se debe este eclipse?

En parte se debe a la misteriosa fuerza que designa las reputaciones y las modas literarias. Pero hay otros dos elementos para tomar en consideración.

Por un lado, por mas ingeniosos y líricos que sean los cuentos de Cheever, describen un mundo al cual nadie quisiera volver: de matrimonios infelices y familias donde los hijos son un estorbo; de hombres clasistas y misóginos que toman desenfrenadamente para no enfrentarse con sus fracasos personales; de pequeños pueblos sofocantes donde los rituales comunales son obligatorios, pero vacíos de sentido o alegría.

Por otro lado la vida de Cheever fue un fracaso moral: llena de envida, resentimiento y frustración. No tenía amigos. Toda su vida era falsa. Hizo sufrir a las personas más cercanas a él. Era misántropo y narcisista. Su literatura, al fin, era un acto de evasión y una glorificación de la mentira. Sus personajes, al fin, son como el hijo de Saturno siendo devorado por su padre en el famoso cuadro de Goya.

Leer artículo completo

Ñ. Revista de Cultura
por Andrés Hax
Viernes 22 de marzo de 2013

“Seis estilos en busca de un autor” por Andrés Neuman

Andrés Neuman observa relaciones y diferencias en algunos de los mejores cuentistas norteamericanos del siglo XX: Raymond Carver, John Cheever, Flannery O’Connor, Lorrie Moore, David Foster Wallace y Robert Coover.

Si Carver se relaciona con (sin agotarse en) el realismo sucio, los cuentos de Cheever son de un romanticismo sucio. Hay en ellos cierta religiosidad renqueante, un turbio fondo utópico. Conmueve su búsqueda de la redención a través de la idea lírica, su mezcla de inadaptación y beatitud suburbial. Cheever parecía encontrar más inspiración que limitaciones en la moral religiosa. Sirva como ejemplo su erotismo delicado, de pudorosa reverencia (que se debía también al pacato imperativo del New Yorker). En ocasiones, sin embargo, la pulsión redentora roza el púlpito y afecta al texto. “Una visión del mundo” estaría entre sus mejores cuentos de no ser por la moraleja directa, casi evangelizadora, del pasaje final: “¡Calor! ¡Amor! ¡Virtud! ¡Compasión! ¡Esplendor! ¡Bondad!”… La enfática enumeración irradia menos esos valores que la prosa maestra que la precede.

por Andrés Neuman
18/01/2013

Leer artículo completo en Revista Ñ Clarín

Los “peores” relatos de John Cheever ya anunciaban el infierno de la crisis

“Este libro recopila 13 especímenes de lo que se conoce, como `relatos de aprendizaje´. Lo que no significa que sean relatos de aprendizajes comunes, porque quien los firma es un aprendiz de John Cheever”, escribe en el prólogo Rodrigo Fresán.

Sin embargo, emerge de la veta un diamante en bruto que ciega con su brillo. Es Autobiografía de un viajante, un cuento oportuno para los tiempos que corren.

Autobiografía de un viajante narra el ascenso del hijo de una viuda, de familia pobre, que abandona la escuela, trabaja de botones y conserje, hasta que consigue un empleo en una fábrica de zapatos.

Cuando logra convertirse en viajante de comercio, vendiendo género por todos los Estados Unidos, logra una carrera meteórica como comercial (“la mitad del tiempo tenía más dinero del que podía gastar”). Poco a poco, Cheever nos lleva de la mano en esta biografía de éxito hasta que llega el crash del 29 y todo se trunca:

“Después, traté de encontrar otra empresa de zapatos, pero no pude encontrar ninguna. (…) Todas estaban cerrando. (…) Cuando cumplí 62 años no tenía trabajo. Mi póliza de seguros venció. (…) Mis amigos están muertos. (…) Hemos sido olvidados como viejas guías telefónicas”, culmina Cheever.

Hoy, la relectura de este cuento cobra mucho más sentido si lo trasladamos a la realidad de EspañaItalia o Grecia. Cheever se adelantó a su tiempo, o tal vez, lo que trataba de decirnos es que todo se repite.

 

[Leer artículo completo en noticias.lainformacion.com]

David González | aviondepapel.tv

jueves, 15/11/12

 

Noticias sobre “Cuentos” y “Falconer”

RBA publica ‘Cuentos’ y ‘Falconer’, la última gran novela de John Cheever,

RBA publica ‘Cuentos’ y ‘Falconer’, la última gran novela de John Cheever, uno de los grandes clásicos de la literatura norteamericana del siglo XX considerado por Philio Roth “un realista con magia”.

Autor imprescindible para comprender las inquietudes, los deseos y los miedos de toda una clase social, John Cheever es considerado hoy un clásico incontestable de las letras estadounidenses, especialmente gracias a sus relatos breves, que lo sitúan entre los mejores escritores modernos del género.

Estos cuentos, ambientados sobre todo en urbanizaciones situadas en el extrarradio de las grandes urbes, aunque también en otros lugares como la ciudad de Nueva York o Italia, constituyen retratos sociológicos de una clase media norteamericana que disfruta de lujos materiales pero que paradójicamente se ve acosada por una inefable sensación de vacío y soledad.

Nota de EFE reproducida en varios medios [leer artículo en La Información]
viernes, 09 de noviembre de 2012, 12:08
MADRID, 9 (EUROPA PRESS)
………………………………………………………..

Cuentos imprescindibles: Tomeo y Cheever

Días de alegría para quienes nos interesa el relato corto, porque Páginas de Espuma edita los Cuentos completos de Javier Tomeo y RBA, un tomo similar, aunque no sean completos, de John Cheever.

[…]

John Cheever, genio y figura del siglo XX estadounidense, vuelve a brillar cada vez que un lector lo descubre o lo redescubre, con obras maestras de la narrativa como en “Adiós hermano mío”, La geometría del amor”, “El nadador” o la extraordinaria nouvelle “El marido rural”. El escritor que para muchos, mejor supo retratar a la clase media y baja de los Estados Unidos, es ante todo una voz que habla detrás de las miserias y los lamentos de unos personajes completamente realistas, iluminador imprescindible de la psicología de los miedos y las incertidumbres de la gente común, un espejo del vacío existencial detrás de tantos y tantos escenarios pretendidamente multicolores de una sociedad decadente.

[Leer artículo completo en blogs.periodistadigital.com]

 

Publicados en un volumen todos los cuentos del estadounidense John Cheever

Barcelona, 8 nov (EFE).- La editorial RBA ha publicado en un solo volumen todos los cuentos del narrador estadounidense John Cheever, además de su última gran novela, “Falconer”. Autor imprescindible para comprender las inquietudes, los deseos y los miedos de la clase media estadounidense, Cheever está considerado hoy un clásico de las letras norteamericanas, especialmente por sus relatos breves. Estos cuentos, ambientados sobre todo en urbanizaciones situadas en el extrarradio de las grandes urbes, aunque también en otros lugares como la ciudad de Nueva York o Italia, son retratos sociológicos de una clase media norteamericana que disfruta de lujos materiales pero que paradójicamente se ve acosada por una inefable sensación de vacío y soledad. Uno de los cuentos incluidos en el volumen es “El nadador”, la simbólica y desconcertante travesía acuática de Neddy Merrill por las piscinas de sus vecinos en el tránsito del verano al otoño, considerado por muchos el mejor relato americano de la segunda mitad del siglo XX y que fue motivo de una adaptación cinematográfica dirigida por Frank Perry en 1968, con Burt Lancaster al frente del reparto.

Leer artículo completo en El Confidencial.com

El Confidencial citando a EFE
8/11/2012

——————–

2 cosas:

– No son “todos los cuentos”. Ni por asomo, vamos…

– “Falconer” está publicada por RBA también, sí. Pero en un volumen aparte.

Conversación con Benjamin Cheever – Artículo de Rosa Burillo

La idea de ser convencional o no serlo también la recrea Benjamin Cheever que define a su padre como un hombre nada convencional, que paradójicamente elige vivir tradicionalmente. Cito textualmente: “I don´t know why such an unconventional man lived such a conventional life, but he meant to. And, yes, I think it had to do with his love for his wife.” Yo creo que ahí había necesidad de pertenecer al mundo, tener un estatus, una vida social que, por supuesto, una vez conseguida, le inquietaba y le hacía sentirse ajeno y diferente.

 

 

“If you explain everything perfectly then you´ve lost something, and what you´ve lost is what matters.” 

Leer artículo completo en el blog El lector perdido
Rosa Burillo
6 de abril, 2009

“La vida secreta de los diarios” por Blake Bailey

“La ficción es arte y el arte es el triunfo de sobre el caos (nada menos)”, escribió John Cheever en su cuento “La muerte de Justina”. El arte de la biografía lucha con el mismo dilema y sin embargo las cuestiones de la vida tienden a permanecer tercamente caóticas. El gran desafío es imponer orden, orden y más orden: encontrar los temas más salientes (“la carne desea en contra del espíritu” era uno de los más importantes en la vida de Cheever) y sus hilos narrativos concomitantes, y así reconciliar la paradoja de una naturaleza exquisitamente complicada. Cuanto más sabe el biógrafo, mejor, porque, por supuesto, saberlo todo es perdonarlo todo y el objetivo –o mi objetivo, en todo caso– es intentar ser compasivo.

La ficción de Cheever fue el refinamiento de una vida muy complicada, cuyos materiales crudos pueden encontrarse en sus Diarios –quizás el más exhaustivo registro de la vida interna de un escritor norteamericano de primer nivel, y un artefacto muy caótico en sí mismo–. Me sumergí en este desorden y me propuse limpiarlo de la misma manera que Wall-E recorre un planeta devastado y contaminado, de la misma manera que Sísifo empuja su roca –porque, como biógrafo, es lo que uno hace–. El trabajo penoso y mecánico tuvo un resultado feliz: fusionó mi mente mucho más con mi conflictuado sujeto, y me llevó a un sorprendente grado de empatía.

“Leí el diario del año pasado con la idea de donarlo a la biblioteca”, escribió Cheever en 1978, sintiendo el periódico tironeo de la posteridad. “Estoy impactado por la frecuencia con que me refiero a mi miembro.” Esto es cierto. Quizá por un impulso masoquista y paradójicamente puritano (infundido por sus orgullosos padres yanquis en Quincy, Massachusetts), Cheever se preocupó por anotar sus más sórdidos encuentros sexuales (incluidas sus experiencias solitarias), su lucha diaria con el alcoholismo, y sus generalmente sarcásticas observaciones sobre sus amigos, colegas y, especialmente, su familia. (“Mi esposa es retratada de una manera muy negativa en los diarios y yo aparezco sin culpa, y esto no puede ser la verdad”, reflexionaba al final de su vida). Hay muchos momentos sublimes también y, no hace falta decirlo, todo el diario tiene una escritura bellísima. En cualquier caso, Cheever finalmente superó sus dudas sobre preservar esta parte crucial de su obra en una biblioteca y estuvo incluso “casi dichoso”, según su hijo Ben, ante la perspectiva de una publicación póstuma.

 Blake Bailey
Radar Libros
Domingo, 8 de julio de 2012

Blake Bailey: “Cheever tuvo que esconderse toda la vida”

A 30 años de la muerte de John Cheever, su biógrafo explica cómo traspasó sus frustraciones a su obra y dice que habría “amado” la serie Mad Men.

A fines de los 70, John Cheever rozaba la gloria. Falconer, la novela que publicó tras dejar el alcohol, era un éxito de ventas, que sólo sería superado por una compilación de sus cuentos: Relatos estuvo más de seis meses entre los libros más vendidos de EE.UU. Al morir, en 1982, Cheever se fue logrando esa rara combinación: no sólo tenía el respeto de sus colegas, también el público agotaba sus libros. Treinta años después, nadie duda de su lugar en el canon de la literatura norteamericana, pero sus lectores se han reducido. Pareciera que los millones de seguidores de la serie Mad men del mundo no se han enterado que sin Cheever no habría existido jamás Don Draper, ese publicista de doble vida que resume la silenciosa desesperación que asfixiaba a los suburbios americanos de inicios de los 60.

“¿Dónde se fueron sus lectores?”, se pregunta Blake Bailey, autor de la biografía Cheever: una vida y, según confiesa, un adicto a Mad men. “Sinceramente yo esperaba un revival de Cheever con la serie. Matthew Weiner, su creador, dice una y otra vez que es su influencia. Sus libros merecen muchos más lectores. Como yo lo veo, Cheever es el gran cuentista de nuestra era”, dice al teléfono a La Tercera.

Quizás es cierto: llamado tantas veces el Chejov de los suburbios, Cheever (1912-1982) hizo de las ansiedades norteamericanas de posguerra un asunto universal, al adherirles un destino de inevitable tristeza. Los sueños rotos pueblan su obra, aunque Cheever logra que la desesperanza tome formas luminosas. Lo verdaderamente amargo lo mantenía oculto: una década después de su muerte se publicaron sus Diarios (1991), revelando la tragedia privada de Cheever, un alcohólico bisexual reprimido.

 

[Leer artículo completo]

 

 Diario La Tercera
por Roberto Coreaga C.
 

Hopper y Cheever, 2 melancólicos…

Edward Hopper (1882-1967) és i serà un dels pintors més importants del segle passat. Quadres com «Nighthawks» o «Hotel Room» són icones de l’art contemporani que han decorat portades de llibres i de discs i de tot tipus d’objectes i han influït escriptors com Raymond Carver, John Cheever, músics com Tom Waits o sèries televisives com la premiada Mad Men. A casa nostra l’escriptor Jordi Coca en va fer una glossa molt personal en el seu llibre Paisatges de Hopper, impressionat pel misteri de les seves cases solitàries i mirant d’esbrinar la seva relació amb la cultura nordamericana. Ara el Museu Thyssen-Bornemisza presenta la primera retrospectiva de l’artista que s’ha pogut veure a la península. Tal com mana una retrosprectiva, l’exposició avança des de l’època d’aprenentatge fins a la consolidació del seu llengutage més personal. El jove Hopper va estudiar a França atret sobretot per la força dels impressionistes, com ara Félix Valotton o Degas i d’aquesta època en daten retrats de personatges de la faràndula i paisatges del Senna. Dels impressionistes, Hopper n’agafa el concepte de composició, més que la depuració de la tècnica. Durant tota la seva vida es va dir d’ell que era un mal pintor. I potser és cert, perquè el que interessava a Hopper era el misteri que podia sorgir de les seves escenes, més que no pas la depuració formal. És per això que la seva obra, no absent de certa abstracció o surrealisme, ens presenta des d’una edat ben jove, temes com cases abandonades, vies de trens als afores de pobles i personatges solitaris al mig de la ciutat.

Andreu Grau
NÚVOL, el digital de la cultura
Madrid, 8 de julio 2012

[Leer artículo completo]

Rodrigo Fresán sobre la biografía de Blake Bailey “Parecía un paraíso”

John Cheever es un escritor fundamental para entender buena parte de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX: él es quien crea el suburbio como terreno literario, explora las crecientes tensiones entre (homo)sexualidad y puritanismo, y describe los infiernos subterráneos que caldeaban los cuerpos y las almas de ese aparente paraíso norteamericano de posguerra. Blake Bailey –que ya había escrito una biografía de ese otro retratista etílico y suburbano que fue Richard Yates– emprendió la compleja tarea de investigar, entrevistar y revisar más de 4300 páginas de diarios desordenados, para contar y entender esa vida repleta de secretos, mitologías, dobles fondos, culpa, whisky, belleza y literatura.

Una entrada en sus formidables journals y su relato más famoso bastan para destilar la novela de la vida de John Cheever (1912-1982). La anotación es de 1949: “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio”. El cuento “El nadador” (1963) nos habla del hermoso perdedor Neddy Merrill, empeñado en la fundación de un río privado enhebrando las piscinas de casas de un barrio residencial para, con épica y epifanía, intentar ocultar las fuentes de una realidad en la que no nada, pero sí se ahoga.

Confesión e invención son remontadas por Blake Bailey (1963) asumiendo el reto de narrar a uno de los mejores narradores del siglo XX y su larga sombra, que planea hoy sobre la tan alabada Freedom, de Jonathan Franzen, o la galardonada serie de televisión Mad Men.

Ya existían materiales para armar el modelo de John Cheever. Una sentida e implacable memoir de su hija, dos volúmenes de cartas y los ya mencionados Diarios presentaban la complicada saga de un ser complejo. Una primera biografía de Scott Donaldson –John Cheever: A Biography (1988)– no estaba mal, pero fue boicoteada por la familia Cheever, que no facilitó papeles privados. Ahora, queda claro que aquélla era una situation-comedy doméstica con risas grabadas comparada con lo que aquí ruge y susurra.

Así, el orgullo de un genio autodidacta; las agonías de un hombre que amaba, pero no podía soportar a los suyos (en especial, a su idolatrado hermano y, parece, primer amante); las poses de patricio falso y de nudista en festejos ajenos; la compulsión trepadora del adolescente provinciano y sin estudios a la conquista de Nueva York (Troppo editó Fall River, textos primerizos); la mudanza a las afueras (escenario definido por los críticos como Cheever Country); las miserias del esposo volátil y del padre feroz; las culpas del bisexual rampante y del alcohólico de mediodía; la cobardía del fugitivo inmóvil; el resentimiento y la envidia hacia sus colegas; y los pesares del cuentista profesional prisionero en la jaula dorada de The New Yorker y del novelista premiado, pero “imperfecto”, hasta ascender –justo antes de un cáncer fulminante– al trampolín más alto y ver a todos, tan pequeños, desde allí arriba.

por Rodrigo Fresán
Radar Libros
Domingo, 8 de julio de 2012

Leer artículo completo en Página12

“Los académicos no entienden a Cheever” Blake Bailey dixit

-¿Los diarios de Cheever se pueden considerar como una de las grandes obras de la literatura estadounidense del siglo XX?
-Hay personas que dicen que son lo mejor que escribió. No estoy de acuerdo con eso, pero creo que es un documento asombroso, por una variedad de razones. Me parece asombroso que Cheever, aún cuando estaba escribiendo con su mano izquierda –y de esa manera entraba en calor por las mañanas para luego continuar con su escritura de prosa– pareciera escribir sin esfuerzo alguno.

-¿Y cómo es la persona que uno conoce a través de los diarios?
-Cheever fue un hombre sin amigos íntimos. Su persona pública es una fachada completamente construida. Es un tipo muy encantador y es muy popular entre sus vecinos en Westchester. Pero nadie sabía quién era. Y él no podía hablar con nadie. No podía hablar tampoco con su familia. No tenía amigos íntimos, salvo unos rusos que conoció en un viaje de una o dos semanas. Entonces lo mete todo en sus diarios. El lector puede ver unas cosas bien bizarras que suceden sobre la página. Un hombre cuyo ser está totalmente en conflicto con su imagen pública. Y en gran parte, no podía ser más misántropo y oscuro. Pero al mismo tiempo está luchando con eso. Es una dialéctica que tiene consigo mismo. Y en los diarios hay un laboratorio para sus ficciones. Continuamente sus diarios se van convirtiendo en textos de ficción.

[…]

-¿Ellos dirían que sus cuentos no tienen la sustancia como para merecer una tesis doctoral?
-Sí, pero ningún escritor de ficción que vale estaría de acuerdo con eso. Los escritores de ficción saben que Cheever es un genio superlativo. Los académicos suelen ser filisteos. No entienden a Cheever. Y las reputaciones son perpetuadas, principalmente, en las aulas.

 

[Leer entrevista completa a Blake Bailey en revista Ñ]

John Cheever. Un relato corto ejemplar: Clancy en la torre de Babel

En Clancy en la torre de Babel John Cheever presenta a James Clancy, un emigrante irlandés llegado a América veinte años atrás, a quien muchas de las piezas que conforman el puzle de su nueva vida como ascensorista, no le encajan bien. Como luego ocurrirá a menudo en los personajes de Raymond Carver (el mejor epígono de Cheever), Clancy se mueve en un ambiente de escasez material. Tras perder su puesto en la fábrica donde trabajaba, ha de ganarse el sustento con un empleo de ascensorista. Cheever se vale de una prosa enjuta, libre de ornamentos, limpia, para permitir al lector mirar por encima de la espalda de Clancy, como si este fuera un pirata y nosotros el papagayo que observa sus movimientos desde su hombro. No obstante, pronto podemos establecer que este hombre sencillo no tiene nada de pirata y sí unas ideas fijas sobre qué es correcto y qué no.
Leer reseña completa en el blog La lengua salvada – Die gerettete Zunge
por Mikel Aboitiz desde Berlín

El escritor corriente (John Cheever y otros)

Cheever disponía de una habitación sin ninguna comodidad en el sótano del edificio donde residía y todas las mañanas se vestía con traje y corbata para bajar a escribir allí cumpliendo un horario completo de oficina. O sea, no es que quisiera singularizarse del resto de los mortales con ropas de artista, como estamos acostumbrados a ver, sino que se esforzaba por ser como todos. Nos lo podemos imaginar en el ascensor junto con otros vecinos que sí iban a oficinas de verdad, pero mientras los otros se quedaban en la planta cero él seguía descendiendo a lo más profundo de aquellas vidas de clase media en que encontraba motivo de inspiración. Es como si nos dijera: no se puede escapar, pero podemos abrir los ojos. Le atraían las zonas residenciales o ciudades dormitorio a las afueras de la ciudad, en que el tipo de sociedad sin emoción que en el fondo criticaba todavía se acentuaba más. Respiraba inmerso en lo que contaba. Decía, por ejemplo, que “un cuento o un relato es aquello que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras esperas que te saquen una muela”.

Clara Sánchez
Cuarto Poder
26 de marzo, 2012

[Leer reseña completa en Cuarto Poder]

Falconer: John Cheever y la pérdida de la humanidad

Allá por 1912 en Quincy, Massachusets, nace John Cheever. Autor de relatos y novelas que encierran personajes simbolicos en situaciones reales. Poco aplicado en los estudios, es expulsado de la escuela por fumar (situacion que acaba con sus estudios). Junto con el alcoholismo y la depresion, son los tres puntos que marcan su vida y sus relatos. No hay hogar, ni seguridad o permanencia en este mundo (Cheever) “La entrada principal de Falconer – la unica para los presos, los visitantes y el personal- estaba coronada por un escudo que representaba a la Libertad, la Justicia y entre las dos, el poder soberano del gobierno. La Libertad llevaba un gorro frigio y empuñaba una pica. El gobierno era el águila federal, con una rama de olivo y armada con las flechas. La Justicia era convecional: ciega, vagamente erótica con sus prendas ajustadas y empuñando la espada de un caudillo”.
Rodry Vega

John Cheever: un neoyorquino de todas partes

Ilustración de Gabriela Podestá

Cheever es uno de los más reconocidos cuentistas estadunidenses. Varios relatos suyos, como “El nadador”, fueron llevados a la pantalla. Las relaciones malogradas, el alcoholismo, las tensiones de la vida doméstica son temas recurrentes en su obra, en la que priva una visión harto acerba de la vida. “Reunión”, el relato que presentamos enseguida, bien puede representar un ejemplo típico de su literatura. En el prefacio al volumen de sus cuentos reunidos el autor confiesa: “Calvino no tuvo ningún sitio en mi formación religiosa, pero su presencia parece morar en los graneros de mi niñez y haberme heredado una inmoderada amargura.” 

Como todos los cuentistas notables de su país, Cheever reconocía la preeminencia de Chéjov en el género. En un viaje que hizo a Yalta, durante la Guerra fría, visitó la casa en que el cuentista ruso vivió sus últimos años. Esa experiencia y su impresión del genio de Chéjov son narradas en un texto que tituló “La melancolía de la distancia.”   

[Leer artículo completo]

La Jornada Semanal
Leandro Arellano
Domingo 20 de mayo, 2012

sobre “Falconer” de John Cheever

Falconer es una obra sobre el deseo de libertad que hay en todos los seres humanos y a veces parece un cuento, una alegoría con reminiscencias casi míticas. A veces me gustaría que Cheever me contara más sobre la relación del protagonista con su hermano, qué le llevó exactamente a asesinarlo, pero, para bien o para mal, esto a Cheever no le interesa. Y es que ‘Falconer’ es también una novela sobre el deseo de amor, de felicidad, de otra vida posible más allá de la mediocridad y la rutina que nos rodea. Creo que cada vez tengo más claro que Cheever es y no es a la vez, pero, sea como sea, siempre es magnífico.

Publicado por Núria. 30 de marzo, 2012 en Bugs eat Books
[Leer reseña completa en el blog Bugs eat Books]

John Cheever, el Chéjov norteamericano

Miseria, infelicidad, depresión, fobias. Eso reflejan los personajes de la clase media ascendiente neoyorkina que durante seis décadas plasmó en su obra John Cheever (1912-1982), considerado el Antón Chéjov de Nueva York por su capacidad de reflejar la realidad de las personas en la época en que vivió. En el marco de la XXXIII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, el ensayista Federico Campbell dirigió la conferencia “El Ángel del Puente. A Cien Años del Nacimiento de John Cheever”, en memoria del autor americano.

Aunque John Cheever nació hace cien años —en Quincy, Massachusetts—, su esencia se considera totalmente neoyorkina. El escritor de una centena de cuentos, considerados por Campbell como “magistrales” y “memorables”, hace en su obra una radiografía del mundo de los seres infelices con buen nivel económico que viven en la Gran Manzana, ciudad que es el corazón cultural, empresarial y migratorio de Estados Unidos desde inicios del siglo XX.

Por Katia Rodríguez

[Leer artículo completo en Revista Milmesetas]

Austral publicará a John Cheever

En los últimos años, los responsables de Austral han ‘reforzado’ la nómina de autores contemporáneos para atraer a nuevos lectores.

Así, se van a publicar obras de Kenzaburo Oé, Yasunari Kawabata, John Cheever (este año se conmemora el centenario de su nacimiento), Noam Chomsky, Paul Bowles, Andrés Trapiello o Pere Gimferrer, entre otros.

La idea es incrementar el fondo de Austral con los autores ‘más influyentes del siglo XX’, y para ello cuentan con el catálogo de los diferentes sellos de Planeta, entre los cuales hay algunos ‘tan literarios’ como Destino o Seix Barral.

[Leer noticia completa]

John Updike sobre John Cheever

Y sobre John Cheever, Updike escribe: “La alegría del mundo físico, tan a menudo exaltada en su ficción, y el triunfo de su ascenso desde su llegada a Nueva York como joven emigrante pobre hasta acabar convertido en estrella literaria le proporcionaban, al parecer, comodidad más que suficiente”. También los personajes de Cheever, señala, están “llenos de deseos, contradicciones, van solos sin rumbo”, incapaces de “conseguir el estoicismo cristalino, el valor desafiante y voluntarista de Hemingway”.

Higher Gossip. John Updike
Edición de Cristopher Carduff
Alfred A. Knoff,  Nueva York. 2011

[Leer artículo completo en elcultural.es]

Tertulia sobre “El Nadador” en LITER-a-TULIA

Última cuestión suscitada en la tertulia sobre El nadador, de John Cheever

¿Cuál es la diferencia entre cordura y locura? Estamos dando por hecho que los que le están diciendo cómo tiene que comportarse Neddy, son los cuerdos. Y quizá no lo sean. ¿Realmente este hombre está desarrollando una locura o se la estamos haciendo ver?Lo que se dio por sentado en la tertulia es que en Neddy hay algo de una locura generalizada. Nadie podría levantar la mano diciendo que está a salvo de la locura y nombrar al otro como loco. Todo ser puede caer en ella.

Es por ello que en el comienzo de la tertulia se cuestionaba la misma realidad, porque, efectivamente, ¿cuál es la realidad en la que uno puede asegurar que está la cordura y en otra realidad la locura. Es difícil establecerlo. Graciela Kasanetz hablaba de construir algún tipo de río navegable. De alguna forma, todos estamos compelidos a construir algo en lo que podamos estar más o menos asentados. Quizá, la sutil diferencia entre locura y cordura se pueda establecer por cierta distancia que uno pueda tomar respecto a esa ruina a la que llega el protagonista. Es lo que puede hacer decir a alguien que el piso sobre el que se sostiene es más consistente que otro, pero, a fin de cuenta, todos estamos marcados por lo mismo. Cualquier realidad no hace sino ceñir un abismo al que todos estamos expuestos. Por lo tanto, como decíamos poco más arriba, quizá la distancia que podamos establecer con ese abismo sea lo que nos permita decir, ni siquiera “Yo soy cuerdo”, sino tan sólo “yo estoy cuerdo”. Pero tampoco con la boca muy grande.

“Promesa y frustración en las ciudades de John Cheever” por María Rosa Burillo

[descargar .pdf]

“Promesa y frustración en las ciudades de John Cheever”

María Rosa Burillo Gadea Universidad Complutense de Madrid

Revista de Estudios Norteamericanos, nº 4 (1996) pp. 65 -71

Ginebra y cloro


No hay mar en este relato de John Cheever (1912-1982). Hay piscinas: piscinas como metas volantes, piscinas con apellidos -las de los Graham, los Hammer, los Howland, los Biswanger, los Gilmartin-, piscinas de todas clases. Y las hay privadas, la mayoría, y una pública con el agua oleaginosa apestando a crema bronceadora y que le recuerda un fregadero, e incluso alguna vacía y seca como un cráter. Muchas piscinas agujereando la tierra de un condado entero, cuentas líquidas de un rosario que el protagonista engarza una tras otra porque lo ha decidido así, en medio de una reunión, sin ningún motivo aparente, sin el reto de una apuesta, sin atender a una causa ni a un plan, simplemente abandonando la copa de ginebra la mañana de un domingo que recuerda haber empezado, atraído por el olor a café, deslizándose alegremente por el pasamanos de la escalera de su chalé. Neddy Merrill, un tipo feliz. Afortunado, desde luego.

[Leer artículo completo en diariodesevilla.es]

Manuel Barea

diariodesevilla.es

viernes, 16 de septiembre de 2011

¿Qué leyó Chuck esta primavera?

Me voy a leer la novela ‘El diablo todo el tiempo’, de Donald Ray Pollock. Es que me encantó su primera colección de historias Knockemstiff. Si vuelvo a releer algo será posiblemente ‘Millas desde ninguna parte’, de Nami Mun. En verano, en general, soy adicto a los cuentos. ¿Quién puede concentrarse durante más de cuarenta y cinco minutos? Ahora que soy una persona de mediana edad, por fin entiendo las historias de John Cheever, y esta primavera me las he leído todas.

Chuck Palahniuk

Washington (EE UU, 1962). Su última novela es ‘Pigmeo’ (Mondadori)

Leer artículo completo en El País

“La familia Wapshot” de John Cheever

El propio Cheever nunca estuvo contento con ‘El escándalo de los Wapshot’. Pensó en quemar el manuscrito. Luego lo llevó a su editor pero antes de entrar en el edificio lo arrojó a la basura. Se lo volvió a repensar, lo sacó de la basura y se fue al cine. Miró la peli con el manuscrito encima de las rodillas y, cuando se terminó la sesión, entró en el despacho del editor cuando éste no estaba, dejó el manuscrito encima de su mesa y se las piró sin decir nada. Una escena realmente muy cheeveriana. Ya lo he insinuado, me parece una novela floja, básicamente porque me parece una novela desordenada y anárquica, con infinidad de cabos sueltos. Pero aún así, Cheever siempre es Cheever y, de vez en cuando, nos regala un párrafo de esos suyos tan perfectos; perfecto porque ha aplicado sus dotes de observación y nos deja ver bajo una luz nueva algo que es perfectamente reconocible para nosotros, y encima con un sentido del humor mordaz, crítico y juguetón.

 

Leer artículo completo en el blog Bugs eat Books