Conversación con Benjamin Cheever – Artículo de Rosa Burillo

La idea de ser convencional o no serlo también la recrea Benjamin Cheever que define a su padre como un hombre nada convencional, que paradójicamente elige vivir tradicionalmente. Cito textualmente: “I don´t know why such an unconventional man lived such a conventional life, but he meant to. And, yes, I think it had to do with his love for his wife.” Yo creo que ahí había necesidad de pertenecer al mundo, tener un estatus, una vida social que, por supuesto, una vez conseguida, le inquietaba y le hacía sentirse ajeno y diferente.

 

 

“If you explain everything perfectly then you´ve lost something, and what you´ve lost is what matters.” 

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Rosa Burillo
6 de abril, 2009

¿Será verdad? “Cuentos completos” de John Cheever

Minientrada

¿Qué RBA publicará los “Cuentos completos” de John Cheever? Y que son los “completos” de verdad. Sería una grandísima noticia. Me come la impaciencia por verlo…

Unos pocos detalles más en el blog Estandarte

“La vida secreta de los diarios” por Blake Bailey

“La ficción es arte y el arte es el triunfo de sobre el caos (nada menos)”, escribió John Cheever en su cuento “La muerte de Justina”. El arte de la biografía lucha con el mismo dilema y sin embargo las cuestiones de la vida tienden a permanecer tercamente caóticas. El gran desafío es imponer orden, orden y más orden: encontrar los temas más salientes (“la carne desea en contra del espíritu” era uno de los más importantes en la vida de Cheever) y sus hilos narrativos concomitantes, y así reconciliar la paradoja de una naturaleza exquisitamente complicada. Cuanto más sabe el biógrafo, mejor, porque, por supuesto, saberlo todo es perdonarlo todo y el objetivo –o mi objetivo, en todo caso– es intentar ser compasivo.

La ficción de Cheever fue el refinamiento de una vida muy complicada, cuyos materiales crudos pueden encontrarse en sus Diarios –quizás el más exhaustivo registro de la vida interna de un escritor norteamericano de primer nivel, y un artefacto muy caótico en sí mismo–. Me sumergí en este desorden y me propuse limpiarlo de la misma manera que Wall-E recorre un planeta devastado y contaminado, de la misma manera que Sísifo empuja su roca –porque, como biógrafo, es lo que uno hace–. El trabajo penoso y mecánico tuvo un resultado feliz: fusionó mi mente mucho más con mi conflictuado sujeto, y me llevó a un sorprendente grado de empatía.

“Leí el diario del año pasado con la idea de donarlo a la biblioteca”, escribió Cheever en 1978, sintiendo el periódico tironeo de la posteridad. “Estoy impactado por la frecuencia con que me refiero a mi miembro.” Esto es cierto. Quizá por un impulso masoquista y paradójicamente puritano (infundido por sus orgullosos padres yanquis en Quincy, Massachusetts), Cheever se preocupó por anotar sus más sórdidos encuentros sexuales (incluidas sus experiencias solitarias), su lucha diaria con el alcoholismo, y sus generalmente sarcásticas observaciones sobre sus amigos, colegas y, especialmente, su familia. (“Mi esposa es retratada de una manera muy negativa en los diarios y yo aparezco sin culpa, y esto no puede ser la verdad”, reflexionaba al final de su vida). Hay muchos momentos sublimes también y, no hace falta decirlo, todo el diario tiene una escritura bellísima. En cualquier caso, Cheever finalmente superó sus dudas sobre preservar esta parte crucial de su obra en una biblioteca y estuvo incluso “casi dichoso”, según su hijo Ben, ante la perspectiva de una publicación póstuma.

 Blake Bailey
Radar Libros
Domingo, 8 de julio de 2012

Blake Bailey: “Cheever tuvo que esconderse toda la vida”

A 30 años de la muerte de John Cheever, su biógrafo explica cómo traspasó sus frustraciones a su obra y dice que habría “amado” la serie Mad Men.

A fines de los 70, John Cheever rozaba la gloria. Falconer, la novela que publicó tras dejar el alcohol, era un éxito de ventas, que sólo sería superado por una compilación de sus cuentos: Relatos estuvo más de seis meses entre los libros más vendidos de EE.UU. Al morir, en 1982, Cheever se fue logrando esa rara combinación: no sólo tenía el respeto de sus colegas, también el público agotaba sus libros. Treinta años después, nadie duda de su lugar en el canon de la literatura norteamericana, pero sus lectores se han reducido. Pareciera que los millones de seguidores de la serie Mad men del mundo no se han enterado que sin Cheever no habría existido jamás Don Draper, ese publicista de doble vida que resume la silenciosa desesperación que asfixiaba a los suburbios americanos de inicios de los 60.

“¿Dónde se fueron sus lectores?”, se pregunta Blake Bailey, autor de la biografía Cheever: una vida y, según confiesa, un adicto a Mad men. “Sinceramente yo esperaba un revival de Cheever con la serie. Matthew Weiner, su creador, dice una y otra vez que es su influencia. Sus libros merecen muchos más lectores. Como yo lo veo, Cheever es el gran cuentista de nuestra era”, dice al teléfono a La Tercera.

Quizás es cierto: llamado tantas veces el Chejov de los suburbios, Cheever (1912-1982) hizo de las ansiedades norteamericanas de posguerra un asunto universal, al adherirles un destino de inevitable tristeza. Los sueños rotos pueblan su obra, aunque Cheever logra que la desesperanza tome formas luminosas. Lo verdaderamente amargo lo mantenía oculto: una década después de su muerte se publicaron sus Diarios (1991), revelando la tragedia privada de Cheever, un alcohólico bisexual reprimido.

 

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 Diario La Tercera
por Roberto Coreaga C.
 

Foto no, fotaza de John Cheever a todo color

Publicada en el diario La Tercera

Hopper y Cheever, 2 melancólicos…

Edward Hopper (1882-1967) és i serà un dels pintors més importants del segle passat. Quadres com «Nighthawks» o «Hotel Room» són icones de l’art contemporani que han decorat portades de llibres i de discs i de tot tipus d’objectes i han influït escriptors com Raymond Carver, John Cheever, músics com Tom Waits o sèries televisives com la premiada Mad Men. A casa nostra l’escriptor Jordi Coca en va fer una glossa molt personal en el seu llibre Paisatges de Hopper, impressionat pel misteri de les seves cases solitàries i mirant d’esbrinar la seva relació amb la cultura nordamericana. Ara el Museu Thyssen-Bornemisza presenta la primera retrospectiva de l’artista que s’ha pogut veure a la península. Tal com mana una retrosprectiva, l’exposició avança des de l’època d’aprenentatge fins a la consolidació del seu llengutage més personal. El jove Hopper va estudiar a França atret sobretot per la força dels impressionistes, com ara Félix Valotton o Degas i d’aquesta època en daten retrats de personatges de la faràndula i paisatges del Senna. Dels impressionistes, Hopper n’agafa el concepte de composició, més que la depuració de la tècnica. Durant tota la seva vida es va dir d’ell que era un mal pintor. I potser és cert, perquè el que interessava a Hopper era el misteri que podia sorgir de les seves escenes, més que no pas la depuració formal. És per això que la seva obra, no absent de certa abstracció o surrealisme, ens presenta des d’una edat ben jove, temes com cases abandonades, vies de trens als afores de pobles i personatges solitaris al mig de la ciutat.

Andreu Grau
NÚVOL, el digital de la cultura
Madrid, 8 de julio 2012

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Rodrigo Fresán sobre la biografía de Blake Bailey “Parecía un paraíso”

John Cheever es un escritor fundamental para entender buena parte de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX: él es quien crea el suburbio como terreno literario, explora las crecientes tensiones entre (homo)sexualidad y puritanismo, y describe los infiernos subterráneos que caldeaban los cuerpos y las almas de ese aparente paraíso norteamericano de posguerra. Blake Bailey –que ya había escrito una biografía de ese otro retratista etílico y suburbano que fue Richard Yates– emprendió la compleja tarea de investigar, entrevistar y revisar más de 4300 páginas de diarios desordenados, para contar y entender esa vida repleta de secretos, mitologías, dobles fondos, culpa, whisky, belleza y literatura.

Una entrada en sus formidables journals y su relato más famoso bastan para destilar la novela de la vida de John Cheever (1912-1982). La anotación es de 1949: “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado mi misión y tomo mis disfraces demasiado en serio”. El cuento “El nadador” (1963) nos habla del hermoso perdedor Neddy Merrill, empeñado en la fundación de un río privado enhebrando las piscinas de casas de un barrio residencial para, con épica y epifanía, intentar ocultar las fuentes de una realidad en la que no nada, pero sí se ahoga.

Confesión e invención son remontadas por Blake Bailey (1963) asumiendo el reto de narrar a uno de los mejores narradores del siglo XX y su larga sombra, que planea hoy sobre la tan alabada Freedom, de Jonathan Franzen, o la galardonada serie de televisión Mad Men.

Ya existían materiales para armar el modelo de John Cheever. Una sentida e implacable memoir de su hija, dos volúmenes de cartas y los ya mencionados Diarios presentaban la complicada saga de un ser complejo. Una primera biografía de Scott Donaldson –John Cheever: A Biography (1988)– no estaba mal, pero fue boicoteada por la familia Cheever, que no facilitó papeles privados. Ahora, queda claro que aquélla era una situation-comedy doméstica con risas grabadas comparada con lo que aquí ruge y susurra.

Así, el orgullo de un genio autodidacta; las agonías de un hombre que amaba, pero no podía soportar a los suyos (en especial, a su idolatrado hermano y, parece, primer amante); las poses de patricio falso y de nudista en festejos ajenos; la compulsión trepadora del adolescente provinciano y sin estudios a la conquista de Nueva York (Troppo editó Fall River, textos primerizos); la mudanza a las afueras (escenario definido por los críticos como Cheever Country); las miserias del esposo volátil y del padre feroz; las culpas del bisexual rampante y del alcohólico de mediodía; la cobardía del fugitivo inmóvil; el resentimiento y la envidia hacia sus colegas; y los pesares del cuentista profesional prisionero en la jaula dorada de The New Yorker y del novelista premiado, pero “imperfecto”, hasta ascender –justo antes de un cáncer fulminante– al trampolín más alto y ver a todos, tan pequeños, desde allí arriba.

por Rodrigo Fresán
Radar Libros
Domingo, 8 de julio de 2012

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