Ginebra y cloro



No hay mar en este relato de John Cheever (1912-1982). Hay piscinas: piscinas como metas volantes, piscinas con apellidos -las de los Graham, los Hammer, los Howland, los Biswanger, los Gilmartin-, piscinas de todas clases. Y las hay privadas, la mayoría, y una pública con el agua oleaginosa apestando a crema bronceadora y que le recuerda un fregadero, e incluso alguna vacía y seca como un cráter. Muchas piscinas agujereando la tierra de un condado entero, cuentas líquidas de un rosario que el protagonista engarza una tras otra porque lo ha decidido así, en medio de una reunión, sin ningún motivo aparente, sin el reto de una apuesta, sin atender a una causa ni a un plan, simplemente abandonando la copa de ginebra la mañana de un domingo que recuerda haber empezado, atraído por el olor a café, deslizándose alegremente por el pasamanos de la escalera de su chalé. Neddy Merrill, un tipo feliz. Afortunado, desde luego.

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Manuel Barea

diariodesevilla.es

viernes, 16 de septiembre de 2011

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