“El egocéntrico y brillante Cheever”


Ninguna figura puede ser más interesante que la de John Cheever para describir la epopeya de un hombre que después de haber acariciado la amargura del fracaso y el olvido renació de sus propios infiernos para transformarse, con el paso de los años y los libros, en uno de los escritores más influyentes de la narrativa norteamericana actual. Alcohólico, creyente, casado, bisexual y correcto padre de tres hijos que todas las mañanas, durante 40 años, se encerró en una habitación para pulir textos que entregaba puntualmente al «The New Yorker», John Cheever (Massachusetts, 1912 – Nueva York, 1982) fue un hombre demasiado complejo, que, detrás de su imagen de honrado padre de familia escondía a un ser atormentado, rodeado por el fantasma implacable de la culpa.

Scott Donaldson, en 1988, intentó acercase a la vida de este escritor que en 1964, tras ser portada de «Time», inició un lento debacle hacia la autodestrucción (de la que surgió en 1979, radiante y renovado), pero sus herederos no le permitieron que accediera a los papeles privados y el resultado fue una biografía correcta a la que, no obstante, le faltaba lo más importante: la voz del propio Cheever, expresada en su abultada correspondencia y en los numerosos cuadernos que constituyeron sus «Diarios».

Diego Gándara
29 de septiembre, 2010

La Razón

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