“Felicidad” por M. Rodríguez Rivero


Felicidad

Una rica (aunque no hermosa) heredera es también la protagonista de Washington Square,la novela de Henry James que devoré en un AVE de ida y vuelta (véase comentario anterior). El libro, publicado ahora por Alba, me llegó el día antes del viaje, justo cuando decidía la lectura que llevaría conmigo. Hacía muchos años que no lo leía, de manera que recordaba muy difusamente su trama, lo que me animó a echarle un vistazo tan pronto encontré mi asiento (en esta ocasión no tenía al lado a ningún viajero impertinente y gritón colgado a su móvil). Inmediatamente, y ayudado por la admirable traducción de Catalina Martínez Muñoz (sólo me sobresaltó ligeramente, y estoy seguro de que es problema mío, que tradujera pin-prick por “rejonazo”), me sumergí en una historia cuya absoluta perfección narrativa había olvidado. Miren: lo bueno de enfrentarse a una obra maestra es que revela hasta qué punto nuestro nivel de exigencia literaria (y -ay- el de una porción de la crítica) ha descendido merced a la muy extendida falacia del “tanto vendes, tanto vales” y de la consiguiente dictadura del best seller. Los medios y la industria nos han acostumbrado a considerar -como apunta Magris en un artículo incluido en Alfabetos (Anagrama)- que el éxito y la audiencia de un libro le confieren automáticamente cierto peso cultural o moral. Y no siempre es así: de hecho, la ecuación entre éxito y valor (permanente) tiende a ser poco frecuente en literatura. Cuando se leen novelas como Washington Square se (re)descubre no sólo que su autor es un contemporáneo que tiene mucho que decirnos -a pesar de la lejanía del mundo que refleja- sino también que las (grandes) novelas son instancias insustituibles de conocimiento y fuentes de verdadera (y asequible) felicidad y consuelo. Y es en ese sentido en el que sí puede afirmarse que hay libros que le cambian a uno la vida o, al menos, le ayudan a llevarla mejor. Me sumergí en la sutil y banal historia de Catherine Sloper, a la que todos los demás personajes -y, a veces, también el astuto narrador- consideran “tonta de remate”, con la sensación de estar participando en una maravillosa aventura intelectual diseñada por un mago que realmente conoce su oficio y que modela su voz y su ironía para hablarnos más allá de lo que nos muestra de modo tan convincente. Frente al realismo ramplón y la impericia técnica de algunas novelas más o menos bestseléricas -jaleadas por un sector de la crítica que se somete alegremente a la dictadura de las novedades (y a la mercadotecnia editorial)-,Washington Square brilla con luz propia. Releerla ha sido reencontrarme con esa alegría que sentimos cuando nos enfrentamos a una historia -por “menor” que esta sea (y la trama exterior de Washington Square lo es en grado sumo)- impecablemente construida, sin fisuras técnicas, sin desfallecimientos narrativos, que funciona como un delicado mecanismo bien engrasado y en el que todas las piezas se hallan donde deben estar. De vez en cuando, y para saber dónde me encontraba, tenía que levantar la vista del libro y mirar un instante el paisaje que se deslizaba velozmente al otro lado de la ventana. Washington Square es de esos libros que le hacen sentirse a uno mejor y, también, más adulto e inteligente. Una lección de literatura más barata que un trimestre intensivo en una escuela de escritura creativa.

“La primera felicidad de la temporada”
Manuel Rodríguez Rivero

Babelia/El País
18.09.10

Leer Artículo completo en El País

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