Diarios (1963)


Abro el libro de Nabókov y quedo fascinado por esta gama de ambigüedades, esta maravillosa atmósfera de falsedad; me interesan sus métodos, me parecen agradables, pero sus imágenes -la sombra del mago sobre una cortina trémula, esas violetas azucaradas- no son las mías. La casa en que me crié tenía sus encantos, pero mi padre colgaba la ropa interior de un clavo que había en la puerta del cuarto de baño, y aunque conozco un poco la Riviera, no soy un aristócrata ruso educado en París. Mi estilo siempre será en cierta medida prosaico.

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3 pensamientos en “Diarios (1963)

  1. Brutal, el estilo personal de cada escritor dependiendo de donde colgaba su padre la ropa interior. Lo que demuestra que no es necesario ser aristócrata para saber escribir.

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