Diarios, 1955


Para Coverly, ella era su echkabel y su corazonada, todo lo que el árido léxico de St. Botolphs no le permitía expresar: su ratoncita y su tórtola, cómo temblaba, parecía revolotear como una tórtola cada vez que la montaba, pero, más que eso, era la clave de esa poesía sencilla, acaso tosca, que dominaba su vida, como el rugido de los vientos cambiantes, la nieve en las brasas del hogar y los resplandores crepusculares del invierno, las rosas robadas a medianoche bajo la lluvia, de manera que el mal humor de ella, fuese provocado por él o no, lo despojaba de todo lo que tuviera semblanza de vida.

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