Diarios, 1964


 

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Jayne Mansfield & dogs

La perra vieja; mi amor. Que cuando la compramo, alguien señaló su columna torcida, su caja torácica semejante a un barril. Que cuando era cachorro era desobediente, egoísta y caprichosa. Que volcaba los cubos de basura, arrancaba la ropa del tendedero, mordisqueaba zapatos, rompió las únicas gafas que tenía la canguro, se negaba a obeceder; incluso parecía reírse cuando se la llamaba. Nos escondió la ropa mientras buscábamos almejas en Coskata, casi ahogó a Mary en New Hampshire y era un peligro en cualquier playa. Que devolvía el palo que le arrojabas una o dos veces, pero después volvía la espalda y fingía no escuchar la orden de “busca, busca”. Cómo la abandonamos cuando nos fuimos a Europa, cómo masticó el tapizado, cómo al escuchar mi voz en la perrera saltó una cerca y se arrojó sobre mí. Que la aparición del amor en nuestra relación se produjo aquel día en Welton Falls. El arroyo estaba crecido, perdió pie y la corriente la arrastró hasta una pequeña catarata y una laguna. Cuando volvimos, la alcé en brazos y la llevé a casa mientras me lamía la cara. Que a partir de entonces sus sentimientos hacia mí parecieron volverse más profundos. Su función de confidente durante los meses de agitación y viollencia. Que mi hija, al volver de clase, la llevaba al bosque y volcaba en sus oídos toda clase de quejas sobre la escuela su padre y su madre. Después lo hacía yo, y después de lavar los platos le llegaba el turno a Mary.

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