Psicópolis [fragmento] de “Entre las sábanas” Ian McEwan


PSICÓPOLIS -fragmento-
[página 154-160]

Un buen día, a la vuelta de la playa, encontré en la puerta una nota de mi amigo Terence Latterly.

-Te estoy esperando -decía- en el Doggie Diner de enfrente.

Conocí a Latterly hace años, en Inglaterra, cuando investigaba para una tesis sobre George Orwell, que sigue sin completar, y hasta que llegué a América no descubrí que era un americano poco común. Delgado, extraordinariamente pálido, con delicados y rizados cabellos negros, ojos rasgados, como los de una princesa renacentista, y una nariz larga y recta con estrechas ranuras negras por fosas. Terence era enfermizamente bello. Los homosexuales lo abordaban con frecuencia, y en cierta ocasión, en la Polk Street de San Francisco, llegaron literalmente a acosarlo en asa. Padecía un leve tartamudeo, lo bastante leve para enternecer a aquellos a los que enternecen esas cosas, y daba mucha importancia a la amistad, hasta el punto de deprimirse a veces por culpa de sus amigos. Me llevó algún tiempo admitir que, en el fondo, Terence no me caía bien, pero entonces ya formaba parte de mi vida y lo acepté como un hecho consumado. Como a todos los pelmazos, sólo le interesaban sus problemas y no sentía la menor curiosidad por lo que pensaran los demás, pero contaba buenas historias y nunca repetía ninguna. Se encaprichaba regularmente de mujeres a las que espantaba con su laberíntica quisquillosidad y su vehemencia, y que proporcionaban material fresco para sus monólogos. Ya había habido dos o tres ocasiones en que una chica tranquila, solitaria y protectora se había enamorado desesperadamente de Terence y sus manías, pero, como era de esperar, él no mostraba interés. Le iban las mujeres duras, independientes y de piernas largas, las cuales se aburrían rápidamente con él. Me confesó que se masturbaba cada día.

Era el único cliente que había en el Doggie Diner; estaba cabizbajo y taciturno ante una taza de café vacía, y apoyaba el mentón sobre las palmas de las manos.

-En Inglaterra -le dije-, una cena de perro significa una porquería intragable.

-Entonces siéntate -dijo Terence-. Estamos en el lugar adecuado. Me han humillado de mala manera.

-¿Sylvie? -pregunté solícitamente.

-Sí, sí. Una humillación grotesca. -Aquello no era nada nuevo. Con frecuencia, los encuentros con Terence eran morbosos resúmenes de los golpes que había encajado a mano de mujeres indiferentes. Llevaba meses enamorado de Sylvie,y la había seguido hasta aquí desde San Francisco, donde me habló de ella por primera vez. Ella se ganaba la vida montando restaurantes de comida naturista y vendiéndolos después, y, por lo que yo sabía, apenas era consciente de que Terence existiese-. Nunca debí venir a Los Ángeles -dijo Terence mientras la camarera del Doggie Diner llenaba su taza-. Está bien para los británicos. Vosotros veis todo lo de aquí como una estrafalaria comedia de extremos, pero es porque sois meros espectadores. La verdad es que es de psiquiátrico, totalmente de psiquiátrico.

Terence se pasó la mano por el pelo, que parecía engominado y tieso, y se quedó mirando fijamente la calle a través de la ventana. Envueltos en una continua nube de color azul claro, los coches pasaban de largo a veinte por hora, los conductores apoyaban sus morenos antebrazos sobre las ventanillas, tenían puesta la radio, se iban todos a casa o a los bares a pasárselo bien.

Tras un silencio correcto dije:

-¿Y bien…?

Desde el primer día en que llega a Los Ángeles, Terence le suplica por teléfono a Sylvie que cene con él, y ella, finalmente harta, accede. Terence se compra una camisa nueva, va al peluquero y, bien entrada la tarde, pasa una hora delante del espejo contemplándose la cara. Queda en un bar con Sylvie; beben bourbon. Ella se muestra relajada y amigable, y hablan tranquilamente de política californiana, asunto del que Terence entiende poco menos que nada. Puesto que Sylvie conoce Los Ángeles, el restaurante lo elige ella. Al salir del bar, ella dice:

-¿Vamos en tu coche o en el mío?

Terence, que no tiene coche y no sabe conducir, dice:

-Mejor en el tuyo.

Cuando están terminando los hors d’oeuvre, ya van por la segunda botella de vino; hablan de vinos, y después de dinero, y después de libros otra vez. La encantadora Sylvie guía a Terence a través de media docena de temas; le sonríe y Terence se ruboriza de amor y alberga los más descabellados propósitos amorosos. Está tan enamorado, que sabe que no podrá resistir la tentación de declararse. Puede sentir la inminente irrupción de una confesión frenética. Las palabras brotan desordenadamente, en una declaración amorosa digna de las páginas de Walter Scott y cuyo estribillo principal es que no hay nada, absolutamente nada en el mundo, que Terence no esté dispuesto a hacer por Sylvie. De hecho, bebido, la desafía a que ponga a prueba su devoción en ese mismo instante. Conmovida por el bourbon y el vino, intrigada por aquel melancólico y lunático fin de siècle, Sylvie le lanza una cálida mirada y devuelve el pequeño apretón de manos que le ha dado Terence. Por el aire enrarecido que hay entre ellos corre una carga de buena voluntad y temeridad. Impulsado por el mero silencio, Terence se repite. No hay nada, absolutamente nada, etcétera. La mirada de Sylvie se desplaza momentáneamente del rostro de Terence a la puerta del restaurante, por la que ahora entra una pudiente pareja de mediana edad. Sylvie frunce el ceño y a continuación sonríe.

-¿Lo que sea? -dice.

-Sí, sí, lo que sea. -Ahora Terence se muestra solemne, pues capta el desafío implícito en su pregunta. Sylvie se inclina hacia delante y le coge del antebrazo.

-¿No te echarás atrás?

-No. Si es humanamente posible, lo haré. -Sylvie vuelve a mirar a la pareja, que espera junto a la puerta a que el maître, en este caso una enérgica mujer con uniforme rojo, la acomode. Terence también la mira. Sylvie le aprieta el brazo con fuerza.

-Quiero que te orines encima, ahora. ¡Venga, ahora! ¡Rápido! ¡Hazlo ya, sin pensártelo dos veces!

Terence está a punto de protestar, pero sus propias promesas aún colean, formando una nube acusadora. Con ebria impetuosidad, y con el sonido de un timbre eléctrico retumbándole en los oídos, orina copiosamente, se empapa los muslos, las piernas y el trasero, y envía un pequeño y constante reguero al suelo.

-¿Lo has hecho? -dice Sylvie.

-Sí -dice Terence-. Pero ¿por qué…?

Sylvie se incorpora a medias de su silla y saluda con elegancia hacia el otro extremo del restaurante, donde está la pareja que espera junto a la puerta.

-Quiero presentarte a mis padres -dice-. Acaban de entrar.

Terence se queda sentado mientras duran las presentaciones. Se pregunta si notarán el olor. No hay nada que no esté dispuesto a decir para disuadir a esa afable y encanecida pareja de sentarse a la mesa junto a su hija. Habla desesperadamente y sin parar (“como si fuera un pelmazo”), y califica a Los Ángeles de “cagadero” y a sus habitantes de “codiciosos fagocitadores de la intimidad del vecino”. Insinúa que acaba de recuperarse de una prolongada enfermedad mental y le dice a la madre de Sylvie que todos los médicos, especialmente cuando son mujeres, son “gilipollas”. Sylvie no dice nada. El padre le guiña un ojo a su mujer y la pareja se marcha sin despedirse a su mesa, que se encuentra al otro lado de la sala.

Terence se calló de repente, como si se hubiera olvidado de que me estaba contando aquella historia, y se puso a limpiarse las uñas con la púa de un peine. Dije:

-Oye, no te calles ahora. ¿Qué pasó? ¿Qué explicación tiene todo eso?

El comedor empezaba a llenarse a nuestro alrededor, pero nadie más hablaba.

Terence dijo:

-Me senté sobre un periódico para no mojarle el asiento del coche. No hablamos demasiado, y cuando llegamos a mi casa no quiso subir. Por el camino me había dicho que no le caían bien sus padres. Supongo que sólo quería divertirse.

Me pregunté si Terence se habría inventado aquella historia o la habría soñado, pues era el paradigma de todos los rechazos, la expresión perfecta de sus temores o, quizá, de sus deseos más profundos.

-Aquí la gente -dijo Terence mientras salíamos del Doggie Diner- vive lejísimos de los demás. El vecino es alguien que está a cuarenta minutos en coche, y cuando por fin se juntan, se destrozan mutuamente en el frenesí de la soledad.

Había algo que me gustó en aquel comentario, e invité a Terence a casa a fumarse un porro conmigo. Nos quedamos en la acera durante unos minutos mientras él decidía si se lo fumaba o no. A través del tráfico, miramos desde el otro lado de la calle hacia el interior de la tienda, donde George estaba enseñándole a una mujer negra cómo funcionaba el equipo de disco. Por fin, Terence sacudió la cabeza y dijo que, aprovechando que estaba en aquella parte de la ciudad, iría a Venice a visitar a una chica que conocía.

-Llévate unos calzoncillos de repuesto -le sugerí.

-¡Eso! -me gritó por encima del hombro mientras se alejaba-. ¡Nos vemos!.

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Entre las sábanas
Ian McEwan

Traducción de Federico Corriente
Anagrama-Quinteto

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