Diarios, 1967


La casa estaba a oscuras. Nevaba. No quedaba una sola colilla, la botella de ginebra estaba vacía, no había ni siquiera una aspirina. Subió a mirar en el botiquín. En el frasco de Miltown quedaban unos granos que recogió con el dedo húmedo y se llevó a la boca. No le hicieron efecto. Al menos estamos vivos, repetía, estamos vivos, pero sin alcohol, calor, aspirinas, barbitúricos, café ni tabaco es como morir en vida. Al menos puedo hacer algo, pensó, distraerme, salir a dar un paseo; pero al llegar a la puerta vio los lobos en el jardín.

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