"De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood" Budd Schulberg


El autor de la maravillosa “El desencantado” nos cuenta de una manera amena y verborreica (732 pág.) el nacimiento de su nación: Hollywood.

(pág. 524)

Una persona que sí tuvo tiempo para mí -al parecer no tenía más que eso-, era un hombre al que muchos consideran el auténtico genio del cine mudo. Sergei Eisenstein. Lo encontré merodeando por el pasillo del segundo piso del edificio principal de la Paramount. Eisenstein había llegado a Hollywood desde Suiza, donde había dado una conferencia sobre cine vanguardista y, tras un alto en Nueva York donde entregó a Adolph Zukor cartas de recomendación de personalidades como H. G. Wells y George Bernard Shaw. Muy educadamente, Zukor había pasado a Eisenstein a Jesse Lasky, quien a su vez se lo pasó a mi padre.

A papá, un liberal en el mundo reaccionario de Mayer y Hearst, le gustó la idea de añadir al gran Eisenstein a la nómina de la Paramount. Mamá, con su socialismo fabiano de Rivington Street, también quedó impresionada por las referencias intelectuales de Eisenstein. De hecho, se erigió en anfitriona del maestro ruso, pues lo consideraba un fichaje cultural a la altura del conde Keyserling y de los demás filósofos internaciones que solían pontificar en su Friday Morning Club.

Sentado en un banco de piedra del jardín de los estudios, Eisenstein me contó que su padre había sido un célebre arquitecto, una profesión que él habría querido seguir. Sin embargo se hizo pintor y escenógrafo, luego director de escena, y más tarde ayudante de los directores de cine rusos que crearon su propia forma de cine social durante los revolucionarios años veinte. Yo escuché atentamente, pues en la cabina de proyección de papá había visto no sólo El acorazado Potemkin, sino también Octubre, grandes películas mudas que introdujeron el montaje como lenguaje, con la intercalación de ricas imágenes que creaban una nueva experiencia cinematográfica.

Había oído la versión de papá de los “fracasos” de Eisenstein en la Paramount. Ahora tomaba notas de la propia fuente. Su primera idea había sido hacer una película sobre una ciudad toda hecha de cristal, en la que todo el mundo pudiera ver la vida privada de todo el mundo. Pero el proyecto había sido abandonado por considerarse poco práctico. “Dios mío, B. P.” El gerente de los estudios, el tío Sam, advirtió a papá que “nos costaría un millón de dólares construir esa ciudad, y luego no podríamos utilizarla como plató permanente y amortizar su coste con otras películas, como nuestro trasatlántico, nuestro castillo o nuestra calle de Nueva York.”

A continuación, Eisenstein y su equipo habían trabajado con entusiasmo en Sutter’s Gold, que papá esperaba que llegara a convertirse en un clásico social como Avaricia o Tiempos modernos. Pero Eisenstein y sus colaboradores eran marxistas convencidos, y su historia de cómo el oro descubierto en el rancho de Sutter destruía a un legítimo pionero era demasiado radical para los capitalistas de Nueva York que tenían la última palabra en las decisiones de los estudios.

Eisenstein elaboraba cada guión con su meticuloso ojo para el detalle visual. Cuando asumió la dirección de Una tragedia humana, analizó la novela con Dreiser. Le había impresionado lo bien que conocía mi padre el libro (pese a sus dos fracasos hablaba bien de mi padre, con una especie de condescendencia indulgente, sorprendido por su cultura, pero no por el hecho de que tuviera que ceder ante los jefes financieros que tenían la sartén por el mango.) Al final la Tragedia también se le escaparía de las manos, y abandonaría nuestros estudios -por desgracia para estos- sin haber hecho ni una sola película.

Retrospectivamente, Eisenstein fue uno de esos directores cuya genialidad no puede adaptarse a ningún sistema social; tan desventurado para el capitalismo de Zukor y Lasky como para el comunismo de Stalin. Y entremedio, poco después de mi entrevista con él, llegó el carísimo fiasco patrocinado por el socialista independiente Upton Sinclair, nada menos; la malograda Thunder over México. Tal vez Eisenstein haya sido para el cine lo que fue Miguel Ángel para la pintura. Pero pese a su gran saber y perspicacia, le faltaron mecenas.

De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood
Budd Schulberg

Traducción de J. Martín Lloret
Acantilado
noviembre, 2006

El recital de Evtushenko en la facultad de medicina. Filas de escritorios dispuestas en gradas, el lugar atestado. Yenia viste camisa. La amplitud de sus hombros huesudos, la longitud de sus brazos, el tamaño de sus puños. La nariz afilada, la intensidad implacable de su cara, vistas de su ancha frente, el impacto de verle en su papel. Su cabeza es plana. Recita durante dos horas sin interrupción y recibe un ramo de crisantemos mustios. Me fascina como todos los fenómenos naturales.

El tren de lujo a Leningrado. Medianoche lluviosa. Terciopelo rojo. Por la radio, una soprano canta “Vissi d’arte”. Así viajamos, bebiendo vodka en buena compañía. Silbidos del tren, olores a humo de carbón, la tétrica belleza de Leningrado. Vistas del río desde el Palacio de Invierno. Al amanecer atravesamos nuevamente los arrabales de Moscú. Como con el embajador. Un escándalo durante la fiesta de recepción. Cena en la Sovietskaia con los Updike. Entonces me dan un beso y me voy de Rusia sumido en una confusión de sentimientos. El resto de Europa me parece mucho más efectivo y ordenado, pero Rusia se me antoja amable, vasta, patética. Las mujeres de Amsterdam son hermosas; sus tacones golpean el suelo con delicadeza. La mantelería es blanca, pero en cierto sentido prefiero el hotel de Ucrania: lúgubre, incómodo, impregnado de olor a calcetines sucios. Mis recuerdos de Rusia se vuelven borrosos. Trato de recordar el rostro iluminado de Yenia, sus aires. Veo el Muro de Berlín, flores, tumbas. H. habla de los últimos días, las calles incendiadas, los leones sueltos, el mundo que ha superado nuestras pesadillas, nuestro subconsciente. Las ruinas me han parecido horrendas e impresionantes. Volveré a casa el sábado.

John Cheever
Diarios, 1956

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