Bullet Park [Capítulo 1] IV y fin del capítulo



La mesa estaba puesta para doce comensales, con platos de sopa, copas de vino, candeleros y flores de cera.

-Siempre tengo la mesa puesta -dijo la señora Heathcup-. Hace meses que no recibo a nadie, pero mi marido detestaba ver la mesa vacía y por eso la tengo siempre puesta, como una especie de homenaje a su memoria. Las mesas vacías lo deprimían. Cambio el servicio una o dos veces por semana. Hay cuatro iglesias en el pueblo. Supongo que habrá oído hablar del club de campo Gorey Brook. Tiene un buen campo de golf de dieciocho hoyos, diseñado por Pete Ellison, cuatro pistas de tenis y una piscina. Espero que no sea usted judío. Son muy estrictos al respecto. Yo no tengo piscina y, francamente, es una limitación. Cuando la gente empieza a hablar de productos químicos para la piscina y esas cosas, una se siente marginada de la conversación. He pedido un presupuesto y le diré que puede instalar una en el fondo por ocho mil dólares. El mantenimiento le saldrá por unos veinticinco a la semana, y cobran unos cien por llenarla y vaciarla. Los vecinos, como ya le he dicho, son gente estupenda, aunque hay que conocerlos un poco. Harry Plutarch, que vive aquí enfrente, puede parecerle un poco raro, si no conoce su historia. Su mujer se fugó con Howie Jones. Trajo un camión de mudanzas a la casa una mañana y se lo llevó todo, excepto una silla, una cama individual y la jaula del loro. Cuando él volvió del trabajo, se encontró la casa vacía, y desde entonces vive con una silla, una cama y un loro. Aquí tiene un ejemplar del periódico de la tarde. Puede darle una idea de cómo es este lugar…

Mientras la señora Heathcup abría y cerraba puertas y tiraba de la cadena de los inodoros, el forastero, que se llamaba Hammer, sentía que su falta de interés por la casa crecía hasta convertirse en una especie de tristeza, pero la trágica y bien iluminada vivienda era espaciosa y eficiente, y la gente vivía en sitios como ése. Estaba el fantasma del pobre Heathcup, pero todas las casas tienen un fantasma.

-Creo que es lo que buscamos -dijo-. Traeré mañana a la señora Hammer, a ver qué decide ella.

Después, Hazzard lo llevó en el coche a la estación y allí lo dejó. Nadie se encarga de mantener en buen estado las salas de espera de las estaciones de cercanías, y ésta estaba destrozada. Las ventanas rotas dejaban pasar el viento de la noche. El cristal del reloj estaba astillado y las manecillas habían desaparecido. El arquitecto, muchos años antes, había diseñado el edificio con cierto sentido de la erótica y la esencia romántica de los viajes, pero todas sus invenciones habían sido desmanteladas o mutiladas, y Hammer se encontró con algo semejante a una ruina de guerra. Abrió el periódico y leyó: “El Lithgow Club celebró su cena anual, la noche del jueves, en el restaurante Harvey’s. El programa comenzó con un desfile de beldades (las esposas de los miembros), seguido de una demostración de hula-hula a cargo de la señora de Leonard A. Atkinson, quien la acompañó al ukelele…”

“Diecisiete debutantes han sido presentadas en sociedad, en el club de campo Gorey Brook…”

“El señor Lewis Harwich murió a consecuencia de las quemaduras sufridas en la noche de ayer, cuando una lata de carbón para encender barbacoas hizo explosión y le prendió fuego a la ropa durante una fiesta en el jardín de su casa, en el número 23 de Redburn Circle…”

“Se prevé un incremento de las tasas escolares.”

Cogió el tren de las 19.14.

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