Bullet Park [Capítulo 1] II



Pero el adolescente, como sucede siempre con los adolescentes, se habría equivocado. Pensemos en los Wickwire, por ejemplo, por delante de cuya casa blanca (precio estimado de reventa: 65.000 dólares) pasaban en ese momento Hazzard y el viajero. Si el adolescente hubiese querido atacar las costumbres sociales de Powder Hill, los Wickwire habrían sido un blanco espléndido. Eran encantadores, brillantes, eran incandescentes, y su agenda estaba totalmente llena desde el primer lunes de septiembre hasta la fiesta del Cuatro de Julio. Eran literalmente trabajadores sociales -celebrantes-, que usaban su encanto y su brillo para hacer funcionar las cosas en el plano social. Eran gente que comprendía que los cócteles y las cenas, en su momento y en su lugar, eran tan importantes para el bienestar de la comunidad como las reuniones electorales, la comisión escolar o los servicios municipales. Para una comunidad que tenía tan pocos altares -cuatro, para ser exactos- y ninguno sacrificial, ellos parecían haber improvisado, como celebrantes serios y abnegados, uno sobre el que literalmente se dejaban parte de su carne y de su sangre. Continuamente se caían por las escaleras, se golpeaban con las esquinas afiladas de los muebles y se metían en las zanjas con el coche. Cuando llegaban a una fiesta, iban impecablemente vestidos, pero con el brazo derecho en cabestrillo. Él apoyaba la pierna coja en un bastón de empuñadura dorada y llevaba gafas oscuras. Ella se había torcido el brazo en una caída. Él se había roto la pierna en invierno y las gafas oscuras disimulaban un ojo amoratado con los emocionantes rojos y violetas de la luna de las últimas noches invernales, sepultada entre las nubes y observada por algún joven desconcertado y anhelante. El brillo de los Wickwire no quedaba menoscabado por sus lesiones. De hecho, casi siempre aparecían con algún miembro en cabestrillo, una extremidad vendada o un despliegue de apósitos adhesivos.

Su brillo, su ardor como celebrantes, es algo serio. Después de cualquier fin de semana corriente, al cabo de tres días seguidos de comer y cenar fuera, la seriedad de su papel se aprecia particularmente cuando la luz del lunes por la mañana resplandece sobre ellos mientras duermen. Cuando suena el despertador, él lo confunde con el teléfono. Como sus hijos están internos en un colegio, deduce que uno de ellos habrá enfermado o tendrá algún problema. Cuando, comprende que es el despertador y no el teléfono, pone los pies en el suelo. Gruñe. Blasfema. Se pone en pie. Se siente hueco, pero sólo recientemente vaciado de sus vísceras, por lo que aún puede recordar cómo era tener el pellejo lleno de conductos y órganos vitales. Ella gime de dolor y se tapa la cara con una almohada. Con la sensación de ser una cavidad dolorida, él baja por el pasillo hasta el baño. Se mira al espejo y deja escapar un grito agudo de horror y repulsión. Tiene los ojos rojos, el rostro surcado de arrugas y su pelo claro parece torpemente teñido. Por un momento, posee la curiosa potestad de asustarse a sí mismo. Se moja la cara y se afeita la barba, lo que agota sus energías. Vuelve por el pasillo al dormitorio, dice que cogerá el tren más tarde, se mete otra vez en la cama y se tapa la cara con las mantas para dejar fuera la mañana. Ella gimotea y llora; después abandona la cama, con el camisón levantado sobre su atractivo trasero. Va al baño, pero cierra los ojos cuando pasa junto al espejo. Cuando vuelve a la cama, se cubre la cara con una almohada y los dos se quedan ahí, quejándose en voz alta. Después, él se reúne con ella en su lado de la cama y ambos emprenden una ardua faena de amor que los ocupa durante veinte minutos y les deja una jaqueca abrumadora. Él ya ha perdido el tren de las 8.11, el de las 8.22 y el de las 8.30.

-Café- masculla, y vuelve a levantarse de la cama.

Baja la escalera a la cocina. Cuando entra, deja escapar otro grito de dolor al ver las botellas vacías en la repisa junto al fregadero.

Están alineadas como dioses en algún panteón del remordimiento. Su grave circunspección parece forzarlo a caer de rodillas, como para extraerle alguna plegaria: “Cascos vacíos, ¡Oh, cascos vacíos!, misericordiosos cascos vacíos, tened piedad de mí, en nombre de Jack Daniels y de las destilerías Seagram.” Su inmutable vacío les confiere un aspecto cruel y censurador. Sus etiquetas -whisky, ginebra y bourbon- poseen la ferocidad de los demonios chinos, pero él tiene la clara sensación de que, si intentara apagarlos con una genuflexión, serían despiadados. Los echa en el cubo de la basura, pero eso no acaba con su poder. Pone agua a hervir y, palpando las paredes como un ciego, vuelve al dormitorio, donde oye los gritos de dolor de su mujer.

-¡Oh, ojalá estuviera muerta! -solloza ella-. ¡Ojalá estuviera muerta!

-Ya, ya, cariño -dice él con voz ronca.

Saca un traje limpio, una camisa, una corbata y unos zapatos, vuelve a meterse en la cama y se tapa la cara con las sábanas. Ya son casi las nueve y hay mucha luz en el jardín. Oyen el autobús escolar, en la esquina, llamando con el claxon al niño de los Marsden. La semana ha iniciado su espléndida procesión de días. La tetera empieza a silbar.

Se levanta de la cama por tercera vez, vuelve a la cocina y prepara el café. Lleva una taza para cada uno. Ella se levanta, se lava la cara sin examinarla y vuelve a la cama. Él se pone la ropa interior y también vuelve a la cama. Durante la hora siguiente, se levantan y se acuestan, entran y salen, luchan por reintegrarse a la corriente de las cosas, hasta que finalmente él se viste y, atormentado por el vértigo, la melancolía, las náuseas y unas erecciones intermitentes, aborda su Getsemaní: el tren de las 10.48, lunes por la mañana.

No había la menor hipocresía en los lunes por la mañana de los Wickwire, por mucho que le pese al adolescente.

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