en el Savoy o en la calle Cuarenta y Tres


en el Savoy

El señor Bierstubbe metió la mano en el vestido de la señora Zagreb y le desnudó los senos, mientras ella le acariciaba la espalda y le decía: “Pórtate bien, sé juicioso”. Sus tetas eran grandes como pavos, relucientes como el mármol y dejaban en sus labios sedientos el sabor suave y variado del aire nocturno. Pero el domingo por la mañana, al despertar, los senos de la señora Zagreb ya no eran un tesoro sino un tormento. Le rodeaban, llenaban el aire de la habitación, le seguían, le tentaban, se agitaban ante su cara. Le siguieron hasta el tren, se sentaron a su lado, le siguieron hasta el club de la calle Cuarenta y Tres y, cuando, se tomó una copa antes de la comida, su deseo de los pechos de la señora Zagreb era casi insoportable.

John Cheever
Diarios, 1963

Foto: mía

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