solo, no sé por qué, tengo miedo



Rostro delgado, hermoso, mejillas hundidas, cabello tupido, barba rala, apenas aparente todavía, el surco de la boca serio y doloroso, mirada extraordinaria, penetrante, sensible y profunda a la vez, aire modesto, aire de muchacha (unos años más tarde, Tolstoi decía de Chéjov: “Anda como una señorita”), así era Antón Chéjov hacia 1886, el año en que se hizo célebre. Tenía veintiséis años. Vivía en una época en la que esa edad es la de un hombre que se acerca a la madurez. A los treinta años, en la Rusia del siglo XIX, un hombre se encontraba en la mitad de su vida; a los cuarenta años, era casi un anciano. Chéjov no se veía a sí mismo en plena juventud, en plena formación; se inclinaba ya hacia un pasado. Y ese pasado le inspiraba desagrado, casi vergüenza.

“Un joven, hijo de siervo, de un pequeño tendero, criado en el respeto a las jerarquías (el tchin), al besamanos de los curas, a la idolatría del pensamiento de los demás, agradecido por cada pedazo de pan, azotado a menudo…, haciendo sufrir a los animales, a quien le gustaba cenar en casa de parientes ricos…”, ése es el retrato que hace de él mismo unos años más tarde, retrato severo e injusto, sin duda, pero lo que era cierto era un deseo de perfeccionamiento, ese lento trabajo sin descanso hasta su muerte. A pesar de los deseos de los lectores y de la crítica, la obra de Chéjov no enseña nada. Nunca pudo decir sinceramente, como lo hacía Tolstoi: “Actuad así y no de otra forma…” A veces intentó expresarse de ese modo, acuciado por sus conocidos; pero sus palabras sonaban falsas. En cambio, sus cartas, su vida trazan ante nosotros la admirable imagen de un hombre que, nacido justo, sensible y bueno, se esforzó sin parar por ser mejor, más tierno, más caritativo todavía, más cariñoso, más paciente, más sutil. Poco a poco, esto le condujo a un peculiar resultado: cuanto más mostraba a los demás su simpatía, menos la experimentaba en el fondo de su corazón. Todos aquellos que conocieron íntimamente a Chéjov hablan de una cierta frialdad que en él era como un cristal inalterable. “Su primera impresión estaba casi siempre envenenada por una especie de desgana, de frialdad, de enemistad.” Kuprin escribe de él: “Podía ser bueno y generoso sin amar, tierno y atento sin apego. En cuanto Chéjov conocía a alguien lo invitaba a su casa, lo invitaba a cenar, le ayudaba, y después, en una carta, describía eso con un sentimiento de fría lasitud.”

¿Apenas era capaz de amar porque era demasiado inteligente y lúcido? ¿Había un desacuerdo en su corazón y en su vida, que le obligaba a entregarse demasiado a personas que le resultaban indiferentes para, después, y apresuradamente, retractarse? ¿Escondía sencillamente, con doloroso pudor, sus verdaderos pensamientos? Búnin, uno de los críticos más sagaces y más finos, pronunció sin duda palabras definitivas sobre Chéjov. “Lo que tenía lugar en el fondo de su alma, ninguno de los que le estaban más próximos lo supo nunca con certeza.”

Y el propio Chéjov, en un cuaderno íntimo, anota: “Así como estaré acostado, solo en la tumba, así, en el fondo, vivo solo.” Solo… Tenía, sin embargo, una numerosa familia, muchos amigos y lectores. A partir de ese año 1886, estuvo rodeado de un círculo cada vez más brillante de admiradores. Tchaikoski, Grigoróvich, Korolenko y otros más… los nombres más conocidos, los hombres más inteligentes visitaban la casa de Moscú, en donde vivía la familia Chéjov. Era un edificio de dos pisos, “que parecía una cómoda”, una casa siempre abierta de par en par, en la que se podía entrar como Pedro por su casa, según la costumbre rusa. “A Antón le gusta la gente”, decían sus parientes. “Antón sólo está a gusto en medio del bullicio, de las conversaciones, de las risas”, decían sus hermanos. ¿Quizás era verdad? “Necesito gente a mi alrededor, confesaba, porque solo, no sé por qué, tengo miedo.”

La vida de Chéjov
Irene Nemirovsky
Noguer, 1990
Traducción de Adela Tintoré

pág. 84, 85, 86

en El baile Irene Nemirovsky aprendió algunas lecciones de Chéjov

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