Diarios, 1968


Federico talla la calabaza, la encendemos y la colocamos en el porche antes del anochecer, pero estoy morbosamente susceptible o borracho, o Mary está maldisposta… aquí no reina la alegría. Cogió las pruebas de imprenta y las leyó hasta el final. “No puedo juzgar el libro porque en todos los casos conozco los hechos en que se basa -diijo-. Hammer es repugnante…” Puesto que existe alguna similitud entre Hammer y yo, me siento ofendido o herido. “¿No te parece mejor que El escándalo?”, le pregunto, pero no responde. Necesito elogios, por necios que sean. Me los invento.

A las ocho, la víspera de Todos los Santos, el presidente de Estados Unidos, interrumpe un programa de televisión increíblemente vulgar para anunciar que dejaremos de bombardear el sudeste asiático. Parece cansado. Tiene la cara demacrada, se diría que corrompida. Emplea la primera persona más de lo que parece necesario y se diría que un egoísmo monumental ha deteriorado su capacidad de comunicarse. La noticia no me causa júbilo, tal vez porque estoy borracho. Soy escéptico, no puedo dejar de pensar que hay algo de oportunista o cínico en todo ello.

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