La grandeza de las pequeñas cosas


La muerte de una madre en una familia del Medio Oeste norteamericano en 1918 sirvió a William Maxwell para narrar una historia donde prima un extraordinario relato de los sucesos cotidianos. A través de las reacciones del resto de los miembros de la familia, el novelista y editor estadounidense trazó una novela, la segunda que se publica en español, llena de asuntos trascendentales expresados de un modo sencillo y emotivo.

William Maxwell (1908-2000) fue un novelista y un editor ejemplar. De lo primero dan fe en español tanto este libro que comentamos como el único que hasta ahora existía (Adiós, hasta mañana, Siruela, 1998). De lo segundo, bastará con decir que, como editor de The New Yorker, se ocupó de orientar y ayudar a escritores como Cheever, Welty, Salinger o Updike. Es, pues, un nombre relevante de la cultura literaria norteamericana del pasado siglo. Quien no tuvo ocasión o información para hacerse con su anterior novela, una joya, no debe perder ésta de ninguna manera.

El libro cuenta un episodio en la vida de una familia del Medio Oeste en el año de 1918, año en el que termina la Primera Guerra Mundial y la epidemia de gripe española llega a Estados Unidos. Está dividido en tres partes, cada una de las cuales se cuenta desde el punto de vista de un personaje. Los personajes son: Bunny, un niño de ocho años; su hermano Robert, de trece, y el padre de ambos, James Morison. El eje de sus vidas -y de la novela- es la madre, Elizabeth, y también aparecen otros parientes muy cercanos (tíos, abuela…) que completan el escenario humano de este pequeño drama familiar. La gripe española afecta a los cuatro miembros de la familia Morison; en el caso de la madre, es mortal; la muerte de la madre, que antes da a luz a un bebé, es el arma con la que el destino golpea a los desvalidos Morison. Lo que cuenta William Maxwell es el hueco emocional y vital que la ausencia de la madre deja en la vida y la concepción del mundo de los otros tres.
Eso es lo que cuenta en cuan-

to a la anécdota. Lo que en verdad cuenta es mucho más y lo hace maravillosamente. Cada una de las tres partes adopta el punto de vista de los tres hombres de la familia. En el caso de Bunny, su mundo afectivo se manifiesta a través de su mirada y de su pensamiento; ambos construyen con el mayor acierto la visión infantil del personaje. Del mismo modo, la mirada de Robert se construye sobre la imagen de su actitud que lo empuja a considerarse mayor, a empezar a comprender que el mundo ha de ganárselo uno y, al tiempo, todavía le retiene en el apego muy fuerte al entorno familiar. La imagen que Maxwell utilizará es la del chico empezando a sentirse responsable ante su madre (para protegerla) y ante su hermano pequeño (para empezar a ayudarlo). El padre, tercera mirada, es un ser que ha puesto todo su mundo diario y familiar en manos de su esposa y, de pronto, siente que le falta el suelo bajo los pies. La muerte de la madre y la última imagen de desvalimiento de ese bebé recién nacido completan el cuadro. Es un cambio decisivo en esas vidas.

El extraordinario relato de lo cotidiano, el modo en que el tiempo pesa sobre los días de esta familia, la delicada y atentísima selección de actitudes y gestos, todo apoyado en elementos mínimos que Maxwell convierte en máximos expresivos (por ejemplo, el momento en que Robert percibe el silencio que acompaña a la epidemia), son la pieza de convicción de este relato. También debería decir emocionante, pero no sin antes hacer una advertencia: aquí no hay nostalgia o patetismo a la hora de contar; muy al contrario: la ejemplar sencillez y desnudamiento del relato le impiden caer en el sentimentalismo. Maxwell despoja esta historia de toda emocionalidad fácil y se dirige al verdadero centro de las emociones, el fuerte, el intenso, el que no necesita aspavientos ni sacudidas; lo suyo es el paso a paso adelante y el modo en que hace que las pequeñas cosas contengan grandes asuntos para que el lector los vaya reconociendo e interiorizando. Ese paso del padre abrumado por la ausencia de la esposa y encerrado en sí mismo para apartarse de todo (incluidos los hijos) lo que no sea su dolor a la conciencia de que ha de seguir (con los hijos) está mostrado de manera magistral; o la paulatina concienciación de Robert de que el problema de hacerse mayor es saber responder al hecho de ser mayor; o la captación del modo de ser y respirar de los personajes secundarios, lo que a su vez constituye el ambiente social de fondo de todas estas personas…

El tono suave, tranquilo, discreto y preciso de esta escritura serena y, a la vez, tan poderosa lo definiría mejor que nada esta imagen que, al expandirse en la imaginación del lector, deja entrever el punto en que se halla la relación madre-hijo entre el pequeño Bunny y Elizabeth: “Ahora, sentado a su lado en el banco de la ventana, Bunny también dependía de ella. Todas las líneas y superficies de la habitación se inclinaban hacia su madre, de modo que cuando miraba el dibujo de la alfombra lo veía necesariamente en relación con la punta del zapato de ella”. En fin, escucharemos a lo largo del relato la voz de las pequeñas cosas y de los pequeños momentos tanto como la voz de los personajes narrados; la suma de todo es un libro verdaderamente hermoso que muestra lo que es la escritura en un grado de sabia belleza al que no estamos acostumbrados. Ojalá que Asteroide lo siga publicando, pero, de momento, busquen estos dos libros. Por cierto, el primero, el mencionado Adiós, hasta mañana, recibió el prestigioso American Book Award en 1980.

VINIERON COMO GOLONDRINAS
William Maxwell.
Traducción de Gabriela Bustelo
Libros del Asteroide
Barcelona, 2006
210 páginas. 15,95 euros

JOSÉ MARÍA GUELBENZU
BABELIA – 07-10-2006

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