El marido rural (II)


Era un jardín agradable, con senderos, canteros y rincones para sentarse. El atardecer casi había concluido, pero aún había bastante luz. Movido a la meditación por el accidente y la batalla, Francis escuchó los sones del atardecer en Shady Hill.
-¡Alimañas! ¡Canallas! –gritaba el viejo señor Nixon a las ardillas desde su comedero de aves-. ¡Fuera de mi vista! –El fuerte golpe de una puerta. Alguien cortaba el pasto. Después, Donald Goslin, que vivía en la esquina, comenzó a ejecutar la sonata Claro de Luna. Lo hacía casi todas las noches. Los sones salían por la ventana, y Donald tocaba rubato del principio al fin, como una efusión de lacrimosa petulancia, de soledad y autocompasión, de todo lo que la grandeza de Beethoven había desconocido. La música iba y venía por la calle, bajo los árboles, como una apelación al amor, la ternura destinada a una hermosa criada: una joven de rostro fresco y añorante de Galway, que miraba viejas fotos en su cuarto del segundo piso.
-Aquí, Júpiter, aquí, Jupiter –llamó Francis al perdiguero de los Mercer. Júpiter irrumpió a través de las plantas de tomate, con los restos en la boca de un sombrero de fieltro.
Júpiter era una anomalía. Sus instintos de perdiguero y su elevado espíritu estaban fuera de lugar en Shady Hill. Era negro como el carbón, y tenía la cara larga, alerta, inteligente y perversa. Los ojos le brillaban malignos, y mantenía alta la cabeza. Era la fiera cabeza de perro, con su ancho collar, que aparece en la heráldica y la tapicería, y la que solía usarse en los mangos de los paraguas y los bastones. Júpiter iba donde se le antojaba, y saqueaba cubos de residuos, cuerdas con ropa tendida, cajones de basura y cajas de zapatos. Interrumpía las reuniones en los jardines y los encuentros de tenis, y los domingos se mezclaba con la procesión de la Iglesia de Cristo y ladraba a los hombres vestidos de rojo. Dos o tres veces al día atravesaba a la carrera el viejo rosal del señor Nixon y abría un ancho sendero entre las flores; y los jueves por la noche, apenas Donald Goslin encendía el fuego para el asado, Júpiter olía el perfume. Nada de lo que hicieran los Goslin lo alejaba. Los palos, las piedras y las órdenes dichas con voz áspera a lo sumo lo movían a retirarse al borde de la terraza, y allí se quedaba, con su hocico gallardo y heráldico, esperando que Donald Goslin volviese la espalda para buscar la sal. Entonces, de un salto entraba en la terraza, ágilmente retiraba la carne del fuego y huía con la cena de los Goslin. Los días de Júpiter estaban contados. El jardinero alemán de los Wrightson o la cocina de los Farquarson pronto lo envenenarían. Aún era posible que el viejo señor Nixon pusiera un poco de arsénico en la basura que encantaba a Júpiter.
-¡Aquí, Júpiter, Júpiter! –llamó Francis, pero el perro se alejó saltando, sacudiendo el sombrero que sostenía con los dientes blancos. Francis volvió los ojos hacia las ventanas de su casa y vio que Julia había descendido y estaba apagando las velas.
Julia y Francis Weed salían mucho. Julia gozaba de la simpatía general, era una mujer de espíritu gregario y su afición a las reuniones provenía de un temor muy natural al desorden y la soledad. Revisaba con auténtica ansiedad el correo matutino en busca de invitaciones, y generalmente descubría algunas; pero era insaciable, y aunque hubiera salido siete noches por semana eso no habría impedido que su rostro mostrase una expresión reflexiva –la expresión de la persona que oye música lejana-, pues siempre imaginaría que en otro lugar se ofrecía una fiesta más brillante. Francis la limitaba a dos reuniones nocturnas por semana, con una interpretación flexible de los viernes, y atravesaba el fin de semana como un bote en la tormenta. Un día después del accidente aéreo, los Weed debían cenar con los Farquarson.

Francis regresó tarde de la ciudad, Julia recibió a la canguro de los niños mientras él se vestía y después lo apremió a salir de casa. La reunión era pequeña y agradable, y Francis se preparó para pasarlo bien. Una nueva criada sirvió las bebidas. Tenía cabellos oscuros, y el rostro redondo y pálido, y a Francis le pareció conocida. Para él, la memoria no era una facultad sentimental. El humo de la madera, las lilas y otros perfumes análogos no lo conmovían, y su memoria se parecía a su apéndice: era un repositorio residual. Su limitación no consistía en la imposibilidad de separarse del pasado; su limitación era quizá que lo había anulado con mucha eficacia. Quizá la había visto en otras reuniones, o tal vez dando un paseo una tarde de domingo, pero en cualquiera de los dos casos no se hubiera dedicado a explorar su memoria. La cara tenía, de un modo maravilloso, un perfil lunar –normando o irlandés- pero no era tan bella como para explicar la sensación de Francis de que ya la había visto, en circunstancias que él hubiera debido recordar. Preguntó a Nellie Farquarson quién era. Nellie contestó que la criada había venido por medio de una agencia, y que había nacido en Trenon, Normandía… un pueblito con una iglesia y un restaurante, visitado una vez por Nellie. Mientras Nellie hablaba de sus viajes por países extranjeros, Francis comprendió dónde había visto a la mujer. Había sido hacia el fin de la guerra. Francis había salido con otros hombres de un cuartel de reemplazos, y había ido a pasar tres días en Trenon. El segundo día habían caminado hasta una encrucijada para presenciar el castigo público de una joven que había vivido con el comandante alemán de la Ocupación.

Era una fría mañana de otoño. El cielo estaba nublado e iluminaba el cruce de caminos de tierra con una luz muy deprimente. Estaban a bastante altura, y podían ver cómo se parecían las formas de las nubes y las colinas que se prolongaban en dirección al mar. Llegó la prisionera, sentada en una banqueta de tres patas, y traída por un carro campesino. Permaneció de pie junto al carro mientras el alcalde leía la acusación y la sentencia. Tenía la cabeza inclinada y su rostro se había fijado en esa semisonrisa vacía tras la cual el alma flagelada está suspendida. Cuando el alcalde concluyó, ella se soltó los cabellos y los dejó caer sobre la espalda. Un hombrecito de bigote gris le cortó los cabellos con tijeras de esquilar y los dejó caer al suelo. Después, con una palangana de agua jabonosa y una navaja recta le afeitó al ras el cráneo. Se acercó una mujer y comenzó a soltar los cierres de las ropas de la prisionera, pero ésta la apartó y se desvistió sola. Cuando se quitó la combinación, pasándola sobre la cabeza, y la arrojó al suelo, quedó desnuda. Las mujeres se burlaban; los hombres permanecían en silencio. No varió el aire de falsedad o de queja de la sonrisa de la prisionera. El viento frío le erizó la piel blanca y endureció los pezones de sus pechos. La burla acabó gradualmente, silenciada por el reconocimiento de la común humandad de llos que allí estaban. Una mujer la escupió, pero cierta inviolable grandeza de su desnudez se mantuvo mientras duró la tortura. Cuando la multitud se acalló, la joven se volvió –había comenzado a llorar- y vestida sólo con un par de medias y gastados zapatos negros comenzó a alejarse de la aldea por el camino de tierra. El rostro blanco y redondo había envejecido un poco, pero no cabía duda de que la criada que le sirvió los cócteles y después presentó su cena a Francis era la mujer a quien habían castigado en la encrucijada.

La guerra parecía ahora tan lejana y tan antiguo ese mundo donde el costo de la guerrilla había sido la muerte o la tortura. Francis ya no sabía donde estaban los hombres que lo habían acompañado en Vesey. No podía contar con la discreción de Julia. No podía decírselo a nadie. Y si ahora relataba el caso, mientras centaba, habría sido un error social tanto como humano. Las personas reunidas en la sala de los Farquarson parecían unidas por la tácita afirmación de que no había existido un pasado ni la guerra, de que no había peligros ni perturbaciones en el mundo. En la historia escrita de las disposiciones humanas, ese encuentro extraordinario habría ocupado el lugar debido, pero la atmósfera de Shady Hill determinaba que el recuerdo fuese impropio y descortés. La prisionera se retiró después de servir café, pero el encuentro suscitó en Francis una sensación de languidez; habñia evocado su recuerdo y despertado su sentido, y los había dejado dilatados. Julia entró en la casa. Francis permaneció en el automóvil, para llevar a la canguro de regreso a su casa.

Esperaba ver a la señora Henlein, la anciana que generalmente acompañaba a los niños, y se sorprendió cuando una joven abrió la puerta y salió a la escalinata iluminada. Permaneció un momento en la zona de luz para contar sus libros de texto. Tenía el ceño fruncido y era bella. Ahora, el mundo está colmado de jóvenes bellas, pero Francis percibió aquí la diferencia entre la belleza y la perfección. Faltaban esos usuales defectos, pecas, marcas de nacimiento y heridas curadas, y en su conciencia vivió ese momento en que la música quiebra el cristal y sintió una punzada de reconocimiento tan extraña, tan profunda y maravillosa como nunca en su vida. Pendía de su ceño fruncido, de una sombra impalpable en el rostro, una expresión que le pareció una invocación directa al amor. Después de contar sus libros, la joven descendió los peldaños y abrió la puerta del automóvil. Bajo la luz, Francis vio que tenía las mejillas húmedas. La joven entró y cerró la puerta.
-Usted es nueva –dijo Francis.
-Sí. La señora Henlein está enferma. Soy Anne Murchison.
-¿Tuvo dificultades con los niños?
-Oh, no, no. –Se volvió y le dirigió una sonrisa forzada a la tenue luz del salpicadero. Sus cabellos claros habían quedado sujetos por el cuello de la chaqueta, y ella sacudió la cabeza para soltarlos.
-Estuvo llorando.
-Sí.
-¿No habrá sido nada que ocurrió en nuestra casa?
-No, no, no tiene nada que ver con su casa. –Su voz era sombría-. No es secreto. En el pueblo todos lo saben. Papá es alcohólico, acaba de llamarme desde un bar y me ha dicho lo que pensaba. Cree que soy una persona inmoral. Me llamó un momento antes de que entrase la señora Weed.
-Lo lamento.
-¡Oh, Dios mío! – exclamó la joven y se echó a llorar. Se volvió hacia Francis, y él la recibió en sus brazos y la dejó llorar sobre su hombro. Ella temblaba en los brazos de Francis, y el movimiento acentuaba en él la percepción de la dulzura de su carne y su cuerpo. Las capas de telas que ambos vestían parecieron muy finas, y cuando el temblor comenzó a disminuir, todo se parecía tanto a su paroxismo de amor que Francis perdió la cabeza y la atrajo bruscamente hacia sí. Ella se apartó.
-Vivo en la avenida Belleview –dijo-. Vaya por la calle Lansing hasta el puente del ferrocarril.
-Muy bien. –Puso el motor en marcha.
-Doble a la izquierda en ese semáforo… Ahora a la derecha y siga hasta las vías.

El camino que Francis siguió lo llevó fuera de su propio vecindario, pasando las vías, en dirección al río, hasta una calle donde vivían los que eran casi pobres en casas cuyos aleros curvos y adornos de volutas de madera expresaban los más puros sentimientos del orgullo y el romance, si bien las casas mismas seguramente no permitían mucha intimidad ni comodidad, porque eran muy pequeñas. Era una calle oscura, y conmovido por la gracia y la belleza de la turbada joven, cuando entró en ella Francis sintió que se había sumergido en la región más profunda de un recuerdo sepultado. Vio a lo lejos la luz encendida de un porche. Era la única, y ella dijo que vivía en la casa con la luz. Cuando detuvo el automóvil, Francis vio más allá de la luz del porche un vestíbulo mal iluminado con un anticuado perchero.
-Bien, hemos llegado –dijo, consciente de que un joven habría dicho otra cosa.

(Continuará…)

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