El marido rural (I)


EL MARIDO RURAL
The New Yorker, 20 de noviembre de 1954.

Para comenzar por el principio, diremos que el avión de Minneápolis en que Francis Weed viajaba hacia el Este encontró tiempo tormentoso. El cielo había mostrado un color azul brumoso, y las nubes que se extendían contra el avión estaban tan cerca unas de las otras que no alcanzaba a verse la tierra. Después, comenzó a formarse bruma frente a las ventanas, y entraron en una nube blanca tan densa que reflejaba el humo del tubo de escape. El color de la nube viró al gris, y el avión comenzó a sacudirse. Francis ya había soportado mal tiempo en otras ocasiones pero nunca se había visto tan sacudido. El hombre que ocupaba el asiento contiguo extrajo del bolsillo una licorera y bebió un trago. Francis sonrió a su vecino, pero el hombre desvió los ojos; no quería compartir con nadie su anestésico. El avión comenzó a caer y agitarse desordenadamente. Un niño lloraba. En la cabina, el aire estaba sobrecalentado y viciado, y a Francis se le entumeció el pie izquierdo. Leyó las páginas de una edición barata que había comprado en el aeropuerto, pero la violencia de la tormenta le impedía concentrar la atención. Estaba oscuro frente a las ventanillas. Las llamaradas del tubo de escape resplandecían y enviaban chispas a las sombras, y adentro las luces amortiguadas, la escasez de espacio y las cortinas de las ventanillas conferían a la cabina una atmósfera de intensa e inoportuna domesticidad. De pronto, las luces parpadearon y se apagaron.

-¿Sabes lo que siempre quise hacer? –dijo de pronto el vecino de Francis-. Siempre quise comprar tierras en Nueva Hampshire y criar vacas. –La azafata anunció que harían un aterrizaje imprevisto. Todos, salvo los niños, evocaron las alas desplegadas del Ángel de la Muerte. Se oyó la voz del piloto, que canturreaba apenas: “Tengo un centavito, tengo un lindo centavito. Tengo un centavito para toda la vida…”. No se oía nada más.

El gemido estridente de las válvulas hidráulicas absorbió el canto del piloto, en el aire hubo como un alarido, semejante al de los frenos de automóvil, el avión aterrizó de panza en un maizal y los sacudió con tal violencia que un viejo saltó en el aire y aulló:

-¡Mis riñones! ¡Mis riñones! –La azafata abrió bruscamente la puerta, y alguien abrió la puerta de auxilio al fondo y dejó entrar el dulce sonido de la general y permanente mortalidad, el repiqueteo monótono y el olor de una lluvia densa. Ansiosos por sus propias vidas, salieron por las puertas y se dispersaron por el maizal, rogando que el hilo no se cortase. Aguantó. Nada ocurrió. Cuando vieron que el avión no se incendiaba ni estallaba, la tripulación y la azafata reunieron a los pasajeros y los pusieron al abrigo de un granero. No estaban lejos de Filadelfia, y poco después una columna de taxis los llevó a la ciudad.

-Como en el Marne –dijo alguien pero, por sorprendente que fuese, apenas se atenuó esa suspicacia con que muchos norteamericanos miran a sus compañeros de viaje.

En Filadelfia, Francis Weed cogió un tren a Nueva York. Al fin de ese viaje, cruzó la ciudad y alcanzó, un instante antes de la partida, el tren suburbano que cinco noches por semana lo devolvía a su hogar en Shady Hill.

Se sentó con Trace Bearden.

-Mire, estuve en el avión que acaba de caer en las afueras de Filadelfia –dijo-. Aterrizamos en un campo… -Había viajado más velozmente que los diarios o la lluvia, y en Nueva York hacía un tiempo soleado y benigno. Era un día de fines de septiembre, fragante y definido como una manzana. Trace escuchó el relato, pero ¿acaso podía entusiasmarse? Francis carecía de las cualidades necesarias para recrear una escaramuza con la muerte, sobre todo en la atmósfera de un tren suburbano, mientras atravesaban un campo soleado donde en los jardines de los barrios pobres ya había signos de fructificación. Trace comenzó a leer su diario, y Francis se quedó a solas con su pensamiento. Se despidió de Trace en la plataforma de Shady Hill y en su Volkswagen de segunda mano se dirigió al vecindario de Blenhollow, donde vivía.

La casa de estilo holandés colonial que ocupaban los Weed era más espaciosa de lo que parecía desde el camino. La sala era amplia y, como Galia, estaba dividida en tres partes. Cuando se entraba por el vestíbulo, hacia la izquierda se abría un receso, y allí estaba la larga mesa, con seis cubiertos, velas y una fuente de fruta en el centro. Los sonidos y los olores que llegaban a la puerta abierta de la cocina excitaban el apetito, pues Julia Weed era buena cocinera. La parte principal de la sala se centraba en un hogar. A la derecha había algunos estantes de libros y un piano. Era una habitación pulcra y serena, y por las ventanas que miraban al Oeste entraba un poco de luz del sol de fines de verano, brillante y diáfana como el agua. Aquí no se había descuidado nada; nada había que no estuviese lustrado. No era la clase de hogar donde, después de abrir con esfuerzo una cigarrera atascada, se encuentra un viejo botón de camisa y un níquel sucio. El hogar había sido barrido, las rosas depositadas sobre el piano se reflejaban en el lustre de la ancha tapa, y en el atril había un álbum de valses de Schubert. Luisa Weed, una bonita niña de nueve años, miraba por la ventana del lado oeste. Detrás de la niña estaba su hermano menor Henry. Toby, el hermano aún más pequeño, estaba estudiando las figuras de algunos monjes tonsurados que bebían cerveza sobre el bronce lustrado del arcón. Mientras se quitaba el sombrero y dejaba el periódico, Francis no tuvo conciencia del placer que la escena le deparaba; no era un hombre tan reflexivo; era su elemento, su creación, y retornaba a eso con el sentimiento de liviandad y fuerza con que todas las criaturas vuelven a su hogar.

-Hola a todos –dijo-. El avión de Minnéapolis…

Nueve veces de cada diez, Francis obtenía un recibimiento afectuoso, pero esta noche los niños están absortos en sus propios antagonismos. Francis no había terminado su frase acerca del accidente aéreo cuando Henry descarga un puntapié en el trasero de Luisa. Luisa se vuelve, rápida como el rayo, y exclama: “¡Maldito!” Francis comete el error de reprender a Luisa a causa de su lenguaje, antes de castigar a Henry. Ahora, Luisa se vuelve contra el padre y lo acusa de favoritismo. Henry siempre tiene razón; ella es una niña perseguida y sola; su destino es desesperante. Francis se vuelve hacia su hijo, pero el niño justifica el puntapié… ella le pegó primero; ella le pegó en el oído, y eso es peligroso. Luisa lo rectifica apasionadamente. Ella le pegó en el oído y quiso pegarle en el oído, porque él rompió su colección de porcelana. Henry dice que eso es mentira. El pequeño Toby se aparta del arcón con el fin de suministrar pruebas favorables a Luisa. Henry descarga la mano sobre la boca del pequeño Toby. Francis separa a los dos varones, pero sin querer mete a Toby en el arcón. Toby se echa a llorar. Luisa ya estaba llorando. En ese momento Julia Weed se acerca al sector de la habitación donde está puesta la mesa. Es una mujer bonita e inteligente, y el blanco que sus cabellos muestran es prematura. Se diría que no percibe el escándalo.

-Hola, querido –dice serenamente a Francis-. Todo el mundo a lavarse las manos. La cena está preparada. –Enciende un fósforo y lo acerca a las seis velas que iluminan este valle de lágrimas.

A semejanza de los gritos de guerra de los caudillos escoceses, este sencillo anuncio a lo sumo reaviva la ferocidad de los combatientes. Luisa da a Henry un golpe en el hombro. Aunque rara vez llora, Henry ha jugado mucho y está cansado. Se deshace en lágrimas. El pequeño Toby descubre una astilla en su mano y comienza a aullar. Francis dice con fuerte voz que sufrió un accidente de aviación y que está cansado. Julia vuelve de la cocina y, siempre indiferente al caos, pide a Francis que suba y anuncie a Helen que todo está preparado. Francis se alegra de salir de allí; es como regresar al cuartel general de la compañía. Se propone hablar del accidente aéreo a su hija mayor, pero Helen está acostada en su cama y lee un ejemplar de Romances verídicos, y lo primero que Francis hace es quitarle la revista y recordar a Helen que le prohibió comprarla. Helen replica que no la compró. Se la prestó Bessie Black, su mejor amiga. Todos leen Romances verídicos. El padre de Bessie Black lee Romances verídicos. En la clase de Helen no hay una sola alumna que no lea Romances verídicos. Francis expresa su repudio por la revista, y después le informa que la cena está preparada, aunque a juzgar por los sonidos que llegan de la planta baja no parece ser el caso. Helen desciende la escalera tras él. Julia se ha sentado a la luz de las velas y desplega una servilleta sobre su regazo. Ni Luisa ni Henry van a la mesa. El pequeño Toby continúa aullando, acostado boca abajo en el piso. Francis le habla cariñosamente:

-Toby, esta tarde papá sufrió un accidente aéreo. ¿No quieres saber cómo fue? –Toby continuó llorando-. Toby, si no vienes enseguida a la mesa –dice Francis-, te enviaré a la cama sin cenar. –El niño se pone d epie, le dirige una mirada hostil, sube corriendo la escalera, hacia su dormitorio, y cierra de un golpe la puerta.
-Oh, Dios mío –dice Julia, y va a buscarlo.
Francis dice que lo malcriará. Julia dice que a Toby le faltan cinco kilos y que hay que inducirlo a comer. Ya se aproxima el invierno, y si no cena se pasará en la cama los meses fríos. Julia sube la escalera. Francis se sienta a la mesa con Helen. Helen experimenta el decaimiento de la persona que estuvo leyendo demasiado en un día muy hermoso, y dirige a su padre y a la habitación una mirada de desaliento. No entiende el asunto del accidente aéreo, porque en Shady Hill no cayó una sola gota.
Julia regresa con Toby, y todos se sientan y se sirve la comida.
-Tengo que mirar esa cara de empanada? –dice Henry de Luisa. Todos menos Toby participan de esa escaramuza, y la pelea va y viene a lo largo de la mesa durante cinco minutos. Hacia el final, Henry se pone la servilleta sobre la cabeza y cuando trata de comer así mancha de espinacas toda su camisa, Francis pregunta a Julia si los niños no pueden cenar un rato antes. Los cañoles de Julia están preparados para afrontar estas circunstancias. No puede preparar dos cenas y poner dos mesas. Pinta con trazos candentes el panorama de tediosas tareas en las cuales ha malgastado su juventud, su belleza y su inteligencia. Francis afirma que es necesario comprenderlo; casi se mató en un accidente aéreo, y no quiere volver a casa y encontrar un campo de batalla. Ahora, Julia se muestra preocupada. Le tiembla la voz. Él no vuelve a casa todas las noches para encontrar un campo de batalla. La acusación es estúpida y mezquina. Todo estaba tranquilo hasta que él llego.De pronto calla, deja sobre la mesa el cuchillo y el tenedor, y contempla su plato como si fuera un abismo. Se echa a llorar.
-¡Pobre mami! –dice Toby, y cuando Julia se pone de pie y con una servilleta se seca las lágrimas, Toby se le acerca-. Pobre mami –dice-. ¡Pobre mami! –Y ambos suben la escalera. Los restantes niños se alejan del campo de batalla, y Francis sale al jardín del fondo, a fumar un cigarrillo y tomar un poco de aire.

(Continuará…)

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Un pensamiento en “El marido rural (I)

  1. es mi cuento preferido de Cheever y uno de mis preferidos entre todos los cuentos que he leido en mi vida. Una maravilla, ese encerrar un universo completo, es justamente como dijo Nabokov, como si fuera una novela, incluso, mejor que un millon de novelas…
    saludos

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