DIARIOS, 1956


Bebo mucho porque sostengo que estoy perturbado. En la mesa hablamos sobre el psiquiatra y me parece que me expreso con un rencor nacido del alcoholismo. Vamos a ver una película mala y al salir exclamo: “¿Por qué no contestaste cuando te pregunté si en conjunto nuestra relación no había sido feliz?”. “Te respondí con la expresión de mi cara”, dijo. Tal vez esbozara una sonrisa dulce. Bebo una sola copa y me siento en la escalera de piedra. En medio de mi angustia, me siento joven, incluso infantil. Me tiendo sollozando sobre la piedra hasta que me doy cuenta de que he adoptado la posición de un felpudo.

Duermo en mi cama, aunque me parece una humillación. Me despierto al amanecer, entre sollozos: “Dadme el río, el río, el río, el río”, pero el río que aparece tiene sauces y meandros, no es el que quiero. Parece que hay truchas, de modo que echo el anzuelo y cojo un buen pescado. Una mujer desnuda de pechos redondos se tiende sobre la hierba y me la jodo. La reemplaza Adonis, a quien acaricio brevemente, pero se me antoja un pasatiempo indigno de un hombre maduro. Sigo reclamando mi ancho río, pero parece que han tendido vías ferroviarias a través de los Campos Elíseos, y me dan un arroyo con sauces. Esta mañana tomo una píldora y me parece mejor asumir la plena responsabilidad de todo lo que anda mal. No tiene sentido pasar revista a los rechazos, las peleas que dejan heridas, etcétera. Uno ha salido de muchas situaciones y saldrá de ésta.

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