CRITICA EN LETRAS LIBRES


Esto parece el paraíso, de John Cheever

por Rafael Lemus
Letras Libres

Que la vida es humo. Que la novela ha muerto. Que la narrativa es pesimista o no es literatura. Lo sabemos todo y, sin embargo, nada es del todo cierto. Hay excepciones. Momentos de plenitud entre los muslos de una criada. Alguna novela convencional y, no obstante, válida. Cierta narrativa capaz de registrar, simultáneamente, la luz y la penumbra. Éste es el caso de Esto parece el paraíso (1982), la última novela de John Cheever. Una novela luminosa y, aparte de eso, un sereno testamento. Hundido en la vejez, cerca de la muerte, Cheever corta caja y esto entiende: el tiempo no ha intensificado su amargura sino, cosa rara, su esperanza. Una esperanza apenas encendida, ajena a toda cursilería. Son célebres sus ácidos relatos sobre los suburbios estadounidenses pero es hora, se convence, de escribir una coda. Una novela apacible. Una obra sobre “un hombre viejo al que le gusta patinar en el hielo”. Una historia, como señalará su primera frase, “para leer(se) en cama, en una casa antigua, una noche de lluvia”. Ésas, sus intenciones. Ambiciones de anciano, acaso. El resultado: una novela afable, extrañamente templada, la mejor de sus novelas. Eso, y un desmentido: no todo lo que dura es infame.

¿Una historia feliz? No necesariamente. Para componer su testamento, Cheever no se engaña. La vida es esto y esto retrata. No una historia fácil sino verosímil, tirada por el ruido y por el tedio. El protagonista: Lemuel Sears, un hombre acomodado y a un paso de la vejez. La anécdota: ese penúltimo paso, los inesperados ritos antes de atravesar el umbral de la senectud. Un amor postrero y frustrado. Una primera relación homosexual. Una batalla legal contra la empresa que contamina la laguna de su pueblo. No es esta historia lo que sorprende, sin embargo. Asombra el tono y una omisión: no hay angustia. Ocurre esto y aquello y no hay angustia. La hay en Cheever, por ejemplo, cuando enfrenta su culposa bisexualidad pero no en su protagonista, quien se lía con un hispano como quien bosteza indolentemente. La hay allá y no acá. Ése, uno de los hallazgos de la novela: expulsada la angustia, la historia adquiere una ventajosa extrañeza. Es y no es leal a este mundo. Es luminosa y, al encontrar sólo esperanza en un mundo falsificado, es toda sombras. Es esto y es otra cosa.

La novela es feliz sólo porque su resolución es feliz. Cheever postula un mundo sereno, carente de angustia, y sus recursos narrativos afirman lo mismo. No hay tensión en la prosa, por ejemplo: ésta fluye templada, armónicamente, rebosante siempre de lirismo. El lirismo también coopera: construye correspondencias a través de sus metáforas y así alivia –nada lo hace– la angustia causada por la separación. Ni siquiera las subtramas, tan habituales en Cheever, desentonan: distraen la tensión narrativa, cosa buena cuando se desea escribir una novela apenas intensa. Hay que decirlo así: Esto parece el paraíso es un triunfo de la técnica narrativa. Hay que decirlo de ese modo porque estos triunfos no son corrientes en las novelas de Cheever. En pocos casos como en el suyo es tan cierta esta frase: fue mejor cuentista que novelista. Escribió algunos de los cuentos fundamentales de la literatura norteamericana pero ninguna de sus novelas centrales. Ni Falconer, su novela más famosa, ni su saga de los Wapshot –Crónica de los Wapshot y El escándalo de los Wapshot– se sostienen a la altura de lo que hacían casi al mismo tiempo, digamos, Truman Capote, William Styron o Philip Roth. Son novelas lastradas por la experiencia del cuentista: demasiadas subtramas, tensión escasa y un temperamento nunca lo suficientemente enardecido como para expresarse durante un centenar de páginas. Si alguna de sus novelas sobrevive, será ésta, y a otra cosa.

Otra cosa: la luz en la narrativa estadounidense. No es Cheever el único autor luminoso en aquella literatura. Son legión los autores que han registrado allá, sin traicionarlo, un mundo pleno de claridad y destellos. Ése es acaso el rasgo distintivo de la literatura norteamericana: su naturaleza solar. Como poesía nacional, el optimismo democrático de un ciudadano que se sospecha un cosmos. Como épica popular, un hombre batiéndose bajo el sol contra una ballena. Más tarde, con Hemingway y Faulkner, lo central ocurre, así sea sórdidamente, al aire libre. Incluso cuando dobla el siglo y la narrativa se oculta en las aulas y en las plumas judías la luz no cesa. Piénsese en la preocupación de Norman Mailer: cómo describir la sensación de poder y crecimiento. Piénsese en la de J.D. Salinger: cómo dictar una moral humanista desde una literatura fina y pudorosa. Piénsese, sobre todo, en la de Saul Bellow: cómo extender una epifanía durante toda una obra, cómo reconstruir festivamente los claroscuros de la sociedad estadounidense. Es allí, en esa tradición, donde también descansa el mejor Cheever. El cronista de esos suburbios tan idílicos como vacíos. El cuentista que padece una simultánea aversión y fascinación por sus vecinos. El novelista temperado, y a veces extraordinario, de Esto parece el paraíso.

Que se entienda. Sólo allá, en aquel mundo, ocurre eso. Aquí, estancadas, las nociones básicas. Que la vida es humo. Que la novela ha muerto. Que la narrativa es pesimista o no es literatura. ~

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