DAVID FOSTER WALLACE – Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer
“El nadador” por Juan Marín
Hola. Aquí, al borde de la piscina. Enseguida me tiro al agua, que está azul y fresquita. Pero en esta situación, más de una vez pienso en John Cheever, un escritor americano que alcanzó la fama con una narración de quince páginas, que tituló “El nadador”. Me parece una buena historia para recordar en verano: un hombre de mediana edad, de clase media alta, se recupera de una resaca en casa de unos amigos, después de la fiesta de la noche anterior. De pronto, tiene una idea un tanto peregrina: regresar a su casa nadando por las piscinas, una tras otra, de sus vecinos de distrito. Y lo hace.
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[enviado por Daniel ¡gracias!]
Bloomsday
Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó:
-Introibo ad altare Dei.
Deteniéndose, escudriñó hacia lo hondo de la oscura escalera de caracol y gritó con aspereza:
-Subé acá, Kinch. Sube, cobarde jesuita.
Avanzó con solemnidad y subió a la redonda plataforma de tiro. Gravemente, se fue dando vuelta y bendiciendo tres veces la torre, los campos de alrededor y las montañas que se despertaban. Luego, al ver a Stephen Dedalus, se inclinó hacia él y trazó rápidas cruces en el aire, gorgoteando con la garganta y sacudiendo la cabeza. Stephen Dedalus, molesto y soñoliento, apoyó los brazos en el remate de la escalera y miró fríamente aquella cara sacudida y gorgoteante que le bendecía, caballuna en su longitud, y aquel claro pelo intonso, veteado y coloreado como roble pálido.
Buck Mulligan atisbó un momento por debajo del espejo y luego tapó el cuenco con viveza.
-¡Vuelta al cuartel! -dijo severamente.
Y añadió, en tono de predicador:
-Porque esto, oh amados carísimos, es lo genuinamente cristiano: cuerpo y alma y sangre y llagas. Música lenta, por favor. Cierren los ojos, caballeros. Un momento. Hay algo que no marcha en estos glóbulos blancos. Silencio, todos.
Echó una ojeada a lo alto, de medio lado, y lanzó un largo y grave silbido de llamada: luego se detuvo un rato en atención arrebatada, con sus dientes blancos e iguales brillando acá y allá en puntos de oro. Chrysóstomos. Dos fuertes silbidos estridentes respondieron a través de la calma.
Ulises
James Joyce
Russian Red
Russian Red They don’t believe
El domingo a media tarde pienso que mi musa zarrapastrosa e impuntual tal vez vuelva. Es como si contemplara a los personjes desde arriba, como si fueran peones en un tablero de ajedrez. Sin embargo, nunca he sabido jugar al ajedrez. Mi mente aborda asuntos desagradables y pongo a Serkin en el tocadiscos; me parece entonces entrar en una comunidad de hombres dotados, profundamente interesados en sus más profundas reflexiones sobre el amor y la muerte. La música, sobre todo la de Schubert, suena como un relato poderoso. Veo el arroyo, el puente romano, las hojas de los árboles, la mujer de pelo claro asomada a la ventana. Los diálogos son mucho más fuertes y conmovedores de los que hay en los libros que tengo en la mesa. Me gustaría titular el cuento “Buenas noticias”, pero no sé bien cómo continuar.
Russian Red Cigarettes
Mi letanía ha cambiado. Ya no estoy sentado bajo un manzano, con pantalones holgados, leyendo. Estoy desnudo en la silla amarilla del comedor. En la mano tengo un vaso largo, lleno hasta el borde de whisky color miel. En el whisky flotan dos cubitos de hielo. Fumo seis o siete cigarrillos y pienso con satisfacción en los interesantes viajes que he hecho a Egipto y Rusia. Vacío el vaso, vuelvo a llenarlo de whisky y hielo y enciendo otro cigarrillo, aunque hay varios encendidos en el cenicero. Estoy desnudo en la silla amarilla, bebiendo whisky y fumando seis o siete cigarrillos.
Russian Red Like a Wall
en Crónica de los Wapshot
-¿Por qué llora?
-Dios mío -dijo ella-. Sé que no debería llorar delante de extraños, pero el jefe entró hace un momento y me vio fumando un cigarrillo y me armó una bronca. No había nadie en la tienda. Siempre hay poca gente a estas horas cuando llueve, pero eso no es culpa mía, ¿verdad? No tengo nada que hacer cuando está lloviendo y no me voy a poner ahí fuera a pedirle a la gente que entre. Pues hacía veinte minutos, veinticinco o treinta minutos, que no venía nadie, así que me metí en la trastienda y encendí un cigarrillo y en seguida entró él, olfateando como un cerdo, y me echó una bronca. Me dijo unas cosas horribles.
-No haga caso de lo que diga.
-¿Es usted inglés?
-No -dijo Coverly-. Soy de un sitio que se llama Saint Botolphs. Es un pueblo, al norte de aquí.
-Se lo pregunté porque no habla usted como los demás. Yo también vengo de un pueblo. No soy más que una chica de pueblo. Creo que a lo mejor ése es mi problema. No tengo la piel dura que hace falta para vivir en esta ciudad. He tenido tantos problemas esta semana. Cogí un apartamento con mi amiga. Tengo, o quizá debería decir tenía, una amiga. Helen Bent. Pensé que era una amiga de verdad. Desde luego, ella me hizo creer que era mi mejor amiga. Bueno, pues como éramos tan buenas amigas, parecía natural coger un apartamento juntas. Éramos inseparables. Eso decía la gente. No puedes invitar a Betsey sin invitar a Helen, decían. Esas dos son inseparables. Pues cogimos este apartamento juntas, mi amiga y yo. Eso fue hace un mes, un mes o mes y medio. Bueno, pues en cuanto que nos mudamos y nos instalamos e íbamos a empezar a disfrutarlo, descubrí que todo era un plan suyo. La única razón por la que ella quiere compartir un apartamento conmigo es para llevar hombres allí. Antes vivía con su familia en Queens. No es que a mí me parezca mal que lleve un amigo de vez en cuando, pero es un apartamento de una sola habitación y ella los llevaba todas las noches y, claro, era muy violento para mí. Había tantos hombres entrando y saliendo que aquello no me parecía mi casa. A veces, cuando era hora de irme a casa, a mi propio apartamento, por e que pagaba un alquiler y donde tenía mis muebles, me molestaba tanto llegar y encontrarme con uno de sus amigos, que me iba a la última sesión de un cine. Bueno, al final hablé con ella. Helen, le dije, este sitio no me parece mi casa. No tiene sentido que pague un alquiler, le dije, si voy a tener que instalarme en un cine. Y entonces se quitó la careta. ¡Qué cosas me dijo! Cuando volví a casa al día siguiente se había marchado, llevándose el televisor y todo. Me alegré de no volver a verla, pero ahora me encuentro con este apartamento y sin nadie que pague la mitad del alquiler, y en un trabajo como éste no tengo ocasión de hacer amigas.
Ella le preguntó si quería algo más. Era casi la hora de cerrar y Coverly le preguntó si podía acompañarla dando un paseo.
-Está claro que viene usted de un pueblo -dijo ella-. Cualquiera se daría cuenta de que viene usted de un pueblo al oírle decir si me puede acompañar dando un paseo, pero da la casualidad de que vivo a cinco manzanas de aquí y voy andando, así que supongo que no tiene nada de malo el que me acompañe, siempre que no sea usted un fresco. Estoy harta de frescuras. Tiene que prometerme que no se propasará.
-Lo prometo -dijo Coverly.
Ella siguió hablando sin parar mientras hacía los preparativos para cerrar la tienda y, cuando terminó, se puso el sombrero y el abrigo y salió con Coverly a la lluvia. Él estaba encantado con su compañía. Qué neoyokino, pensó, acompañaría a casa a una dependienta bajo la lluvia. Al acercarse a su casa, ella le recordó su promesa de no propasarse y él no le preguntó si podía subir, pero la invitó a cenar con él una noche.
-Me encantaría -dijo ella. El domingo es mi única noche libre, y si el domingo le va bien, me encantaría cenar con usted el domingo por la noche. Hay un restaurante italiano muy agradable a la vuelta de la esquina al que podríamos ir. Yo nunca he estado allí, pero esta antigua amiga mía me dijo que estaba muy bien, excelente cocina, y si usted puede recogerme a eso de las siete…
Coverly la contempló mientras ella cruzaba el portal iluminado hasta la puerta interior; una muchacha delgada y no muy agraciada, y sintió, con la misma certeza con que el cisne reconoce a su pareja, que estaba enamorado.
[páginas 172-174]
Crónica de los Wapshot
John Cheever
Epílogo Rodrigo Fresán
Traducción Maribel de Juan
Emecé, 2003
Entrevista a Philip Roth
“Las pantallas nos han derrotado”
El País Semanal 23/03/2008
Le diría que todavía quedan por ahí buenos lectores. Aquí, en EE UU, no.
¿Dónde están? ¿Dónde? Mirando las pantallas de sus ordenadores, las pantallas de televisión, de los cines, de los DVD. Distraídos por formatos más divertidos. Las pantallas nos han derrotado.
Ahí está la competencia, la dura competencia. La de las pantallas. ¿Cómo deben combatir contra eso los escritores? No lo sé. No me lo planteo seriamente. Sólo le puedo decir lo que ha ocurrido: que han ganado la batalla sobre las páginas.
¿Tampoco confía en el tan alabado ?Kindle?, el libro electrónico que acaba de aparecer en Estados Unidos? No lo he visto todavía, sé que anda por ahí, pero dudo que reemplace un artefacto como el libro. La clave no es trasladar libros a pantallas electrónicas. No es eso. No. El problema es que el hábito de la lectura se ha esfumado. Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal. La concentración, la soledad, la imaginación que requiere el hábito de la lectura. Hemos perdido la guerra. En veinte años, la lectura será un culto.
¿Y los lectores serán una especie de gente rara, de espectros? No, no, tampoco. Será un hobby minoritario. Unos criarán perros y peces tropicales, otros leerán. Como lo que es hoy leer poesía. Existen poetas, se les publica, pero los lectores de poesía son una minoría. Eso ocurrirá.
¿Los escritores tampoco serán esas voces que cualquier sociedad necesita? ¿Perderán pedigrí? Existirán. Pocos se ganarán la vida con ello. Pero no hablo del final de ningún género, como la novela, eso que se habla tanto hoy en día. Hablo de la muerte del lector, algo que en este país ya es un hecho. No sé si en Europa también.
Diarios, 1964

La perra vieja; mi amor. Que cuando la compramo, alguien señaló su columna torcida, su caja torácica semejante a un barril. Que cuando era cachorro era desobediente, egoísta y caprichosa. Que volcaba los cubos de basura, arrancaba la ropa del tendedero, mordisqueaba zapatos, rompió las únicas gafas que tenía la canguro, se negaba a obeceder; incluso parecía reírse cuando se la llamaba. Nos escondió la ropa mientras buscábamos almejas en Coskata, casi ahogó a Mary en New Hampshire y era un peligro en cualquier playa. Que devolvía el palo que le arrojabas una o dos veces, pero después volvía la espalda y fingía no escuchar la orden de “busca, busca”. Cómo la abandonamos cuando nos fuimos a Europa, cómo masticó el tapizado, cómo al escuchar mi voz en la perrera saltó una cerca y se arrojó sobre mí. Que la aparición del amor en nuestra relación se produjo aquel día en Welton Falls. El arroyo estaba crecido, perdió pie y la corriente la arrastró hasta una pequeña catarata y una laguna. Cuando volvimos, la alcé en brazos y la llevé a casa mientras me lamía la cara. Que a partir de entonces sus sentimientos hacia mí parecieron volverse más profundos. Su función de confidente durante los meses de agitación y viollencia. Que mi hija, al volver de clase, la llevaba al bosque y volcaba en sus oídos toda clase de quejas sobre la escuela su padre y su madre. Después lo hacía yo, y después de lavar los platos le llegaba el turno a Mary.
Letras
Watafak (explotando las tipografías)
Estanterías (30 of the Most Creative Bookshelves Designs)
La mancha humana&Los pájaros
[páginas 195-196]
Piensa mucho en los grajos, que están por todas partes. Se posan en los árboles del bosque no lejos de la habitación donde ella duerme, están en el pasto cuando ella va a abrir el vallado para que entren las vacas, y hoy graznan en todo el campus, por lo que en lugar de pensar en lo que Coleman cree que está pensando, piensa en el grajo al que veía alrededor de la tienda en Seely Falls, cuando, tras el incendio y antes de trasladarse a la granja, tratando de ocultarse para que Garley no la encontrara, alquiló allí una habitación, el grajo que merodeaba por el aparcamiento entre la oficina de correos y la tienda, el grajo del que alguien había cuidado cuidado porque estaba abandonado o porque su madre había muerto.
[páginas 198-199]
Hay una anécdota preciosa que nunca he olvidado, que me contó cuando era pequeña una amiga de mi madre a quien se la había contado su madre. Unos grajos eran tan listos que habían descubierto la manera de abrir nueces llevándolas a la carretera. Estaban atentos al cambio de luces en el semáforo, sabían cuándo arrancarían los coches (eran tan inteligentes que sabían lo que pasaba con las luces) y colocaban las nueces delante de los neumáticos, para que partieran las nueces en cuento cambiara la luz y se pusieran en marcha.
[página 200]
Es cierto que tienen un comportamiento extraño, como todo lo demás. Los he visto en árboles, todos juntos, charlando, y era evidente que tramaban algo, pero nunca sabré qué es. Parece como si llegaran a algún acuerdo importante, pero no tengo la menor idea de si ellos mismos saben de qué se trata. Podría ser algo tan carente de sentido como todo lo demás. Pero apostaría a que no lo es, y que tiene mucho más sentido que cualquiera de nuestros puñeteros asuntos aquí abajo. ¿O no es así? ¿Acaso ese comportamiento significa algo pero no es nada? Tal vez no sea más que un gin genético. Imagínate si los grajos estuvieran al frente de todo.
[páginas 200-201]
Puede que haya sido uno de ellos, puede que no. Estoy segura de que a veces creo que ya soy uno de ellos. Sí, desde hace meses creo eso en ocasiones. ¿Por qué no? Hay hombres que están encerrados en cuerpos de mujer y mujeres encerradas en cuerpos masculinos, así que no hay razón para que un grajo no esté encerrado en este cuerpo. Sí, ¿y dónde está el cirujano que hará lo que hay que hacer para liberarme? ¿Dónde me harán la operación que me permitirá ser lo que soy? ¿Con quién he de hablar? ¿Adónde voy y qué hago y cómo coño salgo?
“Soy un grajo. Lo sé. ¡Lo sé!”
La mancha humana
Philip Roth
Alfaguara
Los pájaros
Alfred Hitchcock
1963
Psicópolis [fragmento] de “Entre las sábanas” Ian McEwan
PSICÓPOLIS -fragmento-
[página 154-160]
Un buen día, a la vuelta de la playa, encontré en la puerta una nota de mi amigo Terence Latterly.
-Te estoy esperando -decía- en el Doggie Diner de enfrente.
Conocí a Latterly hace años, en Inglaterra, cuando investigaba para una tesis sobre George Orwell, que sigue sin completar, y hasta que llegué a América no descubrí que era un americano poco común. Delgado, extraordinariamente pálido, con delicados y rizados cabellos negros, ojos rasgados, como los de una princesa renacentista, y una nariz larga y recta con estrechas ranuras negras por fosas. Terence era enfermizamente bello. Los homosexuales lo abordaban con frecuencia, y en cierta ocasión, en la Polk Street de San Francisco, llegaron literalmente a acosarlo en asa. Padecía un leve tartamudeo, lo bastante leve para enternecer a aquellos a los que enternecen esas cosas, y daba mucha importancia a la amistad, hasta el punto de deprimirse a veces por culpa de sus amigos. Me llevó algún tiempo admitir que, en el fondo, Terence no me caía bien, pero entonces ya formaba parte de mi vida y lo acepté como un hecho consumado. Como a todos los pelmazos, sólo le interesaban sus problemas y no sentía la menor curiosidad por lo que pensaran los demás, pero contaba buenas historias y nunca repetía ninguna. Se encaprichaba regularmente de mujeres a las que espantaba con su laberíntica quisquillosidad y su vehemencia, y que proporcionaban material fresco para sus monólogos. Ya había habido dos o tres ocasiones en que una chica tranquila, solitaria y protectora se había enamorado desesperadamente de Terence y sus manías, pero, como era de esperar, él no mostraba interés. Le iban las mujeres duras, independientes y de piernas largas, las cuales se aburrían rápidamente con él. Me confesó que se masturbaba cada día.
Era el único cliente que había en el Doggie Diner; estaba cabizbajo y taciturno ante una taza de café vacía, y apoyaba el mentón sobre las palmas de las manos.
-En Inglaterra -le dije-, una cena de perro significa una porquería intragable.
-Entonces siéntate -dijo Terence-. Estamos en el lugar adecuado. Me han humillado de mala manera.
-¿Sylvie? -pregunté solícitamente.
-Sí, sí. Una humillación grotesca. -Aquello no era nada nuevo. Con frecuencia, los encuentros con Terence eran morbosos resúmenes de los golpes que había encajado a mano de mujeres indiferentes. Llevaba meses enamorado de Sylvie,y la había seguido hasta aquí desde San Francisco, donde me habló de ella por primera vez. Ella se ganaba la vida montando restaurantes de comida naturista y vendiéndolos después, y, por lo que yo sabía, apenas era consciente de que Terence existiese-. Nunca debí venir a Los Ángeles -dijo Terence mientras la camarera del Doggie Diner llenaba su taza-. Está bien para los británicos. Vosotros veis todo lo de aquí como una estrafalaria comedia de extremos, pero es porque sois meros espectadores. La verdad es que es de psiquiátrico, totalmente de psiquiátrico.
Terence se pasó la mano por el pelo, que parecía engominado y tieso, y se quedó mirando fijamente la calle a través de la ventana. Envueltos en una continua nube de color azul claro, los coches pasaban de largo a veinte por hora, los conductores apoyaban sus morenos antebrazos sobre las ventanillas, tenían puesta la radio, se iban todos a casa o a los bares a pasárselo bien.
Tras un silencio correcto dije:
-¿Y bien…?
Desde el primer día en que llega a Los Ángeles, Terence le suplica por teléfono a Sylvie que cene con él, y ella, finalmente harta, accede. Terence se compra una camisa nueva, va al peluquero y, bien entrada la tarde, pasa una hora delante del espejo contemplándose la cara. Queda en un bar con Sylvie; beben bourbon. Ella se muestra relajada y amigable, y hablan tranquilamente de política californiana, asunto del que Terence entiende poco menos que nada. Puesto que Sylvie conoce Los Ángeles, el restaurante lo elige ella. Al salir del bar, ella dice:
-¿Vamos en tu coche o en el mío?
Terence, que no tiene coche y no sabe conducir, dice:
-Mejor en el tuyo.
Cuando están terminando los hors d’oeuvre, ya van por la segunda botella de vino; hablan de vinos, y después de dinero, y después de libros otra vez. La encantadora Sylvie guía a Terence a través de media docena de temas; le sonríe y Terence se ruboriza de amor y alberga los más descabellados propósitos amorosos. Está tan enamorado, que sabe que no podrá resistir la tentación de declararse. Puede sentir la inminente irrupción de una confesión frenética. Las palabras brotan desordenadamente, en una declaración amorosa digna de las páginas de Walter Scott y cuyo estribillo principal es que no hay nada, absolutamente nada en el mundo, que Terence no esté dispuesto a hacer por Sylvie. De hecho, bebido, la desafía a que ponga a prueba su devoción en ese mismo instante. Conmovida por el bourbon y el vino, intrigada por aquel melancólico y lunático fin de siècle, Sylvie le lanza una cálida mirada y devuelve el pequeño apretón de manos que le ha dado Terence. Por el aire enrarecido que hay entre ellos corre una carga de buena voluntad y temeridad. Impulsado por el mero silencio, Terence se repite. No hay nada, absolutamente nada, etcétera. La mirada de Sylvie se desplaza momentáneamente del rostro de Terence a la puerta del restaurante, por la que ahora entra una pudiente pareja de mediana edad. Sylvie frunce el ceño y a continuación sonríe.
-¿Lo que sea? -dice.
-Sí, sí, lo que sea. -Ahora Terence se muestra solemne, pues capta el desafío implícito en su pregunta. Sylvie se inclina hacia delante y le coge del antebrazo.
-¿No te echarás atrás?
-No. Si es humanamente posible, lo haré. -Sylvie vuelve a mirar a la pareja, que espera junto a la puerta a que el maître, en este caso una enérgica mujer con uniforme rojo, la acomode. Terence también la mira. Sylvie le aprieta el brazo con fuerza.
-Quiero que te orines encima, ahora. ¡Venga, ahora! ¡Rápido! ¡Hazlo ya, sin pensártelo dos veces!
Terence está a punto de protestar, pero sus propias promesas aún colean, formando una nube acusadora. Con ebria impetuosidad, y con el sonido de un timbre eléctrico retumbándole en los oídos, orina copiosamente, se empapa los muslos, las piernas y el trasero, y envía un pequeño y constante reguero al suelo.
-¿Lo has hecho? -dice Sylvie.
-Sí -dice Terence-. Pero ¿por qué…?
Sylvie se incorpora a medias de su silla y saluda con elegancia hacia el otro extremo del restaurante, donde está la pareja que espera junto a la puerta.
-Quiero presentarte a mis padres -dice-. Acaban de entrar.
Terence se queda sentado mientras duran las presentaciones. Se pregunta si notarán el olor. No hay nada que no esté dispuesto a decir para disuadir a esa afable y encanecida pareja de sentarse a la mesa junto a su hija. Habla desesperadamente y sin parar (”como si fuera un pelmazo”), y califica a Los Ángeles de “cagadero” y a sus habitantes de “codiciosos fagocitadores de la intimidad del vecino”. Insinúa que acaba de recuperarse de una prolongada enfermedad mental y le dice a la madre de Sylvie que todos los médicos, especialmente cuando son mujeres, son “gilipollas”. Sylvie no dice nada. El padre le guiña un ojo a su mujer y la pareja se marcha sin despedirse a su mesa, que se encuentra al otro lado de la sala.
Terence se calló de repente, como si se hubiera olvidado de que me estaba contando aquella historia, y se puso a limpiarse las uñas con la púa de un peine. Dije:
-Oye, no te calles ahora. ¿Qué pasó? ¿Qué explicación tiene todo eso?
El comedor empezaba a llenarse a nuestro alrededor, pero nadie más hablaba.
Terence dijo:
-Me senté sobre un periódico para no mojarle el asiento del coche. No hablamos demasiado, y cuando llegamos a mi casa no quiso subir. Por el camino me había dicho que no le caían bien sus padres. Supongo que sólo quería divertirse.
Me pregunté si Terence se habría inventado aquella historia o la habría soñado, pues era el paradigma de todos los rechazos, la expresión perfecta de sus temores o, quizá, de sus deseos más profundos.
-Aquí la gente -dijo Terence mientras salíamos del Doggie Diner- vive lejísimos de los demás. El vecino es alguien que está a cuarenta minutos en coche, y cuando por fin se juntan, se destrozan mutuamente en el frenesí de la soledad.
Había algo que me gustó en aquel comentario, e invité a Terence a casa a fumarse un porro conmigo. Nos quedamos en la acera durante unos minutos mientras él decidía si se lo fumaba o no. A través del tráfico, miramos desde el otro lado de la calle hacia el interior de la tienda, donde George estaba enseñándole a una mujer negra cómo funcionaba el equipo de disco. Por fin, Terence sacudió la cabeza y dijo que, aprovechando que estaba en aquella parte de la ciudad, iría a Venice a visitar a una chica que conocía.
-Llévate unos calzoncillos de repuesto -le sugerí.
-¡Eso! -me gritó por encima del hombro mientras se alejaba-. ¡Nos vemos!.
Ian McEwan
Traducción de Federico Corriente
Anagrama-Quinteto
Diarios, 1975
Ayer me soltaron de la clínica de rehabilitación para alcohólicos. Pasar de la borrachera total a la sobriedad total es un cambio violento y desgarrado. Este momento, esta hora, es la suma del pasado no inmutable y la necesidad de futuro. No sé dónde empezó, tal vez pueda revivir este año dieciocho veces sin dominarlo. Diría que comenzó con la pantomima del otro lado del río y sigue esta mañana con un saludo seco, un vaso de zumo de naranja y un poco de café frío. En la casa, que contiene a dos personas, reina el silencio. Parece que mi salvación se encuentra sobre todo en la risa. La risa y el trabajo. El alcohol cumplía una función incalculable. Creo que he perdido algunos originales. Aseguro que sólo me preocupa la posibilidad de que caigan en manos ajenas. No puedo asimilar la vergüenza de haber perdido las amarras a causa del alcohol. Esta mañana me parece que he perdido diez kilos y veinticinco años. Una cosa es la vieja pereza que justificaba con la edad. Si quieres quitaré los postigos, pero mañana. Como. Tomo diecisiete tazas de café negro. Ya que digo que esto es un medio de comunicación, debo demostrarlo. ¿Qué tengo? El escudo, el alcohol; pero al cabo de un siglo, negro como el basalto en bruto, el ónice, la antracita. La representación de la libertad y la justicia. La noche de los gatos. La visita, todavía incomprensible. Pienso en el O’Hara cuarentón que dejó esa mierda y pudo seguir trabajando. Ha sido prácticamente el único.
He sufrido un cambio violento, pero nada más parece haber cambiado. En busca del beso de buenas noches, la única piel que encuentro es la de un codo. Los perros nos despiertan antes del amanecer, y cuando pregunto qué puedo hacer, recibo una respuesta destemplada. Últimamente no disfruta cuando se acuesta conmigo. Soy el rey de la montaña, pero parece que nadie lo sabe. Puedes escribir sobre la partida de los invitados.
Día núm. 2. Todavía estoy muy nervioso, pero me parece que no tomare Valium. Trataré de escribir sobre la libertad. Hay tres ocasiones de peligro. Una es la euforia de trabajar a tope; otra es la euforia del alcohol, cuando creo caminar entre las estrellas, y otra es la euforia de la sobriedad total, cuando creo dominar el tiempo. El puente de lenguaje, metáforas, anécdotas e imaginación que construyo todas las mañanas para cruzar las incongruencias de mi vida parece, en verdad, muy frágil.
Recibo una carta de A. Me he convencido de que le amo; debo de haberle escrito cien cartas de amor; he anhelado su compañía, disfrutado de su conversación y he sentido interés por su trabajo. No es mi amante y el hecho de que me haya rechazado tal vez afecte a mis sentimientos de una forma que no comprendo. En síntesis, parece que no aprecia mi encanto, mi capacidad, etc. A veces parece indiferente a mis dotes y la forma en que los utilizo. ¡Qué dilema! Y yo, tal vez por amor, le he atribuido un carácter y una inteligencia que no desea poseer. No sé cómo son sus parejas sexuales, pero diría que son bellas y musculosas. No puedo imaginar su consumación. El contenido de su carta me ofende y el estilo me parece frívolo. A veces parece querer presentarse como un homosexual agresivo, lo cual me resulta incomprensible. Tal vez repite alguna escena con su padre. Con todo, no creo que su conducta merezca tanta investigación. Tal vez sea su papel.
La primera tarde está en un bonito yate; la primera noche en un cine de homosexuales. Mi único sentimiento es la duda, saber cuándo llegan a la costa los aviones de Nueva York. En realidad no importa, pero ¿por qué quiere que lo rechace? ¿Por qué quiere que lo imagine poniendo el culo a todo el mundo, un culo que nunca será mío? ¿Cómo habré podido enamorarme de un hombre tan estúpido? ¿Son todos mis amores igual de necios? No seré malo con él.
Amy Winehouse Love Is A Losing Game
Los blues de recoger los pedazos. Estoy triste todo el tiempo. Los blues de recoger los pedazos, no puedo ordenar los pedazos. Los blues de recoger los pedazos, pero el rompecabezas no es mío.
Elogiemos ahora a Agee
Pocas novelas hay en la literatura norteamericana del siglo XX que puedan medirse con ésta. Para nuestra desgracia como lectores, es novela única de su autor, si exceptuamos una nouvelle titulada The morning watch. A James Agee no le dio tiempo a escribir más porque murió a la edad de 45 años de un ataque al corazón en un taxi en Nueva York. También es cierto que su registro creativo fue tan amplio que sólo puso unos pocos ejemplos de su marca en campos muy distintos, trabajos que hoy reputamos como maestros, pues era un creador tan disperso como genial.
James Rufus Agee nació en Knoxville, Tejas, en 1909. En 1916 murió su padre en un accidente de automóvil y en 1928 ingresó en Harvard, donde se graduó en 1932. Ese mismo año entró a trabajar en la prestigiosa revista Fortune y dos años más tarde publicó su primer libro de poemas. En 1936 pasó ocho semanas en Alabama con el gran fotógrafo Walker Evans entrevistando y fotografiando a familias de blancos pobres, lo que da lugar a un libro excepcional: Elogiemos ahora a hombres famosos (Círculo de Lectores, 1994) es un soberbio relato ilustrado sobre las condiciones de vida de los arrendatarios del algodón en el profundo sur de Estados Unidos. En ella se describe un mundo durísimo en el que, tras las desoladoras condiciones de vida de aquellas gentes, se alza como un estandarte algo que será bandera en la vida de Agee: el sentido de la dignidad.
Dice John Huston:
“Jim Agee era un Poeta de la Verdad; un hombre que no se preocupaba en absoluto por su apariencia, solamente por su integridad. Ésta la preservaba como algo más valioso que la vida. Llevaba su amor por la verdad hasta el extremo de la obsesión. En Elogiemos ahora a hombres famosos su descripción de los objetos de una habitación era detallada hasta el punto de constituir un homenaje a la verdad. Durante una fracción de eternidad esos objetos existieron en una colocación determinada dentro de un espacio circunscrito; eso era verdad. Y la verdad era digna de ser contada”.
Bien sabía lo que decía John Huston, pues estaba hablando del que fue guionista de la película que él dirigió, La reina de África. Y no sólo de ésta, pues Agee fue también el guionista de otra película legendaria: La noche del cazador, única que dirigió Charles Laughton. De hecho, la relación de Agee con el mundo del cine comienza en 1942, cuando empieza a colaborar en The Nation como crítico de cine y como tal llegó a ser el más prestigioso de su época en Estados Unidos. Jean Luc Godard lo consideraba un crítico tan influyente como André Bazin, y Guillermo Cabrera Infante confiesa que un día, tras publicar un cuento en la revista Bohemia, decidió que el cine había dejado de ser su pasión dominante para serlo la literatura, pero leyó una crítica de Agee sobre el Hamlet de Laurence Olivier y concluyó que “era posible hacer crítica de cine de la misma manera que escribía cuentos”. Las críticas de Agee se editaron con el título Agee on film y una selección de ellas está publicada en español con el título Escritos sobre cine (Paidós, 2001). Dos años después de su muerte apareció Una muerte en la familia, que obtuvo el Premio Pulitzer en 1958. Ya no le dio tiempo a más, justo cuando su potencial estaba al máximo.
Una muerte en la familia le llevó a James Agee siete años de trabajo, más los que tuvo que esperar hasta que su propia historia remansase dentro de él. El protagonista de la novela es un niño llamado Rufus (su segundo nombre era ése) y cuenta la muerte de su padre en un accidente de automóvil, tal como le ocurrió a él mismo en la realidad. La historia transcurre en Knoxville, su lugar de origen, y parece bastante evidente que hay un claro trasfondo autobiográfico en el libro. La novela es el relato del hueco que deja en una familia de clase media norteamericana la muerte del padre. Transcurre en el verano de 1915 y, por su asunto, recuerda otra novela de reciente éxito en España: Vinieron como golondrinas, de William Maxwell, que transcurre casi en las mismas fechas. Sin embargo, aunque ambas poseen una notable vena lírica, la de Agee es más potente y honda que la de Maxwell. La novela de Agee transcurre en los días inmediatos ante y post mórtem y se ciñe a la cotidianidad vital de la familia. Se divide en dos secciones: la que cuenta el suceso desde el momento en que el padre recibe la noticia que le hace ponerse en camino por una emergencia familiar hasta el día del entierro; y la que toma a Rufus como directo referente narrativo, que va impresa en cursiva.
Esa parte en cursiva es muy atractiva porque es la más audaz expresivamente, ya que Agee -que, sin duda, conocía la obra de Joyce- o bien juega con las voces narrativas para crear un espléndido nudo de sentimientos en el primer bloque o bien, como en el segundo bloque, logra crear una representación de la inocencia y la malicia infantiles, del encuentro en el tiempo que supone la visita a la tatarabuela y del viaje familiar que desemboca en un controvertido y sencillo engaño de sus tíos; esos dos bloques son una representación prodigiosa de la mente de un niño ante la realidad inmediata. El conjunto, por su parte, es un retrato de familia en el que todos tratan desesperadamente de transmitir amor, incluso en las discusiones o en las regañinas y los pequeños malentendidos y donde todos quedan maravillosamente individualizados y retratados.
Es en la última parte donde esta obra impecable va creciendo en intensidad hasta desembocar en una invención admirable al hacernos imaginar, a través de la descripción de los movimientos de los adultos y del cortejo mortuorio, la mirada de los niños sobre todo lo que está aconteciendo. Éste es un pulso que sólo puede ganar un escritor de raza. Como lo es la escena en la que, sin oír más que tonos de voz, sin captar el niño (ni el lector) una palabra de lo que están hablando en el dormitorio el cura, la madre y la tía (la puerta está cerrada), logra transmitirnos el sentido de lo que ocurre a través de las emociones y el cerebro del pequeño Rufus en su tensa escucha. En realidad, el libro es un dechado de selección de detalles, todos ellos propios de la vida vulgar y pequeña de esa familia de clase media de la que extrae un conflicto dramático de conmovedora grandeza, esa grandeza que anida en la vida de las personas que intentan vivir de acuerdo con principios que, sin embargo, les superan por su propia falibilidad humana o por el fatal azar.
Por ahí entra también un asunto de extrema importancia que es el de la presencia y la ausencia de Dios. Mary, la madre, es muy religiosa y se atiene a Dios como faro y guía en la vida; el padre, Jay, por el contrario, descree y sólo acepta la religiosidad de la madre por razones de amor y convivencia y porque es un hombre entero y digno; se apunta por ello alguna desavenencia que abre una quebradura. Por lo demás, la presencia de Dios es a menudo un peso más que un consuelo, un peso al que se aferran casi todos los adultos mientras Rufus, de la mano del amigo de Jay, empieza a entender la distancia que a ese Dios le ponía su padre. Y junto a ello se alza una reflexión sobre el morir que atraviesa el entrecruzamiento sentimental y emocional de todos los miembros de la familia reunidos en torno a la muerte de Jay.
Un estilo de grandeza lírica y de una precisión implacable corona el libro, que ya editó Rosa Regàs en 1973 y que reaparece ahora de la mano de Alianza Editorial en una espléndida traducción de Carmen Criado. Esa soberbia y profunda escritura nos entrega un relato de una belleza e intensidad que no desmerece ni un párrafo. Una muerte en la familia es una de las novelas norteamericanas verdaderamente grandes de todo el siglo XX.
El País
05/01/2008
Falconer en LeerGratis.com
Falconer es la novela más conocida del especialista en relatos estadounidense John Cheever (1912-1982), y supone una de las historias carcelarias más famosas y leídas.
Se cuenta las desventuras en prisión del antihéroe Farragut, que ha sido ingresado por un crimen traumático y desolador: el homicidio de su propio hermano. Farragut, que se define como inestable y sensible, es un homosexual tristemente casado, drogadicto que entra en una realidad pesadillesca y claustrofóbica, donde nadie es simpático y todos los días son igualmente hostiles, mientras sueña con arreglar las cosas de fuera y salir un día a una libertad nueva y con la experiencia de haber estado en una cárcel, de la que ha aprendido mucho, algunas cosas buenas y el resto malas, pero útiles.
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CHEEVER, JOHN Falconer
New York NY: Alfred A. Knopf, 1977. First Edition. Hardcover. ISBN: 0394410718
Cheever en Vivir del cuento
Una de las más interesantes muestras de la extraña y retorcida visión que del fenómeno cultural tienen las editoriales, especialmente las grandes editoriales –y digo especialmente con la certeza de que muchas de las independientes se diferencian de las grandes tan sólo en la cuota de mercado que manejan, ya que muchos de los gestos y ediciones que hacen estos pequeños editores se limitan a revelar unas prácticas similares a las de la grandes pero en menor escala, de lo que se deduce que son igual de ineptos pero, para su desgracia, manejan menos dinero- se ha hecho presente gracias a la biblioteca John Cheever.
Que un gran grupo como Planeta mostrara este sorprendente interés relacionado con un autor que, fundamentalmente, ha logrado su acceso al canon –esa innovadora definición bloomiana del Parnaso- a través de sus relatos –sus novelas y su diario no tendrían la valoración que tienen de no ser por ese volumen mastodóntico, en calidad y cantidad, que fue la recopilación de la mayoría de sus historias en el año setenta y ocho, por el que ganó el Pulitzer- no dejaba de ser sospechoso. Pero, quizá, en la gran casa de la edición han comenzado a tener algo más en cuenta que el balance de cuentas, quién sabe si el prestigio de tener esos libros editados. Además revela una insistencia notable de Rodrigo Fresán –el autor de los epílogos- y una complicidad por parte de García Ortega –director de la sección literaria de Planeta- evidente para llevar adelante el proyecto. La idea que uno alabó en público y privado está empezando ya a mostrarse como un verdadero despropósito.
Oxalá o sol continue parado sobre António para siempre
Não estou deprimido, não me sobra tempo para depressões, sou apenas um homem, diante do seu espelho interior, que não gosta do que vê. O que poderia ter feito?
Cheever en Lanzallamas
Su prosa refinada y lacónica le otorgó un sello personal en la escena norteamericana de postguerra, y con el paso del tiempo, su estilo influyó decisivamente en posteriores generaciones de escritores del “naturalismo”, “posrealismo”, “realismo sucio”, como se encarga de rotular la crítica, desde Raymond Carver y Richard Ford hasta la nueva horneada gringa como Lorrie Moore, Rick Moody o Michael Chabon, méritos que le han asegurado un importante lugar en las letras del siglo XX.
VERS DE SOCIETE Philip Larkin
Mi esposa y yo hemos invitado a una gentuza
a que vengan a perder el tiempo a casa: ¿te atreves
a ser de la partida? Pero qué mierda, amigo.
Acaba el día.
La estufa respira, oscuramente los árboles se mecen.
Por lo tanto: Querido Warlock-Williams, lo lamento…
Gracioso lo difícil que es quedarse solo.
Podría pasarme, si quisiera, la mitad de las noches
sosteniendo una copa de jerez insulso, inclinado
para oír las tonterías de una zorra
que no ha leído otra cosa que revistas;
pensando en cuánto tiempo libre se ha escurrido
hacia la nada porque uno lo llenó
con caras y cubiertos, en vez de aprovecharlo
bajo una lápara, oyendo cómo sopla el viento
y asomándose a ver la luna convertida
en navaja afilada por el aire.
Una vida, y sin embargo cuán duramente nos inculcan:
toda soledad es egoísta. Nadie hoy
cree al eremita de andrajos y escudilla
que habla con Dios (también éste se fue); el gran deseo
es tener gente que es simpática con uno,
lo cual en cierto modo significa retribuirlo.
La virtud es social. ¿Entonces son estas rutinas
una forma de jugar a la bondad, como ir a misa?
¿Algo aburrido, que hacemos no muy bien
(interesarnos por la investigación de aquel idiota)
pero con sentimiento, pues, aun groseramente,
nos señala el buen ejemplo?
Demasiado sutil. Y decoroso, encima. Oh, diablos,
sólo los jóvenes son libres de estar solos.
Para tener compañía queda ahora menos tiempo
y a menudo permanecer bajo la lámpara
no ofrece paz, sino otras cosas.
Remordimiento y fracaso esperan en la sombra
susurrando Querido Warlock-Williams: por supuesto…
===
My wife and I have asked a crowd of craps
To come and waste their time and ours: perhaps
You’d care to join us? In a pig’s arse, friend.
Day comes to an end.
The gas fire breathes, the trees are darkly swayed.
And so Dear Warlock-Williams: I’m afraid -
Funny how hard it is to be alone.
I could spend half my evenings, if I wanted,
Holding a glass of washing sherry, canted
Over to catch the drivel of some bitch
Who’s read nothing but Which;
Just think of all the spare time that has flown
Straight into nothingness by being filled
With forks and faces, rather than repaid
Under a lamp, hearing the noise of wind,
And looking out to see the moon thinned
To an air-sharpened blade.
A life, and yet how sternly it’s instilled
All solitude is selfish. No one now
Believes the hermit with his gown and dish
Talking to God (who’s gone too); the big wish
Is to have people nice to you, which means
Doing it back somehow.
Virtue is social. Are, then, these routines
Playing at goodness, like going to church?
Something that bores us, something we don’t do well
(Asking that ass about his fool research)
But try to feel, because, however crudely,
It shows us what should be?
Too subtle, that. Too decent, too. Oh hell,
Only the young can be alone freely.
The time is shorter now for company,
And sitting by a lamp more often brings
Not peace, but other things.
Beyond the light stand failure and remorse
Whispering Dear Warlock-Williams: Why, of course -
Philip Larkin
Ventanas Altas
Lumen
Traducción y prólogo de Marcelo Cohen
Diarios, 1967
La casa estaba a oscuras. Nevaba. No quedaba una sola colilla, la botella de ginebra estaba vacía, no había ni siquiera una aspirina. Subió a mirar en el botiquín. En el frasco de Miltown quedaban unos granos que recogió con el dedo húmedo y se llevó a la boca. No le hicieron efecto. Al menos estamos vivos, repetía, estamos vivos, pero sin alcohol, calor, aspirinas, barbitúricos, café ni tabaco es como morir en vida. Al menos puedo hacer algo, pensó, distraerme, salir a dar un paseo; pero al llegar a la puerta vio los lobos en el jardín.
¿cómo, cómo fue posible?
De la vieja casona y de la Via Butera, donde vivía, se lo veía salir cada mañana, temprano, apresurado. ¿Adónde iba? A las Pasticceria del Massimo, de la Via Rugero Settimo. Allí desayunaba, leía y observaba a la gente. Más tarde, en un café vecino, el Caflisch, asistía a una terturlia de amigos en la que acostumbraba permanecer mudo, escuchando. Era un incansable rebuscador de librerías. Almorzaba tarde, siempre en la calle, y permanecía hasta el anochecer en el café Mazzara, leyendo. Allí escribió El Gatopardo, entre fines de 1954 y 1957, y sin duda los relatos, el pequeño texto autobiográfico y las Lezione su Stendhal que han quedado de él. No tuvo contactos con escritores, salvo una fugaz aparición que hizo en un congreso literario, en el convento de San Pellegrino, acompañando a un primo, el poeta Lucio Piccolo. No abrió la boca y se limitó a oír y mirar. Leía en cinco lenguas -el español fue la última que aprendió, ya viejo- y su cultura literaria era, según Francesco Orlando (Ricordo di Lampedusa, Milán, 1963), muy vasta. Sin duda lo era y la mejor prueba es su novela. Pero, aún así, la duda se agiganta cuando advertimos que este perseverante lector no había escrito sino cartas hasta que, a los cincuenta y ocho años de edad, cogió de pronto la pluma para garabatear en pocos meses una obra maestra. ¿Cómo fue posible? ¿Debido a que este aristócrata que no sabía vivir en el mundo que le tocó sabía, en cambio, soñar con fuerza sobrehumana? Sí, de acuerdo, pero ¿cómo, cómo fue posible?
“Mentira de príncipe”
Mario Vargas Llosa
(EL GATOPARDO (1957)
Giuseppe Tomasi de Lampedusa)
(pág. 323) Punto de Lectura, 2002
vio que el lugar estaba vacío
El lugar estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que todos se habían acostado? ¿Lucinda se había quedado a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Las niñas habían ido a buscarlas, o estaban en otro lugar? ¿O habían convenido, como solían hacer el domingo, rechazar todas las invitaciones y quedarse en casa? Probó las puertas del garaje para ver qué automóviles había allí, pero las puertas estaban cerradas con llave y de los picaportes se desprendió óxido que le manchó las manos. Se acercó a la casa y vio que la fuerza de la tormenta había desprendido uno de los caños del desagüe. Colgaba sobre la puerta principal como la costilla de un paraguas; pero eso podía arreglarse por la mañana. La casa estaba cerrada con llave, y él pensó que la estúpida cocinera o la estúpida criada seguramente habían cerrado todo, hasta que recordó que hacía un tiempo que no empleaban criada ni cocinera. Gritó, golpeó la puerta, trató de forzarla con el hombro y después, mirando por las ventanas, vio que el lugar estaba vacío.
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El nadador
The New Yorker, 18 de julio de 1964
“El tren de las cinco cuarenta y ocho vs. El tren” por Pepe Cervera
“El tren de las cinco cuarenta y ocho” —premio Benjamín Franklin magazine award en 1955— se publicó veinte años antes de que John Cheever y Raymond Carver coincidieran como maestros en los talleres de escritura creativa de la universidad de Iowa, en 1973.
En esta ocasión Cheever escribe un relato que ya desde el principio puede entenderse como una estampa sobre la hipocresía y la falsedad que rige la conducta del hombre moderno, un discurso sobre las diferentes capas sociales que se manifiestan en una gran ciudad, sobre el desprecio que hacia el prójimo anida en cada uno de nosotros, seres individualistas, soberbios y prepotentes.
Seguir leyendo en el blog de Pepe Cervera: El tacto de un billete falso
Louboutin&Lynch
John Cheever, rey de la fiesta
Un amigo americano, profesor en un taller de creación literaria de Nueva York, me contó lo siguiente. “En los años ochenta, cuando por suerte quedó atrás la influencia de Jack Kerouac, todos los estudiantes querían escribir cuentos como J.D. Salinger, llenos de jóvenes superdotados y acomplejados por el mundo. En los noventa el modelo cambió y, hasta hoy, los aprendices de narrador suelen imitar a Raymond Carver, ese estilo suyo tan a la intemperie. Sin embargo, los mejores alumnos siempre acaban siguiendo la estela de John Cheever”. Sin menospreciar a los otros modelos, él representa como nadie la tradición del cuento americano.
Quienes no conozcan su obra deberían leer el monumento que acaba de publicar en catalán Proa: el volumen Contes, que reúne 61 narraciones escogidas por el propio autor (la versión española, en dos volúmenes, la publicó Emecé hará un par de años).
Son historias que rastrean las costumbres de la clase media alta de Estados Unidos -la más lectora- y nos descubren que la miseria moral, el combate entre el deseo y la frustración amorosa, no es exclusiva de ningún grupo social. Sus personajes beben, fuman, gritan, lloran. Viven en los suburbios acomodados y trabajan en la ciudad; veranean junto al mar, en casas como las que pintaba Edward Hopper; viajan a Italia y se sienten tentados de quedarse allí para siempre; van a las fiestas de sus amigos y son los últimos en marcharse.
Cada uno de estos cuentos es una pura demostración de talento narrativo. El pasado jueves, en su sección literaria de Els matins de Catalunya Ràdio, Màrius Serra recomendaba el libro y escogía una de las narraciones como su preferida: La bella lingua. Yo voy a proponer otra. Además del clásico El nedador, yo me quedo con Les cases de la costa, donde una familia alquila una casa en la playa y poco a poco se siente poseída por los anteriores inquilinos, un matrimonio en crisis. El nuevo habitante no para de encontrar botellas de whisky vacías, escondidas dentro del piano, y su mujer despierta en medio de la noche para gritar: “¿Por qué han vuelto? ¿Qué se han dejado?”. Su suerte está echada. Y la nuestra, como lectores, también.
Jordi Punti
6 de octubre, 2007


























