“la obra está completa”

Marzo 5, 2009 - Escribir una respuesta
Ilustración de Pablo García

Ilustración de Pablo García

No es el caso del psiquiatra Antonio Lobo Antunes (1942), un hombre que ha repetido en más de una ocasión que escribir es el único sentido de su vida y que, ahora, inesperadamente ha confesado que no volverá a publicar cuando pasen dos años y haya concluido su novela definitiva. La obra está completa. «No tiene sentido continuar».

Los editores, a los que acaba de entregar su última novela Que cavalos são aqueles que fazen sombra no mar, están preocupados. Le han preguntado cuáles son los motivos de publicar una novela de la que se siente satisfecho y anunciar, al mismo tiempo, que sólo escribirá una más. Y él les ha respondido poniendo como ejemplo el caso de Ronnie Peterson, el piloto sueco de Fórmula 1, que en una ocasión le dijo al jefe de Ferrari que tenía poca visión de los negocios ya que le había comprado un billete de ida y vuelta.

Luis M. Alonso
La Nueva España. Cultura

Leer noticia en La Nueva España

“Hombres locos” por Rodrigo Fresán

Marzo 4, 2009 - 2 comentarios

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Así, Draper vuelve todas las noches a casa en tren con un whisky o dos de más y el cartel de la estación en la que se baja anuncia que estamos en Ossining: el mismo suburbio residencial en el que, por entonces, vivía un escritor llamado John Cheever.

John Cheever

Era alguien que se ocupaba de contar las historias de hombres como Don Draper. Hombres enloquecidos por la idea de que, se supone, tienen todo para ser felices y sin embargo hay algo que falla en el teóricamente perfecto producto de sus vidas. Eso que algún publicista tan astuto como Draper bautizó como el Sueño Americano pero que cada vez se confundía y se fundía más con la pesadilla del insomnio.

“No nací en una verdadera clase social, y desde muy ponto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que lo he olvidado y tomo mis disfraces demasiado en serio”, escribió Cheever en una entrada de sus Diarios. Y, de algún modo, todavía sigue allí. Nunca se ha ido y siempre vuelve: John Cheever (1912-1982) entra este marzo, por fin, en la canónica Library of America (completo y en dos tomos) coincidiendo con la publicación de una nueva biografía firmada por Blake Bailey, quien ya había publicado un perfecto y demoledor retrato de Richard Yates en el 2003: Tragic Honesty: The Life and Work of Richard Yates. Pero a no confundirse: para los antihéroes de Cheever –para los nadadores, los maridos rurales o los hermanos siempre en discordia– existe, siempre, la posibilidad cierta de una redención epifánica con resabios de antiguas y divinas mitologías. Don Draper, creo, no goza de ese privilegio.

“Hombres locos”
Rodrigo Fresán

marzo, 2009
Letras Libres

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Mad Men Ilustraciones de Dyna Moe


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(¡estupendas! También hay iconos para el MacOsx)

“Basically decent”

Marzo 2, 2009 - Escribir una respuesta

Basically Decent

A big biography of John Cheever

by John Updike

Fotografía de Nancy Crampton

Fotografía de Nancy Crampton

He was extraordinarily blessed by anyone’s standards . . . but he liked to say that all he had in life was an old dog. There was his despair. And then there was his inability to comprehend the despair and self-negation he inflicted on others.

Like Kafka and Kierkegaard, Cheever felt his own existence as a kind of mistake, a sin.

he had an affair with Lila Refregier, the wife of a friend. “[I] always hoped that something, the love of a beautiful woman, would cure my ailments. I thought that Lila would lead me away from my jumpy past,” he wrote in his journal in 1967. She, many years later, remembered him as “such a nice person, a basically decent person, with something in him that kept him from being completely decent.”

Cheever’s characters are adult, full of adult darkness, corruption, and confusion. They are desirous, conflicted, alone, adrift. They do not achieve the crystalline stoicism, the defiant willed courage, of Hemingway’s. Cheever was not a stoic; he was for most of his adult life a regular, indeed compulsive, communicant at Episcopal morning Mass. His errant protagonists move, in their fragile suburban simulacra of paradise, from one island of momentary happiness to the imperilled next.

“Cheever: A Life”  Blake Bailey (Knopf; $35);

Leer artículo completo en The New Yorker

Where are the Cheever believers?

Febrero 28, 2009 - Escribir una respuesta
Bernard Gotfryd / Getty Images

Bernard Gotfryd / Getty Images

He is, if posthumous publications are any evidence. This month sees the appearance of a massive new biography, the first in 20 years and also the first to make extensive use of his journals and letters, which document his struggles with alcoholism, depression and bisexuality. Concurrently, the Library of America is publishing two volumes of Cheever’s work, one for his five novels and one that gathers the 61 stories in the 1978 collection, a handful of essays and selections from his earliest work, including his first published story, “Expelled,” written when he was 18. The Library of America is about as close as we get to a canon of great American literature these days, so three decades after he died, at 70 in 1982, Cheever is getting the Rushmore treatment.

Similarly, “Mad Men,” the hit television series about ’60s advertising, casts domestic life in such a Cheever-esque light that it should be paying royalties to the author’s estate.

Cheever is and is not a great writer.

Suburban Stall

‘Mad Men’ is hot. So is Richard Yates. Where are the Cheever believers?

By Malcolm Jones | NEWSWEEK

Published Feb 28, 2009

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2 más de Roth

Febrero 26, 2009 - 2 comentarios
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Ilustración por André Carrrilho (30 noviembre, 2005)

El novelista y ensayista estadounidense Philip Roth, mencionado recurrentemente como posible ganador del premio Nobel, tiene preparadas un par de novelas que publicará en los siguientes meses.

En una nota informativa en su página de internet, el diario The New York Times informó hoy que la editorial Houghton Mifflin Harcourt editará las obras.

La primera aparecerá este verano y se titulará “The Humbling“, sobre un actor teatral que envejece y cuya vida, como en muchas novelas de Roth, se ve alterada por un violento deseo sexual.

La otra, programada para ser publicada en 2010, se titulará “Nemesis“, y versará sobre los efectos de una crisis de poliomielitis sucedida en Newark, Nueva Jersey, en 1944.

TV & Novelas por Rodrigo Fresán

Febrero 16, 2009 - Escribir una respuesta

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Ahí comenzó todo y aleluya. Pero creo que no es conveniente confundirse. De acuerdo: Band of Brothers podría ser una novela de James Jones, Six Feet Under una novela de Anne Tyler, Deadwood una novela Elmore Leonard, Battlestar Galáctica una novela de Dan Simmons, Mad Men una colaboración entre John O’Hara y John Cheever, Los Soprano una novela de George Pelecanos, Perdidos una novela de Philip K. Dick, El Ala Oeste una novela de Tom Wolfe, John Adams una novela de Gore Vidal, Mujeres desesperadas una novela de… pero no son novelas. Ni lo quieren ser. Y, atención, los guiones –que yo sepa– no los firma nadie que pueda demostrar fehacientemente haber escrito la Gran Novela Americana. Tampoco creo que les interese: hay más dinero en escribir para la tele.

[...]

Volviendo a lo del principio: a la hora de la eufórica traslación espacio/temporal de los grandes titanes de la literatura, nadie se detiene a preguntarse si ellos serían felices con el cambio. Fitzgerald y Faulkner y Huxley y Mann y Yates –entre muchos otros– no la pasaron demasiado bien escribiendo para las cámaras de los grandes estudios.

Por otra parte y hasta donde yo sé, Hank “Californication” Moody todavía sueña con escribir la Gran Novela Americana.

Y quiere que primero la lean.

Y después, si hay suerte, que la miren por TV.

 

Rodrigo Fresán

Radar Libros
Domingo 15 de febrero, 2009 

 

Leer artículo completo en Radar Libros

Updike&Cheever

Febrero 2, 2009 - Una respuesta

UPDIKE EN PAZ

En una entrada de los Diarios de John Cheever –correspondiente a finales de los años ’70 y principios de los ’80– se lee: “A las cuatro suena el teléfono. ‘Llamo de la cadena CBC. John Updike ha muerto en un accidente de tránsito. Nos gustaría que hiciese algún comentario.’ Estoy llorando. No puedo dormir (…) En cuanto a John, lo respetaba tanto como colega y lo quería tanto como amigo que su muerte me produce un efecto indescriptible. Era un príncipe (…) Para mí, es el escritor sin igual de su generación; su don de comunicar a millones de extraños sus emociones más elevadas y desesperadas se veía reforzado por una inteligencia y erudición inmensas y poco comunes. John poseía una astucia única en el campo de la estética (…) Uno echa de menos y con pesar su inteligencia, pero recuerda que dedicó su vida a escribir vetas perdurables (en modo alguno quiero decir inmortales) de sensualidad y revelaciones espirituales”.
Un poco después, Cheever –que toda su vida mantuvo con Updike una relación de amorosa competencia y envidia de camarada– agrega: “Así que la noticia de la muerte prematura de John es falsa. Según mi hija, he llegado a la conclusión de que un desconocido ambicioso vio el nombre en un parte de policía y decidió sacar partido”.
En su biografía de John Cheever, Scott Donaldson apunta que el engaño fue idea y obra de “un novelista rival con un siniestro sentido del humor” pero no revela el nombre.

Leer artículo completo en RADAR

Rodrigo Fresán

1 de febrero, 2009

 

“Es el complemento perfecto de John Cheever, cuentista extraordinario, quien tambien trabajó mucho sobre la clase media del noreste de Estados Unidos. Son autores que retratan el alma verdadera de esa nación, el Estados Unidos profundo, la forma en que éste se va deteriorando.”

Leer artículo completo

La Jornada

28 de enero, 2009

 

John Updike (1932-2009)

Enero 28, 2009 - 5 comentarios

Sex is like money; only too much is enough. 


John Updike Time

 

Es nuestro gran hombre de letras del siglo XX, fue brillante como novelista, cuentista, crítico literario y ensayista.Es y será para siempre un tesoro nacional, como Nathaniel Hawthorne, que fue su precursor literario en el siglo XIX

Philip Roth

 

Hay que tener en cuenta que Updike escribe rodeado de una floración asombrosa de talentos narrativos: de una parte, los novelistas judíos como Saul Bellow, Bernard Malamud o Philip Roth; de otra, los sureños Carson McCullers, Eudora Welty, Flannery O?Connor o Truman Capote; además estaba en auge la explosión de la literatura escrita por negros (Ralph Ellison y James Baldwin) y los de extracción europea como Bashevis Singer o Nabokov, además de su colega en el New Yorker, J.D. Salinger, o el maravilloso cuentista que era John Cheever. En fin, que destacar entre tantos formidables escritores exigía una capacidad literaria fuera de lo común.

“Una extraña dulzura”  Jose María Guelbenzu en El País


Cuando publicó un libro sobre golf, un crítico aseveró: “Se puede escribir sobre deportes como el baloncesto o el béisbol y hacer que resulte entretenido, pero escribir sobre golf y conseguir que el lector se apasione, es algo que sólo está al alcance de John Updike”.

“El azote de la clase media” entrevista de Eduardo Lago a J. Updike en El País


Y cuando recuerdo el hilarante rapapolvos crítico que Foster Wallace lanzaba contra él en un artículo de “Hablemos de langostas”, y veo sus muertes tan cercanas, en tantos sentidos, al fin y al cabo vencidos por la enfermedad ambos, pienso en una especie de extraña simetría generacional, como si Updike no estuviera tan lejano de esa posmodernidad desafiante que pretendía pasarle por encima.

Comentario en el blog “El síndrome Chéjov” 

 

Su producción novelística fue la que le situó en un lugar destacado de la literatura estadounidense contemporánea, junto a grandes firmas como Saul Bellow, Philip Roth, Don DeLillo y Kurt Vonnegut, entre otros.

Leer noticia en El País


Updike sería algo así como el Philip Roth cristiano. Además de blanco, hombre y muy aficionado al adulterio, por lo menos en la ficción

Leer noticia en ABC


Empiezo a temer que Roth, otro estadounidense de obra poco influyente, muera también sin el Nobel. Sería otra enorme injusticia.

Leer noticia en El Correo Digital

 

Se fue un escritor muy atractivo, urbano, realista y que formó parte de una brillante generación de autores de la post guerra, como Salinger, Kerouac y Kurt Vonnegut. También fue un gran cuentista

Leer noticia en El Mercurio

 


“El lugar de John Updike en el panteón de las letras americanas está, hoy por hoy, más que asegurado, aunque el autor no nos haya a dado hasta ahora la formidable sorpresa que nos ha venido ofreciendo Philip Roth a lo largo de sus últimos años y libros. En cualquier caso, Updike es el autor de una incuestionable Gran Novela Americana –la tetralogía con coda protagonizada por Harry “Conejo” Amstrong– y a esta altura poco y nada tiene que probarnos.”
Rodrigo Fresán

en Ballard

Enero 27, 2009 - Una respuesta

 

[Foto: Vía]

[página 32]

Curiosamente, la casa a la que nos trasladamos tenía una piscina vacía. Debía de ser la primera piscina vacía que veía, y me pareció extrañamente significativa de un modo que todavía no he acabado de entender. Mis padres decidieron no llenar la piscina, y permaneció en el jardín como una misteriosa presencia vacía. Yo atravesaba el césped sin cortar y me quedaba mirando su fondo inclinado. Oía los bombardeos y los disparos por todo Shangai, y veía la inmensa cortina de humo que cubría la ciudad, pero la piscina vacía permanecía apartada. En los años venideros vería una gran cantidad de piscinas vacías y medio vacías cuando los residentes británicos se marchaban de Shangai a Australia o Canadá, o a la supuesta “seguridad” de Hong Kong y Singapur; y todas parecían tan misteriosas como la primera que vi en la Concesión Francesa. Yo no era consciente de la evidente simbología con el menguante poder británico, pues entonces nadie pensaba en ello, y la confianza en el Imperio británico estaba en su punto más álgido de patriotismo. Hasta el ataque de Pearl Harbor, y algo después, se daba por sentado que con el envío de unos cuantos buques de guerra de la Marina Británica, los japoneses se escabullirían de nuevo hacia la bahía de Tokio. Ahora creo que la piscina vacía representaba lo desconocido, una idea que no había jugado ningún papel en mi vida. 

 

 

MILAGROS DE VIDA. UNA AUTOBIOGRAFÍA

J. G. Ballard

Traducción de Ignacio Gómez Calvo

1ª edición septiembre de 2008

Literatura Mondadori

“Regreso a casa” Winston Manrique Sabogal

Enero 25, 2009 - Escribir una respuesta

[...]

Romance tempestuoso el de Internet y el cuento, reconoce Muñoz. “A través de bitácoras, revistas digitales y demás webs, el amante del cuento ha encontrado un club de encuentro libre de presiones y conveniencias literarias o comerciales. Un lugar para la sugerencia y el descubrimiento de nuevos nombres, que ha demostrado que había una necesidad de información sobre este género, “tan poco comercial” según las editoriales. Por sus características, ha beneficiado mayormente a la difusión del microrrelato. La historia entre Internet y el cuento es puro presente. En la red han cobrado vida literaria, hoy -que es lo que necesitan sus autores-, numerosos libros de cuentos muy valiosos que han sido completamente despreciados por los medios de comunicación convencionales. La influencia de las tecnologías en el futuro del relato es, hoy por hoy, eso: futuro”.

[...]

Seguir leyendo artículo en El País

El País, Babelia

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

 24/01/2009

Coincidencias entre Richard Yates y los críticos del sueño americano

Enero 18, 2009 - 3 comentarios

 

coincidencias

clic en la imagen para ampliarla

 

Público

16 de enero, 2009

Cheever en Vila-Matas

Enero 13, 2009 - Una respuesta

“Uno nunca escribe una frase”, decía John Cheever, “sin sentir que nunca se ha escrito de esa forma, y que puede que incluso la sustancia de la frase no se haya sentido nunca. Cada frase es una innovación”.

Leer artículo “Moral del divertido”

 

Enrique Vila-Matas

El País, edición impresa Cataluña

11/01/2009

“Bar and Peace” artículo de Susan Cheever

Enero 13, 2009 - Escribir una respuesta

You walk into Bailey’s or O’Neill’s or McCann’s. In the soft light, the sounds of ice clinking and glasses being put on the polished wood plank punctuate the oldies from the jukebox. Someone at the end of the bar is reading the newspaper, and a couple of young men are playing darts, their beers in dripping steins on the shelf beside them. You breathe in the smell of sawdust and memories as the bartender pulls a glass from behind the bar for your sacred regular drink. It’s the first draft beer of the day, or a vodka and grapefruit, or if you are nursing a hangover, a glass of white wine and soda and a Fernet Branca.

Seguir leyendo artículo

 

The New York Times

8 de enero

This Is Where We Live

Diciembre 9, 2008 - Escribir una respuesta

 

This Is Where We Live from 4th Estate on Vimeo.

en un mundo de papel…

 

 stopmotion realizada por Apt Studio para la casa editorial 4th Estate.

Philip Roth en LIFE

Noviembre 19, 2008 - Escribir una respuesta

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[clic en las fotos para ampliarlas]

 

El archivo de TIME y LIFE ahora en Google. Sin noticias de Cheever pero hay 3 de James Agee

 

Y Roth

Noviembre 2, 2008 - Escribir una respuesta

Francisco Calvo Serraller

Autobiografía

“A quien escribe una autobiografía, en cambio, lo juzgamos desde el punto de vista moral, porque su motivación primordial no es estética, sino ética”. Tal es la consideración que le hace su sosia literario, Zuckerman, a Philip Roth (Newark, 1933), cuando éste le remite sus memorias, ahora traducidas al castellano con el título Los hechos. Autobiografía de un novelista (Seix Barral). Estética o ética, el lector de Roth no tiene demasiadas dificultades en identificar lo que cuenta Roth sobre sí mismo en sus novelas o en sus recuerdos, aunque en ninguno de los dos registros se plasme toda la verdad, ese horizonte que, según nos aproximamos, se aleja más de nosotros. La necesidad de escribir sobre su vida real se le produjo a Roth tras superar una peligrosa enfermedad física y sus secuelas depresivas, en parte un poco lo mismo que al británico J. G. Ballard (Shanghai, 1930), al final de cuyo libro Milagros de la vida. Una autobiografía (Mondadori) alega una semejante motivación memorialista. No así el monje estadounidense Thomas Merton (Prades, 1915-Tailandia, 1968), cuyo relato autobiográfico, titulado La montaña de los siete círculos (Edhasa) se publicó originalmente en 1949, cuando contaba sólo 34 años, 11 años después de convertirse al catolicismo y tras 8 de ingresar en la extremadamente rigurosa orden de los trapenses, donde permaneció hasta producirse su prematura muerte accidental.

Leer artículo completo en El País

El strip-tease literario de Philip Roth

Javier Aparicio Maydeu

Para los muchos lectores en español del autor de Pastoral americana o Elegía, flamante Nobel in pectore (Bellow dixit) y uno de los autores del mainstream que más y mejor ha sabido reflexionar acerca del oficio de novelista y del arte de la ficción, la traducción de Reading Myself and Others (Vintage, Nueva York, 2001, ampliando las primeras ediciones de Jonathan Cape y de Farrar, Straus & Giroux de 1975) es sin duda alguna una gran noticia, por cuanto las entrevistas, artículos y ensayos que contiene el volumen constituyen un mapa certero y detallado de la poética de Roth, de sus ideas literarias y de los procesos y circunstancias de la composición de sus obras más significativas, y asimismo una guía imprescindible para marchar seguro por el fascinante pero abstruso universo del narrador norteamericano, poblado por heterónimos, álter egos con disfraz de narrador y personajes que transitan por distintas novelas enmarañando la madeja de su ficción.

El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras (Shop Talk. A Writer and his Collegues and their Work, 2001, cuya traducción en Seix-Barral, de 2003, tuvimos ya ocasión de comentar en estas mismas páginas), aquel volumen en el que el autor de La mancha humana departía sobre narrativa, política y cultura con Primo Levi, Ivan Klíma, Bashevis Singer, Kundera o Edna O’Brien, al tiempo que comentaba textos de Kafka, Bellow y Malamud, se ve ahora complementado por Lecturas de mí mismo, volumen en el que aborda los principales temas de su obra y dispara a bocajarro contra quienes pretenden tergiversar sus principios estéticos o, con mayor frecuencia, se empecinan en leer una y otra vez la mayor parte de su ficción como mera autobiografía

Leer artículo completo en El País

Nuestra pandilla
Roth, Philip
Mondadori

Lecturas de mí mismo
Philip Roth
Mondadori

Saldrán a la venta el 7 de noviembre y lo próximo será:

reseña por Rodrigo Fresán en Radar Libros

John Banville consideró a Indignation “como el mejor libro de Roth desde Las vidas de Zuckerman”

portada por Milton Glaser, (artículo en The New York Times sobre su larga relación) bastante parecida a:

Andrew Wylie, el Chacal de los libros se confiesa

Octubre 27, 2008 - Escribir una respuesta

Andrew Wylie, el agente literario más poderoso del mundo, sostiene que, por falta de ética, es “más fácil y serio hacer negocios en el Congo que en España

Es de tez tan blanca y cabello tan claro que quizá por eso sus ojos azules inyectados de sangre le dan un aspecto ya inquietante; pero será luego, durante la conversación, cuando con un gesto contundente y de pocos amigos, una sonrisa apenas esbozada o un comentario del tipo “y a ése no le pude llevar a los tribunales en Inglaterra, pero me vengué hundiéndole sus negocios”, refiriéndose a un editor británico que no cumplió su palabra, lo que da la medida exacta de sus apodos: el Chacal, el Perro Rabioso o, el más respetuoso, Carro de Basura.

En cualquier caso, Andrew Wylie es, a sus casi 61 años, quizá el agente literario más importante del mundo, con un catálogo de autores lo más parecido a un listín teléfonico, eso sí, del barrio alto del Parnaso: de Saul Bellow a John Cheever, de Shakespeare a Art Spiegelman. La próxima inclusión en ese listado, a partir del 5 de noviembre, del chileno Roberto Bolaño (hasta ahora en manos de la no menos potente Carme Balcells) y los constante rumores de su aterrizaje en España le convierten en un personaje temible en el universo editorial patrio.

“Ni me voy a instalar en España ni voy a comprar la Agencia Carmen Balcells”, lanza a las primeras de cambio sentado ante una de las meses azules de su stand en la Feria del Libro de Francfort en la tarde de ayer. Wylie va a tumba abierta. “Tenemos casi 700 autores y sé que cuando voy a España causo pánico, pero no vengo simplemente a pescar autores, me interesa saber mucho de la cultura editorial española. Pero digamos que nuestra posición es hoy de investigación de ese mercado”. Y da su versión de cómo le llegó el manuscrito y el contacto con la viuda de Bolaño: “Carolina me dijo que quería hablar conmigo y nos vimos; lo volveremos a hacer a finales de noviembre; los derechos de Bolaño caducan en Balcells el día 4; será fantástico: es mi cumpleaños y ya habrá ganado Obama”.

[...]

El País

Guillermo Altares/Carles Geli
Domingo 19 de octubre de 2008

[Leer artículo completo en El País]

THE WYLIE AGENCY [client list]

DAVID FOSTER WALLACE – Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

Septiembre 15, 2008 - 2 comentarios

Absolutamente Nada.

FIN

“El nadador” por Juan Marín

Agosto 9, 2008 - Una respuesta

Foto: “el nadador gigante de Londres” por Felipe Productions!

Hola. Aquí, al borde de la piscina. Enseguida me tiro al agua, que está azul y fresquita. Pero en esta situación, más de una vez pienso en John Cheever, un escritor americano que alcanzó la fama con una narración de quince páginas, que tituló “El nadador”. Me parece una buena historia para recordar en verano: un hombre de mediana edad, de clase media alta, se recupera de una resaca en casa de unos amigos, después de la fiesta de la noche anterior. De pronto, tiene una idea un tanto peregrina: regresar a su casa nadando por las piscinas, una tras otra, de sus vecinos de distrito. Y lo hace.

Seguir leyendo artículo completo “El nadador” La crónica de Juan Marín

[enviado por Daniel ¡gracias!]

Bloomsday

Junio 16, 2008 - 2 comentarios

Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja. La suave brisa de la mañana le sostenía levemente en alto, detrás de él, la bata amarilla, desceñida. Elevó en el aire el cuenco y entonó:

-Introibo ad altare Dei.

Deteniéndose, escudriñó hacia lo hondo de la oscura escalera de caracol y gritó con aspereza:

-Subé acá, Kinch. Sube, cobarde jesuita.

Avanzó con solemnidad y subió a la redonda plataforma de tiro. Gravemente, se fue dando vuelta y bendiciendo tres veces la torre, los campos de alrededor y las montañas que se despertaban. Luego, al ver a Stephen Dedalus, se inclinó hacia él y trazó rápidas cruces en el aire, gorgoteando con la garganta y sacudiendo la cabeza. Stephen Dedalus, molesto y soñoliento, apoyó los brazos en el remate de la escalera y miró fríamente aquella cara sacudida y gorgoteante que le bendecía, caballuna en su longitud, y aquel claro pelo intonso, veteado y coloreado como roble pálido.

Buck Mulligan atisbó un momento por debajo del espejo y luego tapó el cuenco con viveza.

-¡Vuelta al cuartel! -dijo severamente.

Y añadió, en tono de predicador:

-Porque esto, oh amados carísimos, es lo genuinamente cristiano: cuerpo y alma y sangre y llagas. Música lenta, por favor. Cierren los ojos, caballeros. Un momento. Hay algo que no marcha en estos glóbulos blancos. Silencio, todos.

Echó una ojeada a lo alto, de medio lado, y lanzó un largo y grave silbido de llamada: luego se detuvo un rato en atención arrebatada, con sus dientes blancos e iguales brillando acá y allá en puntos de oro. Chrysóstomos. Dos fuertes silbidos estridentes respondieron a través de la calma.

Ulises
James Joyce

Russian Red

Junio 10, 2008 - Escribir una respuesta

Russian Red They don’t believe

El domingo a media tarde pienso que mi musa zarrapastrosa e impuntual tal vez vuelva. Es como si contemplara a los personjes desde arriba, como si fueran peones en un tablero de ajedrez. Sin embargo, nunca he sabido jugar al ajedrez. Mi mente aborda asuntos desagradables y pongo a Serkin en el tocadiscos; me parece entonces entrar en una comunidad de hombres dotados, profundamente interesados en sus más profundas reflexiones sobre el amor y la muerte. La música, sobre todo la de Schubert, suena como un relato poderoso. Veo el arroyo, el puente romano, las hojas de los árboles, la mujer de pelo claro asomada a la ventana. Los diálogos son mucho más fuertes y conmovedores de los que hay en los libros que tengo en la mesa. Me gustaría titular el cuento “Buenas noticias”, pero no sé bien cómo continuar.

Russian Red Cigarettes

Mi letanía ha cambiado. Ya no estoy sentado bajo un manzano, con pantalones holgados, leyendo. Estoy desnudo en la silla amarilla del comedor. En la mano tengo un vaso largo, lleno hasta el borde de whisky color miel. En el whisky flotan dos cubitos de hielo. Fumo seis o siete cigarrillos y pienso con satisfacción en los interesantes viajes que he hecho a Egipto y Rusia. Vacío el vaso, vuelvo a llenarlo de whisky y hielo y enciendo otro cigarrillo, aunque hay varios encendidos en el cenicero. Estoy desnudo en la silla amarilla, bebiendo whisky y fumando seis o siete cigarrillos.

Russian Red Like a Wall

RUSSIAN RED myspace

RUSSIAN RED en JNSP

en Crónica de los Wapshot

Mayo 14, 2008 - 3 comentarios

-¿Por qué llora?

-Dios mío -dijo ella-. Sé que no debería llorar delante de extraños, pero el jefe entró hace un momento y me vio fumando un cigarrillo y me armó una bronca. No había nadie en la tienda. Siempre hay poca gente a estas horas cuando llueve, pero eso no es culpa mía, ¿verdad? No tengo nada que hacer cuando está lloviendo y no me voy a poner ahí fuera a pedirle a la gente que entre. Pues hacía veinte minutos, veinticinco o treinta minutos, que no venía nadie, así que me metí en la trastienda y encendí un cigarrillo y en seguida entró él, olfateando como un cerdo, y me echó una bronca. Me dijo unas cosas horribles.

-No haga caso de lo que diga.

-¿Es usted inglés?

-No -dijo Coverly-. Soy de un sitio que se llama Saint Botolphs. Es un pueblo, al norte de aquí.

-Se lo pregunté porque no habla usted como los demás. Yo también vengo de un pueblo. No soy más que una chica de pueblo. Creo que a lo mejor ése es mi problema. No tengo la piel dura que hace falta para vivir en esta ciudad. He tenido tantos problemas esta semana. Cogí un apartamento con mi amiga. Tengo, o quizá debería decir tenía, una amiga. Helen Bent. Pensé que era una amiga de verdad. Desde luego, ella me hizo creer que era mi mejor amiga. Bueno, pues como éramos tan buenas amigas, parecía natural coger un apartamento juntas. Éramos inseparables. Eso decía la gente. No puedes invitar a Betsey sin invitar a Helen, decían. Esas dos son inseparables. Pues cogimos este apartamento juntas, mi amiga y yo. Eso fue hace un mes, un mes o mes y medio. Bueno, pues en cuanto que nos mudamos y nos instalamos e íbamos a empezar a disfrutarlo, descubrí que todo era un plan suyo. La única razón por la que ella quiere compartir un apartamento conmigo es para llevar hombres allí. Antes vivía con su familia en Queens. No es que a mí me parezca mal que lleve un amigo de vez en cuando, pero es un apartamento de una sola habitación y ella los llevaba todas las noches y, claro, era muy violento para mí. Había tantos hombres entrando y saliendo que aquello no me parecía mi casa. A veces, cuando era hora de irme a casa, a mi propio apartamento, por e que pagaba un alquiler y donde tenía mis muebles, me molestaba tanto llegar y encontrarme con uno de sus amigos, que me iba a la última sesión de un cine. Bueno, al final hablé con ella. Helen, le dije, este sitio no me parece mi casa. No tiene sentido que pague un alquiler, le dije, si voy a tener que instalarme en un cine. Y entonces se quitó la careta. ¡Qué cosas me dijo! Cuando volví a casa al día siguiente se había marchado, llevándose el televisor y todo. Me alegré de no volver a verla, pero ahora me encuentro con este apartamento y sin nadie que pague la mitad del alquiler, y en un trabajo como éste no tengo ocasión de hacer amigas.

Ella le preguntó si quería algo más. Era casi la hora de cerrar y Coverly le preguntó si podía acompañarla dando un paseo.

-Está claro que viene usted de un pueblo -dijo ella-. Cualquiera se daría cuenta de que viene usted de un pueblo al oírle decir si me puede acompañar dando un paseo, pero da la casualidad de que vivo a cinco manzanas de aquí y voy andando, así que supongo que no tiene nada de malo el que me acompañe, siempre que no sea usted un fresco. Estoy harta de frescuras. Tiene que prometerme que no se propasará.

-Lo prometo -dijo Coverly.

Ella siguió hablando sin parar mientras hacía los preparativos para cerrar la tienda y, cuando terminó, se puso el sombrero y el abrigo y salió con Coverly a la lluvia. Él estaba encantado con su compañía. Qué neoyokino, pensó, acompañaría a casa a una dependienta bajo la lluvia. Al acercarse a su casa, ella le recordó su promesa de no propasarse y él no le preguntó si podía subir, pero la invitó a cenar con él una noche.

-Me encantaría -dijo ella. El domingo es mi única noche libre, y si el domingo le va bien, me encantaría cenar con usted el domingo por la noche. Hay un restaurante italiano muy agradable a la vuelta de la esquina al que podríamos ir. Yo nunca he estado allí, pero esta antigua amiga mía me dijo que estaba muy bien, excelente cocina, y si usted puede recogerme a eso de las siete…

Coverly la contempló mientras ella cruzaba el portal iluminado hasta la puerta interior; una muchacha delgada y no muy agraciada, y sintió, con la misma certeza con que el cisne reconoce a su pareja, que estaba enamorado.

[páginas 172-174]

Crónica de los Wapshot

John Cheever

Epílogo Rodrigo Fresán

Traducción Maribel de Juan

Emecé, 2003

Mauro y las libretas

Mayo 14, 2008 - Escribir una respuesta

Viñeta de Mauro Entrialgo

Elegir los libros por la portada

Abril 16, 2008 - 4 comentarios

Entrevista a Philip Roth

Marzo 24, 2008 - 2 comentarios
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“Las pantallas nos han derrotado”

JESÚS RUIZ MANTILLA

El País Semanal 23/03/2008

Le diría que todavía quedan por ahí buenos lectores. Aquí, en EE UU, no.

¿Dónde están? ¿Dónde? Mirando las pantallas de sus ordenadores, las pantallas de televisión, de los cines, de los DVD. Distraídos por formatos más divertidos. Las pantallas nos han derrotado.

Ahí está la competencia, la dura competencia. La de las pantallas. ¿Cómo deben combatir contra eso los escritores? No lo sé. No me lo planteo seriamente. Sólo le puedo decir lo que ha ocurrido: que han ganado la batalla sobre las páginas.

¿Tampoco confía en el tan alabado ?Kindle?, el libro electrónico que acaba de aparecer en Estados Unidos? No lo he visto todavía, sé que anda por ahí, pero dudo que reemplace un artefacto como el libro. La clave no es trasladar libros a pantallas electrónicas. No es eso. No. El problema es que el hábito de la lectura se ha esfumado. Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal. La concentración, la soledad, la imaginación que requiere el hábito de la lectura. Hemos perdido la guerra. En veinte años, la lectura será un culto.

¿Y los lectores serán una especie de gente rara, de espectros? No, no, tampoco. Será un hobby minoritario. Unos criarán perros y peces tropicales, otros leerán. Como lo que es hoy leer poesía. Existen poetas, se les publica, pero los lectores de poesía son una minoría. Eso ocurrirá.

¿Los escritores tampoco serán esas voces que cualquier sociedad necesita? ¿Perderán pedigrí? Existirán. Pocos se ganarán la vida con ello. Pero no hablo del final de ningún género, como la novela, eso que se habla tanto hoy en día. Hablo de la muerte del lector, algo que en este país ya es un hecho. No sé si en Europa también.

Leer entrevista completa 

+ Philip Roth en El País 

Decorar con portadas

Marzo 9, 2008 - Escribir una respuesta

Diarios, 1964

Marzo 6, 2008 - Escribir una respuesta

 

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Jayne Mansfield & dogs

La perra vieja; mi amor. Que cuando la compramo, alguien señaló su columna torcida, su caja torácica semejante a un barril. Que cuando era cachorro era desobediente, egoísta y caprichosa. Que volcaba los cubos de basura, arrancaba la ropa del tendedero, mordisqueaba zapatos, rompió las únicas gafas que tenía la canguro, se negaba a obeceder; incluso parecía reírse cuando se la llamaba. Nos escondió la ropa mientras buscábamos almejas en Coskata, casi ahogó a Mary en New Hampshire y era un peligro en cualquier playa. Que devolvía el palo que le arrojabas una o dos veces, pero después volvía la espalda y fingía no escuchar la orden de “busca, busca”. Cómo la abandonamos cuando nos fuimos a Europa, cómo masticó el tapizado, cómo al escuchar mi voz en la perrera saltó una cerca y se arrojó sobre mí. Que la aparición del amor en nuestra relación se produjo aquel día en Welton Falls. El arroyo estaba crecido, perdió pie y la corriente la arrastró hasta una pequeña catarata y una laguna. Cuando volvimos, la alcé en brazos y la llevé a casa mientras me lamía la cara. Que a partir de entonces sus sentimientos hacia mí parecieron volverse más profundos. Su función de confidente durante los meses de agitación y viollencia. Que mi hija, al volver de clase, la llevaba al bosque y volcaba en sus oídos toda clase de quejas sobre la escuela su padre y su madre. Después lo hacía yo, y después de lavar los platos le llegaba el turno a Mary.

Letras

Marzo 5, 2008 - Una respuesta

Watafak (explotando las tipografías)

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Estanterías (30 of the Most Creative Bookshelves Designs)

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Sábanas

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La mancha humana&Los pájaros

Febrero 24, 2008 - 2 comentarios

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[páginas 195-196]

Piensa mucho en los grajos, que están por todas partes. Se posan en los árboles del bosque no lejos de la habitación donde ella duerme, están en el pasto cuando ella va a abrir el vallado para que entren las vacas, y hoy graznan en todo el campus, por lo que en lugar de pensar en lo que Coleman cree que está pensando, piensa en el grajo al que veía alrededor de la tienda en Seely Falls, cuando, tras el incendio y antes de trasladarse a la granja, tratando de ocultarse para que Garley no la encontrara, alquiló allí una habitación, el grajo que merodeaba por el aparcamiento entre la oficina de correos y la tienda, el grajo del que alguien había cuidado cuidado porque estaba abandonado o porque su madre había muerto.

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[páginas 198-199]

Hay una anécdota preciosa que nunca he olvidado, que me contó cuando era pequeña una amiga de mi madre a quien se la había contado su madre. Unos grajos eran tan listos que habían descubierto la manera de abrir nueces llevándolas a la carretera. Estaban atentos al cambio de luces en el semáforo, sabían cuándo arrancarían los coches (eran tan inteligentes que sabían lo que pasaba con las luces) y colocaban las nueces delante de los neumáticos, para que partieran las nueces en cuento cambiara la luz y se pusieran en marcha.

 

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[página 200]

Es cierto que tienen un comportamiento extraño, como todo lo demás. Los he visto en árboles, todos juntos, charlando, y era evidente que tramaban algo, pero nunca sabré qué es. Parece como si llegaran a algún acuerdo importante, pero no tengo la menor idea de si ellos mismos saben de qué se trata. Podría ser algo tan carente de sentido como todo lo demás. Pero apostaría a que no lo es,  y que tiene mucho más sentido que cualquiera de nuestros puñeteros asuntos aquí abajo. ¿O no es así? ¿Acaso ese comportamiento significa algo pero no es nada? Tal vez no sea más que un gin genético. Imagínate si los grajos estuvieran al frente de todo.

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cartel polaco de Los pájaros

[páginas 200-201]

Puede que haya sido uno de ellos, puede que no. Estoy segura de que a veces creo que ya soy uno de ellos. Sí, desde hace meses creo eso en ocasiones. ¿Por qué no? Hay hombres que están encerrados en cuerpos de mujer y mujeres encerradas en cuerpos masculinos, así que no hay razón para que un grajo no esté encerrado en este cuerpo. Sí, ¿y dónde está el cirujano que hará lo que hay que hacer para liberarme? ¿Dónde me harán la operación que me permitirá ser lo que soy? ¿Con quién he de hablar? ¿Adónde voy y qué hago y cómo coño salgo?

“Soy un grajo. Lo sé. ¡Lo sé!”

 

La mancha humana
Philip Roth
Alfaguara

 Los pájaros
Alfred Hitchcock
1963

 

Psicópolis [fragmento] de “Entre las sábanas” Ian McEwan

Febrero 11, 2008 - Escribir una respuesta

PSICÓPOLIS -fragmento-
[página 154-160]

Un buen día, a la vuelta de la playa, encontré en la puerta una nota de mi amigo Terence Latterly.

-Te estoy esperando -decía- en el Doggie Diner de enfrente.

Conocí a Latterly hace años, en Inglaterra, cuando investigaba para una tesis sobre George Orwell, que sigue sin completar, y hasta que llegué a América no descubrí que era un americano poco común. Delgado, extraordinariamente pálido, con delicados y rizados cabellos negros, ojos rasgados, como los de una princesa renacentista, y una nariz larga y recta con estrechas ranuras negras por fosas. Terence era enfermizamente bello. Los homosexuales lo abordaban con frecuencia, y en cierta ocasión, en la Polk Street de San Francisco, llegaron literalmente a acosarlo en asa. Padecía un leve tartamudeo, lo bastante leve para enternecer a aquellos a los que enternecen esas cosas, y daba mucha importancia a la amistad, hasta el punto de deprimirse a veces por culpa de sus amigos. Me llevó algún tiempo admitir que, en el fondo, Terence no me caía bien, pero entonces ya formaba parte de mi vida y lo acepté como un hecho consumado. Como a todos los pelmazos, sólo le interesaban sus problemas y no sentía la menor curiosidad por lo que pensaran los demás, pero contaba buenas historias y nunca repetía ninguna. Se encaprichaba regularmente de mujeres a las que espantaba con su laberíntica quisquillosidad y su vehemencia, y que proporcionaban material fresco para sus monólogos. Ya había habido dos o tres ocasiones en que una chica tranquila, solitaria y protectora se había enamorado desesperadamente de Terence y sus manías, pero, como era de esperar, él no mostraba interés. Le iban las mujeres duras, independientes y de piernas largas, las cuales se aburrían rápidamente con él. Me confesó que se masturbaba cada día.

Era el único cliente que había en el Doggie Diner; estaba cabizbajo y taciturno ante una taza de café vacía, y apoyaba el mentón sobre las palmas de las manos.

-En Inglaterra -le dije-, una cena de perro significa una porquería intragable.

-Entonces siéntate -dijo Terence-. Estamos en el lugar adecuado. Me han humillado de mala manera.

-¿Sylvie? -pregunté solícitamente.

-Sí, sí. Una humillación grotesca. -Aquello no era nada nuevo. Con frecuencia, los encuentros con Terence eran morbosos resúmenes de los golpes que había encajado a mano de mujeres indiferentes. Llevaba meses enamorado de Sylvie,y la había seguido hasta aquí desde San Francisco, donde me habló de ella por primera vez. Ella se ganaba la vida montando restaurantes de comida naturista y vendiéndolos después, y, por lo que yo sabía, apenas era consciente de que Terence existiese-. Nunca debí venir a Los Ángeles -dijo Terence mientras la camarera del Doggie Diner llenaba su taza-. Está bien para los británicos. Vosotros veis todo lo de aquí como una estrafalaria comedia de extremos, pero es porque sois meros espectadores. La verdad es que es de psiquiátrico, totalmente de psiquiátrico.

Terence se pasó la mano por el pelo, que parecía engominado y tieso, y se quedó mirando fijamente la calle a través de la ventana. Envueltos en una continua nube de color azul claro, los coches pasaban de largo a veinte por hora, los conductores apoyaban sus morenos antebrazos sobre las ventanillas, tenían puesta la radio, se iban todos a casa o a los bares a pasárselo bien.

Tras un silencio correcto dije:

-¿Y bien…?

Desde el primer día en que llega a Los Ángeles, Terence le suplica por teléfono a Sylvie que cene con él, y ella, finalmente harta, accede. Terence se compra una camisa nueva, va al peluquero y, bien entrada la tarde, pasa una hora delante del espejo contemplándose la cara. Queda en un bar con Sylvie; beben bourbon. Ella se muestra relajada y amigable, y hablan tranquilamente de política californiana, asunto del que Terence entiende poco menos que nada. Puesto que Sylvie conoce Los Ángeles, el restaurante lo elige ella. Al salir del bar, ella dice:

-¿Vamos en tu coche o en el mío?

Terence, que no tiene coche y no sabe conducir, dice:

-Mejor en el tuyo.

Cuando están terminando los hors d’oeuvre, ya van por la segunda botella de vino; hablan de vinos, y después de dinero, y después de libros otra vez. La encantadora Sylvie guía a Terence a través de media docena de temas; le sonríe y Terence se ruboriza de amor y alberga los más descabellados propósitos amorosos. Está tan enamorado, que sabe que no podrá resistir la tentación de declararse. Puede sentir la inminente irrupción de una confesión frenética. Las palabras brotan desordenadamente, en una declaración amorosa digna de las páginas de Walter Scott y cuyo estribillo principal es que no hay nada, absolutamente nada en el mundo, que Terence no esté dispuesto a hacer por Sylvie. De hecho, bebido, la desafía a que ponga a prueba su devoción en ese mismo instante. Conmovida por el bourbon y el vino, intrigada por aquel melancólico y lunático fin de siècle, Sylvie le lanza una cálida mirada y devuelve el pequeño apretón de manos que le ha dado Terence. Por el aire enrarecido que hay entre ellos corre una carga de buena voluntad y temeridad. Impulsado por el mero silencio, Terence se repite. No hay nada, absolutamente nada, etcétera. La mirada de Sylvie se desplaza momentáneamente del rostro de Terence a la puerta del restaurante, por la que ahora entra una pudiente pareja de mediana edad. Sylvie frunce el ceño y a continuación sonríe.

-¿Lo que sea? -dice.

-Sí, sí, lo que sea. -Ahora Terence se muestra solemne, pues capta el desafío implícito en su pregunta. Sylvie se inclina hacia delante y le coge del antebrazo.

-¿No te echarás atrás?

-No. Si es humanamente posible, lo haré. -Sylvie vuelve a mirar a la pareja, que espera junto a la puerta a que el maître, en este caso una enérgica mujer con uniforme rojo, la acomode. Terence también la mira. Sylvie le aprieta el brazo con fuerza.

-Quiero que te orines encima, ahora. ¡Venga, ahora! ¡Rápido! ¡Hazlo ya, sin pensártelo dos veces!

Terence está a punto de protestar, pero sus propias promesas aún colean, formando una nube acusadora. Con ebria impetuosidad, y con el sonido de un timbre eléctrico retumbándole en los oídos, orina copiosamente, se empapa los muslos, las piernas y el trasero, y envía un pequeño y constante reguero al suelo.

-¿Lo has hecho? -dice Sylvie.

-Sí -dice Terence-. Pero ¿por qué…?

Sylvie se incorpora a medias de su silla y saluda con elegancia hacia el otro extremo del restaurante, donde está la pareja que espera junto a la puerta.

-Quiero presentarte a mis padres -dice-. Acaban de entrar.

Terence se queda sentado mientras duran las presentaciones. Se pregunta si notarán el olor. No hay nada que no esté dispuesto a decir para disuadir a esa afable y encanecida pareja de sentarse a la mesa junto a su hija. Habla desesperadamente y sin parar (“como si fuera un pelmazo”), y califica a Los Ángeles de “cagadero” y a sus habitantes de “codiciosos fagocitadores de la intimidad del vecino”. Insinúa que acaba de recuperarse de una prolongada enfermedad mental y le dice a la madre de Sylvie que todos los médicos, especialmente cuando son mujeres, son “gilipollas”. Sylvie no dice nada. El padre le guiña un ojo a su mujer y la pareja se marcha sin despedirse a su mesa, que se encuentra al otro lado de la sala.

Terence se calló de repente, como si se hubiera olvidado de que me estaba contando aquella historia, y se puso a limpiarse las uñas con la púa de un peine. Dije:

-Oye, no te calles ahora. ¿Qué pasó? ¿Qué explicación tiene todo eso?

El comedor empezaba a llenarse a nuestro alrededor, pero nadie más hablaba.

Terence dijo:

-Me senté sobre un periódico para no mojarle el asiento del coche. No hablamos demasiado, y cuando llegamos a mi casa no quiso subir. Por el camino me había dicho que no le caían bien sus padres. Supongo que sólo quería divertirse.

Me pregunté si Terence se habría inventado aquella historia o la habría soñado, pues era el paradigma de todos los rechazos, la expresión perfecta de sus temores o, quizá, de sus deseos más profundos.

-Aquí la gente -dijo Terence mientras salíamos del Doggie Diner- vive lejísimos de los demás. El vecino es alguien que está a cuarenta minutos en coche, y cuando por fin se juntan, se destrozan mutuamente en el frenesí de la soledad.

Había algo que me gustó en aquel comentario, e invité a Terence a casa a fumarse un porro conmigo. Nos quedamos en la acera durante unos minutos mientras él decidía si se lo fumaba o no. A través del tráfico, miramos desde el otro lado de la calle hacia el interior de la tienda, donde George estaba enseñándole a una mujer negra cómo funcionaba el equipo de disco. Por fin, Terence sacudió la cabeza y dijo que, aprovechando que estaba en aquella parte de la ciudad, iría a Venice a visitar a una chica que conocía.

-Llévate unos calzoncillos de repuesto -le sugerí.

-¡Eso! -me gritó por encima del hombro mientras se alejaba-. ¡Nos vemos!.

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Entre las sábanas
Ian McEwan

Traducción de Federico Corriente
Anagrama-Quinteto