Su prosa refinada y lacónica le otorgó un sello personal en la escena norteamericana de postguerra, y con el paso del tiempo, su estilo influyó decisivamente en posteriores generaciones de escritores del “naturalismo”, “posrealismo”, “realismo sucio”, como se encarga de rotular la crítica, desde Raymond Carver y Richard Ford hasta la nueva horneada gringa como Lorrie Moore, Rick Moody o Michael Chabon, méritos que le han asegurado un importante lugar en las letras del siglo XX.